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Las centrales nucleares y el desarrollo capitalista

movimiento antinuclear
Fuentes: Rebelión [Imagen: Mural de la Asemblea Nacional - Popular Galega (AN-PG) contra el proyecto de central nuclear en Xove (Lugo), con la que se llamaba a una marcha desde Viveiro hasta Xove que convocó a 8.000 manifestantes el día 20 de mayo de 1979. Créditos: cedida, tomada de Nós]

En esta nueva entrega del Centenario Manuel Sacristán reproducimos el texto de una conferencia impartida por Manuel Sacristán sobre las centrales nucleares y el desarrollo capitalista impartida en enero de 1981.


Nota del editor.-  Reproducimos el texto de una conferencia pronunciada por Manuel Sacristán en Santa Coloma de Gramenet (Barcelona), probablemente en enero de 1981, que circuló impresa por la ciudad colomense. El ejemplar que hemos utilizado para esta edición puede consultarse en la Biblioteca Municipal de la ciudad. La transcripción no pudo ser revisada por el propio Sacristán. Tampoco hemos podido obtener una copia grabada de la intervención.

Los organizadores presentaron la edición de la conferencia con las siguientes palabras: «Procuramos que los conferenciantes invitados fueran expertos en el tema que trataban. Es decir, personas que por su trayectoria personal y por su dedicación profesional pudiesen aportarnos unas ideas válidas. A cada conferencia seguía siempre el debate. A menudo los debates resultaban muy enriquecedores, además de contribuir a crear una actitud de diálogo, de saber escuchar y dejarse interpelar por las ideas de los otros. Pero, por no alargar esta publicación, aquí no se recogen».

En el ciclo de conferencias organizadas por el «Club de Debats», además de Sacristán, participaron, entre otros, Juan Mari Bandrés («La difícil construcción de la democracia»), José Luis López Aranguren («El desencanto»), Antoni Gutiérrez Díaz («La crisis del eurocomunismo») y Montserrat Roig («Palabra de mujer»).


No siendo yo ni ingeniero nuclear ni economista estaba claro que no podía tratar el tema desde una vertiente técnica con suficiencia. Pero, de todos modos, hay tanto riesgo de palabrería e inexactitud en todos los campos, y en este muy en particular, que una prudencia elemental le recomienda a uno no meterse en aquello que no domine a fondo, máxime en ese tema en el que muy probablemente les es difícil orientarse también a los expertos.

Una de las contradicciones que hacen muy difícil documentarse en este asunto, y que nos afecta directamente aquí, en este país, radica en el considerable contraste que existe entre lo que es la política de energía nuclear en países como el nuestro o Brasil, y lo que se hace en Estados Unidos por ejemplo. Mientras que nuestro gobierno, apoyado en la Agencia Internacional de la Energía, en el Foro Atómico y en otras agencias de propaganda nuclear, nos tiene más o menos envueltos en un atmósfera de programas forzados, de razonamientos acerca de la inevitabilidad y la falta de peligros, y de la progresividad de la solución para el problema de la energía, en Estados Unidos observamos, por de pronto, un frenazo sustancial en la producción de reactores corrientes, convencionales, como se empieza a decir, e incluso el bloqueo completo del programa de producción de superregeneradores, es decir, de reactores de los que producen más plutonio del que consumen.

Al mismo tiempo, las grandes compañías petroleras, y otras multinacionales de importancia, se extienden en países, como los Estados Unidos, por el campo de las energías alternativas (eólica, solar, geotérmica), que aquí, en cambio, la propaganda dominante nos presenta [en 1981] como cosa marginal o secundaria, cuando no de locos y de fantasiosos.

Los que habéis seguido con interés la campaña electoral norteamericana quizá hayáis registrado el hecho de que en un momento dado, cuando Edward Kennedy parecía que iba a ser todavía candidato por el Partido Demócrata, sostuvo, entre los diferentes puntos de su plataforma, que el programa de suministro de energía solar para el año 2000 fuera, en los Estados Unidos, el 20% de la energía final del país, cifra que si se comunica a cualquiera de nuestros gobernantes en materia de energía le provocaría grandes carcajadas y la interpretaría como fruto de algún cerebro alucinado.

Este dato ya da idea de hasta qué punto está inserto el problema de la energía nuclear en la división económica internacional y del tipo de política mucho más abierta, imaginativa y rica seguida en las grandes metrópolis; por ejemplo, y principalmente, en los Estados Unidos. Nos sugiere también que el asunto, lejos de ser estrictamente técnico-energético, tiene mucho que ver con la división internacional de la producción prevista por quienes dominan la economía mundial: las grandes compañías transnacionales y las grandes agencias de coordinación del capital como la Comisión Trilateral.

Por otra parte, nos plantea una particular y seria dificultad: no podemos cometer la ingenuidad de considerar que la motivación principal de la propaganda por la energía nuclear consista en que ella es la única salida posible a la crisis económica. Es muy posible que hasta hace cinco o seis años, los grandes poderes sí que vieran en la industria nuclear el factor fundamental de la recomposición y reordenación del capital fijo para salir de esta crisis, que se prolonga desde los años 1973-1974, pero luego se han sumado un par de series de hechos que han complicado la situación.

Por un lado, han empezado a darse cuenta de que los cálculos de rentabilidad realizados en otra época sobre el precio del kilovatio/hora de origen nuclear eran sumamente optimistas, que no habían tenido suficiente en cuenta las «deseconomías» externas –como suele decirse– del sistema de producción de electricidad. En otras palabras, los gastos que no saltan a primera vista: los costes de infraestructuras y los derivados de las interrupciones de las centrales nucleares, sobre todo por averías. Si una avería en una central de carbón dura unas horas o días, en una central nuclear, como muestra el caso de Harrisburg, se multiplica por un factor que le lleva a meses o años de interrupción.

Así, también quedó claro que se había calculado mal la vida media de las centrales nucleares, que era más corta de lo previsto en un principio. Esto motivó una cierta retracción del entusiasmo, de la confianza puesta en la energía nuclear como posible vía para la salida de la crisis en los países del centro imperialista.

Posteriormente, ha venido el hundimiento del prestigio, de la fiabilidad, de eso que se conoce con el nombre de «informe Rasmussen», un célebre estudio encargado por las compañías eléctricas norteamericanas hace años a un instituto científico. Este informe se hizo famoso no solo porque aseguraba una extrema seguridad de las centrales nucleares, sino porque lo hacía, además, suministrando las frases de tipo propagandístico, publicitario, que luego darían la vuelta al mundo. Muchos conoceréis aquella metáfora según la cual la probabilidad de que ocurriera un accidente nuclear importante era igual a la probabilidad de que cayera un meteorito sobre un barrio periférico de Nueva York; es decir, una probabilidad del orden del uno dividido por miles de millones. Ocurrió, sin embargo, que en diez años el cómputo de accidentes convirtió el universo en un espacio plagado de meteoritos que estaban cayendo sin parar, hasta llegar el momento el que se produce el gravísimo accidente de los Urales, en los años cincuenta, y el acaecido el año pasado [1979] en Harrisburg.

Estas dos series de hechos –el replanteamiento de los cálculos y la evidente quiebra de las previsiones acerca de la seguridad– han frenado los programas o, por lo menos, el dinamismo de los programas nucleares en los países punta. No ocurre así, sin embargo, en países como el nuestro, o en Argentina o Brasil, que juegan un papel intermedio en la división internacional del trabajo. De modo que hoy depende de bastantes factores el que lo nuclear se convierta en un elemento de vanguardia entre los dispositivos anticrisis de los gobiernos de las diferentes burguesías mundiales.

Esos factores se pueden resumir en la siguiente lista: el que lo nuclear esté o no en punta, como está entre nosotros, depende entre otras cosas de la potencia de cada país en el campo de la investigación. Es evidente que la capacidad investigadora de norteamericanos o alemanes es infinitamente superior a la de sociedades como la nuestra, la argentina o la brasileña, y, consiguientemente, eso da un mayor margen de maniobra en la pugna acerca de la importancia de la industria nuclear. Los partidarios de que esa industria no sea de vanguardia, o incluso los que adoptan posiciones contrarias a la energía nuclear, tienen bazas de argumentación y de presión mayores cuando la potencia investigadora general es mayor.

Otro de los factores importantes es la propia resistencia de las poblaciones. El caso austríaco, por ejemplo, es muy significativo. No se puede decir que Austria tenga una potencia investigadora energética semejante a la de los Estados Unidos, pero la oposición de la población ha conseguido que la industria nuclear no sea vista allí como un sector de punta desde el punto de vista económico a causa de la derrota de los partidarios de las centrales nucleares en el referéndum, que muchos recordaréis, a propósito de la puesta en funcionamiento de la central de Zwentendorf.

Depende también de la riqueza de cada país en otras fuentes de energía. En esto los Estados Unidos tienen una amplia superioridad respecto de la mayoría de países. La legislación norteamericana de urgencia, posterior a 1974, es decir, posterior a la plena consciencia de la crisis energética, contiene como una de las palancas legislativas fundamentales la preservación de los yacimientos fósiles y otras fuentes de energía presentes en el territorio estadounidense. Allí es mucho más difícil que en La Rioja o en Tarragona ponerse a cavar para extraer petróleo nuevo. Lo están reservando y son los países de segunda fila los que están horadando hasta recoger la última gota rápidamente.

Otro factor importante –y hay que decirlo sobre todo en países como el nuestro en esta época política tan dada a utilizar eufemismos y no llamar a las cosas por su nombre– es la fuerza y el poder de los intereses militares, el peso del ejército en cada sociedad. No se puede seguir ignorando que un aspecto importante en la diseminación de centrales nucleares radica en su relevancia para la construcción de bombas nucleares. Las cosas claras. La prensa no suele hablar de este tema, ni siquiera la prensa liberal o progresista. En un país mediano, de los del tipo Brasil/España, cuenta muchísimo la influencia del ejército para que se multipliquen las centrales porque eso implica obtener plutonio en cantidad suficiente para construir bombas. Este apartado cuenta mucho entre nosotros, aunque la falta de sensibilidad o de preparación de la prensa, no solo de los políticos, nos lo esté ocultando.

En esta pequeña lista que me he hecho debería constar, para ser justos, para no ser unilaterales, un punto referido a la relativa sensibilidad de los gobiernos a los peligros de la energía nuclear. No hay ninguna duda de que gobiernos como el austríaco o el sueco, si se les compara con la política seguida por gobiernos como el francés, el español o el inglés, han servido de freno al proceso de ampliación de la energía nuclear. Lo que sugiero con todo esto es que el verdadero planteamiento para entender el problema, por gentes como nosotros que no somos ni físicos ni economistas sino gentes que nos vamos a ver afectados por todas estas cosas en nuestra vida cotidiana, es que hay que considerar el problema bajo el marco de la reproducción económica, del cómo se está intentando salir de la crisis.

Para situarnos un poco más me permitiré repasar cuáles han sido las vicisitudes de nuestra economía desde después de la Segunda Guerra Mundial, porque han sido 35 años sumamente excepcionales y la manera como los han vivido las poblaciones del mundo adelantado, del mundo rico, tiene mucho que ver con las reacciones que estas poblaciones tomen ante el problema de la energía nuclear.

Lo primero que se debe considerar es la costumbre de creerse que el crecimiento económico, cifrable en la cantidad de bienes de consumo del que hemos ido disponiendo, sea una cosa normal durante esos 35 años, como probablemente de un modo más o menos inconsciente sienten las generaciones jóvenes. No es normal, dentro de la historia de la economía es un hecho excepcional. Lo normal es que el desarrollo del capitalismo en particular, de otro modo el de otros sistemas económicos, fuera un desarrollo con vaivenes, cuyos momentos peores solemos llamar «crisis». La ciencia económica ha tenido siempre, como uno de sus capítulos, el cultivo de una teoría de las crisis de las cuales podemos decir que son un modo premeditadamente querido, un modo relativamente habitual de recomponerse el capital fijo, de reorganizarse los modos de producción, de suplir el agotamiento de ciertos motores económicos por otros, de reconvertir industrias, producciones, ramas económicas, etc.

El hecho de que durante 35 años eso se notara poco, que las crisis fueran blandas, se debió fundamentalmente –y creo que la mayoría de los economistas están de acuerdo– a dos circunstancias. Una de ellas es que se salía de una guerra terrible que había causado destrucciones enormes. El mundo, consiguientemente, ofrecía una gran posibilidad de desarrollo de producciones e investigaciones, con un efecto multiplicador en la vida económica muy alto. Las bombas habían destruido la mayor parte de las viejas fábricas, de las antiguas instalaciones y eso permitía comenzar de nuevo. La segunda circunstancia fue eso que se llamó «milagro económico», o lo que los economistas llaman política keynesiana, una política que ahora está llegando a sus últimos límites de fecundidad, caracterizada por una intervención pública para limar los efectos más desagradables de las crisis sobre la población.

Hoy la situación es bastante distinta. Por una parte, se ha acabado con la excepcionalidad de uno de los puntos de apoyo de aquel milagro: la baratura de la energía. Por otra parte, y esto es lo esencial, lo clásico, lo que ocurre en cualquier crisis, alguna de las producciones que sostuvieron aquella época de bienestar, como el automóvil o los electrodomésticos, han dejado de tener transitoriamente capacidad expansiva. En este punto, algunos autores, aunque son todavía minoritarios, han planteado una preocupación de mucho interés para el futuro, la idea de que lo que se llama ley del rendimiento decreciente se aplique también a la tecnología.

La ley del rendimiento decreciente se comprende de modo más intuitivo para los que no somos economistas en la agricultura. Es la ley que refleja el hecho de que un campo cultivado durante varias generaciones va respondiendo con rendimientos más pequeños a un ingreso de factores productivos mayores. Se le trabaja cada vez más, se le echa más abono y el campo mismo se va agotando. Esto es un hecho conocido desde antiguo porque las viejas culturas ya hacían cultivos por rotación. Hay autores que empiezan a sugerir que este mismo proceso está pasando en la tecnología, no en el sentido de que no aumente su crecimiento sino que no aumenta en proporción al ingreso de factores productivos metidos en la investigación tecnológica, es decir, trabajo y medios materiales.

En definitiva, y como quiera que todos aquellos factores que hicieron posible el milagro económico en los años cuarenta, cincuenta y sesenta han desaparecido, ocurre que los nuevos vectores productivos posibles resultan ser más bien discutibles. Este es el caso de la energía nuclear.

Como ya apuntamos antes, hasta hace poco tiempo, la industria nuclear fue considerada el sustituto, en cuanto al empuje económico, de automóviles, electrodomésticos, de la revolución verde incluso, de los portadores del milagro. Pero, como también hemos analizado ya, esta nueva forma de energía se pone en tela de juicio sin que los poderes políticos del mundo del Este y del Oeste hagan otra cosa que intentar salir de la crisis renovando y ampliando las ramas de producción, buscando nuevas ramas y, sobre todo, reproduciendo de un modo amplio la situación que antes ha llevado a la crisis. Hasta ahora la economía capitalista, en un sentido muy general de capitalista, de sociedades industriales, incluyendo en cierto sentido las sociedades del Este, han salido de una crisis renovando las producciones y ampliando la base económica. Lo que ha motivado, a la larga, una crisis todavía mayor que la anterior, precisamente por la ampliación cuantitativa del desarrollo económico. Este camino, que va desde la primera crisis bien documentada históricamente, que se suele situar en 1820, hasta hoy, se ha repetido en sentido cíclico.

Algunos autores comenzaron a señalar, a principios de los años setenta, que se agotan materias características de este modo de vida, que se corre el riesgo de agotar reservas imprescindibles en áreas importantes y, por último, que se están asumiendo riesgos imprevisibles a corto plazo y muy graves a plazo medio y largo. Me gustaría citar brevemente algunos datos acerca de las fechas en que se calcula probable el agotamiento de algunas materias imprescindibles para el tipo de vida en constante crecimiento cuantitativo en la que nos encontramos desde 1820, desde la primera crisis cíclica del capitalismo. La primera estimación procede de autores no particularmente ecologistas, autores más bien neutrales; la segunda proviene de estudios realizados por un equipo de autores ecologistas franceses: para el petróleo, las fechas calculadas de agotamiento son, respectivamente, el año 2050 y el 2030; para el uranio, los años 2020 y 2010; para un mineral tan importante en tantas técnicas contemporáneas como el cobre, las fechas previstas son el año 1990 y 2000. Estos datos están reunidos con bastante acierto en uno de los últimos números de la revista Transición, donde hay un cuadro bastante completo de mucho interés por la comparación en las valoraciones que hace según las diferentes fuentes. Como se ve, las diferencias son escasas, 15 o 20 años en el peor de los casos.

En cuanto a los riesgos imprevisibles o de extrema gravedad a los que antes me refería, que son los que más nos interesan en este debate, están directamente relacionados con la instalación de las centrales nucleares y la proliferación de éstas. No quisiera ponerme a resumir o a repetir ahora los largos debates habidos sobre este asunto, pero sí me gustaría ilustrarlos con un par de observaciones.

Una de ellas es la historia que recoge Santiago Vilanova en su último libro El síndrome nuclear, que está editado por Bruguera. Vilanova se refiere a la fluctuación de los valores de radiación máxima soportable según los gobiernos, que son, por otra parte, los que prescriben la cantidad máxima de irradiación que puede soportar un trabajador de una central o bien un individuo de la población donde está ubicada. Desde 1925 hasta 1956, la variación de esos valores que se estimaban que no hacían daño al organismo humano es la siguiente: en 1925, se aconsejaba como valor límite 46 rems por año (el rem es la unidad de irradiación recibida por el sujeto); en el año 1934, bajaron esa estimación hasta la cifra de 21 rems y medio, menos de la mitad; en el año 1949, tuvieron que volver a bajar hasta 15 rems y en 1956 se dejó en 5 rems. Excuso decir la fiabilidad que nos puede merecer estos 5 rems por año cuando están dictados por las mismas instancias que en el año 1925 admitían la friolera de 46 rems.

Esa historia tiene todavía una especie de epílogo. Cada vez son más frecuentes los científicos que consideran que no hay dosis mínima inocua por el carácter acumulativo de toda la dosis de irradiación. O sea, que no solamente es una trayectoria de evidente «desdecirse» de los gobiernos, sino que estamos ante la posibilidad de que no haya dosis mínima que no haga daño, que no perjudique.

Contra este argumento se suele objetar que ya hay una irradiación natural en los arroyos, rocas, etc., a lo cual solo se pueden contestar dos cosas: primero, que la irradiación natural no la podemos evitar; segundo, que parece haber bastante probabilidad de que la irradiación natural no se acumule en lo que se llama cadenas tróficas, es decir, en las redes de alimentación, donde sí se acumula la irradiación producida por nosotros. En los productos de la fisión de un reactor salen elementos que no existen en estado natural sino que los producimos nosotros en el reactor.

En mi opinión, ante este tipo de problemas es imposible evitar consecuencias de tipo político-moral porque son cuestión de decisión. Sin embargo hay una manera de considerar que aquí no hay problemas morales. Hay un autor, Adrian Berry, que ha publicado un libro titulado Los próximos diez mil años, editado en Alianza Editorial, que intenta rehuir el problema diciendo que hemos de continuar así, que cuando la tierra sea inhabitable, ya habremos descubierto la posibilidad de colonizar nuevos astrosEsta insensatez está impresa, negro sobre blanco, en el libro de un físico importante como es Berry.

Salvo este caso de progresismo disparatado, parece que los hechos imponen consideraciones de tipo moral y político, pero de tipo político en un sentido muy profundo. No en el sentido de que la política se reduzca a acciones de los gobernantes sino en ese otro sentido mucho más general que arraiga en la vida cotidiana, en los usos y costumbres de los países ricos, de las zonas industrializadas. Seguro que las reflexiones morales acerca del deterioro de la tierra no valen igual para un habitante de ciudad, como Barcelona, que para otro de un poblado de África Central, pero para nosotros, para la gente de los países industrializados, sí que se imponen esas consecuencias políticas individuales. Parece claro que se está acabando la vigencia de ciertos valores progresistas muy optimistas, proclamados desde el siglo XVIII, desde hace más de 200 años. Valores como, por ejemplo, la asimilación del gran consumo y de la gran riqueza acumulada como una bendición del cielo, al modo de la moral protestante calvinista. O en un plano más técnico, valores como la asignación del bienestar de un país por su consumo de kilovatios/año por cabeza. Hoy más bien podría decirse que a más consumo de kilovatio/hora por ciudadano más proximidad hay de un desastre.

Por lo tanto, aquí se da la posibilidad de que esos valores se tengan que revisar. De que empiece a no ser ninguna locura social ni nada reaccionario propugnar valores como, por usar una palabra muy discutida y muy cargada de equívocos, «la austeridad». Eso plantea inmediatamente la siguiente cuestión: los anteriores valores, los de la abundancia, tenían una función de disminución de los conflictos sociales y los resolvían con éxito. La clase obrera norteamericana dejó de ser una clase conflictiva. Todo contó, desde la policía federal hasta el modelo Ford-T, como aquí, desde la Policía Armada hasta el «Seiscientos». Si hay que revisar los valores abundancia y superabundancia, entonces habrá también que revisar el valor desigualdad. Sería una relación directa. Al que habla de austeridad habría que responderle exigiendo igualdad desde una perspectiva radical y no de beneficencia o caridad.

Me gustaría hacer una última observación. A veces cuando uno pone de manifiesto su creencia, como he hecho yo en este caso, de la necesidad de rebasar y de eliminar ciertos valores tradicionales del desarrollo del capitalismo, heredados en gran parte por la mentalidad socialista, como el del crecimiento económico indefinido, alguien puede pensar que se esté haciendo una propuesta reaccionaria. Cuando se articula en detalle una línea de revisión de valores y de bloqueo de un crecimiento de producción y consumo, se hace necesario intervenir, por su peligrosidad, en ciertas ramas de investigación como la tecnología militar o la ingeniería genética. No se trata de afirmar que todo eso haya de suprimirse a rajatabla, pero sin duda debería instaurarse un control realmente social, no solo por las autoridades de enormes Estados sino por la opinión pública de comunidades mucho más pequeñas, sobre esos tipos de investigación. Hay quien piensa entonces que eso es retrógrado o que se prohíbe el estudio. No es verdad. El potencial de investigación se puede reorientar en muchos más sentidos. Por ejemplo, tratándose de investigación económica, tan científico es el estudio de la maximización de producciones que investigar la búsqueda de minimización de costos. Por lo tanto, no es verdad que un programa de revisión de valores consumistas y degradantes de la naturaleza sea necesariamente un programa de frenos a rajatabla.

La situación político-social de hoy está cargada de problemas. Nuestra posición mundial en el dispositivo de los grandes países imperialistas nos condena a ciertas producciones y ramas económicas altamente peligrosas. En Osona están buscando uranio; el Plan Energético Nacional (PEN) lo están desarrollando sobre una base nuclear.

Otro riesgo es la importancia política que tradicionalmente tiene entre nosotros el Ejército, somos uno de los países en que el Ejército pesa más. El poder militar está directamente relacionado con el productivismo desencadenado en general y con la industria nuclear en particular. Así es al menos con la mentalidad que tiene ahora el Ejército. No digo que no pueda cambiar. Las poblaciones españolas en general, y esto es otro grave hándicap, han estado muy coartadas en su toma de conciencia por los cuarenta años de tiranía y por el pésimo estado de los aparatos educativos. Nuestra población es, pues, de las menos conscientes en Europa acerca de los riesgos dimanantes de la reconstitución del capital fijo al final de esta crisis económica que estamos atravesando.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.