Como disciplina académica, las relaciones internacionales, ¿se están volviendo más fáciles o más difíciles? Para responder a esta cuestión, es necesario descomponer el campo en tres dimensiones analíticas: (1) el análisis de la coyuntura internacional; (2) la formulación de pronósticos; y (3) la proposición de alternativas o recomendaciones.
El análisis de la situación internacional no presenta gran dificultad e incluso tiende a volverse cada vez más accesible. Esto se debe a que prácticamente todos pueden seguir los acontecimientos internacionales a través de las redes sociales y de flujos informativos en tiempo real. No sorprende, por lo tanto, que se diga que incluso taxistas o comerciantes de mercados populares demuestran familiaridad con temas internacionales. Un reconocido académico chino llegó a caracterizar los estudios internacionales como una “tierra baja” del campo académico, aludiendo al reducido “umbral de entrada” del área, es decir, a la posibilidad de que cualquier individuo pueda involucrarse en ella.
Sin embargo, los estudios internacionales no se limitan al análisis de la coyuntura global; también abarcan la previsión de desarrollos futuros y la formulación de alternativas políticas. Desde esta perspectiva, el campo no se está volviendo más fácil, sino progresivamente más complejo.
En el pasado, a los investigadores en relaciones internacionales se les preguntaba con frecuencia: ¿por qué no previeron el colapso de la Unión Soviética o la caída del Muro de Berlín? Hoy surgen nuevas interrogantes: ¿por qué no se anticipó la “operación militar especial” de Rusia contra Ucrania? ¿Por qué no se previó una posible intervención de Estados Unidos en Venezuela? ¿Se puede anticipar lo que ocurrirá con Cuba ante el endurecimiento de las sanciones estadounidenses? ¿Es posible estimar si y cuándo Estados Unidos recurrirá al uso de la fuerza contra Irán? ¿Cómo evolucionarán las relaciones transatlánticas? ¿Quién triunfará en las próximas elecciones presidenciales en Brasil?
En efecto, la formulación de pronósticos es extraordinariamente difícil. La predicción precisa exige acceso a información suficiente y confiable. En ausencia de estas condiciones, incluso un acierto eventual no pasará de ser una mera coincidencia, comparable a un golpe de suerte.
A finales del año pasado, participé en un programa televisivo sobre las relaciones entre Estados Unidos y Venezuela. El presentador preguntó si habría una invasión estadounidense. Respondí preguntando qué se entendía por “invasión”: si significaba el envío de tropas terrestres, tal escenario me parecía improbable. Sin embargo, pocos podían imaginar la hipótesis de una operación aérea destinada a capturar al presidente venezolano Nicolás Maduro. Según informes, solo Trump y un círculo reducido de asesores tenían conocimiento de esa operación. Ni siquiera los miembros del Congreso estaban informados. Evidentemente, los académicos tampoco podrían haber anticipado tal posibilidad.
En lo que respecta a las recomendaciones sustantivas, el grado de dificultad es aún mayor. Ante violaciones flagrantes del derecho internacional y de la Carta de las Naciones Unidas, ¿qué respuestas son viables? Frente al tratamiento dispensado a Venezuela y Cuba, ¿qué alternativas existen? Si Panamá, instigado por Washington, adopta prácticas controvertidas en puertos vinculados al Canal, ¿cómo reaccionar? Ante una eventual aplicación de una “Doctrina Donroe” en América Latina, ¿qué estrategias pueden concebirse? Si Estados Unidos busca controlar Groenlandia, ¿cuáles serían las respuestas posibles? Si recurre al uso de la fuerza contra Irán, ¿qué opciones quedarían? Si estructura un bloque preferencial de comercio de minerales críticos, ¿qué medidas podrían adoptarse? Elaborar respuestas realistas y eficaces a tales cuestiones resulta, sin duda, extremadamente desafiante.
¿Por qué la previsión y la formulación de recomendaciones son tan complejas en los estudios internacionales? En primer lugar, porque los académicos a menudo carecen de acceso a información suficiente o de especialización profunda en determinados ámbitos. En segundo lugar, porque Estados Unidos ha venido comportándose de manera cada vez más irresponsable e imprevisible, lo que dificulta los análisis basados en parámetros convencionales.
Si la incertidumbre constituye la única constante, los estudiosos del área deben considerar algunas orientaciones si pretenden formular pronósticos y proponer respuestas estratégicas.
En primer lugar, es imperativo renovar los métodos de investigación y reducir la dependencia de paradigmas tradicionales. Estados Unidos presenta tendencias cada vez más hegemonistas o erráticas en el sistema internacional. El propio Trump afirmó, en una entrevista con The New York Times, que solo su propia moralidad podría contenerlo. Tal declaración sugiere que, en lo que respecta a las futuras acciones estadounidenses, prácticamente ningún escenario puede descartarse. Por lo tanto, es necesario ajustar las perspectivas analíticas y prepararse incluso para escenarios adversos.
En segundo lugar, es necesario valorar la investigación empírica y aplicada, sin dejar de reconocer el papel de la teoría. La negación absoluta de la reflexión teórica sería un error. Sin embargo, parte de la producción académica privilegia formulaciones excesivamente herméticas, retóricamente elaboradas pero sustantivamente débiles, llenas de jerga y terminología opaca. Los académicos y las revistas del área deberían recordar la advertencia de Theodore Roosevelt: mantener los ojos en las estrellas, pero los pies en la tierra. En otras palabras, la elaboración teórica es legítima, siempre que permanezca anclada en la realidad empírica.
En tercer lugar, es fundamental fomentar los intercambios y la cooperación académica a escala global. En una era en la que una sola potencia puede actuar de manera imprevisible, ninguna perspectiva nacional aislada es capaz de abarcar la totalidad del panorama. El diálogo genuino con estudiosos de diferentes regiones —especialmente del Sur Global— permite integrar evidencias, contrastar supuestos y mejorar los juicios analíticos. Un investigador en Pekín puede identificar aspectos ignorados por un colega en Brasilia; un académico en São Paulo puede percibir fenómenos invisibles para un investigador en Shanghái. Tales interacciones contribuyen a superar sesgos y provincialismos, sustituyendo las “cámaras de eco” por procesos de revisión crítica a escala global. Si el comportamiento de un solo país se convierte en la principal fuente de incertidumbre, entonces la inteligencia colectiva de las naciones constituye la mejor esperanza para navegar en medio de la ambigüedad.
En síntesis, las herramientas para la producción de conocimiento sobre las relaciones internacionales deben transformarse, de modo que se adapten a los cambios en el comportamiento de Estados Unidos.
Jiang Shixue es profesor de la Universidad de Ciencia y Tecnología de Macao.
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