Dario Fo ha sido el último ganador italiano del Premio Nobel de Literatura. Un Premio Nobel bastante raro, que rompía de alguna manera con una tradición: la seriedad de este galardón, con todo lo que pueda significar esta palabra. A todos los anteriores, incluso los dramaturgos como Fo, tipo Samuel Beckett, se les veía dentro de una especie de aura, sagrados.
Sin hablar de los cinco premiados italianos anteriores: Giosué Carducci, Grazia Deledda, Luigi Pirandello, Salvatore Quasimodo y Eugenio Montale. Todos ellos, gente cuyas obras se estudiaban en los institutos, en versión o en prosa: «La nebbia agli irti colli/piovigginando sale/e sotto il maestrale/urla e biancheggia il mare» de Carducci; la crisis del ‘yo’ de Pirandello, imposible distinción entre el ser humano y el personaje; la salvaje y veraz voz de Cerdeña de Deledda; los versos herméticos de Quasimodo y Montale.
Pero en 1997 llegaba Dario Fo con este Nobel, acompañado por esta justificación: «Siguiendo la tradición de los bufones medievales, se burla del poder devolviendo la dignidad a los oprimidos».
El escritor recibió la noticia mientras estaba grabando un programa de televisión de culto: ‘Milano-Roma’. Un programa donde dos famosos, muy distintos entre ellos, iban en coche desde Milán a Roma hablando sobre todo. En el caso de Fo, estaba con Ambra Angiolini, una jovencísima conductora de televisión. Se le acercó otro coche con un cartel: «¡Has ganado el Nobel!», estaba escrito. Todo muy ‘a lo Dario Fo’, sin duda.
Aquel galardón, en cualquier caso, solo amplificaría una carrera que ya de por sí había sido extraordinaria, y conocida también en Euskal Herria por su carga de militancia. [Así lo recordaba Fede de los Ríos en GARA en 2016: ‘Un maestro de la sátira, un subversivo’].
No se puede entender Dario sin Franca
Celebramos estos días el nacimiento de Fo, el 24 de marzo de 1926, matizando también que sus éxitos no hubieran podido ser los mismos sin su mujer, musa y pareja artística: Franca Rame.
Dario y Franca, Franca y Dario. Cuando ella falleció, en 2013, Fo tuvo un inevitable bajón que lo llevaría a la muerte, en 2016. El Nobel también se lo quiso dedicar a esta mujer irónica y dura a la vez, guionista y actriz, inspiradora e intérprete. Ella sí, era la faceta casi ‘seria’ de la pareja.
El otro lado, estehombre de Sangiano, hijo de un trabajador del ferrocarril. Nacido casi en la frontera con Suiza, desde el inicio de su vida, como contó en su autobiografía ‘Il paese dei mezarat’, se encontró enseguida con todo tipo de personajes, contrabandistas y fanfarrones, que inspirarían muchísimo sus obras. Bufones sin escenario ni necesidad de él, gente de pueblo o simplemente ‘leyendas’.
Probablemente Dario Fo hubiera quedado en el anonimato si no hubiera encontrado a su mujer. Franca Rame, crecida en una familia de actores, no solamente tenía las llaves del corazón de su marido, sino también los secretos para este trabajo. «¡Me besó a mí, que soy el más feo! ¡Ella, tan bonita!», recordaría siempre.

Un amor y una actitud casi infantil, de soñador. No por casualidad durante toda su vida Dario Fo se dedicaría a la pintura también, y en sus últimos años de vida además en formidable divulgador de artistas, siendo capaz de saltar de Giotto a Darwin, de Picasso a los Evangelios.
Siempre a su manera, por supuesto.
«Grammelot» e ironía
La influencia que ha tenido Dario Fo con sus ‘alumnos’ e incluso sus contemporáneos ha sido enorme. Todo esto en un país, Italia, donde por un lado el teatro tiene una tradición larguísima, de siglos, y por otro tomar el pelo al Poder siempre ha supuesto remar a contracorriente.
‘Aquí no paga nadie’ es otro título de una obra suya… aunque quien pagó fue él mismo. Las censuras que sufrió Fo por parte de la televisión pública, por ejemplo, fueron de manual. Cuando estrenó en 1969 su ‘Mistero Buffo’, donde transformaba al Papa Bonifacio VIII en un pobre ‘pringado’, hablando un lenguaje que mezclaba onomatopeyas y dialectos lombardos (el celebre grammelot), sin seguir a ningún guion, casi improvisando, fueron una revolución.
Totalmente a gusto sobre un escenario, con un lenguaje corporal sin antecedentes (guiños y muecas, gritos y saltos), Dario Fo parecía el resultado perfecto de aquella época de 1968 en que el concepto de Poder tenía que ser derribado.
Un Poder que en Italia se podía casi tocar con la mano. La alianza conservadora que entraba en cualquier ámbito de la sociedad. ‘Morte accidentale di un anarchico’ sería el resultado, duro e irónico a la vez, de este proceso de reflexión contra una situación que al final solo podía leerse desde el punto de vista ingenuo de un bufón, uno de los personajes de esta obra teatral tan conocida en Euskal Herria también.
‘Muerte accidental de un anarquista’ recuerda el terrible episodio sucesivo a la matanza de Piazza Fontana, cuando el pobre obrero Giuseppe Pinelli se cayó de un balcón de la comisaría central de Milán, ‘oficialmente’ por una indisposición después de tres días de interrogatorios. Los policías insistían en que había sido él, con sus amigos, el culpable del atentado del 12 de diciembre de 1969, y las discusiones acabaron con un vuelo al vacío y un juicio controvertido.
Para Fo, nada mejor que acusar a las instituciones, las verdaderas culpables, a través de la risa. No era algo nuevo para él, y en general sería la constante de toda su obra: contar los hechos según el punto de vista de quien no tiene ninguna voz.
No es tan conocida aquí como ‘Muerte accidental’, pero la canción ‘Ho visto un re’ (’He visto un rey’) es probablemente el manifiesto artístico de Dario Fo.
Habla de manera totalmente bufonesca, utilizando siempre el grammelot, de unos poderosos que padecen accidentes y tragedias («Ha perdido uno de sus 32 castillos, pobre rey y pobre su caballo también», porque el rey llorando lo está mojando), y cuya población está obligada a consolarles. Y refleja también su revés, cuando a un campesino o a un pobre le ocurre algo duro, no se puede llorar y hay que «estar alegres, porque nuestras lágrimas hacen daño al rey, al rico y al cardenal».
La militancia
A favor de los outsiders siempre, colocándolos en contextos históricos verdaderos. Entre los que Dario Fo emplearía más se encontraba la época de la Inquisición.
Ver para creer dos de sus obras teatrales más representadas: ‘Isabella, due caravelle e un cacciaballe’ (‘Isabel, dos caravelas y un mentiroso’) y ‘Joan Padan a la descoverta de le Americhe’, con Cristobal Colón de personaje secundario pero presente como fondo de la historia.
Este Joan Padan, por cierto, acompaña a Colón después de haberse escapado de un juicio, llega a Latinoamérica, se hace amigo de los autóctonos y se queda allí para toda la vida. Hay incluso una peli de dibujos animados realizada a partir del monólogo escrito por Dario Fo.
Al lado de los outsiders y fiel militante de extrema izquierda, hasta el punto de financiar, a través del grupo Soccorso Rosso, a encarcelados por razones políticas durante la década de los 70. Aquí también nacerían unas cuantas polémicas hacia él y Franca Rame, que en 1973 fue violada en el pleno centro de Milán por un grupo de simpatizantes fascistas.
Era un tiempo en que los compromisos eran muy fuertes a nivel artístico, al igual que el político. Cuando llegaría Berlusconi al poder, Dario Fo no se detendría ni arredraría, tomándole el pelo y convirtiéndolo en un enano con un cerebro doble (‘El anómalo bicéfalo’).
Y, al mismo tiempo, nunca fiel a la línea oficial de los partidos de izquierdas, que por su parte miraban un poco de reojo a este dramaturgo que a pesar de interpretar a bufones daba golpes fuertes sobre una mesa plana, aburrida.
Por eso entre los jóvenes Dario Fo siempre ha gozado de gran éxito. Él sí que tenía aura… En este sentido, es el Nobel más Nobel de todos los ganadores italianos de este premio. Porque «las cosas se entienden a carcajadas», como dijo una vez.


