Los autores que se han destacado en la promoción del concepto de “tecnofeudalismo” comparten el diagnóstico y no necesariamente las conclusiones.
Según las diversas versiones, la propiedad y el control de la producción a partir de la tierra constituía el poder de los señores feudales, demarcando sus territorios y organizando alguna forma (también cambiante) de su relación con el poder central, el rey. A su vez, los campesinos dependían de estos señores, tanto para la protección como para poder cultivar alguna tierra cedida para este fin. Explotaban la tierra pagando una renta y sometiéndose al poder absoluto del aristócrata. Del mismo modo, argumentan esos autores, los señores tecnofeudales dominan las plataformas digitales y permiten la actividad de los nuevos plebeyos, asegurándoles la protección que es la estabilidad de sus conexiones. Además, el poder de las empresas que dominan estos mercados, la tecnoligarquía, se establece sin competencia. En ambos casos, serían mundos subordinados, en los que los de abajo no tienen ningún poder.
En la versión más difundida de esta teoría del tecnofeudalismo, la de Varoufakis, la conclusión es desconcertante: no se trataría de la expansión del capitalismo hacia nuevas formas de creación y venta de bienes (como servicios) y, por lo tanto, de explotación del trabajo o del tiempo de los trabajadores, sino que sería realmente un nuevo modo de producción. El capitalismo ha terminado, concluye. Lo que tenemos ahora es una nueva sociedad, el tecnofeudalismo. Aunque otros autores son más prudentes con respecto a estas conclusiones civilizatorias, la teoría anda por sus propios pies y se convirtió en una referencia para la crítica de los sistemas de comunicación del mundo contemporáneo. Es una teoría errónea, conduce a conclusiones confusas y parece incapaz de comprender la dimensión del peligro que representan las nuevas formas de poder, retratándolas como un recuerdo del pasado e ignorando sus características innovadoras, que son las más peligrosas.
Colonización o toxicodependencia
Una metáfora comparable a la del feudalismo es la de la colonización. En este sentido, el nuevo poder se instaló en un nuevo territorio y domina a su pueblo (como es el caso de la presencia total de las redes sociales en la vida cotidiana de más de la mitad de la población del mundo), imponiendo un nuevo lenguaje (los patrones de comunicación en las redes sociales), una explotación intensiva de los recursos locales (como la atención y las emociones personales), su sumisión a los colonizadores (la identidad de los colonizados se define por y dentro de la red social), con la desaparición de la noción de futuro (se supone que la colonia es eterna), y también con la veneración de la nueva legitimidad (el poder algorítmico es incuestionable). En «Un mundo feliz» de Aldous Huxley, una distopía conservadora de la década de 1930, este mecanismo fue anticipado por la imposición de una nueva deidad (Henry Ford) y la adoración de la técnica. Sin embargo, esta descripción es, como la del tecnofeudalismo, subsidiaria del contexto histórico que la delimita. Ahora bien, lo que estamos viviendo es una transformación en el marco del capitalismo tardío, no es un retorno a algún pasado.
Como alternativa, sugiero que estudiemos la comparación entre el capitalismo de las plataformas, que incluye como consumidores permanentes a una gran parte de la población mundial, y el poder del narcotráfico. La comparación destaca que el mundo de las redes sociales está dominado por un oligopolio (y, así, los tecnoligarcas cooperan y disputan entre sí, pero no hay competencia); promueven un producto que ofrece satisfacción y retribución emocional inmediata, o una gratificación que crea un hábito; esto genera dependencia; los consumidores sufren privación y ansiedad cuando están alejados de su fuente de placer o reconocimiento; pierden habilidades y autonomía; y su frontera entre la realidad y la ficción se desvanece, hasta el punto de que Zuckerberg ha intentado hacer de ese efecto el fundamento de una nueva sociedad de emociones y atención totalmente mercantilizada, a la que trató de llamar Metaverso.
La existencia de una dependencia psicológica, una adición, está certificada médicamente en una de las áreas de esta actividad en internet, los juegos. Según los datos de Statista para principios de 2025, más de 3 mil millones de personas son jugadores frecuentes y, en el caso de los niños de Estados Unidos, la proporción puede alcanzar el 90%, y de estos hay un 3 al 4% que se clasifican como enfermos psiquiátricos, considerando su dependencia de los juegos, llegando al 9,5% en el caso de los niños y jóvenes entre 8 y 18 años. Este «trastorno del juego en Internet» está clasificado como una enfermedad por la Asociación Americana de Psiquiatría, que publica el manual de enfermedades mentales que se considera la referencia de la profesión.
En el caso de las redes, cuyo uso intenso y dependiente aún no está clasificado como enfermedad, es de notar en todo caso su potente efecto social: generan ficciones en las que el consumidor es parte de su propia narrativa y vive en fantasías escapistas con emociones intensas, de las que obtiene satisfacción, incluso a través de recrear falsas identidades e historia. El autoconsumo se convierte en la forma de vida en la red, y esto instituye un poder de control como ninguna empresa, ninguna oligarquía, ninguna clase dominante había logrado nunca hasta hoy.
El conductor de este proceso de adicción es la satisfacción obtenida por la secreción de dopamina, como en el caso del consumo de una droga u otras experiencias de intensa remuneración psicológica. La dopamina fue identificada como un neurotransmisor en 1957 por Arvid Carlsson, de la Universidad de Lund (ganó el Premio Nobel por ello), y por Kathleen Montagu, de la Universidad de Londres (que no ganó el Nobel), y se detectó cuando se produce en el contexto de diversas experiencias personales agradables y cómo contribuye a la formación de hábitos. Lo que se descubrió veinte años después es que este neurotransmisor es el que está más intensamente relacionado con la adicción a las drogas, y que es fundamental para describir las etapas de desarrollo, mantenimiento y resaca de una persona drogadicta.
La red reconstruye el yo
El uso intenso de las redes sociales, más que otras formas de presencia en Internet, excepto quizás los juegos, genera comportamientos comparables a otras formas de adicción a las drogas, como el consumo excesivo y la resaca psicológica e incluso física. En este caso, la dopamina es «un tipo de moneda universal para medir el potencial aditivo de cualquier experiencia», ya que induce placer y dolor y determina las emociones, condicionando la memoria y la motivación. Resulta de una avalancha de imágenes, la forma dominante de nuestra percepción de lo que nos es exterior, pero le añade un factor poderoso, que es el simulacro de la participación. De hecho, el narcisismo se moviliza para crear una ilusión de reconocimiento; esto es lo que un psicólogo, Courtwright, llama «capitalismo límbico», refiriéndose a las estructuras del cerebro que dirigen las emociones, la memoria y el comportamiento. Las redes proporcionan «dopamina digital las 24 horas de cada siete días a una generación conectada», según su colega, Lembke.
Múltiples investigaciones han demostrado esta descripción del efecto aditivo de la dopamina en el uso de las redes sociales. Por ejemplo, una investigación sobre el comportamiento de adolescentes y adultos jóvenes sobre su uso del botón «me gusta», una forma de comportamiento prosocial, demostró que se trata de una retroalimentación que refuerza el aprendizaje y el autoconocimiento en un contexto social. Por otro lado, un estudio con jóvenes universitarios estadounidenses sobre su grado de inmersión en la realidad virtual concluyó que «los síntomas del uso problemático de las redes sociales reflejan los comportamientos típicos de otros trastornos psicológicos», según los científicos que dirigieron este análisis, dirigidos por Meshi, que descubrieron una correlación directa entre el uso intensivo de las redes sociales y la discapacidad de decisión. En otro caso, se descubrió que el 43% de los usuarios intensos tienen síntomas de dificultad para tomar decisiones. En otro ejemplo, en un estudio que involucró a 673 adolescentes en China, se identificó el miedo al no reconocimiento asociado al uso permanente de las redes sociales. La satisfacción y el sufrimiento resultantes de su uso son comparables al consumo de una droga.
Otros estudios fueron desarrollados por una psicóloga británica, Maryanne Wolf, que argumenta que los significados en las redes sociales se basan en las emociones y no en las interpretaciones y que, por lo tanto, la inundación de imágenes (como la proporcionada por el crecimiento de TikTok y otras redes similares), erosiona la capacidad de adquisición de conocimiento, como la lectura prolongada, la traducción de símbolos y la definición de significados. Por otro lado, el escándalo de Cambridge Analytica, con la manipulación de perfiles de Facebook para producir un condicionamiento electoral, u otras experiencias del mismo tipo, demuestra que los oligarcas perciben este poder inductivo de adicción y el potencial de control que representa.
Esta nueva forma de poder sigue basándose en la explotación del trabajo, y también del salario que se obtiene por ese trabajo, que a su vez se extrae a través de la comodificación de las emociones y la inmersión en las redes sociales, juegos y otras formas de metaverso, que absorbe al sujeto en un universo de ilusión sobre la satisfacción mercantil. La red forma el yo, la red condiciona al ser humano y esta inmersión aísla a los individuos, los somete a un bombardeo de estímulos neurológicos, simula o genera placer y controla su tiempo y emoción – es una forma de poder totalizante cuyos productores tienen una clara noción de su alcance. De esta manera, la neurodependencia o toxicidad de la alienación en las redes sociales es el mecanismo más poderoso para crear un mundo de consumidores dependientes y, de esta forma, crece como instrumento para disolver la organización y capacidad de identificación de las clases subordinadas en la sociedad del capitalismo tardío.
Francisco Louça. Economista, fundador y activista del Bloco de Esquerda de Portugal.
Texto original: https://redeanticapitalista.net/tag/anticapitalista-84-janeiro-2026/
Traducción: G. Buster


