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Miedo y seguridad

Fuentes: El viejo cañón

En una viñeta de El Roto, publicada en el diario El País el pasado mes de enero, se leía sobre el frontispicio de un negro portón, ante el que hacía guardia un sombrío y amenazador vigilante uniformado, la siguiente inscripción: «Por su propia seguridad, permanezcan asustados», remedando en cierto modo los repetidos avisos tan escuchados […]

En una viñeta de El Roto, publicada en el diario El País el pasado mes de enero, se leía sobre el frontispicio de un negro portón, ante el que hacía guardia un sombrío y amenazador vigilante uniformado, la siguiente inscripción: «Por su propia seguridad, permanezcan asustados», remedando en cierto modo los repetidos avisos tan escuchados en aeropuertos y estaciones.

Era una brillante manera de vincular estrechamente, de modo gráfico, dos conceptos que vienen configurando las inquietudes de gran parte de la humanidad: el miedo y la seguridad. Dos conceptos a cual más borroso e indefinido, y que, por esa misma razón, se convierten en útiles instrumentos para manipular a las personas, cuando se idealiza la seguridad como una aspiración absoluta y se recurre al miedo para abdicar de la propia dignidad humana, aceptar humillaciones y renunciar a los más elementales derechos.

Ni siquiera en los momentos más inquietantes de la pasada Guerra Fría, cuando algunos paranoicos individuos construían refugios antiatómicos en sus jardines y los habituales agoreros de las catástrofes hacían su agosto anticipando el apocalipsis nuclear, ha estado la humanidad tan asustada como ahora y tan dispuesta a aceptar lo inaceptable en aras a disfrutar de una imaginaria seguridad.

Siendo muy amplio el espectro de los efectos producidos por el miedo y afectando a muy diversas facetas de las actividades humanas, merece la pena detenerse un poco sobre una de ellas, que ha suscitado recientemente amplias protestas: el control de los viajeros de las líneas aéreas.

Cuando un pasajero estadounidense, indignado por el vergonzoso trato recibido en un aeropuerto de su país, protestó airadamente, el agente de la Transportation Security Administration (TSA) que lo cacheaba sin contemplaciones le advirtió: «Al comprar su billete de avión usted está renunciando a muchos de sus derechos».

Este suceso se cita en el texto de un proyecto de ley que, para llamar la atención sobre los exagerados extremos a los que se está llegando en lo relativo a la seguridad en la aviación comercial, ha presentado un congresista del partido republicano, Ron Paul. Con él trata de «proteger a los americanos (sic) del abuso físico y emocional causado por los agentes de la TSA que efectúan controles en los aeropuertos nacionales». Para justificarlo, recuerda que «hemos leído los casos de americanos sometidos a humillantes máquinas de imagen corporal o forzados a ser manoseados y palpados en las partes más íntimas de su cuerpo».

Tras afirmar rotundamente que los ciudadanos jamás deberían abdicar de sus derechos para poder viajar en avión, comparaba los derechos garantizados por la Constitución de EEUU, que son «inalienables», con los de la antigua Constitución Soviética, que podían ser anulados en cualquier momento a capricho del Gobierno.

Es interesante leer el final del texto presentado al Congreso: «Mi legislación es sencilla. Los registros de seguridad en los aeropuertos no están por encima de ninguna legislación de EEUU que regule el contacto físico con otras personas, la captación de imágenes o el daño que pueden causar los aparatos emisores de radiaciones». Terminaba así: «Imaginemos que las elites políticas de nuestro país hubieran de sufrir en los aeropuertos las mismas vicisitudes que los que viajan por negocios, por asuntos familiares y todos lo demás. Quizá este problema se resolviera si cada miembro del Gobierno o del Congreso o de otras instancias de la administración de Obama tuvieran que ser sometidos a los mismos degradantes procedimientos de registro que sufren los ciudadanos que pagan sus sueldos».

Al ser preguntada Hillary Clinton hace unos días sobre los citados registros y cacheos afirmó que a ella no le gustaría sufrirlos, si pudiera evitarlo: «¿A quién le gusta eso?», añadió. Pero declaró que esas medidas «ofensivas» eran importantes para la seguridad. Naturalmente, según se comenta en la prensa estadounidense, la Secretaria de Estado casi nunca ha tenido que atravesar descalza un arco detector de metales, estirar los brazos para ser explorada por un detector de explosivos o analizada por una cámara de revisión corporal, ya que desde 1992, como esposa del entonces presidente, viene disponiendo de la protección especial de los servicios secretos.

La indignación que el congresista muestra en su propuesta legislativa no se extiende a la mayoría de la sociedad estadounidense que, según recientes encuestas, acepta con gusto las molestias que implican los cada vez más exigentes controles previos a embarcar en una aeronave. Lo mismo, aunque a menor escala, se advierte en la opinión pública europea. Nos han hecho creer que cacheándonos, privándonos del cinturón, haciéndonos extraer los ordenadores de los maletines mientras observan cansinamente en una pantalla el contenido de éstos, viajamos plenamente seguros. Saben que la plena seguridad es inalcanzable; pero nuestro miedo les ayuda a engañarnos.

http://www.javierortiz.net/voz/piris