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Ni el progresismo ni el liberalismo conservadores

Fuentes: Rebelión

Hay dos tipos de conductas psíquicas de manipulación, que el dominador utiliza con la víctima para justificar su opresión y atraparla en el ciclo de la violencia.

Una es el maltrato, consiste en descalificar, humillar e insultar sistemáticamente a la víctima, hasta hacerla perder su identidad y su autovaloración. Con su espíritu debilitado, la víctima creyéndose incapaz de organizar y desarrollar su vida de forma autónoma, cree ser merecedora de la violencia que se ejerce sobre ella y la acepta como destino, al tiempo que admite que el dominador organice y dirija su vida. Esta conducta implica, junto al maltrato sistemático, momentos de acercamiento “afectivo” que resultan de la relación de posesión que el dominador establece con la víctima, a quién considera su objeto de intervención. La espiral de maltrato y “cariño” hacen que la víctima acepte el maltrato, no solo porque considera que lo merece sino porque espera los momentos de afecto, en los cuales el dominador aparece como protector. Esta conducta expresa la idea dominante: “yo te maltrato porque me preocupo de ti, porque me necesitas para dirigir tu vida que me perteneces por completo, tengo que obligarte hacerte el bien, porque no puedes, porque no sirves, porque tú misma no entiendes lo que te hace bien”.

Otra es la indiferencia, con la cual el dominador muestra ausencia de sentimientos de rechazo o agrado hacia la víctima, quien siente que su vida no importa, que aquello que le sucede por efecto de la violencia económica, social, cultural, ideológica, política, sexual o física que sufre, no genera ningún tipo de reacción. El dominador no muestra sentimiento alguno de empatía, que le permita conectar con las necesidades y problemas de la víctima. Se mantiene en la posición neutral de la razón instrumental, que le proporciona un escudo de protección ante el sufrimiento de la víctima y, así, evita cuestionamientos morales que le interpelen a parar su violencia. La indiferencia es una manera “racional”, que tiene el dominador de justificar el ciclo de violencia en el que está encerrada su víctima, pues su violencia es carente de cualquier signo de afecto, es un puro cálculo del interés. La idea es: “Tu vida me es indiferente, no tengo ni aprecio ni desprecio por ti y tu sufrimiento, hago lo que tengo que hacer, porque estoy en un lugar de privilegio y poder que me aleja de los efectos que mi violencia ha causado en ti”.

Como en todo proceso electoral, en este último, no se decidirá nada que implique una transformación de la sociedad, que revierta el sistema de violencia trazado por la triple dominación. Lo único que se puede decidir es la forma de administrar la violencia estatal, elegir al victimario que durante 4 años desplegará sus dispositivos de dominación. Las elecciones, aún más éstas, son una trampa que atrapa a la sociedad ecuatoriana entre una política gubernamental basada en el maltrato sistemático y otra basada en la indiferencia, ambas justificadoras de la violencia del estado capitalista patriarcal y colonial.

El candidato Arauz, hijo legítimo del progresismo conservador correísta, está formado por la práctica política gubernamental del maltrato practicado por su mentor. Sufrimos durante una década de insultos, descalificaciones, amenazas y humillaciones públicas, seguidas de persecución, encarcelamiento y judicialización represiva de nuestra disidencia política. Todo este maltrato sistemático se lo hizo en nombre de la transformación del país en beneficio de la sociedad. De una sociedad que era incapaz de saber y hacer lo que su deseo de libertad y justicia le dictaba y, por lo tanto, tenía que dejarse organizar y guiar por el estado dominador y su macho presidente. Cuando la sociedad intentaba recuperar su identidad y autovaloración, a través de sus organizaciones políticas autónomas, entonces estaba justificado maltratarla para que entienda que la violencia de las políticas económicas, sociales, educativas, culturales, etc. asumidas por el Estado, eran por su bien y el de la revolución. Junto al maltrato sistemático estaban los bonos, los subsidios, las sabatinas donde se maltrataba y adulaba, así, nos encerraron en el ciclo de la violencia. No importa que roben, que despilfarren y hagan negocios privados con la riqueza pública, que nos insulten, que nos humillen, que nos silencien, que se burlen del saqueo que cometen, mientras algo nos den, mientras algún afecto muestre a la víctima. Con esta experiencia es difícil creer que para el hijo legítimo de la dominación maltratadora ya no está de moda el odio, si su caudillo incluso llegó a amenazar a la naturaleza si ésta se oponía a su revolución; es un hecho que ha sido el gobierno que más la ha violentado.

El candidato Lasso, hijo más que legítimo del neoliberalismo que gobernó por dos décadas y nos condujo a una de las peores catástrofes económicas vividas por la sociedad, está inscrito ideológicamente y por experiencia empresarial en la política gubernamental de la indiferencia. Conocemos, como víctimas del neoliberalismo, la ausencia total de empatía de esos gobiernos frente al sufrimiento social que causa sus medidas de ajuste estructural. Cuando se trata de asegurar los negocios del capital, lo que se impone es el cálculo económico frio e indiferente, la misma sociedad es reducida a estadísticas macroeconómicas. Esta indiferencia es, además, un rasgo de clases, la gran burguesía y oligarquía de este país, que históricamente nunca se reconocieron como parte de él, no son capaces de conectar con las necesidades y problemas de la sociedad. Son fríos empresario y tecnócratas que miran a la sociedad desde la lejanía de las cifras económicas y desde allí no sienten nada ante el sufrimiento de la sociedad, son pragmáticos y no hay ideología ni moral que les interpele. Cuando tienen que hacer sus ajustes estructurales – despedir miles de trabajadores o recortar presupuesto en salud, educación, cultura o explotar a la naturaleza- no se detienen ante ninguna vana demanda extraeconómica. La sociedad y sus necesidades es indiferente, hacen lo que tiene que hacer porque tienen el poder de hacerlo y el privilegio de no afectarse por los efectos de la violencia de su Estado. Conocemos de sobra el cálculo económico de los neoliberales, de los grandes empresarios, de los grades financistas, conocemos que no les tiembla la mano y menos el corazón cuando nos endeudan hasta la asfixia y luego se cobra la deuda con nuestras vidas y el futuro de nuetrxs hijxs. Me cuesta, entonces creer que un banquero que se enriquece con la especulación financiera, que es la expresión del capital más indiferente y cruel, hoy quiera devolvernos el dinero porque de repente le agarró un cuestionamiento moral.

No caigo en esta trampa, no escojo ni al progresismo conservador y maltratador ni al liberalismo conservador e indiferente. No admito la violencia del Estado, opto por seguir intentado ser una mujer libre y autónoma y seguir bregando por construir otra sociedad que no sea víctima de la violencia de ningún poder de dominación.

Ni el progresismo ni el liberalismo conservadores

Hay dos tipos de conductas psíquicas de manipulación, que el dominador utiliza con la víctima para justificar su opresión y atraparla en el ciclo de la violencia.

Una es el maltrato, consiste en descalificar, humillar e insultar sistemáticamente a la víctima, hasta hacerla perder su identidad y su autovaloración. Con su espíritu debilitado, la víctima creyéndose incapaz de organizar y desarrollar su vida de forma autónoma, cree ser merecedora de la violencia que se ejerce sobre ella y la acepta como destino, al tiempo que admite que el dominador organice y dirija su vida. Esta conducta implica, junto al maltrato sistemático, momentos de acercamiento “afectivo” que resultan de la relación de posesión que el dominador establece con la víctima, a quién considera su objeto de intervención. La espiral de maltrato y “cariño” hacen que la víctima acepte el maltrato, no solo porque considera que lo merece sino porque espera los momentos de afecto, en los cuales el dominador aparece como protector. Esta conducta expresa la idea dominante: “yo te maltrato porque me preocupo de ti, porque me necesitas para dirigir tu vida que me pertenece por completo, tengo que obligarte hacerte el bien, porque no puedes, porque no sirves, porque tú misma no entiendes lo que te hace bien”.

Otra es la indiferencia, con la cual el dominador muestra ausencia de sentimientos de rechazo o agrado hacia la víctima, quien siente que su vida no importa, que aquello que le sucede por efecto de la violencia económica, social, cultural, ideológica, política, sexual o física que sufre, no genera ningún tipo de reacción. El Dominador no muestra sentimiento alguno de empatía, que le permita conectar con las necesidades y problemas de la víctima. Se mantiene en la posición de neutral de la razón instrumental, que le proporciona un escudo de protección ante el sufrimiento de la víctima y, así, evita cuestionamientos morales que le interpelen a parar su violencia. La indiferencia es una manera “racional”, que tiene el dominador de justificar el ciclo de violencia en el que está encerrada su víctima, pues su violencia es carente de cualquier signo de afecto, es un puro cálculo del interés. La idea es: “Tu vida me es indiferente, no tengo ni aprecio ni desprecio por ti y tu sufrimiento, hago lo que tengo que hacer, porque estoy en un lugar de privilegio y poder que me aleja de los efectos que mi violencia ha causado en ti”.

Como en todo proceso electoral, en este último, no se decidirá nada que implique una transformación de la sociedad, que revierta el sistema de violencia trazado por la triple dominación. Lo único que se puede decidir es la forma de administrar la violencia estatal, elegir al victimario que durante 4 años desplegará sus dispositivos de dominación. Las elecciones, aún más éstas, son una trampa que atrapa a la sociedad ecuatoriana entre una política gubernamental basada en el maltrato sistemático y otra basada en la indiferencia, ambas justificadoras de la violencia del estado capitalista patriarcal y colonial.

El candidato Arauz, hijo legítimo del progresismo conservador correísta, está formado por la práctica política gubernamental del maltrato practicado por su mentor. Sufrimos durante una década de insultos, descalificaciones, amenazas y humillaciones públicas, seguidas de persecución, encarcelamiento y judicialización represiva de nuestra disidencia política. Todo este maltrato sistemático se lo hizo en nombre de la transformación del país en beneficio de la sociedad. De una sociedad que era incapaz de saber y hacer lo que su deseo de libertad y justicia le dictaba y, por lo tanto, tenía que dejarse organizar y guiar por el estado dominador y su macho presidente. Cuando la sociedad intentaba recuperar su identidad y autovaloración, a través de sus organizaciones políticas autónomas, entonces estaba justificado maltratarla para que entienda que la violencia de las políticas económicas, sociales, educativas, culturales, etc. asumidas por el Estado, eran por su bien y el de la revolución. Junto al maltrato sistemático estaban los bonos, los subsidios, las sabatinas donde se maltrataba y adulaba, así, nos encerraron en el ciclo de la violencia. No importa que roben, que despilfarren y hagan negocios privados con la riqueza pública, que nos insulten, que nos humillen, que nos silencien, que se burlen del saqueo que cometen, mientras algo nos den, mientras algún afecto muestre a la víctima. Con esta experiencia es difícil creer que para el hijo legítimo de la dominación maltratadora ya no está de moda el odio, si su caudillo incluso llegó a amenazar a la naturaleza si ésta se oponía a su revolución; es un hecho que ha sido el gobierno que más la ha violentado.

El candidato Lasso, hijo más que legítimo del neoliberalismo que gobernó por dos décadas y nos condujo a una de las peores catástrofes económicas vividas por la sociedad, está inscrito ideológicamente y por experiencia empresarial en la política gubernamental de la indiferencia. Conocemos, como víctimas del neoliberalismo, la ausencia total de empatía de esos gobiernos frente al sufrimiento social que causa sus medidas de ajuste estructural. Cuando se trata de asegurar los negocios del capital, lo que se impone es el cálculo económico frío e indiferente, la misma sociedad es reducida a estadísticas macroeconómicas. Esta indiferencia es, además, un rasgo de clases, la gran burguesía y oligarquía de este país, que históricamente nunca se reconocieron como parte de él, no son capaces de conectar con las necesidades y problemas de la sociedad. Son fríos empresario y tecnócratas que miran a la sociedad desde la lejanía de las cifras económicas y desde allí no sienten nada ante el sufrimiento de la sociedad, son pragmáticos y no hay ideología ni moral que les interpele. Cuando tienen que hacer sus ajustes estructurales – despedir miles de trabajadores o recortar presupuesto en salud, educación, cultura o explotar a la naturaleza- no se detienen ante ninguna vana demanda extraeconómica. La sociedad y sus necesidades es indiferente, hacen lo que tiene que hacer porque tienen el poder de hacerlo y el privilegio de no afectarse por los efectos de la violencia de su Estado. Conocemos de sobra el cálculo económico de los neoliberales, de los grandes empresarios, de los grades financistas, conocemos que no les tiembla la mano y menos el corazón cuando nos endeudan hasta la asfixia y luego se cobra la deuda con nuestras vidas y el futuro de nuetrxs hijxs. Me cuesta, entonces creer que un banquero que se enriquece con la especulación financiera, que es la expresión del capital más indiferente y cruel, hoy quiera devolvernos el dinero porque de repente le agarró un cuestionamiento moral.

No caigo en esta trampa, no escojo ni al progresismo conservador y maltratador ni al liberalismo conservador e indiferente. No admito la violencia del Estado, opto por seguir intentado ser una mujer libre y autónoma y seguir bregando por construir otra sociedad que no sea víctima de la violencia de ningún poder de dominación.