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El fracaso de la Ronda de Doha

No al libre comercio, pero ¿y el comercio justo?

Fuentes: APM

El mundo no tendrá comercio libre por los próximos años por culpa de las potencias. Se advierten dos horizontes: un comercio mundial justo o la bilateralización del intercambio.

«Estamos decepcionados por no haberlo logrado…». Con esta sincera frase, el director general de la Organización Mundial del Comercio (OMC), Pascal Lamy, admitía el fracaso de la Ronda de Doha para liberalizar el comercio mundial. La negativa de las potencias mundiales a reducir sus subsidios a la producción y exportación agrícola fueron obstáculos insalvables para lograr los objetivos planteados por el organismo rector del intercambio global: un mundo sin barreras a la libre circulación de bienes, servicios y capitales.

En este medio nos hemos referido en forma reiterada a las negociaciones conocidas como Ronda de Doha, a la vez que hemos advertido que de no superarse la cuestión agrícola no habría solución posible. A la vez, señalamos las alternativas que podían surgir a raíz del fracaso en Suiza de estos últimos intentos por reflotar este barco lleno de fisuras: un movimiento mundial hacia un comercio justo o la bilateralización del intercambio mundial.

¿Qué sucedió en Ginebra el lunes y martes pasados? Sintéticamente, fracasó la Ronda de Doha. Al menos, eso es lo que titularon los diarios. Más en profundidad, se desvaneció la posibilidad de consensuar un comercio mundial libre de restricciones en lo inmediato, por el fin del mandato presidencial en Estados Unidos en noviembre próximo. Debido al peso de la economía estadounidense -la quinta parte de la riqueza mundial se genera allí y es el primer importador- ningún acuerdo puede alcanzarse sin la participación de Washington; entonces, cualquier solución que se alcance de ahora en más puede encontrarse con la oposición del próximo residente de la Casa Blanca, lo cual provocaría un nuevo fracaso.

¿Qué es la Ronda de Doha? Se llama así a una ronda o rueda de negociaciones comerciales en el seno de la OMC y que adopta el nombre del lugar donde se dio inicio. En este caso, se trata de Doha, capital de Qatar, en noviembre de 2001. Paradójicamente, el nombre oficial del evento es «Ronda de Desarrollo de Doha», debido a que sus objetivos fueron «lograr la apertura de mercados en los sectores agrícola, industrial y de servicios en beneficio del mundo en desarrollo».

La OMC fue creada el 1º de enero de 1995 y es el organismo rector mundial del comercio. La integran 153 países, cuya condición para incorporarse es adoptar una economía o sistema de mercado. Las resoluciones que allí se adopten deben alcanzarse por consenso de todos sus integrantes, aunque en las discusiones más trascendentales se forman distintos grupos de afinidad y se delega en un puñado de naciones las negociaciones.

En forma tácita, la OMC reivindica el postulado ricardiano de las ventajas comparativas de los países. David Ricardo (1772-1823) fue un economista inglés de la escuela clásica (fuera del ambiente económico se lo denominaría «liberal») que postuló las ventajas comparativas del comercio internacional. Sintéticamente, esta doctrina sostiene que los países tienen ventajas comparativas para producir cierto tipo de bienes; por lo tanto, cada nación debe especializarse en la producción y exportación de la mercancía en la que es competitivo e importar la mercancía en la que no es competitivo. El resultado, según el economista clásico, sería beneficioso para todos.

Esta doctrina lleva implícitos una serie de supuestos que no conviene mencionar porque el panorama mundial actual está lejos de semejarse al ideal ricardiano. No importa aquí que los países quieran vender aquello en lo que tienen ventajas comparativas, sino en que quieren proteger aquellos sectores que no tienen ninguna ventaja y sólo subsisten por el amparo estatal.

Podríamos dividir al mundo en tres tipos de economías o naciones. Las potencias del Primer Mundo, que tienen una producción diversificada, de alta productividad, con una industrialización de alto nivel y herramientas financieras fuertes. Los Países Emergentes, con una producción menos diversificada y de menor productividad, industrialización media e instrumentos financieros acotados. Y el Tercer Mundo, con predominio de las actividades primarias, escasa o nula industrialización, baja productividad y dependencia financiera.

El Primer Mundo está integrado por Estados Unidos, la Unión Europea (UE) y Japón básicamente. Los Países Emergentes incluyen a China, India, Brasil, Argentina, Sudáfrica y naciones de desarrollo similar. Y el Tercer Mundo está integrado por casi los países más pobres (casi todos los africanos, del centro y sur de Asia y algunos latinoamericanos).

Volvamos al postulado ricardiano y sinteticemos el comercio mundial. Los países del Primer Mundo producen bienes industriales en forma eficiente, por un lado, y los Países Emergentes y el Tercer Mundo producen bienes primarios (alimentos, minerales e hidrocarburos) y algunos bienes industriales eficientemente. En estas condiciones no habría ningún inconveniente: las potencias venderían al resto de los países bienes industriales, mientras que estos últimos venderían al Primer Mundo sus bienes primarios. Cada uno se concentraría en lo que hace mejor y el resultado global resultaría en un círculo virtuoso.

Entonces ¿por qué fracasó la Ronda de Doha? Las potencias del Primer Mundo protegen a sus productores agrícolas de distintas maneras. Los motivos son variados: desde garantizarse la seguridad alimentaria hasta sostener un sector que, de no recibir ayuda, se convertiría en una potencial fuente de descontento social. ¿De qué manera se ejerce este proteccionismo? Por un lado, con mecanismos pararancelarios, pero fundamentalmente con dos tipos de subsidios: a la producción y a las exportaciones.

Los subsidios a la producción agrícola son los que permiten que los productores del Primer Mundo se sostengan. Si la UE o Japón no subsidiasen a sus productores rurales, muchos de ellos no tendrían razón de existir por una cuestión de costos. La mayor parte de los alimentos deberían ser importados. Por su parte, las subvenciones a la exportación logran que estos productores no sólo provean al mercado interno, sino que participen del comercio mundial, depreciando los precios.

En 2001, la UE subsidió a su producción doméstica por 105.624 millones de dólares. Estados Unidos, en ese mismo lapso destinó 95.259 millones de la misma moneda a sus productores, mientras que Japón subvencionó por 59.126 millones.

Este tema de los subsidios es recurrentemente llevado a la mesa de discusión en todos los encuentros que se han realizado para liberalizar el comercio internacional. Y en todos los casos la respuesta de las potencias resulta la misma: una negativa rotunda a eliminarlos. Pero aún más: el Primer Mundo utiliza todos sus métodos de presión para que los demás países sí abran sus propios mercados a su producción: los bienes industriales.

Si tuviésemos que definir en una oración la esencia del problema podría ser la siguiente: Los países del Primer Mundo exigen que las naciones de desarrollo medio y bajo abran sus mercados a la importación de bienes industriales pero no están dispuestos a abrir sus mercados agrícolas. Este es el nudo gordiano que no parece vaya a desatarse nunca.

La hipocresía de las potencias es obscena. En palabras del Nobel de Economía, el estadounidense Joseph Stiglitz, «… a los países pobres (las potencias) les permiten exportar todo… menos lo que producen». Es decir, el Primer Mundo propone «abrir» sus mercados a la importación de electrónica, industria aeroespacial, alta tecnología -todos productos que el Tercer Mundo no produce- pero cierra sus mercados a la producción agrícola y la exportación de textiles, productos en los que los países pobres sí son competitivos.

El lector promedio habrá advertido a través de la prensa la queja de Bruselas, Tokio y Washington por la «intransigencia» de los países de la periferia en no ceder en la apertura de sus mercados a la importación de bienes industriales. A tal punto que muchos creen que el fracaso de la OMC se debe a las naciones más pobres. Nada más alejado de la realidad. La UE tiene una postura común y negocia en bloque; todo lo que ofrece su representante en Ginebra es fruto de un acuerdo unánime de sus 27 estados integrantes. Y Francia sostiene históricamente que no piensa retroceder en su política de subsidios agrarios. Estados Unidos, por su parte, se aprovecha de esta postura inamovible del Viejo Continente para justificar sus propias subvenciones. Recordemos que los acuerdos en la OMC deben ser alcanzados en forma unánime.

Si los Países Emergentes y el Tercer Mundo hubiesen aceptado las propuestas de las potencias en Ginebra la semana pasada, no sólo no habrían impulsado sus exportaciones, sino que hubiesen abierto sus economías a los bienes industriales, pero también a los servicios públicos, compras estatales, salud, educación y sector financiero.

De haberse aprobado la propuesta no se habría alcanzado el libre comercio. Porque los mercados industriales de América Latina, Africa y Asia estarían abiertos a las importaciones, pero en Estados Unidos, Europa y Japón los mercados agrícolas seguirían cerrados. Y lo que es peor aún, estaríamos más lejos aún del comercio justo, aquel que tiende al desarrollo y que diera nombre a la Ronda de Doha.

Según la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO) el fracaso de la Ronda de Doha se debe «a la lucha para obtener ventajas en los mercados agrícolas por parte de las grandes potencias, empresas y lobbies». El enfoque adoptado en las negociaciones fue equivocado desde el principio, según la organización de la ONU, ya que no tuvo suficientemente en cuenta los intereses de los países en desarrollo y se centró en «el libre comercio, más que en el comercio justo».

Y esta es la clave. Porque a partir de este final de ciclo, surgen dos escenarios posibles. El primero, el deseado, es que los países menos avanzados refuercen sus alianzas y su postura común para lograr un comercio internacional justo, donde se puedan preservar los intereses sensatos propios, y no el de quién más poder de lobby ejerza; y donde se pueda exportar lo propio e importar sin demasiadas trabas, pero con márgenes para que los Estados puedan planificar, así como con sectores que, como los recursos naturales y los servicios públicos, tienen un status especial y por ende un trato diferencial.

En este escenario son deseables las propuestas de integración productiva, como las que en los papeles existen en el Mercado Común del Sur (Mercosur) aunque todavía resultan un tanto inciertas, y que la UE utiliza hace tiempo. También en este sentido, debe primar un sentido de solidaridad y de responsabilidad de la economía de mayor grado de desarrollo con respecto a los menos avanzados. Un comercio justo que beneficie a las poblaciones y al desarrollo, y no sólo a las empresas transnacionales.

El segundo escenario es el de mayor riesgo. Truncada la posibilidad de que el orbe tenga un comercio único y libre, las potencias y las empresas van a utilizar todos sus medios de presión para alcanzar acuerdos comerciales bilaterales, con la particularidad de que una de las partes es una potencia económica (Estados Unidos, Japón) o grupo de países (UE), y del otro lado un país de desarrollo económico medio o bajo. Una especie de festival del TLC (tratado de libre comercio), donde el poderoso impone y el débil acata, o paga las consecuencias por la rebeldía.

Este escenario es aún peor que el que se evitó en Ginebra la semana próxima pasada.

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