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No me intervengas, compadre

Fuentes: InSurGente

Empecemos por un diálogo. Cierto filósofo le dijo a un colega que el Hombre está naturalmente indefenso comparándolo con el león o el tigre. Nuestra especie de tiene garras, ni colmillos. Tan rápido como un zarpazo, el otro replicó: No lo creas; tenemos un arma más dúctil y de mayor alcance: la mentira. Cacé esta […]

Empecemos por un diálogo. Cierto filósofo le dijo a un colega que el Hombre está naturalmente indefenso comparándolo con el león o el tigre. Nuestra especie de tiene garras, ni colmillos. Tan rápido como un zarpazo, el otro replicó: No lo creas; tenemos un arma más dúctil y de mayor alcance: la mentira. Cacé esta idea en un libro del filósofo y pedagogo cubano Enrique José Varona. Y me atrevo, como periodista formado en la temeridad, a corregir respetuosamente la proposición de mi ejemplar compatriota. El Hombre dispone, sobre todo, de la palabra. Y con la palabra se cocina la mentira, se aderezan los subterfugios, se enmascaran las malas intenciones.

Que nadie presuma en este articulista un experto en la teoría de la lingüística, ni tampoco un profesor de filosofía. Soy un periodista formado, sobre todo, en la ciencia que sabe distinguir la diferencia entre un dedo y un caramelo. Y leyendo hace unos días en Insurgente la nota sobre la probable reforma de la Organización de las Naciones Unidas, asocié la Realpolitik diseñada y ejercitada por las potencias occidentales con la propuesta que el Cardenal Angelo Sodano presentó el pasado año en la ONU. El secretario de Estado del Vaticano solicitó que en las nuevas reglas, en las bases jurídicas del magno organismo internacional se incluyera la intervención humanitaria. Y es en esa propuesta y en ese término donde el católico, el cristiano, la persona honrada comienzan a chapotear en las aguas turbias de un dilema ético. Posiblemente su Eminencia haya sido guiada por principios y fines justos. Pero los actos y las palabras no se asumen a veces por sus intenciones, sino por sus resultados. ¿Qué sucedería si el término de intervención humanitaria se constituyera en categoría jurídica del derecho internacional? Posiblemente el derecho internacional desaparecería como tal derecho para convertirse en un torcido reajuste de las técnicas de formalizar la guerra. Desde hace años -quizás desde Reagan o más atrás-, los Estados Unidos actúan como si, en efecto, injerirse, intervenir, en otros países fuese un gesto de caridad, generoso esfuerzo para imponer el orden en pueblos maltratados, tiranizados. Adjudicar a la intervención humanitaria la condición de norma jurídicamente plausible, equivale, pues, a encender permanentemente la luz verde a las apetencias de los Estados Unidos y alguno de sus aliados. Ya no tendrían que inventar amenazas, peligros, para justificar un banquete aéreo sobre la mesa de países militarmente más débiles. Solo apuntar con el pulgar hacia abajo, como los romanos en el circo, y el destino y la soberanía de cualquier pueblo -preferiblemente los pobres, los contestatarios, los insumisos, o los dotados de petróleo- se modificarían a base de misiles inteligentes.

El filósofo de mi historieta tiene razón: la especie humana cuenta con la palabra como arma. Los buenos y los malos. Ocurre, sin embargo, que a veces los buenos no la saben usar, y los malos -es un decir- perfeccionan sus habilidades para utilizarla como sustituto de la garra y el colmillo Hemos atracado en un espigón de la historia donde la palabra ha sido reducida a ejercer de mucama en la servidumbre del mal. De modo que el león ya es más ético que ciertos hombres y ciertos países. El llamado Rey de la selva no arremete contra la gacela aduciendo el pretexto de que «te he de morder y comer para que otras fieras no te coman». La persigue, la desgarra y se la come. Simplemente. Cumple su faena sin más subterfugios que la necesidad. El imperialismo -bestia de la modernidad- se ha refinado, ha pulido tanto sus métodos que tiene en cuenta la palabra, porque ya ve en la palabra el arma del rival: la opinión pública. Cuando en el siglo XX, movilizó sus tropas para intervenir en Cuba, República Dominicana, Panamá, México, Nicaragua, no pidió permiso, ni encomendó a sus alquimistas preparar brebajes propagandísticos que justificaran la acción injerencista. Llegaron, vieron y vencieron. Porque los Estados Unidos -decían entonces- no tiene amigos, sino intereses. Y en la percepción táctica de que la opinión pública va erizándose como una potencia mundial, burbujean los títulos rimbombantes, acomodaticios, dulzones, tras cuya extravagancia poética se encubre la espeluznante violación de la concordia y la coexistencia. Tormenta del desierto, Justicia infinita, etcétera.

La intervención humanitaria -tan convincente, tan caritativa, tan justa- es la guerra de siempre por los mismos medios, pero sin los mismos miedos del lado del agresor. Aprobados, justificados, exaltados, si al fin la mayoría de las Naciones Unidas se anudan el lazo de la horca, los países interventores recibirán incluso la bendición papal junto con la impunidad de la intervención humanitaria. Ha de inquietarnos que la fuerza espiritual de la Santa Sede no sea capaz de advertir los riesgos de promover la legalización de términos cuyo empleo ha servido de sólito a causas antihumanas. ¿Acaso no fue legitimado el ataque a Serbia como un acto de humanitarismo? ¿No han tratado de justificar la destrucción de Irak como una operación de intervención humanitaria ante los desmanes -dicen- de Saddan Hussein? ¿Quién podrá asegurar que el pueblo de Cuba, por ejemplo, no será alguna vez víctima de humanitarios interventores que vendrían a reimplantar lo que desde hace 46 años los cubanos rechazaron mayoritariamente?

Juan Pablo II propugna la idea de globalizar la solidaridad. Pero la propuesta de su secretario de Estado en la ONU atenta contra esa consigna pontificia, cuyo origen no está solo en los Evangelios, sino en la teoría del derecho que concibieron y explicaron clérigos y católicos como los españoles Vives, Vitoria, Suárez, Molina. Porque si la cultura española no produjo filósofos ni filosofía, como suele afirmarse en los manuales, engendró, en cambio, pensadores y doctrinas prácticas que más que interpretar el mundo, intentaron cambiarlo. El derecho internacional se gesta y se afinca en el pensamiento jurídico de esos sabios con nombres y apellidos hispanos. O hispánicos.

Hace cinco siglos, Vives formuló un principio que ha pedido transferencia de una a otra época. ¿No parecen recién escritas estas palabras que tomo de su ensayo De concordia e discordia in humane genere: «No hay nada tan necesario hoy para conservar el mundo en su equilibrio y no perecer del todo, como la concordia. Esta sola basta por sí para reparar lo quebrantado»? Parece fácilmente deducible. La llamada intervención humanitaria no abona sino infertiliza la concordia, o la paz en lenguaje contemporáneo. ¿Quién sabe de una intervención humanitaria ejecutada sin fuego, sin explosiones y humaredas, sin ruina y muerte? Por ello mismo el propio Vives atribuyó la raíz de la palabra latina bellum (guerra) a la palabra bellua (bestia). Porque al cabo la guerra es propia de las fieras. La intervención humanitaria, pues, nunca podrá ejercerse sin resistencia por parte del intervenido, porque aquella se hace acompañar de conceptos inadmisibles como «soberanía limitada», o «guerra preventiva». La humanidad, contrariamente, urge de la «intervención solidaria», un concepto también original de un pensador español: Luis de Molina. Y esa intervención solo es válida cuando un pueblo se interesa por defender a un pueblo atacado injustamente. O, en nuestras circunstancias, intervenido humanitariamente.

En ciertos países de Hispanoamérica -Cuba, México, Venezuela, tal vez España- la fraseología popular, sabia como el refranero, hija incluso de este, ante los presuntos favores de quien, aparentando defender, perjudica, los rechaza con una oración en que se mezclan la seriedad y la ironía, el ingenio y el humor de resistencia: No me defiendas, compadre. Ahora, reclamados por la preservación, los habitantes del Tercer Mundo hemos de subir a la tribuna de mármol verde de la Asamblea General de las Naciones Unidas, y gritar: ¡No me intervengas, compadre!