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Violencia y ciudadanía en el discurso de De la Espriella

Fuentes: Prensa Rural

Un análisis del lenguaje poselectoral de Abelardo de la Espriella revela cómo metáforas de manada, tigre y tiranía reactivan zonas violentas de la cultura política colombiana, difuminando la frontera entre competencia democrática y lógica de guerra.

«[T]oda publicidad “dice” su producto, pero cuenta otra cosa.
Roland Barthes, La aventura semiológica»

Después de las elecciones de ayer, en donde fui jurado electoral, y de escuchar los análisis en diferentes medios de comunicación, además de oír los discursos de quienes pasaron a segunda vuelta, especialmente el de Abelardo de la Espriella, me preocupé. La monserga me inquietó por su tono, por sus símbolos y por el tipo de país que deja imaginar.

Dijo que más de diez millones de colombianos confiaron en “el tigre”, que se unieron a “la manada”, que en pocos días derrotarían la tiranía, el absolutismo y que se cambiaría para siempre la historia de Colombia. En apariencia, se trataba de una pieza breve, emotiva y propia de una celebración electoral.

No obstante, las palabras políticas casi siempre cargan más de lo que muestran. El problema aparece cuando el lenguaje de la democracia empieza a parecerse al lenguaje de la guerra.

Colombia conoce bien ese tránsito peligroso. Ha vivido demasiadas veces la transformación del adversario en amenaza, de la diferencia en traición, del voto en campo de batalla. Por ello resulta necesario leer el discurso de Abelardo con seriedad.

En sociedades atravesadas por la violencia política, el exceso verbal tiene historia, memoria y efectos. Las palabras abren permisos. También cierran caminos de conversación. Cuando un líder sitúa a sus rivales en el campo del despotismo, crea una escena moral donde el diálogo pierde valor y la fuerza adquiere ascendencia.

La política actual se mueve en un régimen donde la información circula con velocidad, donde los datos ordenan conductas y donde la visibilidad termina siendo poder. En ese escenario, la campaña que logra condensar una identidad en pocos signos parte con ventaja. Abelardo entendió ese terreno. Su candidatura se convirtió en marca: el tigre, la raya, la manada, la patria, la familia, la dureza, la voz desafiante.

Cada elemento funciona en calidad de pieza de reconocimiento inmediato. La complejidad programática queda desplazada por una identidad simple. Esa estrategia tiene eficacia porque se adapta a las plataformas digitales. Un programa de gobierno exige lectura, contraste, memoria y evaluación.

Una consigna viaja mejor. Una imagen del candidato rodeado de seguidores circula más rápido que una discusión sobre presupuesto, justicia, salud, seguridad o reforma estatal. Una frase agresiva produce más conversación que una propuesta técnica.

La campaña de Abelardo ha sabido explotar ese circuito. Su estilo premia el choque. Cada frase fuerte obliga a los medios a cubrirlo, a sus críticos a responderle y a sus seguidores a defenderlo. La indignación ajena también le sirve, pues lo mantiene en el centro de la agenda. El ecosistema mediático actual, atravesado por redes, clips, transmisiones y titulares veloces, convierte el escándalo en combustible.

El exceso deja de ser accidente y se vuelve método. La provocación ya forma parte del cálculo. Sin embargo, el asunto excede la técnica. La pregunta de fondo es qué tipo de sensibilidad política se está formando. Un país puede tener mucha información y poca deliberación.

Puede tener transmisiones en vivo, encuestas, reels, hashtags, análisis y debates, mientras pierde capacidad para escucharse. Puede hablar sin pausa y pensar cada vez menos. La saturación informativa agota la reflexión. Cuando todo llega en fragmentos, el juicio se acelera, la palabra queda relegada. Allí prosperan los lenguajes de salvación y amenaza.

El discurso de “el tigre”, leído desde esa perspectiva, tiene una arquitectura precisa. Primero, convierte el resultado electoral en mandato moral. Segundo, presenta a sus seguidores en calidad de comunidad épica. Tercero, ubica al rival en el campo de la dictadura. Cuarto, promete una transformación histórica inmediata. Quinto, celebra a quienes llama “los nunca” frente a “los de siempre”. Esta secuencia cumple una función movilizadora.

El aspirante le dice a su base que ya ganó moralmente, que encarna al pueblo verdadero, que enfrenta una amenaza y que la historia está a punto de cambiar. El problema aparece en el modo en que esa narración estrecha la democracia. En una elección, el rival debería ser un competidor legítimo, aunque sus ideas resulten discutibles o incluso cuestionables.

La forma de nombrar cambia el terreno. El votante ya queda invitado a decidir desde el miedo, la urgencia y la defensa. Preguntas necesarias quedan relegadas: ¿qué propone realmente?, ¿cuáles son los límites institucionales de su proyecto?, ¿qué haría con la Fuerza Pública?, ¿qué garantías daría a sus opositores?, ¿qué relación tendría con las cortes?, ¿qué tipo de seguridad busca? y ¿qué costos tendría?

Por otro lado, los discursos políticos colombianos de mediados del siglo XX se alimentaron de armaduras simbólicas. La política colombiana, según esa lectura, ha estado marcada por pertenencias, odios heredados, moralización del adversario y dificultad para construir una ciudadanía compartida.

La violencia emerge allí donde el otro deja de ser interlocutor y pasa a ser inseguridad. El adversario se convierte en una presencia extraña, peligrosa, casi impura. La democracia sigue existiendo en las formas, pero por dentro se llena de sentidos excluyentes.

En las arengas de Abelardo aparecen urnas, votos, democracia, libertad y pueblo; todos son términos propios de una república moderna. Empero, esos términos quedan cargados por una energía de confrontación.

La libertad se vuelve patrimonio de un solo bando. La patria queda asociada a una sola persona. La historia queda reducida a una promesa de ruptura. El rival deja de ser parte de la nación plural y empieza a parecer un obstáculo. Esa mezcla son formas actuales atravesadas por pasiones antiguas.

La palabra “manada” merece atención especial, sobre todo porque ya tuvimos un discurso con tono paisa que hablaba de “mis hijos”, “mis pollitos”, de la gallinita rumbo y sus huevitos que debían protegerse. A primera vista puede parecer un recurso simpático. Sin embargo, en política las metáforas importan. Una población se compone de sujetos libres, diversos, capaces de discutir, disentir, cambiar de opinión y exigir cuentas.

Una manada sugiere otra cosa: movimiento, instinto de protección, sumisión, reacción. Desde luego, nadie debe tomar una metáfora de manera literal. Aun así, las metáforas educan la imaginación. Quien se concibe parte de una manada podría sentirse menos llamado a razonar. El lenguaje animaliza la cohesión política y convierte al líder en figura de mando. También resulta significativa la palabra “tigre”. El tigre es fuerza, garra, ataque, dominio.

En una sociedad cansada de inseguridad, corrupción y frustración institucional, esa figura seduce. Mucha gente quiere protección, autoridad, decisión. El drama consiste en que la necesidad legítima de seguridad puede desembocar en fascinación por la dureza. La mano firme se vuelve una respuesta.

Pero un Estado democrático necesita más que fuerza. Requiere procedimientos, límites, pruebas, oposición, justicia imparcial, control civil, respeto por los derechos, capacidad administrativa y responsabilidad fiscal. Entre ambas dimensiones hay una distancia que el discurso electoral suele ocultar.

La frase sobre derrotar la tiranía y el absolutismo activa otro registro: el de la redención. Quien se presenta enfrentando una tiranía adquiere una autoridad moral superior. Esa posición es perjudicial porque cualquier acuerdo con el antagonista representa traición. Si sus votantes quedan vinculados a esa amenaza, sus demandas pierden legitimidad. Si las instituciones piden calma, pueden ser tratadas en calidad de impedimentos.

La retórica de liberación tiende a justificar excepcionalidades. Y Colombia sabe que las excepcionalidades, una vez instaladas, suelen quedar disponibles para abusos. En ese punto, la preocupación aumenta con la alusión a defender la democracia “por la razón o por la fuerza”. Esa fórmula resulta delicada. La democracia se defiende con razones, votos, escrutinios, garantías, jueces, observación, transparencia y protesta.

La fuerza pertenece al Estado bajo límites estrictos, jamás a una comunidad política excitada. Cuando un candidato une defensa democrática y fuerza en una misma frase, abre una ambigüedad dañina. Sus seguidores podrían escuchar autorización para la presión, el desconocimiento del procedimiento o la confrontación.

Adicionalmente, la presencia familiar, los gestos de cercanía, la estética nacional, las camisetas, los símbolos deportivos y el lenguaje de protección crean una imagen de normalidad alrededor de un discurso duro. Esa mezcla es poderosa porque suaviza la agresividad y viste el choque con colores nacionales. El candidato Abelardo aparece a la vez padre, guerrero, empresario, abogado, creyente del orden (religioso y político conversador) y figura televisiva.

Esa fusión produce identificación. En la era digital, la frontera entre vida privada y autoridad se vuelve cada vez más borrosa. La intimidad ayuda a vender poder. En otras palabras, el poder contemporáneo rara vez aparece en forma de orden vertical. Opera también por seducción, exposición y participación voluntaria. La gente quiere mirar, compartir, comentar, pertenecer.

Los seguidores participan en una especie de ceremonia digital: celebran, defienden, atacan, repiten, viralizan. La política entra al celular, se mezcla con entretenimiento, música, humor, rabia e imagen. El ciudadano deja de ser únicamente votante; pasa a ser difusor, hincha, vigilante, soldado simbólico y productor de propaganda.

Ese proceso afecta la calidad de la deliberación porque la lógica mediática empuja hacia otra escena. Es una trama. También es pobre. Una nación herida necesita algo más que una gran pelea. Necesita verdad, memoria y diseño institucional.

La idea de “cambiar la historia para siempre” merece otra reflexión. En Colombia la promesa refundacional ha tenido efectos riesgosos. Por ejemplo, el paramilitarismo en la época de la seguridad democrática de Álvaro Uribe Vélez. Cada nuevo salvador llega diciendo que ahora sí terminará la decadencia. Esa retórica, repetida una y otra vez, debilita la paciencia. El ciudadano empieza a esperar milagros y, ante la frustración, busca un bienhechor.

La política colombiana ha producido con frecuencia figuras mesiánicas, comunidades fervorosas, odios heredados y narrativas de purificación. La violencia, antes de aparecer en los hechos, suele prepararse en el lenguaje. Aparece cuando el otro es nombrado desde la sospecha, cuando el propio bando se cree depositario exclusivo del Estado, cuando la diferencia pierde dignidad.

En ese sentido, la perorata de Abelardo debe ser tomada en serio: tras ella hay algo más que entusiasmo electoral. Hay una manera de ordenar el mundo entre puros e impuros, defensores y usurpadores, pueblo verdadero y régimen. Además, revela una vivacidad mediática que logró dominar la atención; aquí conviene preguntarse por los miles de millones invertidos en esa estrategia. Por otra parte, reactivas zonas violentas de la cultura política colombiana.

Finalmente, en un país con la memoria marcada por sangre, desplazamientos, asesinatos, y odios partidarios, ningún discurso que mezcle patria, manada, tiranía y fuerza debería pasar inadvertido. La pregunta que queda abierta es sencilla: si Colombia quiere salir de la maraña de la violencia, ¿puede permitirse seguir celebrando palabras que la vuelven a tejer?

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.