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Elecciones para presidente

Panorama de la segunda vuelta

Fuentes: Barómetro Internacional

Un análisis de los posibles aliados de Dilma y el tema del aborto, comparado con el peso de los neopentecostales y católicos conservadores o de ritual carismático.

Llegado el fin del primer domingo de octubre, el Brasil constataba que la elección general para presidente no estaba definida. El crecimiento de la senadora Marina Silva (Partido Verde – PV, defensor del capitalismo sustentable) alcanzó casi veinte millones de votos (19,33%) de la pobreza conservadora, impidiendo la victoria en la primera vuelta de la heredera de Luiz Inácio Lula da Silva, la ex-guerrillera, Dilma Rousseff (Partido de los Trabajadores – PT, el mismo de su tutor), que sumó 47 millones en las urnas (46,91%).

Al día siguiente, todos los analistas y operadores políticos intentaban ver más allá de las inferencias de opciones de voto, las cada vez más contestables investigaciones electorales, buscando identificar los posibles problemas de la situación para elegir la sucesora. Esto porque, por la lógica, el gobierno gana este pleito, no siendo ningún absurdo categorizar a José Serra (Partido de la Social Democracia Brasileña – PSDB, del ex-presidente Fernando Henrique Cardoso) como no-favorito, aún con la posibilidad de superar significativamente la marca de 33 millones de seguidores (32,61%).

Marina puede venir a pendular la decisión en el segundo turno. Ella y su partido se encuentran en la inusitada situación de múltiples dilemas. El primero de ellos es de la vergüenza política. La candidata verde, además de haber sido militante del PT por más de 30 años, fue parte activa del gobierno Lula. Ella ocupó la cartera del Ministerio del Medio Ambiente por casi siete años, saliendo de allí por diferencias con la llamada ala «desarrollista» capitaneada justamente por Dilma. Así, aunque hubiera una inclinación para apoyar Serra, su trayectoria política le impediría cometer tal acto. El mismo no se da en una hipotética adhesión individual de Marina a la candidatura de su desafecta dentro del gobierno. Esto sería tolerable para quien acompaña su carrera política.

El segundo dilema es la relación entre la ex-candidata y el partido en la cual entró hace poco, más específicamente con los dirigentes históricos, que cogieron el partido en los tiempos de vacas flacas. Aunque la senadora tenga condiciones de alzar vuelo sola, las lecciones dadas por la tensa relación entre más de la mitad de la militancia del Partido Socialismo y Libertad – PSOL (partido trotskista que surgió a partir de un conjunto de militantes petistas insatisfechos con el Gobierno Lula) y la ex-senadora Heloísa Helena comprueban la tesis de la necesidad de la conducción compartida. Dentro de la posible tensión entre una operadora individual en un hipotético apoyo a Dilma, está el factor Río de Janeiro. En el estado fluminense, dos ex-guerrilleros, Alfredo Sirkis y Fernando Gabeira, están más propensos al PSDB que a un apoyo crítico de la plancha de centro-izquierda.

El tercer dilema previsible es el problema de la propia organicidad de los Verdes. ¿Qué condiciones de cohesión interna tiene el PV para sostener la resolución de su conferencia nacional de delegados con derecho a voto? Nunca es demasiado recordar que este partido venía siendo mantenido por medio de alianzas movidas por el pragmatismo y las oportunidades de ocasión. La ocupación de carteras estaduales y municipales del Medio Ambiente en mandatos encabezados por políticos mucho más a la derecha, sostiene esa tesis. Sorprendentemente este año apostaron por la no-coalición, buscando crecer electoralmente con una plancha pura-sangre y auténtica. Tal gesto les elevó la confianza en sus propias fuerzas. Pero, aun así, siempre es prudente recordar que el momento de la campaña es uno y el de las negociaciones post-electorales es otro. Sostener una posición cerrada a toda alianza incluye el riesgo de las defecciones. Ya la liberación del voto de su militancia puede mostrar la carrera detrás del pote de oro de directorios estaduales o municipales. La decisión más indicada sería la del mal menor, para ser evaluado en la instancia nacional.

El cuarto y último dilema aborda uno de los misterios del moderno análisis político. ¿Es posible apostar a la transferencia de votos? Analicemos a partir del caso de Marina. Supongamos que ella indique el voto a uno de los dos candidatos. Dentro de esta hipótesis, con la creencia que tenga una fuerte influencia sobre su electorado. Siendo eso correcto, su voto catapulta la clase media urbana y más sofisticada y el voto de la pobreza conservadora, identificada por su discurso moralista y el credo neo pentecostal. ¿Cuál sería la apreciación realista de transferencia de votos? No es prudente indicar más del 50% de transferencia, lo que implicaría un doble discurso buscando alcanzar dos perfiles de electores y así aproximándose a la marca del 10% de los votos válidos. Esto bastaría para desequilibrar el panorama electoral, pero falta saber cual será la moneda de cambio exigida por Marina, en el caso que ocurra el pedido de votos.

Para que la senadora verde consiga mantener su proyección y acumular fuerzas durante los próximos cuatro años, el apoyo debe ser programático. Por lo tanto, si eso ocurre, es probable que una de las coaliciones se predisponga a abrazar todo el programa del PV en la pauta del Medio Ambiente. Más que declarar la adhesión a un programa que no es suyo, la misma coalición debe dar garantías de ejecución del programa, considerando que las alianzas tienen representaciones más que comprometedoras en términos de desarrollo sustentable. Si el conjunto de garantías hipotéticas implica un precio tan elevado de compromisos políticos, a punto de desarmar posiciones ya consolidadas, puede ser más viable apostar por una declaración favorable o un apoyo poco efusivo de la parte de Marina. Eso puede ser mucho más «interesante» que predisponerse a pagar el costo del arreglo de una organicidad deseable en términos electorales, pero poco o nada exigible a las fuerzas coaligadas.

Dos dificultades del PMDB en el segundo turno

Pasó desapercibido un obstáculo para la victoria de Dilma, puesto en escena antes del factor Marina. Se trata de los costos transaccionales para el mantenimiento de la alianza con el Partido de la Movilización Democrática Brasileña – PMDB (actuante en la reapertura de la democracia representativa en el país, pero que ha sido la mayor bandera electorera nacional) en función de la también posibilidad de victoria de la coalición comandada por el PSDB.

En lo que se dice respecto de la plancha mayoritaria, no se trata de una exageración y menos aún de un purismo conceptual, el categorizar la alianza con el PMDB como un acierto de ocasión. La dupla formada por Dilma y el peemedebista Michel Temer no tiene por base un discurso conceptual, algún mito fundador y menos aún una coalición de fondo ideológico. Se trata de la reproducción de la base de apoyo de los últimos cinco años, reforzada esta mayoría cuando José Dirceu deja el cargo en la Casa Civil, y lo transfiere a Dilma, en el auge de la crisis política generada por el supuesto esquema del Mensalão, que corresponde a la compraventa de votos de la base aliada en el Congreso Nacional por el Poder Ejecutivo, descubierto en 2005.

Es la misma base que, en menor escala, resultó en la inolvidable elección para presidente de la Cámara del entonces diputado federal por el Partido Progessista – PP (partido del ex-gobernador de São Paulo, Paulo Maluf, indiciado por desviar R$ 300 millones de reales por medio de sobrefacturación de obras públicas), Severino Cavalcanti, un conocido líder político y coronel del Nordeste y hasta entonces, poco favorito en aquella elección. También fue el mismo momento político que indicó a Márcio Fortes (PP) para ministro de las Ciudades de Lula, en el lugar del ex-gobernador del Río Grande del Sur por el PT, Olívio Dutra, líder histórico del partido de Lula.

En la crisis del penúltimo año de su primer gobierno, aún sin las totalizaciones que le dieron la victoria en la reelección -cuyos números son incomparablemente superiores a los de FHC- Lula se rodea del entonces llamado núcleo duro y consolida alianzas que fraccionan el presupuesto de la Unión, comprometiendo al PMDB y al PP para la supuesta gobernabilidad. El problema ahora en el segundo turno de 2010, es la consolidación de este campo de alianza. Esta resultante desemboca en dos dificultades.

La primera es en la proximidad entre las siglas de centro-derecha y parte de sus caciques. Admitiendo que es muy frágil la organicidad del actual partido del ex-tucano y gobernador reelegido de Río de Janeiro, Sérgio Cabral Hijo, se hace imposible cerrar con todo el PMDB, visto que en São Paulo se apoyó en el partido al candidato a gobernador del estado por el PSDB, Geraldo Alckmin. Así, aumenta el caso a caso, amarrando apoyo por apoyo, teniendo que coses la colcha de retazos, líder a líder y, aún así, no consiguiendo llevar el partido entero en los estados.

El segundo problema es de orden inverso, de abajo a arriba, se trata del mantenimiento de la alianza en el área de influencia del bajo clero. Resulta que, en los escalones más pequeños, es costumbre encontrar gobiernos locales ocupados por coaliciones compuestas por PSDB, PP, PMDB y DEM (Democratas, el partido más a derecha de Brasil), de entre otros lemas. No fue sin ton ni son que la Unión llamó a alcaldes y liderazgos municipales para exponer los beneficios de la segunda edición del Programa de Aceleración del Crecimiento (PAC) poco antes del inicio de la campaña. Lo acertado en este caso es en el negocio, teniendo a veces que vencer obstáculos impuestos por directorios y líderes estaduales del PMDB.

Refuerzo el argumento afirmando lo obvio. Así como no se puede olvidar el hecho de que el PMDB gobernó junto con tucanos y en su época pefelistas (hoy demócratas), tampoco podemos afirmar que peemedebistas importantes no irán a roer la cuerda en un eventual crecimiento de Serra en la recta final del segundo turno. Por lo visto, mantener la alianza cultivada por Lula va a salir muy, pero muy caro.

Demagogia sobre aborto entra en la campaña presidencial

Con índices de violencia altísimos, el acto de la soberanía ciudadana a través del voto se ve siempre coaccionado por un conjunto de agentes con poderes de veto. Estos nunca vacilan en ejercer tal poder, por más absurdos que sus enunciados parezcan. Tal es el caso de los neos pentecostales y de los católicos carismáticos o conservadores en el «guiso» de la legalización o descriminalización del aborto.

Desde el comienzo el término y el tema fueron apenas empleados, jugando en la confusión y en las maniobras diversionistas alimentadas mediante la galvanización de los prejuicios incrustados en el voto pobre y reaccionario. Es preciso decir que no conozco nadie «a favor del aborto». Las personas lúcidas defienden los derechos reproductivos y el control de la mujer sobre su propio cuerpo. Nadie consciente es un entusiasta del acto abortivo. Médico alguno que cumpla el código de ética del oficio realiza un procedimiento así con entusiasmo.

La legalización del aborto tampoco implica en la apología de la práctica. Cualquier brasileño adulto conoce uno o más episodios de abortos arriesgados o en clínicas ilegales en mujeres de diversas edades. Es un problema de salud pública y no de orden moral. Aún más tratándose de un país con costumbres sexuales liberalizadas como el nuestro. Por eso considero que se trata de hipocresía la predicación conservadora contra la legalización del aborto mientras el lenguaje publicitario y los programas de la televisión abierta se hacen cada vez más sexualmente apelativos.

Es un absurdo preocuparnos del derecho reproductivo como un tabú y no escandalizarnos mientras tanto con las erotizaciones de la infancia y de la juventud, y la consecuente pubertad y embarazo juvenil diseminadas por las periferias del Brasil. En cuanto a esto los predicadores no se manifiestan, tal vez porque la falta de estructura de las familias humildes retroalimenta la fe como un mercado de expectativas desesperanzadoras. Obviamente esta relación mercadológica se da mediante una significativa remuneración oriunda en su mayoría de familias de baja renta.

Aún sabiendo que el tema es un tabú electoral, no puedo evitar tomar posición. Particularmente no puedo creer en el discurso de Dilma y también de Serra en el asunto. Son dos economistas y ex-ministros de Estado, ambos con formación científica y experiencia en la aplicación de políticas públicas, incluyendo las de salud. Aunque se pronuncien  «contra el aborto y a favor de la vida», están simplemente atendiendo sus publicistas y «jugando para los espectadores».

Por fin, confieso que la virulencia del tema me asusta, en especial por la expectativa a mediano plazo. ¿Estaremos nosotros, brasileños, caminando hacia disputas políticas como las de los Estados Unidos, pre-determinadas por grupos fundamentalistas cristianos? ¿Cuál será el próximo paso de los agentes político-religiosos con capacidades y poderes de veto? ¿Van a hacer campaña por el creacionismo como factor explicativo del surgimiento del universo? Tras la demarcación de espacio y la imposición de la pauta en la campaña presidencial, de aquí en adelante se abrió la portera para la imposición de la peor agenda política reaccionaria posible. 

La verdad es que el tema aborto dialoga con la posibilidad de Marina de mantenerse neutra en el segundo turno, lo que fragilizaría el apoyo del PV a Dilma o Serra, aún a nivel nacional. Son casi veinte millones de electores conectados a la figura de la candidata verde, buena parte cristianos de credo católico o evangélico. Sin Marina, las banderas ambientales pierden fuerza (aunque ella misma sea de tipo eco-capitalista, defendiendo un desarrollo de la iniciativa privada respetando a las culturas tradicionales), llevando a los oportunistas a apelar a lo sagrado de los electores y, simplemente, dejarlo de lado cuando acaban las elecciones.
 

Participación periodística de Rafael Cavalcanti.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.