La
historia tiene una manera insistente de advertirnos. Dice un viejo
dicho que quien la olvida vuelve a golpearse con la misma piedra. Entre
1850 y 1851 gobernó el Ecuador Diego Noboa, y su mandato nos condujo a
un conflicto con Colombia, incluso a una confrontación bélica que
terminamos perdiendo. No fue un hecho aislado: fue la consecuencia de un
proyecto político desconectado del interés nacional y del pueblo.
Hoy,
más de un siglo después, bajo el gobierno de Daniel Noboa, nuevamente
el Ecuador se ve envuelto en tensiones y conflictos con Colombia. No es
una simple coincidencia histórica. Es la reiteración de una forma de
gobernar que responde más a intereses económicos y empresariales que a
las necesidades reales del país. La pregunta es inevitable: ¿qué nos
está pasando como pueblo?
Un presidente que responde a los intereses
empresariales gobierna, inevitablemente, para los empresarios y no para
el pueblo. Sus decisiones nunca son neutrales: siempre tienen
beneficiarios y siempre tienen víctimas.
Cuando Colombia deja de
proveer energía eléctrica, ¿quién gana realmente? No gana el pueblo, que
sufre apagones, encarecimiento de la vida y mayor precariedad. Ganan
quienes son dueños de las barcazas eléctricas, quienes venden
generadores, quienes convierten la crisis en un negocio altamente
rentable.
Cuando se incrementan los aranceles a los productos
importados desde Colombia, el discurso oficial habla de soberanía y
protección. Pero en la práctica, ¿quiénes se benefician? No las familias
que necesitan medicamentos, alimentos o insumos básicos. Se benefician
las grandes empresas importadoras, los intermediarios y los monopolios
que fijan precios mientras el pueblo paga las consecuencias.
Estas
decisiones no son errores ni improvisaciones. Son coherentes con un
modelo donde el poder económico secuestra al poder político. Y cuando
eso ocurre, el Estado deja de servir a la mayoría y se convierte en
administrador de privilegios.
Por eso es urgente despertar
conciencias. El poder político jamás debe estar en manos de quienes
concentran el poder económico, porque quien gobierna desde el dinero
gobierna contra la vida, contra los derechos y contra la dignidad del
pueblo.
El poder político debe estar en manos del pueblo organizado,
de sus mejores hombres y mujeres, de quienes conocen el hambre, el
trabajo, la exclusión y también la esperanza. De quienes entienden que
gobernar no es administrar negocios, sino garantizar derechos, cuidar la
vida y construir justicia social.
Y cuando nos enfrentemos a un
proceso electoral, tenemos que trabajar con fuerza para decirle a
nuestro pueblo que no se puede votar con miedo ni con resignación. Se
debe votar con memoria, con conciencia y con dignidad. Elegir a un
presidente no es elegir al gerente de una empresa llamada país; es
decidir si el Estado estará al servicio del capital o al servicio del
pueblo.
La historia nos ha enseñado que cuando el pueblo despierta y
ejerce su poder, ningún interés económico puede imponerse. El futuro no
se delega: el futuro se construye. Y se construye con conciencia,
organización y lucha colectiva.
Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.


