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Paralelos de muerte, Israel-Colombia

Fuentes: Rebelión

Por estos días del año parece crecer la tendencia en la agudización de hechos de violencia, bien por efecto de la dinámica de conflictos armados o de intervenciones de ocupación. Colombia y Palestina terminan pareciéndose, en ambos lugares a miles de kilómetros las acciones bélicas cobran relevancia y se toman las primeras páginas de los […]

Por estos días del año parece crecer la tendencia en la agudización de hechos de violencia, bien por efecto de la dinámica de conflictos armados o de intervenciones de ocupación. Colombia y Palestina terminan pareciéndose, en ambos lugares a miles de kilómetros las acciones bélicas cobran relevancia y se toman las primeras páginas de los diarios oficiales, las redes sociales, las cadenas de televisión y los mensajes de texto del mundo interconectado, cuya inmensa mayoría lee acríticamente, reenvía, reproduce, reedita. Las noticias prefabricadas dan cuenta de aquello que resulta útil a los patrocinadores, cuentan solamente lo que se piensa, actúa y decide con la lógica hegemónica. Los gobernantes se asumen dueños de la verdad de lo que ocurre, pero no tratan el presente, interpretan los hechos, hablan de lo que puede ser el futuro y rematan con frases -slogan- que sirvan de titulares.

En paralelo, Colombia e Israel, no sus pueblos, sus gobiernos, hay identidades de principios ideológicos y de actuaciones bélicas. Para los sectores sociales Colombia es la Israel de Sur América. Ambos son protegidos del gobierno americano, son los principales receptores de incontables miles de millones de dólares para mantener activa la guerra y apoyar decisiones de guerra. Los dos comparten asesoría militar, hacen negocios y tienen clara la lógica de la acumulación de capital a través de la guerra como estrategia central.

Netanyahu, sucesor de Sharon, anuncia que «la intervención seguirá hasta que haya calma en Israel». Su frase es contundente pero es tan abstracta como infinita, no tiene posibilidad de cierre, luego la ocupación de un territorio ajeno a ellos seguirá, la historia ha mostrado que la calma de Israel solo es posible cuando desaparezca el pueblo palestino. Santos, sucesor de Uribe, anuncia a sus interlocutores políticos en La Habana, que «están jugando con candela y este proceso (de paz) puede terminar», igual tampoco se sabe que quiso decir, es tan simple como abstracto lo dicho, máxime si se negocia la paz en medio de la guerra, según el primer acuerdo logrado por las dos partes enfrentadas y cuando el gobierno da de baja enemigos a montones -matar ahora se denomina neutralizar- y no cesa de alentar a las tropas a salir a dar muerte hasta el ultimo insurgente, la insurgencia hace lo propio de una guerra realizando acciones bélicas en su lógica de alzado en armas.

Quedan en el mundo todavía varios casos de ocupaciones, de apartheid como Palestina y no menos de dos docenas de conflictos armados vigentes, como Colombia, sostenidos por causas objetivas que en cambio de tender a desaparecer se mantienen o crecen reforzadas por el acelerado despojo de patrimonios y riquezas bajo protección de modos de gobernar al margen de la democracia real, pero legalmente constituidos. Esta separación gobierno-pueblo, no beneficia la convivencia en paz. De la realidad material no hablan los gobernantes, tampoco los medios, de los bienes menos. El presente es negado anteponiendo el incierto y cada vez mas distante horizonte de un futuro inalcanzable, para ellos lo importante es el futuro, las ficciones, lo que debe ser, lo que podrá venir si ocurre tal o cual situación. Si hay paz habrá futuro, se anuncia, pero no hay hechos que evidencien y abran espacio para construir en el día a día la paz, desde el presente. La paz no puede quedar dependiendo de que la guerra, la ocupación o la masacre terminen. Lo que está debajo, lo que mueve los hechos, está vetado para los medios orientados con la lógica del espectáculo de la guerra, del morbo de la muerte que aumenta el raiting y después ofrece premios. Las secciones encargadas de informar sobre las estadísticas de muerte, sin contexto, sin humanidad, son patrocinadas por empresas que también patrocinan los sistemas de la muerte.

La ideología, la cultura, las estructuras normativas adecuadas a los sistemas de dominación permanecen ocultas. En Gaza no hay un conflicto armado, hay ocupación militar de un territorio ajeno, imposiciones a un pueblo libre de forjar su destino. Además hay una extensa protección jurídica, compuesta por la totalidad de normativas internacionales de derechos humanos y del DIH, del derecho internacional de los derechos humanos y de las declaraciones, convenios y protocolos de los derechos humanos. Para la ONU no hay conflicto, si no agresión, crímenes de guerra, -según la alta comisionada- y las resoluciones contra Israel. El interés de Israel es -como toda formula de dominación- mantener bajo control el territorio y someter al pueblo entero a condiciones que no están en sus planes colectivos ni individuales para vivir en presente, su futuro quiere ser trazado, definido por los invasores, forjado a punta de misiles y masacres. En Colombia parece que el gobierno solamente quisiera aprobar un acuerdo de paz que le traiga tranquilidad para gobernar, no para su pueblo.

En Gaza no hay una guerra entre Hamas e Israel, como informan las noticias cuando dicen «el conflicto entre Israel y Hamas». Hamas es el gobierno legitimo del pueblo palestino, no son un grupo alzado en armas, son el gobierno legitimado para tomar decisiones de estado, como antes lo fue la Organización para la Liberación de Palestina -OLP- que condujo Yasser Arafat. Los medios anuncian que Israel mantendrá la ofensiva, es decir, el genocidio, hasta destruir los túneles que tiene Palestina. Sin embargo, los túneles son vías de tránsito de un pueblo que vive refugiado, que se protege viviendo parte de su tiempo por debajo de la tierra como ya lo hiciera Vietnam cuando con el mismo napalm usado hoy fuera bombardeado por U.S.A.

Justificar la actual agresión militar sobre Palestina hasta que el ultimo túnel sea destruido, es declarar una ocupación sin solución, como declarar que las conversaciones de paz dependen del silencio de fusiles del lado de la insurgencia a cambio de sostenerlas del lado del gobierno es alejarse del presente, negarse a encontrar salidas por fuera de la muerte. Los medios repican el mensaje de aceptar con indiferencia los atributos negativos del capital productor de formas de violencia colectiva, que combinan asesinatos a gran escala con diversos modos de degradación premeditada de la dignidad y del cuerpo humanos. Los hechos del mercado se ensañan sobre el cuerpo de los débiles y la violencia se presenta acompañada de un exceso de ira, de un plus de odio, que produce formas nunca vistas de degradación y vejación en el cuerpo y en el propio ser de las victimas, se crea terror, se mata con placer, se aplauden los asesinatos. Los pueblos resisten, luchan mientras entierran a sus muertos.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.