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Plácido y la lotería de Navidad

Fuentes: Rebelión

Un barrio sureño del extrarradio. Un trabajador taciturno y deprimido ante el destino inescrutable, acompañado por su mujer fiel, resignada y entusiasta. Sin antagonistas de clase ni contexto social que afeen y compliquen la estética buscada a propósito. Presonajes secundarios: un amigo, de oficio camarero, por ejemplo, y los vecinos disfrutando de la vida. Que […]

Un barrio sureño del extrarradio. Un trabajador taciturno y deprimido ante el destino inescrutable, acompañado por su mujer fiel, resignada y entusiasta. Sin antagonistas de clase ni contexto social que afeen y compliquen la estética buscada a propósito. Presonajes secundarios: un amigo, de oficio camarero, por ejemplo, y los vecinos disfrutando de la vida. Que parezca una película neorrealista, en blanco y negro of course. Final feliz. Ya tenemos guión. Motor, acción, ¡rodando! 

Aún estamos enjugándonos las lágrimas traicioneras del último anuncio de la lotería de Navidad 2014. Chapeau por los creativos publicitarios. Han conseguido una película exacta de la cruda realidad española, tal vez sin ellos pretenderlo o quizá sí, tratando de introducir una sutil crítica social de la rabiosa actualidad dentro de un formato melodramático y efectista. En cualquier caso, la promotora del spot, la Administración pública, puede darse por muy satisfecha. Los objetivos propuestos se han cumplido: la inmensa mayoría se reconocerá en el argumento y en los personajes como gente buena ajena a los avatares políticos que aprisionan su cotidiana existencia, Compremos, pues, un décimo de lotería y a esperar que la veleidosa fortuna, este año sí, nos sonría por fin.

Nos viene a la mente la genial película Plácido, de 1961, dirigida por Berlanga. En ella se hacia una parodia magistral de la campaña franquista «siente un pobre en su mesa», en la que se invitaba a las familias de clase alta adineradas a acoger a un indigente en la cena de Nochebuena. De esta manera, los ricos lavaban sus trapos sucios emocionales con facilidad y los pobres comían caliente, al menos, una vez al año. Todos parecían contentos y se olvidaban las realidades sociales, políticas, económicas e ideológicas de la cruel dictadura fascista al calor de la falsa solidaridad navideña adornada por el eslogan acuñado en Hollywood home sweet home.

Ese hogar dulce impostado servía al régimen para decir sin sonrojo que los ricos eran buenos y caritativos, siempre y cuando los pobres fueran simplemente pobres, esto es resignados y sumisos, no miembros de la clase trabajadora que luchaban a brazo partido para derribar los muros de la mazmorra de Franco. Para el pobre malo se reservaban las vitolas de comunista, anarquista o socialista. Y las cenas de Nochebuena se servían para ellos frías y a golpe de tortura en las celdas de las cárceles o en las frías estancias de los calabozos de la policía secreta.

El anuncio de marras de la lotería nacional es propaganda pura de un régimen capitalista antidemocrático y en descomposición moral. El argumento auténtico que subyace al spot es que la gente obrera es buena porque sí y que la verdadera solidaridad debe darse en el interior de la propia clase trabajadora. Los abuelos, los padres, los vecinos y el amigo del bar de la esquina son los que deben sacarnos de los apuros diarios o excepcionales de la vida. Hoy por ti, mañana por mí o uno para todos y todos para uno al estilo de los 4 mosqueteros, pero sin salirse de las lindes de lo políticamente correcto.

Es muy hijo puta el mensaje que se quiere trasladar, más por lo que oculta que por lo que transmite directamente. Dice que el pueblo, en la taberna de abajo, es gente que quiere disfrutar de la fiesta de vivir sin meterse en complicaciones sociales o zarandajas políticas de ningún tipo. Los que tienen conciencia de clase, por ende, han de ser malos por definición tácita, o sea, contestatarios, rebeldes o críticos con el orden establecido. No salen en el anuncio, pero su ausencia resulta más que elocuente. El spot oculta intencionadamente el conflicto social. En la Navidad todos queremos pasarlo bien, ricos y pobres, explotadores y explotados, corruptos y parados, una armonía edulcorada a mayor gloria de las clases pudientes y de sus valedores políticos.

Es la eterna tregua de la Navidad. Bajemos el pistón reivindicativo. Siempre habrá un camarero de ética romántica que nos guarde el décimo del Gordo millonario. Mantengamos la ilusión en el género humano. ¡Cómo se estarán riendo ahora mismo a mandíbula batiente los corruptos, los explotadores y la elite de los gimoteos de la gente buena del pueblo llano! Por si acaso, pasen en cuanto puedan por el bar de Antonio. No lo dejen para mañana. Nunca se sabe si este año, ¡ya era hora!, el Gordo de Navidad caerá «aquí». Y vean la película Plácido, no tiene desperdicio.  

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.