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Por qué los llamaron semitas

Fuentes: Rebelión

La sanción de la Resolución 114/20 del Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto adoptando la definición de antisemitismo de la Alianza Internacional para el Recuerdo del Holocausto, IHRA, ha despertado diversas reacciones críticas. Algunas se centran en la apropiación por parte de los judíos sionistas de la condición de semitas, excluyendo de ella a otros pueblos de esa naturaleza, fundamentalmente los árabes; otras en la afirmación de que sólo las lenguas son semitas, no las personas; otras, en que si bien la palabra semita hace referencia a una familia de lenguas y pueden ser considerados semitas quienes hablan lenguas semíticas, los judíos residentes en Europa no lo eran porque hablaban principalmente el yiddish, una lengua germánica y además descendían de los jázaros, una tribu turcomana proveniente de Asia Central. Finalmente Gabriel Sivinian en estas páginas  (ver https://rebelion.org/llamemos-a-la-judeofobia-por-su-nombre/), ha  destacado cómo el uso de la palabra semita y su derivación antisemitismo forma parte de una operación político semántica para presentar la crítica al sionismo y al Estado de Israel como “antisemitismo”, es decir racismo antijudío y, más aún, cómo el uso de ese término se utilizó históricamente para pretender justificar la colonización de Palestina disfrazándola de un supuesto retorno a la tierra de los antepasados.

Quiero ahora referirme a otra cuestión. El origen y el por qué de la palabra semita para designar a los judíos residentes en Europa.

La judeofobia europea

Hasta mediados del siglo XIX el antijudaísmo europeo era de naturaleza religiosa. Durante la Edad Media muchos cristianos sostenían que los judíos habían matado a su dios y los acusaban de ser el pueblo deicida. A caballo de estas acusaciones lograban su expulsión del reino –como en Inglaterra y en Francia- y dejaban de pagar sus deudas con ellos o se vengaban de las presiones recibidas para el cobro de impuestos ya que los reyes solían contratarlos como recaudadores a su servicio. Los judíos, que vivían segregados en barrios propios –los famosos guetos- hablaban otra lengua y se casaban entre ellos, eran pasto fácil de la ira de los pueblos que los sentían ajenos a su comunidad. La religión era en aquellos tiempos el principal lazo de unión social y los judíos no formaban parte de la grey cristiana.

Con el advenimiento de la Ilustración y la crisis del absolutismo, la situación cambió. Los judíos, alentados por el filósofo kantiano Moisés Mendelsohn, comenzaron a salir del gueto, a hablar la lengua del país en que residían, vestirse como los no judíos y mezclarse con ellos en las escuelas, universidades y lugares de trabajo. Comenzaron a proliferar los matrimonios mixtos y muchísimos judíos destacaron en las ciencias, las artes, el comercio, la industria y hasta en la política. Se dio inicio al proceso conocido como la emancipación –igualdad de derechos civiles y políticos- y la asimilación de los judíos europeos a la sociedad gentil, cuyo puntapié inicial lo propinó la Revolución Francesa y se extendió gradualmente por todo el continente.

Pero en forma simultánea a este proceso de liberalización se desarrolló la Revolución Industrial y la expansión colonial europea. Si todos los hombres eran iguales, ¿cómo se justificaba el sometimiento al dominio colonial de los pueblos no europeos? Surgió así la teoría de las razas humanas, de los pueblos superiores e inferiores, de los pueblos civilizados y bárbaros como justificativo de la conquista colonial. El exponente más claro de esta ideología fue Arthur de Gobineau quien publicó en 1853 su Ensayo sobre la desigualdad de las razas humanas, en el que expuso  su teoría de las tres razas: blanca, negra y amarilla, siendo la primera la superior, la portadora de la civilización. La teoría de las razas adquirió status científico y se tornó en indiscutible hasta el fin de la Segunda  Guerra Mundial. El concepto de raza se asoció al de pueblo [2] y de esta forma cada pueblo era una raza con un origen propio. Cada pueblo constituía a su vez una nación [3] según una clásica definición: un conjunto de personas con un origen y un destino común.

En los países de Europa Central y Oriental que arribaron en forma tardía a unificarse y organizarse como Estado, surgió la idea de la nación como un ente existente desde tiempos inmemoriales que debía alcanzar a organizarse en un Estado propio reuniendo en su seno a todos los miembros de la comunidad nacional. De la mano del pangermanismo, paneslavismo, panturquismo y del sionismo apareció en escena el nacionalismo étnico: la idea de que a cada nación corresponde un Estado y la nación se constituye a partir de un elemento unificador, la mayor parte de las veces la lengua y otras la religión.

Simultáneamente a este desarrollo,la sociedad europea del siglo XIX estaba atravesada por los conflictos de clase producidos por la Revolución Industrial, ya fueran las luchas de las burguesías nacionales contra los residuos estamentales de la sociedad feudal como de la clase obrera contra la burguesía. Era necesario crear un chivo expiatorio de todos los males sociales. En 1879 un político y periodista alemán, Wilhelm Marr, fundó la Liga Antisemita y publicó La victoria del judaísmo frente al germanismo desde un punto de vista no confesional (1879), panfleto en el que popularizó el término antisemita y culpó a los judíos de los males de Alemania. Marr y sus secuaces presuponían que los judíos eran descendientes de Sem, uno de los tres hijos del personaje bíblico Noé, mientras los alemanes eran descendientes de Japhet y por lo tanto tenían un distinto origen. El racismo seudocientífico de Gobineau se amparaba ahora en la tradición religiosa proveniente de la Biblia. Los judíos, “raza” de descendientes de Sem, no formaban parte de la nación alemana. Siguiendo las enseñanzas bíblicas, los elementos “impuros” debían ser expulsados. ¿A dónde? El promotor del “antisemitismo” moderno, de base racial más que religiosa, proponía enviarlos a Palestina! [4] Sesenta años más tarde, en la Noche de los Cristales Rotos (1938), los alemanes volverán a gritar “váyanse a Palestina”.

La calificación de los alemanes judíos como semitas, pese a que hablaban el yiddish, una lengua de raíz germánica, obedeció pues a una operación política de excluirlos de la nación alemana y de este modo promover su expulsión. El ideal del Estado étnico homogéneo resultaba incompatible con la existencia de minorías étnicas a las que se suponía infieles al Estado nacional. Los alemanes judíos, por el contrario, se identificaban a sí mismos como “alemanes de fe mosaica”, reivindicando de este modo su pertenencia a la nación alemana y no estaban interesados en migrar a Palestina. Los sionistas, en cambio, rechazaban esa identidad y coincidían con los “antisemitas” en que no eran alemanes sino que pertenecían a otra nación. El historiador judío Heinrich Graetz, autor de Historia de los judíos, les sirvió en bandeja el argumento al sostener que los judíos eran una nación aparte. Chaim Weizman, líder del sionismo inglés y futuro primer presidente del Estado de Israel, sostenía que “No hay judíos ingleses, franceses, alemanes o estadounidenses sino sólo judíos que viven en Inglaterra, Francia, Alemania o Estados Unidos” [5]. Como dice Lenni Brenner [6], existía una absoluta coincidencia de ideas entre sionistas y “antisemitas”: judíos y gentiles no debían vivir juntos ni mezclarse.

Ciento cuarenta años más tarde podemos decir que Wilhelm Marr logró sus objetivos. Los términos semita y antisemita han quedado incorporados al lenguaje corriente y académico –en sustitución de antijudaísmo o judeofobia- pese a que el análisis de su origen delata una clara operación político-semántica de naturaleza racista, discriminatoria y excluyente. Los sionistas siguen fomentando su uso porque han servido a sus fines de intentar legitimar la conquista de Palestina y la expulsión de su población nativa con el argumento del retorno.

Notas:

[2] Recordemos el libro de Sarmiento, Conflicto y armonías de las razas en América.

[3] La palabra nación proviene del latín natio: nacimiento.

[4] Véase Zimmermann,  Moshe, Wilhelm Marr, El Patriarca del Antisemitismo, Oxford University Press. 1986.

[5] Citado por Gilad Atzmon enLa identidad errante, Editorial Canaán, Bs As, 2013.

[6] Sionismo y fascismo,Editorial Canaán. BA 2011.

Miguel Ibarlucía. Abogado, Licenciado en Historia. Profesor de la Cátedra Libre Edward Said de Estudios Palestinos, Filosofía y Letras, UBA.