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Prólogo al libro El comunismo de Bujarin (Grijalbo, 1973), de A.G. Löwy

Presentación del «comunismo de Bujarin»

Fuentes: Rebelión [Imagen: Lenin, Bujarin y Zinoviev en el II Congreso de la Internacional Comunista el 19 de julio de 1920]

En esta nueva entrega del Centenario Manuel Sacristán reproducimos el prólogo que Sacristán escribió para el libro «El comunismo de Bujarin» (Grijalbo, 1973), de A.G. Löwy


Nota del editor.-  Este texto, escrito en octubre de 1972 en Barcelona, constituye el prólogo del libro El comunismo de Bujarin (Grijalbo, 1973), de A. G. Löwy, del que Sacristán fue traductor.


Tras la inclusión de varios textos de L. Trotski en su «Colección 70» y antes de publicar, en otra nueva serie, los últimos escritos teóricos de J. V. Stalin (Sobre el marxismo en lingüística, junio/julio de 1950; Problemas económicos del socialismo en la URSS, septiembre de 1952), la editorial Grijalbo presenta ahora la única investigación moderna existente sobre el otro miembro del trío bolchevique que ante la opinión pública mundial y en la previsión de los militantes de la III Internacional recibiría directamente el legado de Lenin: Nikolái lvánovich Bujarin.

Bujarin, que en vida de Lenin fue varias veces descrito por éste como el bolchevique más popular y más querido, es, en cambio, desde su asesinato de estado en 1938, el más desconocido de los tres. Stalin dispuso durante décadas del aparato de propaganda del estado soviético; Trotski pudo constituir en el exilio su propio dispositivo de propaganda, antes de ser asesinado a su vez en 1940 por el mismo poder al que sucumbiera su contrincante Bujarin. Sólo éste se tomó a la letra los principios de conducta estatutarios en el Partido Comunista (bolchevique) de la URSS –o sea, no organizó un aparato fraccional propio–, y por eso mismo su memoria ha estado a punto de quedar reducida a triste receptáculo de la masa de insultos y calumnias más imponente que jamás haya soportado ningún político, salvo Trotski, desde Catilina. El principal valor del estudio de Löwy que hoy se presenta en lengua castellana es abrir camino al conocimiento de la vida y la obra de un personaje casi de palimpsesto (tantas veces se ha recubierto su nombre en los registros historiográficos, como se borraba la imagen de Trotski de las fotografías tomadas en Petrogrado en octubre-noviembre de 1917).

En la corriente historia del movimiento comunista Bujarin es prototípicamente el Malo, la Tiniebla maniquea de la tradición dominante en la III Internacional, el tabú respetado por todas las tendencias y todos los partidos grandes y pequeños, por todos los grupos y grupúsculos, por todas las microsectas. Las mayores debilidades del libro de Löwy se pueden disculpar por esa circunstancia: ha tenido que ser no un historiador marxista, sino un economista y sociólogo no académico, sin más que su afición casi autobiográfica al desarrollo del marxismo en la URSS, el que ha empezado a sacar a la luz el enterrado recuerdo del Tenebroso.

Disculpar, por otra parte, no puede ser admitir sin más, precisamente si se quiere contribuir a la empresa de esclarecimiento inaugurada por Löwy. Su libro abunda relativamente en errores históricos de poca importancia, del tipo de considerar «discípulo de Gramsci» al principal contrincante político de éste, Angelo Tasca (p. 31), o «semianarquista» al dirigente del extremismo de izquierda de los años veinte Amadeo Bordiga (pp. 159, 189, 266), cuando Bordiga representó la punta más antiespontaneísta y más antianarquista que ha existido en la III Internacional. También hay errores más importantes en algunas estimaciones históricas de Löwy: el más craso es probablemente su intento de comprender la revolución cultural china según el modelo de las oleadas represivas a la rusa de los años 30 y 40 (con lo que el mismo Löwy se contradice, pues otras veces habla de la revolución cultural china como de la mayor novedad y heterodoxia «bujariniana» del comunismo mundial desde 1917. El lector hallará probablemente –como la ha hallado el traductor– ocasión de reflexión en ese autocontradecirse de Löwy).

Pero mucho más que los errores abundan en este libro inaugural sobre el «bujarinismo» –si es que ha existido una cosa así– las tesis audaces, muy discutibles, acaso parcialmente cerradas, pero de estudio estimulador y útil para la ruptura de prejuicios poco conscientes y de tabúes por completo implícitos que dominan la comprensión histórica de la III Internacional.

La más interesante y quizás la más fundada de esas tesis probablemente necesitadas de revisión histórica es la interpretación por Löwy de la actitud de Bujarin respecto de la NEP, respecto de la Nueva Política Económica con la que Lenin, por un acto de autoridad bastante personal, intentó en 1921 sacar al país del hambre mediante la restauración de un mercado capitalista parcial controlado por el estado soviético. Löwy interpreta la frase de Bujarin (en el discurso necrológico de éste sobre Lenin, 1924), según la cual a la muerte del maestro «la tarea básica está realizada en nuestro país [la URSS: todas las inserciones entre corchetes son del presentador, M.S.] en sus nueve décimas partes», en el sentido de que Bujarin pensara que el simple desarrollo de la NEP daría de sí relaciones de producción socialistas (supuesto el dominio soviético del estado). Escribe Löwy en su comentario: «Estaban ya realizadas nueve décimas partes de la tarea básica: ya era sólo cuestión de tiempo, de restablecer plenamente la economía, para que se tuviera realizada en la Unión Soviética la edificación del socialismo. El fundamento sólido estaba puesto: ese fundamento es la NEP, la colaboración de formas estatales, cooperativas y privadas. Con eso Bujarin se oponía a la mayoría de sus camaradas, que veían en la NEP una retirada impuesta por la desgraciada circunstancia de que no se había producido la revolución mundial» (p. 248; interpretación prácticamente idéntica en la p. 302).

Löwy plantea la cuestión con una sencillez que, por encima de su elementalidad acaso excesiva, tiene el doble mérito de ampliar la formulación de lo que se suele entender por «controversia sobre la industrialización» y de destacar uno de los aspectos esenciales del asunto, generalmente puesto en segundo término: «Las diferencias se centraban en torno a la cuestión: ¿era la NEP un “accidente de trabajo”, causado por el fallo de la revolución mundial, o bien ocurre que toda edificación socialista, incluso en un país industrial y en condiciones mucho más favorables, ha de proceder a través de un largo período de economía de mercado, un largo período de socialismo más capitalismo [la expresión en cursiva no es de Bujarin, sino de Lenin]? Del primer planteamiento se infería la siguiente conclusión: si la NEP no era más que retirada impuesta externamente, entonces un día habría que anularla retrospectivamente. En cambio –se infería del segundo–, si era el camino adecuado al socialismo, había que continuarla hasta que el objetivo histórico marxista, la sociedad sin clases, se desarrollara paulatinamente partiendo de esa forma mixta» (p. 178).

La interpretación de Löwy dice que «el principal descubrimiento de Bujarin –y el más discutido– se expresa en la expectativa de que el socialismo pleno se desarrolle a partir de la NEP, de sus propias leyes económicas» (p. 179). El autor documenta esa interpretación no sólo con frases sueltas de Bujarin en realidad ambiguas (por ejemplo: «Nuestro “capitalismo de estado” agonizará con toda paz»), sino también con desarrollos de su biografiado que resultan mucho más fundamentadores, porque parecen insertar la tendencia a ver la construcción del socialismo en continuidad con la NEP dentro de una concepción general de la preservación y el desarrollo del elemento socialista durante el período de transición. Así, por ejemplo, Löwy aduce textos de Bujarin en los que la destrucción sólo paulatina de la NEP se entiende como defensa imprescindible contra la burocratización de la vida soviética. Tal este párrafo de Bujarin de 1922, dado por el autor en la p. 182: «Si el proletariado se empeña en tomar en sus manos demasiadas cosas [o sea, si suprime de golpe los mecanismos mercantiles de distribución propios de la NEP], necesita un aparato administrativo gigantesco. El intento de sustituir a todos los pequeños productores por funcionarios estatales crea un aparato burocrático tan gigantesco que sus costes sociales son más graves que los provocados por la situación anárquica propia de los estamentos de pequeños productores. Toda la forma administrativa, todo el aparato económico del estado proletario se convertirán entonces en cadenas de las fuerzas productivas y obstaculizarán su desarrollo. Por eso es absolutamente necesario romper ese aparato burocrático. Otras fuerzas lo harán, si no lo hace el proletariado mismo».

No hay duda de que Löwy está en lo cierto por lo que hace a la oposición de otros bolcheviques a Bujarin en cuanto a la interpretación del desarrollo económico del socialismo en la URSS: Preobrazhenski, el antiguo colaborador y luego principal ejemplo de camarada «adversario» (como él mismo se autodefine en La nueva economía) de Bujarin en el campo de la economía política, pensaba que el comunismo de guerra se habría podido convertir en una política económica no impuesta (como lo fue) coactivamente por las fuerzas armadas, sino aceptada voluntariamente por los trabajadores de la ciudad y el campo, si hubiera triunfado la revolución socialista, al menos, en los principales países industrializados de la Europa occidental. Y cuando ya el comunismo de guerra era sólo agua pasada, su discrepancia con Bujarin discurrió en lo esencial por el mismo camino. (La nueva economía de Preobrazhenski está editada en castellano: La Habana, 1968, y Barcelona Ariel, 1970; con un prólogo en cuyo final se alude a la «ejecución» de Preobrazhenski en 1937. Si el prologuista de esa edición distingue –acaso porque tenga una comprensión tradicional del estado– entre ejecución y asesinato, entonces su modo de aludir al asesinato de Preobrazhenski y los demás «derechistas y trotskistas» condenados aquel año es un eufemismo recusable).

Pero, en cambio, es menos seguro que la interpretación de Bujarin por Löwy en este punto sea exacta. Pues en la pieza clave de la argumentación de Löwy –el discurso necrológico de Bujarin sobre Lenin en 1924– Bujarin había llamado «fundamento firme» del desarrollo socialista soviético no a la NEP, como entiende Löwy, sino al poder estatal y económico obrero. El texto dice, en efecto, así, tal como lo transcribe Löwy de la edición alemana que dio en 1924 mismo la editorial de la Comintern en Viena, Verlag für Literatur und Politik (Löwy, pp. 247/8): «hemos alcanzado ahora en nuestro país una situación de paz social en la cual no es la clase obrera, a diferencia de lo que suele ocurrir en esos períodos de paz social, la que se somete a la voluntad de la burguesía dominante, sino que todas las clases de la población, todos los grupos intermedios y todos los representantes de tendencias radicales aplican la voluntad de la clase obrera rusa, convertida en ley. Esto significa que hemos conseguido ya poner un fundamento firme, que hemos rebasado la época más difícil, que el maestro de la táctica revolucionaria, Vladimir Ilich [Lenin], ha dirigido la nave de nuestro estado por entre todos los peligrosos escollos y bancos de arena. Esto significa que la tarea básica está realizada en nuestro país en sus nueve décimas partes».

Ese texto clave hace evidente que el fundamento firme y las nueve décimas partes de la construcción del socialismo eran para Bujarin el poder estatal obrero: exactamente igual que para el Lenin aún inexperto de 1917/1919 –el que igualaba el comunismo con «soviets + electrificación»– y que para los socialdemócratas (los de verdad, no los que hoy se llaman así), los estalinistas y los trotskistas, en suma, para todas las tradiciones marxistas anteriores a la crisis de 1956-1968, con las únicas excepciones del mismo Karl Marx (de modo particularmente explícito en los Manuscritos de 1844 y en los Grundrisse, no en el vol. I del Capital) y del comunismo chino (éste en cuanto productor del principio de la revolución cultural en su versión más histórico-social, menos oportunista).

Así, pues, la más interesante tesis interpretativa de Löwy sobre el bujarinismo no se puede considerar inmune a toda duda. No por eso deja de ser sugestiva y fecunda para pensar.

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Cosa parecida ocurre con otra serie de interpretaciones de Löwy que sitúan el pensamiento de Bujarin –y algunas veces su derrotada práctica– en el centro de problemas hoy [años setenta] en discusión. Entre ellas hay que recordar la interpretación de las palabras de Bujarin en 1928 sobre la función de la ciencia en la producción moderna –«Estamos atravesando una fase […] peculiar, en la cual la ciencia se enlaza de modo más íntimo que antes con la técnica […]» (Löwy, p. 405)– y la interpretación de ciertas consideraciones tácticas de Bujarin en 1922 cómo anticipación de desarrollos muy posteriores. Löwy cita, por ejemplo, la siguiente reflexión táctica de Bujarin: «Es teóricamente admisible que nosotros, la Rusia revolucionaria, entremos en alianza con un determinado estado burgués en guerra con otro determinado estado burgués». «Luego», dice Löwy, Bujarin «desarrollaba la fórmula del comportamiento comunista en una situación semejante: “Hacerse técnicamente con las armas y ocupar en el curso de la guerra misma las posiciones decisivas”. Esa fue exactamente» –comenta Löwy con audacia que en este caso llega tal vez a temeridad– «la fórmula aplicada por los comunistas en España primero (1936-1939) y luego en la revolución china y en la resistencia y la revolución yugoslavas» (p. 197).

Una de estas interpretaciones de Löwy tiene casi tanto interés como la relativa a la NEP: es su interpretación de las tesis de Bujarin sobre la revolución china. Hoy parece poco dudoso que la concepción de Trotski, substancialmente compartida por Stalin y estrictamente ejecutada bajo la dirección de Heinz Neumann (según propio reconocimiento de este otro asesinado de los años treinta) en los centros fabriles de la franja costera china, fue una de las causas de las sangrientas catástrofes del minoritario proletariado chino concentrado en Cantón y Shángai, así como la raíz última de la concepción política de uno de los principales dirigentes comunistas del proletariado chino de la costa, Liu Chao-chi, el cual, de haber triunfado, sí que habría podido cubrir China de retratos de Stalin, con mucha más razón que los maoístas. Todo eso da interés a la tesis de Löwy según la cual la concepción de Bujarin es el punto de arranque de la visión de la revolución china por Mao Tse-tung. La solidez de esta interpretación de Löwy es discutible, porque acumula argumentos de valor muy desigual. Unas veces aduce simples paralelismos de efecto poco más que sugestivo. Ejemplo: «Bujarin subraya [en 1927] que China está mucho más amenazada de restauración que Rusia: “Para China [texto de Bujarin en Problemas de la Revolución China] sería incluso imaginable una constelación en la cual la revolución burguesa se realizara hasta el final, existiera ya una dictadura revolucionaria radical de las capas bajas, la hegemonía se encontrara en manos del proletariado y, sin embargo, faltaran fuerzas para un desarrollo socialista independiente“». «Mao Tse-tung» –comenta Löwy– «recogió aquellas tesis e hizo probablemente de ellas el punto de apoyo de toda su conducta política: si no existen los presupuestos para el control económico mediante una economía planificada socialista, entonces el socialismo tiene que triunfar por otros medios, por medios extraeconómicos, por medios morales: “Aunque la burguesía ha sido derrocada, sigue intentando utilizar las viejas ideas, la vieja cultura, las viejas costumbres y los viejos usos de las clases explotadoras […] para volver al poder. El proletariado tiene que hacer exactamente lo contrario, tiene que […] aplicar nuevas ideas, una nueva cultura, nuevas costumbres y nuevos usos proletarios, para cambiar el rostro espiritual de toda la sociedad”; así decía el primer párrafo de la Resolución del CC del Partido Comunista de China sobre la gran revolución. cultural proletaria del 8 de agosto de 1966» (pp. 357/358).

Löwy insiste en ese mismo punto –esencialmente, en la tesis bujariniana de que la revolución, contra lo que afirman Trotski y Stalin, no puede ser fruto económico-político-militar de la fuerza de clase del proletariado industrial chino– a propósito de lo que el maoísmo ha llamado la «línea de masas». Así escribe el autor en la p. 359 de su libro: «Bujarin se equivocó respecto del Kuomintang [la organización interclasista de Sun Yat-sen de la que al final, tras la absorción del ala izquierda, se hizo dueño Chiang Kai-shek]. Éste no se convirtió nunca en una organización de masas democrática. Pero esta idea [de Bujarin] de una amplia organización democrática de masas que reuniera todas las capas pobres de la población aparece también en la concepción de Mao Tse-tung. La idea básica se encuentra reflejada en la resolución [citada] del comité central del partido comunista chino de agosto de 1966. El párrafo 9 de esa resolución describe los “comités de la revolución cultural” como “destacadas formas nuevas de organización con las que las masas se educan a sí mismas bajo la dirección del Partido Comunista”. Esos comités han de ser “organizaciones de masas permanentes” para “fábricas, minas, distritos urbanos y aldeas”. Han de ser elegidos por “un sistema de sufragio universal”, parecido “al de la Comuna de París […], por las masas revolucionarias”. La diferencia respecto al modelo bolchevique [ruso] salta a la vista inmediatamente: éstos no son consejos (soviets) en los cuales los obreros tengan prioridad respecto de los campesinos; los portadores del poder han de ser las masas revolucionarias, entre las cuales, como es sabido, los proletarios no son en China sino una minúscula minoría» (p. 359).

Si la interpretación por Löwy de las relaciones entre el pensamiento de Bujarin y la revolución china no tuviera más apoyo que paralelismos como los recordados por esos dos ejemplos, resultaría, como queda dicho, sólo sugestiva, incluso plausible, pero no muy convincente: si se trata sólo de poner de manifiesto la importancia del factor subjetivo o cultural, la importancia del principio de hegemonía en la guerra revolucionaria primero y en la revolución cultural después, el paralelismo se puede establecer perfectamente con el Lenin de 1922-1924 y aun más intensamente –pero ya en pleno absurdo histórico– con el principal clásico del factor hegemónico-cultural en la revolución socialista, Antonio Gramsci. Pero Löwy cuenta con una argumentación de más peso para afirmar su visión de la afinidad del bujarinismo con la revolución china: es la concepción bujariniana de la función revolucionaria del campesinado oriental, radicalización sistemática de temas de Leninque ningún otro dirigente marxista –salvo, sin duda, Mao Tse-tung– ha compartido con Bujarin en lo que fue la III Internacional (ni en el rudimento que es la IV). En 1927, tras el aplastamiento de los obreros de Cantón, Changai y Nankin por Chiang Kai-schek, «Bujarin», escribe Löwy, «ve la única esperanza [de la revolución china] en el movimiento campesino: “Hoy día tiene una importancia enorme el trabajo en la provincia. Hay que animar a cualquier precio la retaguardia campesina del movimiento, pues en última instancia será la fuerza externa e interna de las masas campesinas la que decida el desenlace de la gran lucha”». Tras dar esa cita de Bujarin de 1927, Löwy prepara el patético redondeo de su interpretación recordando un artículo aparecido el 12 de marzo de aquel mismo año en un órgano central del Partido Comunista de China: «El artículo no estaba firmado, y ofrecía una penetrante descripción de las ligas campesinas, compuestas por dos millones de hogares rurales, que habían barrido todas las resistencias en una provincia del centro de China: los campesinos habían paseado en irrisión a funcionarios [estatales] y terratenientes por las calles, tocados con caperuzas puntiagudas [como cuarenta años más tarde, durante la revolución cultural proletaria]. Habían asaltado los templos, habían quemado publicaciones pornográficas, habían instituido tribunales populares para juzgar a los funcionarios corrompidos y habían asaltado masivamente las casas de los funcionarios ricos y de los terratenientes. Las últimas palabras del artículo anónimo eran: “Dentro de muy poco tiempo se pondrán en pie cientos de millones de campesinos en todas las provincias del centro, el sur y el norte de China; serán tempestuosos como un huracán, y ninguna fuerza podrá detenerlos”. El artículo que tanta esperanza dio a Bujarin al confirmarle su concepción de la revolución agraria en China se debía a un miembro del comité central chino llamado Mao Tse-tung. Pero esa concepción de Bujarin chocó con la categórica condena no sólo de la oposición [trotskista], sino también de Stalin» (p. 361).

La misma célebre Resolución sobre algunos puntos de la historia de nuestro partido (redactada o inspirada por o bajo la dirección de Mao Tse-tung en 1945 y, en todo caso, incluida en sus Obras), robustece considerablemente la interpretación de Löwy: éste tiene fundamento cuando recuerda que en la Resolución de 1945 Mao Tse-tung elogia las conclusiones del VI Congreso del PC chino, orientado por Bujarin en 1928, y que, al mismo tiempo, tiene el valor de condenar en 1945 la línea de Stalin (aunque sin nombrar a éste), impuesta de nuevo en China tras la derrota de Bujarin en la URSS. Mao, en efecto, escribió o subscribió lo siguiente: «Pero en el período que cubre la segunda mitad del año 1929 y la primera mitad del año 1930, volvieron a desarrollarse […] actitudes políticas de desviación “izquierdista” […]. Las ideas del camarada Mao Tse-tung, que afirmaban la necesidad de dedicar durante mucho tiempo los esfuerzos principales a la creación de bases en la aldea, al cerco de la ciudad por la aldea […], fueron condenadas por esos izquierdistas, que se burlaron de ellas llamándolas […] “limitación y conservadurismo campesinos”; los desviacionistas de izquierda no se daban cuenta del carácter desigual del desarrollo de la revolución mundial [otra tesis bujariniana de origen leninista, rechazada por las líneas estalinista y trotskista de la época]. Bajo la consigna de “lucha contra los desviacionistas de derecha” [la consigna del grupo trotskista que, recogida por el aparato de Stalin tras la derrota de Trotski, culminó su eficacia en el asesinato de Bujarin], empezó […] una política de destrucción de los cuadros del partido […]» (Löwy, p. 365).

Las frases de Mao Tse-tung –sobre todo la de la «destrucción de los cuadros del partido»– son tales que se pueden aplicar sin ningún retoque a la URSS de 1936-1939. (Dicho sea de paso, esas inequívocas palabras de Mao Tse-tung confirman la conocida afirmación de Togliatti de 1956, cuando dijo que lo que había ocurrido en la URSS era una degeneración social, no una serie de estrambóticas violencias de un tirano enloquecido, pues él, Togliatti, había comprobado por propia experiencia la posibilidad de discutir objetiva y críticamente con Stalin cualquier cosa: no se conoce dato alguno indiciario de que Stalin haya intentado «vengarse» de la rotunda crítica de que le hace objeto Mao Tse-tung en esa Resolución histórica de 1945). La argumentación de Löwy, por último, se redondea con su descubrimiento, en un texto de Bujarin de 1928, de la afirmación de que el problema capital del futuro es la contradicción entre «la ciudad mundial» y la «aldea mundial» (Löwy, pp. 404/405).

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¿Hasta qué punto es convincente la reconstrucción del «bujarinismo» por A. G. Löwy? Es difícil contestar a esa pregunta. Más fácil resulta arriesgar alguna apreciación de su valor histórico-científico: este valor no puede ser metodológicamente muy alto, porque quedan muchas lagunas en el conocimiento del tema. Por ejemplo: ¿qué ha dicho y hecho Bujarin en los casi diez años que van desde su derrota definitiva hasta su asesinato? Aunque todas las interpretaciones de Löwy fueran acertadas –cosa que parece improbable–, esa pregunta bastaría para mostrar que se trataría de meros aciertos, de verdades por azar, no aseguradas metodológicamente.

La valía del libro de Löwy sobre Bujarin no se encuentra por ahí, en el terreno de la obtención de conocimiento histórico metodológicamente asegurado. Se encuentra más bien en el hecho de que abre camino a una investigación, por provisional que sea en sus resultados, y, sobre todo, en su posible efecto de revulsión de tópicos, tabúes y prejuicios sin suficiente juicio previo en el ánimo y el pensamiento socialistas. El propio autor percibe en una ocasión, con ingenuidad, esa eficacia de su investigación, y escribe: «Por paradójico que pueda parecer, no puede haber duda de que la dirección comunista china guiada por Mao Tse-tung, que en general se considera como extrema izquierda del comunismo mundial, ha sido profundamente formada e influida por Bujarin, del mismo modo que también se encuentra mucho pensamiento bujariniano en los comunistas europeos a menudo criticados por “derechistas”, “revisionistas” y “reformistas”, como Togliatti y Longo en Italia, Tito en Yugoslavia y Dubček y Sik en Checoslovaquia» (p. 365). En estos años de crisis civilizatoria y cultural del imperialismo, que mueve por todas partes a las oligarquías dominantes a resucitar o reinventar formas fascistas de poder, serán muchos los socialistas que, por prisa de eficacia o por salvar lo antes posible su alma, reaccionen a la ruptura de tabúes con la “viril” pobreza con que Lukács edificó a Löwy en 1965, declarándole que «en realidad Bujarin no tuvo nunca una línea propia en el terreno político-teórico: oscilaba sin freno entre la extrema izquierda y la extrema derecha […] Bujarin […] era el típico intelectual sin columna vertebral, arrastrado por las corrientes que pasan» (p. 121).

El libro de Löwy puede, y éste es su valor principal, contribuir a que no todo el pensamiento socialista se enquiste en la teológica certeza de las «líneas» arquitecturadas en iglesias, sino que al menos parte de él –sabiendo perfectamente que el intelectual burgués llamado de izquierda pierde la columna vertebral cada vez que el movimiento obrero atraviesa una crisis, y que hasta se venga entonces de su enconado sentimiento de culpa magnificando teóricamente su interesada obediencia a las brisas (o modas) que él mismo sopla con narcisismo– no ignore, sin embargo, que hay que dejarse arrastrar por las corrientes históricas que desencadenan las masas. Lukács mismo habría reconocido esta utilidad del libro de Löwy, él que, cumplidos los 80 años, supo registrar finalmente la corriente que salió a la superficie entre 1966 y 1968.

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El traductor escribió también la solapa (en la que recoge materiales de su presentación) del libro de Löwy:

Tras la inclusión de varios textos de L. Trotski en su «Colección 70» y antes de publicar los últimos escritos teóricos de J. V. Stalin (Sobre el marxismo en lingüísticaProblemas económicos del socialismo en la URSS), las Ediciones Grijalbo presentan ahora la única investigación moderna existente [1972] sobre el otro miembro del trío bolchevique que ante la opinión pública mundial y en la previsión de los militantes de la III Internacional recibiría directamente el legado de Lenin: Nikolai lvanóvich Bujarin.

Bujarin, que en vida de Lenin fue varias veces descrito por éste como el bolchevique más popular y más querido, es, en cambio, desde su asesinato de estado en 1938, el más desconocido de los tres. El presente libro de A.G. Löwy, al reunir información antes dispersa y, sobre todo, al añadirle la que el autor mismo ha obtenido en su valiosa búsqueda de testimonios supervivientes, aumenta de modo apreciable el conocimiento de la vida y la obra de Bujarin, personaje casi de palimpsesto, por la de veces que se ha recubierto su nombre en los registros historiográficos.

Pero este libro ilumina también el tema más conocido de la vida de Bujarin, su paso del izquierdismo que profesó inicialmente a la concepción de la construcción paulatina del socialismo. Löwy plantea la cuestión con una sencillez que tiene el doble mérito de ampliar la formulación de lo que se suele entender por «controversia sobre la industrialización» y de destacar uno de los aspectos esenciales del asunto: Las diferencias se centraban en torno a la cuestión: ¿era la NEP un ‘accidente de trabajo’ causado por el fallo de la revolución mundial, o bien ocurre que toda edificación socialista, incluso en su país industrial y en condiciones mucho más favorables, ha de proceder a través de un largo período de socialismo más capitalismo? Del primer planteamiento se infería la siguiente conclusión: si la NEP no era más que retirada impuesta enteramente, entonces un día habría que anularla retrospectivamente. En cambio –se infería del segundo–, si era el camino adecuado al socialismo, había que continuarla hasta que el objetivo histórico marxista, la sociedad sin clases, se desarrollara paulatinamente partiendo de esa forma mixta». La interpretación de Löwy dice que «el principal descubrimiento de Bujarin –y el más discutido– se expresa en la expectativa de que el socialismo pleno se desarrolla a partir de la NEP, de sus propias leyes económicas».

Esa interpretación del bujarinismo no es, probablemente, susceptible de prueba definitiva, a causa de las lagunas del material pertinente, pero su interés es indudable.

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Cosa parecida ocurre con otra serie de interpretaciones de Löwy que sitúan el pensamiento de Bujarin en el centro del problema hoy en discusión. Entre ellas hay que citar la interpretación de las palabras de Bujarin de 1928 sobre la función de la ciencia en la producción moderna –«Estamos atravesando una fase peculiar, en la cual la ciencia se enlaza de modo más íntimo con las técnicas»– y la interpretación de ciertas consideraciones tácticas de Bujarin en 1922 como anticipación de desarrollos muy posteriores.

Por último, difícilmente habrá un estudioso de la historia del socialismo que pueda substraerse al absorbente interés de la discusión con la que Löwy argumenta su tesis de que la concepción bujarinista de la función revolucionaria del campesinado oriental es el punto de arranque de la visión de la revolución china por Mao Tse-tung.

«La valía del libro de Löwy sobre Bujarin», escribe el traductor de esta obra «se encuentra en el hecho de que abre camino a una investigación y, sobre todo, en su posible efecto de revulsión de tópicos, tabúes y prejuicios sin suficiente juicio previo en el ánimo y el pensamiento socialistas. El propio autor percibe en una ocasión, con ingenuidad, esa eficacia de su investigación, y escribe: «Por paradójico que pueda parecer, no puede haber duda de que la dirección comunista china guiada por Mao Tse-tung, que en general se considera como extrema izquierda del comunismo mundial, ha sido profundamente formada e influida por Bujarin, del mismo modo que también se encuentra mucho pensamiento bujariniano en los comunistas europeos a menudo criticados por “derechistas”, “revisionistas” y “reformistas”, como Togliatti y Longo en Italia, Tito en Yugoslavia y Dubcek y Sik en Checoslovaquia».

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.