El 10 de agosto de 1809 en la capital de la Audiencia entonces sujeta al Virreinato de Nueva Granada, se produjo la Revolución de Quito, que desconoció al presidente Manuel Urriés (Conde Ruiz de Castilla) e instaló una Junta Suprema de Gobierno, presidida por Juan Pío Montúfar, Marqués de Selva Alegre, e integrada por el obispo José Cuero y Caicedo y los Secretarios de Estado: Juan de Dios Morales, Manuel Rodríguez de Quiroga, Juan Larrea. Por primera vez en tres siglos de historia colonial se instauró un gobierno de las élites criollas, que asumió la representación del rey Fernando Séptimo, prisionero en Bayona (Francia) a consecuencia de la invasión de Napoleón al territorio de la Corona de España.
Después de la independencia de los Estados Unidos en 1776, de la que proclamaron los africanos y afrodescendientes en Haití en 1804 y de los pronunciamientos localistas de Chuquisaca (25/mayo/1809) y La Paz (16/julio/1809), ciudad en la que se instaló una “Junta Tuitiva”, la Revolución de Quito, que intentó una representación nacional, resultó pionera en la región por iniciar el largo proceso de la independencia del actual Ecuador, que culminó el 24 de mayo de 1822 con la Batalla del Pichincha. En forma coincidente, entre 1810 y 1812 -la “época de las Juntas”- se formaron Juntas en Caracas, Bogotá, Cartagena de Indias, Santiago de Chile, Asunción y Buenos Aires. En México (16/septiembre/1810) se produjo el “Grito de Dolores” iniciado por el cura Miguel Hidalgo, un proceso popular que alarmó a las élites criollas. Caracas proclamó su independencia absoluta el 5 de julio de 1811. Y, como ocurriera con las otras ciudades y Juntas, Quito, en verdad, asumía una posición autonomista, que reivindicaba la soberanía del pueblo y un gobierno legítimo y propio que la represente, al mismo tiempo que proclamó fidelidad a “nuestro amado rey Fernando VII”. Pero la matanza de los próceres quiteños el 2 de agosto de 1810 y de centenares de habitantes de la ciudad, definió el rumbo independentista de los sucesos posteriores, que afloraron a raíz de la proclama directa de independencia de Guayaquil, que se hizo el 9 de octubre de 1820, es decir, una década más tarde que la Junta de Quito.
Todas estas contradicciones y la misma independencia no solo del Ecuador, sino de los otros países que hoy forman la América Latina y el Caribe, han merecido centenares de estudios. La época de las Juntas se ha visto no solo como el inicio de los procesos independentistas, sino como auténticas formas de gobierno criollo. La fidelidad al rey no pasó de ser una proclama con la que se revestían las nuevas autoridades para evitar acciones represivas. Y es perfectamente conocido que entre los mismos líderes de la lucha anticolonial existieron diferencias y hasta conflictos.
Simón Bolívar, quien fue el más destacado de los líderes independentistas durante la fase militar del proceso, tuvo una claridad singular al considerar que había que constituir una gran república uniendo a toda la región, aunque concibió como paso inicial la formación de la República de Colombia en 1819. Abolir la esclavitud, como quiso Bolívar, no formaba parte del proyecto social de las élites terratenientes hispanoamericanas. Bolívar pensaba, además, que el auxilio de la Gran Bretaña evitaría la reconquista colonial de España, apoyada por la Santa Alianza. Pero es absurdo juzgar a Bolívar como una especie de “agente” del imperialismo británico y hacer lo mismo con Francisco de Miranda, quien en 1806 intentó lanzar la guerra contra la monarquía española. Juzgar a Bolívar por intermedio de la biografía que escribió Karl Marx en 1858 y en la que trata muy mal al Libertador, es aún peor. Sin embargo, el dogmatismo del pasado fue tal que esa apreciación todavía se conservó en la “Nueva historia de los países coloniales y dependientes: América Latina” publicada por la Academia de Ciencias de la antigua URSS y editada en español en 1941. Definitivamente, Marx no conoció al auténtico Bolívar.
El Libertador dimensionó exactamente el carácter de la Doctrina Monroe proclamada en 1823 que, si bien se orientaba a frenar cualquier intento europeo por recuperar las colonias liberadas, no impidió otras incursiones en el continente. El monroísmo tampoco apoyó la independencia de Cuba y Puerto Rico que permanecieron como colonias hasta 1898, y tuvo el propósito de asegurar los intereses norteamericanos en todo el continente. Por algo Bolívar llegó a escribir: “Los Estados Unidos parecen destinados por la Providencia a plagar la América de miserias a nombre de la libertad” (Carta a Patrick Campbell, 1829).
Pero más extravagantes resultan las posiciones de los “hispanistas” de la actualidad. Esta corriente surgió de las derechas españolas encabezadas por VOX y su líder Santiago Abascal y está apoyada por una serie de historiadores revisionistas. Aunque en las primeras décadas del siglo XX existía un proyecto conservador tanto español como latinoamericano, por cultivar una cultura e identidad común entre las repúblicas americanas y la “Madre Patria”, los hispanistas han avanzado en la formulación de lo que llaman Iberosfera o Hispanidad. Consideran a los procesos independentistas como simples guerras civiles que rompieron la unidad e identidad que tuvieron la monarquía de España y sus provincias americanas a quienes no consideran colonias. Sostienen que hay una “leyenda negra” sobre el dominio español, descalifican abiertamente a Bolívar y a otros líderes, reniegan de las Juntas soberanas, señalan incluso que la independencia fue un error histórico movilizado por radicales sujetos a los intereses de Gran Bretaña y que, naturalmente, ha llegado el tiempo de volver a unir a España con sus antiguas provincias, en una verdadera comunidad hispanista. No hablan de América Latina sino de Hispanoamérica. Pero nuestra región se identifica como América Latina por expresar una identidad distinta, que no forma parte de la “América” entendida por la Doctrina Monroe y tampoco con el “neo-hispanismo”, porque las independencias latinoamericanas fueron, guste o disguste, los primeros procesos exitosos de lucha contra el colonialismo europeo y en plena era de dominio capitalista, en la cual la descolonización del Asia y del África recién ocurrió en la segunda mitad del siglo XX.
El hispanismo anti-independencias latinoamericanas suele insinuar que los habitantes de la región tienen claras herencias hispánicas en sus ciudades, el lenguaje, la historia, diferentes manifestaciones de la cultura, los apellidos, etc. Pero esto nada tiene que ver con el tema de fondo: los latinoamericanos reconocen las herencias hispánicas, pero pasaron a constituir naciones independientes y soberanas. No hay odio ni rencor frente a la España actual.
Sin embargo, hoy el desarrollo de esas soberanías está gravemente afectado por el Corolario Trump y la extensión de gobiernos de ultraderecha en América Latina, que no son capaces de comprender los intereses de sus pueblos, al concentrarse exclusivamente en los de las élites empresariales y oligárquicas, a las cuales aseguran economías neoliberales, así como subordinación a los Estados Unidos. Por eso la región cultiva la idea de librar una “segunda independencia”. En el Día Nacional de Ecuador, que se conmemora este 10 de agosto, el Primer Grito de Independencia de 1809 resuena precisamente inscrito en los ideales por la segunda independencia.
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Nota de Rebelión: Imagen: «Batalla de Pichincha», se retrata al teniente Abdón Calderón, del batallón Yaguachi, que a pesar de estar herido continúa sosteniendo la bandera celeste y blanca de Guayaquil.
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