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Sobre la obra "Cuba 2005"

Prologuillo para un libro insólito

Fuentes: Rebelión

Voy a poner sólo unas pocas palabras al frente de este libro que empiezo por considerar insólito en el sentido que voy a tratar de definir en un momento. La Revolución Cubana es un tema de muy difícil «asalto» teórico porque, dadas sus características y las pasiones que desata, a favor y en contra, no […]

Voy a poner sólo unas pocas palabras al frente de este libro que empiezo por considerar insólito en el sentido que voy a tratar de definir en un momento. La Revolución Cubana es un tema de muy difícil «asalto» teórico porque, dadas sus características y las pasiones que desata, a favor y en contra, no es fácil guardar la debida «compostura» intelectual al menos en los términos exigidos por la atención y el respeto a la objetividad que parece ser una condición (sin la cual no) de un acceso acertado a los proceso sociales, históricos, a que nos aproximemos; aquí, aquella -esta- revolución. Una pequeña muestra de mis inquietudes al respecto traté de esbozarla durante las jornadas que se celebraron en Cádiz (España) en octubre del año pasado sobre «cultura y libertad en Cuba». (Si alguien tuviera interés en consultar aquel trabajo, titulado «Los intelectuales, el entusiasmo y la Revolución Cubana»- cuya temática le habría permitido figurar como uno de los capítulos de este mismo libro cuya «insolitez» ahora comento- puede acudir a la edición en «La Jiribilla de papel», número 37, diciembre 2004, o a www.lajiribilla.cubaweb.cu).

Allí quedó planteada la cuestión de cómo intervine el «entusiasmo» en los procesos cognoscitivos, y cómo ello es bueno y malo, o tiene un aspecto bueno y otro malo. Allí citábamos a Kant y decíamos que para él la noción de entusiasmo comporta una cierta patología en los procesos cognoscentes. ¿El entusiasmo es una enfermedad de la razón? ¿Y no habremos sufrido algunos admiradores de la Revolución Cubana esta enfermedad del entusiasmo?

Lo insólito de este libro que ahora nos ocupa es, justamente, que sus autores evitan toda ceguera o desvío de la mirada (mirar para otro lado) que un entusiasmo «mal entendido» (robo esta expresión a Lukacs que la empleó para recuperar cierta noción de «realismo» que entonces estaba en uso a un territorio teórico aceptable, sin, por cierto, conseguirlo) ha proyectado muchas veces sobre este proceso sin duda admirable pero muy rico en errores, y que hoy por hoy no ha conseguido -¿y cómo iba a conseguir en tales circunstancias?- ofrecer la imagen cierta de una vida cotidiana exenta de penalidades. Los autores de este libro nos acercan, como pocas veces se hace, a la verdad sobre Cuba, y por ello he afirmado con mucha convicción que es un libro insólito. En realidad, es más que nada una cuestión de estilo (y es que el pensamiento, aunque ello parezca paradójico, es una cuestión de estilo, de manera que una verdad mal escrita no es una verdad, y que una tragedia, cuando se escribe en estilo cómico, deja de ser una tragedia, y puede incluso llegar a ser una gran comedia, como es el caso de «Anfitrión» que haga olvidar su origen trágico. ¡Es la importancia del estilo! Es que la «forma» es lo que produce el «fondo»; es que el estilo está en el origen de las profundidades o superficialidades de los discursos. Etc. Gran tema para conversar sobre él).

Desde luego, habrá que leer este libro para que ustedes vean si yo estoy o no «encumbrando» a sus autores, pero ya creo que es justo decir que ellos cumplen -en estos escritos suyos de hoy y en otros muchos anteriores- la gran hazaña de mirar la realidad de frente y de no quemarse los ojos en esa mirada peligrosa (es peligroso mirar a Dios) sino arder ellos mismos en el descubrimiento de la verdad. Sobre la diferencia, yo diría que radical, entre realidad y verdad, que tantas veces se confunden (son confundidas), algo he dicho yo antes otras veces y en otros lugares.

Gusta, en fin, leer un libro en el que su autor (en este caso Carlos Fernández Liria) nos dice, mirando las cosas que pasan sin temor alguno, que «es verdad que en Cuba todo el mundo es de facto un delincuente común «, y que ello nos lo diga en una defensa de la Revolución Cubana. ¿Cómo es esto? ¿Por qué? Estamos pensando más allá de la vulgaridad. ¡Aleluia!

Gusta leer un libro en el que su autor (en este caso Santiago Alba Rico) nos dice que «en Cuba faltan cosas, pero no muchas, quizás sólo una o una y media». Esto, además de pensamiento, es muy buena literatura. ¡Aleluia! ¡Aleluia!

Gusta y regusta leer que el autor de un libro (y en este caso es Carlo Frabetti) diga que «en Cuba no hay democracia, dicen», y que añada valerosamente: «Pues claro que no».

Gusta sobremanera hallar en un libro (y ahora se trata de John Brown) la idea de que en Cuba -con todo lo que le pasa y lo que le hacen desde el exterior- son posibles la democracia y el Estado de Derecho, dos cosas sencillamente impensables en un régimen capitalista».

Gusta también de verdad hallar en un libro de ensayos -en contra de toda convención o costumbre – nada menos que un drama -¿pensamiento?, ¿arte?- en el que se producen ideas (¿es que el teatro puede «dar» ideas?) como la de que la «tolerancia» es una noción muy discutible. «Tolerar -dice un personaje de este pequeño drama- sólo puede hacerse de arriba abajo (…) . La tolerancia no puede ser recíproca y, por tanto, es lo contrario de la democracia». (Bravo).

Estamos, creo yo, y no creo exagerar, en una pequeña muestra de un nuevo estilo de pensamiento en el que la proposición mayor -establecida sobre una realidad que no se ignora por desdichada que sea- parece abocar a una proposición consecuente con la mayor, y no es así: lo contrario de lo que se espera de tal planteamiento es precisamente lo que se propone como verdad. En realidad se trata de una ruptura dialéctica del discurso convencional , ruptura que produce las grandes expresiones del pensamiento, del humor y de la poesía lírica: ese grande, enorme tesoro de la humanidad. Estaríamos más allá de la paradoja (de Oscar Wilde), que no es poco estar.

Lo que nos mueve, en términos generales, es reclamar que el Imperialismo americano retire sus sucias manos de la Revolución Cubana, y hacerlo de la mejor manera posible. El pensamiento es uno de los modos de la liberación. También la lucha de masas. También el uso de las armas. Pero, ¿qué es pensar? Pensar es «distinguir» unas cosas de otras y, a la par, «unificar» lo previamente «distinguido», diferenciado. Una «unificación» de ideas varias sólo es deseable como resultado de una deconstrución crítica de «unidades» retóricas «convencionales»; resultado que comporte una reconstrucción de las cosas -de los entes- en un plano superior, en el que residiría la «verdad» de la «realidad», si no es mucho decir, y ya sé que, efectivamente, es mucho decir.

Información relacionada:

-Novedad Editorial
«Cuba 2005», de Alfonso Sastre, Carlos Fernández Liria, Santiago Alba, Carlo Frabetti, John Brown, Belén Gopegui