Cuando la obra de Adam Smith de 1776 [La riqueza de las naciones] consideró que el aumento de la riqueza era la aspiración de la política de una nación, no estaba sugiriendo que careciera de importancia la cuestión de la distribución de los ingresos entre las diferentes clases sociales.
Asimismo, David Ricardo no era en modo alguno indiferente a la mejora de las condiciones de vida de las personas trabajadoras. Pero Smith y Ricardo ignoraron la distribución de los ingresos para centrarse únicamente en las dimensiones de la riqueza de una nación (reservas de capital), que a su vez determinaba las dimensiones de su renta nacional, porque, en su opinión, la distribución de los ingresos no era una cuestión que concerniera a la política. De hecho, la economía política clásica consideraba generalmente que los salarios estaban relacionados con un nivel de subsistencia porque, de acuerdo con la teoría malthusiana de la población, creía que un aumento de los salarios por encima de la subsistencia haría aumentar la población, de modo que ese suministro de mano de obra aumentaría en relación con la demanda y volvería a situar los salarios en el nivel de subsistencia. Por consiguiente, una mejora en la distribución de los ingresos dependía de los hábitos de la población trabajadora y no era un asunto que concerniera a la política estatal; esta última solo podía facilitar un aumento de la reserva de capital y, por tanto, de los ingresos.
De modo que la preocupación de la economía política clásica por la riqueza y los ingresos como aspiración se basaba en la creencia de que el Estado poco podía hacer respecto a la distribución de los ingresos. De origen más reciente es la idea de que el Estado se debería ocupar exclusivamente del volumen de los ingresos incluso cuando ello pudiera afectar a la distribución de estos y de que debería preocuparse tan exclusivamente por el volumen de los ingresos que incluso debería generar un empeoramiento de la distribución de los ingresos si ello aumentaba las posibilidades de incrementar los ingresos globales. De hecho esta idea expresa la ideología del capitalismo neoliberal y puede afirmar que carece de raíz clásica alguna.
Dado que el capital está globalizado bajo el neoliberalismo mientras que la mano de obra permanece confinada en países específicos, se supone que un mayor índice de acumulación requiere la creación de un entorno más atractivo para el capital en comparación con otros países y unos salarios más bajos son un componente fundamental de este entorno más atractivo. Por consiguiente, aquellos países que practican un capitalismo neoliberal practican necesariamente una política contraria a las personas trabajadoras para mantener bajos sus salarios y suprimir sus derechos con la finalidad de lograr un mayor crecimiento del Producto Interior Bruto (PIB). De ello se deduce que definir el desarrollo económico exclusivamente en términos de aumento del PIB no se puede justificar en referencia a la economía política clásica ni redunda en interés de la mayoría de la población, sino que meramente representa la ideología del capital monopolista y, por tanto, del capitalismo neoliberal en el que impera el capital monopolista.
Las instituciones de Bretton Woods, el FMI y el Banco Mundial promovieron diligentemente esta postura ideológica, esto es, identificar el aumento del PIB con el desarrollo económico y su influencia constituyó el centro de una contrarrevolución teórica en la economía del desarrollo fomentada por esas instituciones. Sin embargo, lo trágico es que incluso muchos economistas progresistas cayeron en esta trampa, a veces bajo la impresión equivocada de que eso es lo que les había enseñado la economía clásica.
Por consiguiente, rechazar el identificar el aumento del PIB con el desarrollo económico debe ser el primer paso de cualquier reflexión crítica objetiva. Ello implica rechazar totalmente el criterio según el cual no solo instituciones como el FMI y el Banco Mundial, sino también gobiernos del Sur Global juzgan el «éxito» económico de los países.
Los gobiernos indios de la era neoliberal han utilizado el crecimiento del PIB como el criterio exclusivo para juzgar el «éxito» económico y han proclamado la superioridad del régimen neoliberal sobre el régimen intervencionista anterior basándose en que la tasa de crecimiento del PIB se aceleró bajo el primero. Lo han hecho a pesar de que bajo el régimen neoliberal han empeorado enormemente la desigualdad de los ingresos e incluso la pobreza nutricional absoluta. Por ejemplo, según World Inequality Database [Base de Datos sobre Desigualdad Mundial], la proporción del 1% más rico de la población de la India que en el momento de la independencia suponía el 12 % de los ingresos nacionales y había caído al 6% en 1982 (lo que abarca más o menos el período del régimen intervencionista) aumentó durante el período neoliberal a más del 23% en 2022-2023, ¡el nivel más alto al que ha llegado en los últimos cien años!
Igualmente, la proporción de población rural que no tenía acceso a 2.200 calorías por persona y día (el antiguo parámetro de la Comisión de Planificación para definir la pobreza rural) había permanecido más o menos constante entre 1973-1974 (cuando se empezó a hacer estudios sobre la pobreza en la India) y 1993-1994; pasó del 58% en 1993-1994 al 68% en 2011-2012. Entre 2017 y 2018 incluso superó el 80%, ¡lo cual era tan elevado que el gobierno de la India retiró del dominio público los datos de ese año y cambió totalmente el método de recopilar datos en el futuro! La proporción de población urbana que no tenía acceso a las 2.100 calorías por persona al día (el parámetro correspondiente para definir la pobreza urbana) aumentó del 57% en 1993-1994 al 65% en 2011-2012 (U. Patnaik, Exploring the Poverty Question). Con todo, ¡se supone que todos estos datos no alteran en absoluto la afirmación de que India ha sido testigo de un «desarrollo económico» muy impresionante en el período neoliberal!
Otro dato demuestra lo absurdo que es que el gobierno indio insista en el aumento del PIB como indicador del desarrollo económico. El FMI acaba de dar a conocer su cálculo de que el PIB per cápita de Bangladés para el último año supera ligeramente al de India. Según su criterio para definir el desarrollo económico, se debería deducir que hoy Bangladés está ligeramente más desarrollado que India. Sin embargo, todo el panteón del Hindutva [la ideología política que promulga el nacionalismo hindú en India, n. de la t.], desde el primer ministro hacia abajo, no ha dejado de lamentarse de la infiltración bangladesí en India e incluso algunos exigen que simplemente los infiltrados sean «empujados de vuelta» a Bangladés. La pregunta es ¿por qué habría de producirse una infiltración a gran escala desde un país más desarrollado hacia otro menos desarrollado, o incluso de uno a otro país que tienen más o menos el mismo nivel de desarrollo? Por tanto, o bien es errónea la afirmación de los elementos Hindutva de que hay una infiltración a gran escala desde Bangladés a India, o bien el PIB per cápita, en el que el gobierno tiene una fe ciega, es un índice de desarrollo económico lamentablemente inadecuado.
Esto suscita, por tanto, la pregunta de cuál debería ser el índice de desarrollo económico. No responderemos a esta pregunta aquí, pero mencionaremos, a modo de ejemplo, un solo indicador obvio que es claramente mejor que el PIB per cápita que promueven actualmente las instituciones de Bretton Woods y es aceptado por el gobierno de la India. En un país con una Constitución democrática, que deposita el poder político en manos del conjunto de la población, un proceso paralelo de empoderamiento económico de la población debe ser la esencia de cualquier idea de desarrollo económico. Los ingresos medios reales de las personas trabajadoras que constituyen la inmensa mayoría de la población debería ser un mejor indicador de dicho empoderamiento económico que los ingresos medios reales de la población en su conjunto, ya que este último puede ocultar una divergencia enorme y cada vez mayor entre el 1% o el 10% más rico y el resto de la población en una situación de capitalismo sin restricciones.
Por supuesto, podría haber varios problemas para calcular los ingresos medios reales de las personas trabajadoras, aunque se pueden solucionar. Para empezar, podemos tomar el aumento de los ingresos medios reales del 80% o 90% más pobre de la población como indicador del desarrollo económico de un país. En el siguiente ejemplo se puede ver la diferencia que esto puede suponer. Si tomamos una tasa de crecimiento anual media del 6,5% en los ingresos nacionales reales durante el periodo de 40 años comprendido entre 1982 y 2022-2023, y suponemos que es válida la distribución de la renta estimada por la Base de Datos sobre Desigualdad Mundial, entonces la tasa de crecimiento anual de los ingresos reales per cápita del 1% más rico de la población sería del 5,5%, mientras que la del 99 % más pobre sería de solo el 1,5%, y la media para el conjunto de la población sería del 2%. La diferencia entre el 1,5% y el 5,5% muestra claramente lo equivocado que puede resultar el índice de crecimiento del PIB global como indicador de desarrollo.
En cualquier caso, la contradicción entre tener una fe ciega en una Constitución que empodera políticamente a la población e instaurar un sistema económico que se considera «exitoso» a la hora de promover el desarrollo económico, aunque desempodere económicamente a la población, se habría superado si hubiéramos tomado como nuestro indicador de desarrollo el aumento de los ingresos reales medios de las personas trabajadoras.
B. R. Ambedkar había llamado la atención sobre esta contradicción en su discurso final ante la Asamblea Constituyente al presentar la Constitución y había advertido con razón que la democracia política correría peligro si no se superaba. El primer paso para superar esta contradicción debería ser introducir en el discurso público del país una idea correcta de desarrollo económico.
Texto original: https://peoplesdemocracy.in/2026/0510_pd/what-economic-development
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