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Cronopiando

Que recicle el ministro

Fuentes: Rebelión

Hace ya muchos años mi hermana Mey, excelente fotógrafa y hermana, hizo posible en uno de sus montajes lo que era un sueño de todos: reciclar la clase política. En un verde contenedor en el que figuraba la leyenda: «Reciclar es dar vida», mi hermana depositó a toda esa recua de impresentables delincuentes que nos […]

Hace ya muchos años mi hermana Mey, excelente fotógrafa y hermana, hizo posible en uno de sus montajes lo que era un sueño de todos: reciclar la clase política. En un verde contenedor en el que figuraba la leyenda: «Reciclar es dar vida», mi hermana depositó a toda esa recua de impresentables delincuentes que nos gobiernan, sea desde el estado, las finanzas, los medios de comunicación, o los tribunales de justicia.

Y aquella, su feliz idea de entonces, me ha venido hoy a la memoria luego de leer las declaraciones del ministro japonés Takeaki Matsumoto tranquilizando a la opinión pública sobre el vertido de miles de toneladas de agua radiactiva al mar, dado que, asegura el ministro, «los niveles de radiación no ofrecen riesgos a la salud humana». Por si acaso sus declaraciones todavía generaban suspicacias, puntualizó Matsumoto que «el vertido de agua contaminada al mar no viola ninguna ley internacional», horas antes de que su gobierno pidiera «disculpas» a países vecinos por esas miles de toneladas vertidas que ni vulneran leyes ni afectan a la salud. Tampoco se entiende, en consecuencia, a qué se deban las disculpas, y si es sólo disculpas lo que cabe esperar luego de que trascendiera, además de las excusas, que la contaminación en el océano sobrepasa en 7,5 millones de veces los límites legales. Sospecho que las ballenas hasta van a preferir que las sigan matando a arponazos. Hasta es probable que no estén solas en ese suicida deseo por más que ya nadie las persiga, porque tampoco nadie va a comprar pescado.

Reconozco que mi primera reacción no era publicable. Tampoco la segunda… pero unas cuantas reacciones más tarde, sereno el ánimo y el juicio, finalmente arribé a una respuesta razonable: a partir de hoy, ¡que recicle el ministro!

¿Qué sentido tiene que yo, ciudadano común que genera su común basura, haya reconvertido parte del exiguo balcón del que dispongo en una concurrida exposición de bolsas de colores para pasarme el día yendo y viniendo con la basura en la mano, ahora en la azul, ahora en la amarilla, después en la verde? ¿Qué sentido tiene que cargado de bolsas ande por la calle depositando cada clase de basura en su contenedor correspondiente mientras estados y compañías petroleras o nucleares o alimenticias, en un único e impune vertido o derrame, arruinan la diaria labor de millones de pendejos ciudadanos como yo?

Confieso que mi primera respuesta tampoco era publicable. Y menos la segunda… pero unas cuantas respuestas más tarde, acerté a recordar la fotografía de mi hermana y entonces supe que sí, que reciclar sigue siendo imprescindible, que reciclar es dar vida. El único problema es que, así sea antes o al mismo tiempo que reciclamos nuestra basura: la plástica, la orgánica, el vidrio, el papel… nos ocupemos, sobre todo, de reciclar la basura que supone esa clase política que nos gobierna y que mientras siga rigiendo los destinos del mundo hará del reciclaje otra cruel inocentada más.

O mejor aún, porque ya dudo sea reciclable tanta tóxica y radiactiva porquería como la que hoy representa el ministro japonés y a la que mañana ha de rendir honores su homólogo español o aquel otro banquero o el juez que queda al lado o el prestigioso director del medio, ¿por qué no aprovechar cuando entierren bajo arena y concreto los malditos reactores y sepultar con ellos la basura?

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.