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El dinero en la pandemia

Rescate financiero versus “rescate” social

Fuentes: Rebelión

“Un sistema que, cuando no tiene problemas, excluye de una vida digna a la mitad del planeta y que soluciona los que tiene amenazando a la otra mitad, funciona sin duda perfectamente, grandiosamente, con recursos y fuerzas sin precedentes, pero se parece más a un virus que a una sociedad. Puede preocuparnos que el virus tenga problemas para reproducirse o podemos pensar, más bien, que el virus es precisamente nuestro problema. El problema no es la crisis del capitalismo, no, sino el capitalismo mismo”   (Santiago Alba Rico)

“Si el dinero fuera directamente en ayudas a estos negocios, el cierre podría ser total y se salvarían muchas vidas”. La contundente sentencia fue formulada por Josep Maria Argimon, secretario de Salud Pública de Cataluña que, inquirido acerca de la causa del enésimo incremento vertiginoso de contagios tras la reapertura económica decidida por el gobierno catalán a finales de noviembre, expresó meridianamente la contradicción esencial que simboliza la impotencia manifiesta de las políticas públicas para hacer frente al desastre sociosanitario en curso: la escisión completa entre la esfera monetaria y la fiscal o, expresado de una forma más llana, la privatización casi absoluta de la producción de dinero -incluido el, presuntamente “público”, del banco central- que incapacita a los Estados para implementar las masivas inyecciones de liquidez que requeriría la contención del desastre económico generado por la pandemia. Joaquín López Contreras, infectólogo del Hospital de Sant Pau de Barcelona, abunda en lo anterior: “O los gobiernos buscan dinero debajo de las piedras [sic] e indemnizan a quien sea necesario o no saldremos airosos de esta situación”.

¿Cuáles son las consecuencias, sobre la situación socioeconómica catastrófica que estamos viviendo, de esta privatización -más del 95% del dinero circulante nace como deuda generada “del puro aire” por la banca comercial- de la producción del elemento material más importante de la vida social? ¿Qué tipo de paradigma de política monetaria sustenta la infraestructura existente del sistema financiero y cuáles son las implicaciones que tiene la actual matriz de rentabilidad del capitalismo neoliberal para la capacidad de los Estados de conseguir los recursos perentorios para enfrentarse a los devastadores efectos de la pandemia en curso?

Para algunos “curanderos” monetarios las soluciones a estas candentes cuestiones serían sumamente sencillas.

“Ingresar 2.000 euros por ciudadano de la zona euro costaría 750 mil millones de euros y sería un dinero mucho mejor gastado para impulsar la demanda que la liquidez masiva proporcionada por el BCE a los bancos y corporaciones zombies”

La irresistiblemente atractiva propuesta anterior, formulada por el mediático economista y exministro de finanzas griego Yanis Varoufakis -en sintonía con el colectivo para la reforma monetaria Positive Money- representa una “bala de plata” rápida y contundente para encontrar dinero “debajo de las piedras” y aliviar así la impotencia financiera de las administraciones públicas: una QE -en referencia al salvamento de la banca global a cargo del soberano monetario tras el colapso de 2008- para la gente. Se trataría de que el dadivoso banco central proveyera, a través de la creación de millones de cuentas digitales, de inyecciones directas de dinero a la población. Si los bancos centrales, tras el crac de 2008, crearon montañas de dinero público para evitar el hundimiento del sector financiero privado, ¿por qué no pueden hacer ahora lo mismo -razona, con aparente lógica, Varoufakis- con el arrasado tejido productivo para rescatar a millones de trabajadores y pequeñas empresas que han visto esfumarse súbitamente sus medios de subsistencia? Lo anterior, como expresaban angustiosamente los epidemiólogos catalanes, implicaría salvar miles de vidas, ya que si la economía real pudiera sostenerse con ayudas públicas a fondo perdido del banco central -y no con incrementos onerosos de la deuda pública a cargo de los desvalidos Estados- los confinamientos podrían ser más duros y los riesgos sanitarios se minimizarían.

Miel sobre hojuelas. ¿Dónde reside entonces el problema? ¿Resulta realmente plausible semejante mecanismo de activación del “árbol de dinero mágico” -similar al “helicóptero de dinero”, popularizado sarcásticamente por Milton Friedman- por parte del supremo hacedor monetario en pos de aliviar las agudas penurias de la población en pleno embate pandémico? O, en caso contrario, ¿cuáles son los mecanismos de producción e inyección en los circuitos económicos del objeto por excelencia que caracterizan al capitalismo neoliberal y que provocan ese agudo contraste entre la acuciante carencia de recursos monetarios por parte de las administraciones públicas y la exuberancia irracional de los circuitos financieros, atiborrados de liquidez fabricada “del puro aire” en las pantallas electrónicas de los bancos centrales?

Dinero infinito: el rescate financiero

“Los bancos cobran los rescates y manejan los flujos de dinero público provenientes de la flexibilización cuantitativa del BCE y de los préstamos ICO del Estado. Pero la banca nunca pierde. No hace falta que presten ese dinero para actividades productivas, lo pueden dedicar al gran casino global que se afinca en los paraísos fiscales y en los mercados de derivados. Si lo pierden, ahí estaremos para rescatarlos” (José Luis Carretero)

“Su cajero automático es seguro. Sus bancos están seguros. Hay suficiente dinero en el sistema financiero y hay una cantidad infinita [sic] en la Reserva Federal”

El regusto angustioso de la declaración del presidente de la Reserva Federal de Minneapolis refleja cuál era realmente el orden de prioridades durante la apremiante urgencia de la situación generada por el shock pandémico, así como el rol neurálgico de la fábrica de dinero en la contención inicial de la hemorragia.

¿Una cantidad infinita de dinero? ¿Cómo se genera y hacia dónde se dirige este maná inacabable? ¿Hasta qué punto puede insuflar, con esta masiva respiración asistida, el capo di tutti capi de las finanzas globales, cual trasunto del Doctor Frankenstein, hálitos de vida al decrépito organismo económico capitalista, sumido en una hecatombe sin precedentes? ¿Cuáles son los extraordinarios atributos de los que goza actualmente la todopoderosa banca central, que otorgan a estas oscuras instituciones el rango de centros vitales de la gobernanza del capitalismo financiarizado?

“La Fed está cambiando completamente lo que significa ser un banco central”

El rotundo titular de The Wall Street Journal evidencia el extraordinario calibre de las medidas “no convencionales” de política monetaria activadas por la principal fábrica de dinero global. El productor monopolista del billete verde se ampara en el “exorbitante privilegio” -el papel del dólar como moneda de reserva mundial, que permite al Estado estadounidense “endeudarse sin lamentarlo”- para generar cantidades astronómicas de liquidez, en pos de sostener artificialmente -evitando de este modo la repetición del colapso súbito de 2008- los cortocircuitados flujos financieros tras el shock pandémico de marzo de 2020.

El didáctico artículo resalta el agudo contraste entre las limitadas herramientas y las prudentes políticas tradicionales de la banca central -destacadamente, el manejo de los tipos de interés y las operaciones de mercado abierto de compaventa de bonos a la banca comercial- con la panoplia casi infinita de su arsenal actual: la taumatúrgica QE, la “bala de plata” salvífica del sistema financiero global tras la crisis de 2008, palidece ante la artillería pesada disparada por la Fed -con el BCE, como siempre, premiosamente a la zaga- tras el devastador impacto de la pandemia en los, totalmente desprevenidos, países occidentales.

No obstante, su función esencial no ha cambiado ni un ápice.

“El capitalismo sin bancarrota es como el catolicismo sin infierno”. La escatológica sentencia, proferida por un administrador de fondos de inversión, la refiere Cédric Durand para ilustrar la aberración contra natura en la que se halla sumido el sistema financiero actual. Si los mercados -en lo que constituye la esencia darwinista de la mitología liberal de la supervivencia de los más aptos bajo la ilusoria libre competencia- sólo pueden funcionar adecuadamente si existe una amenaza creíble de fracaso para los partícipes, que les compela a ser eficientes y a evitar riesgos excesivos, entonces, ¿cómo calificar la situación exuberante de los “mercados” financieros en la terrible coyuntura de la pandemia en curso? ¿Qué suerte de extraordinaria distorsión provoca en el organismo económico la terapia de choque implementada de urgencia por los bancos centrales?

En medio de la catástrofe sociosanitaria y del desplome de la actividad productiva, la prioridad absoluta de la dirigencia del capital ha sido reforzar los frágiles pilares del sistema financiero, comenzando por las gigantescas entidades de crédito too big to fail y por los mercados bursátiles, que amenazaban derrumbe súbito en los primeros momentos de la crisis, y continuando con el apuntalamiento de toda la miríada de entelequias de ingeniería financiera que pululan por la banca en la sombra y que ya habían provocado el desplome de 2008. La artillería pesada incluye compras masivas de bonos del tesoro a la banca comercial, de bonos corporativos a las grandes multinacionales y de todo tipo de activos titulizados por la banca privada, además de avales al préstamo comercial y de masivas inyecciones de dólares -la moneda de más del 60% de los intercambios mundiales- para sostener los flujos financieros globales. ¡La economía entera mantenida con respiración asistida por la “maquinita” de la fábrica de dinero! He aquí la función neurálgica del prestamista de última instancia: apuntalar el castillo de naipes financiero, intercambiando formidables volúmenes de deudas -muchas de ellas, sin su salvadora intervención, totalmente incobrables- por riadas de dinero fuerte surgido del “puro aire” de las pantallas de los ordenadores del supremo hacedor monetario.

El resultado era previsible.

“El martes 24 de noviembre el Dow Jones y el S&P 500 alcanzan sus máximos históricos”. Mientras el país bate récords diarios de contagios y fallecidos y la catatónica estructura productiva sigue sin dar signos de vitalidad, el casino bursátil nada en océanos de liquidez batiendo marcas históricas y engrosando las arcas del 1% de la población, propietario del 90% de los títulos bursátiles y demás activos financieros.

No parece pues que todo el organismo económico se beneficie ni mucho menos por igual de las tempestades de dinero levantadas por el soberano monetario.

Cédric Durand detalla el orden de prioridades: “En un mundo donde la actividad está colapsando, los bancos centrales son el seguro a todo riesgo para los inversores. Protegen el patrimonio financiero al apoyar directa e indirectamente el valor del conjunto de los activos financieros. Proporcionan una antevalidación política del capital ficticio porque los beneficios esperados para el futuro son de alguna manera garantizados por el soberano”.

¿Beneficios futuros garantizados por el soberano? ¿Un capitalismo sin el infierno de la bancarrota puede conservar siquiera un atisbo de racionalidad en la eficiente asignación de los recursos? ¿Cómo evitar, con este seguro a todo riesgo, que los participantes en el casino global se embarquen ufanamente en todo tipo de apuestas, a cual más temeraria? ¿Queda, en esta extravagante operativa, algún resto del libre juego de las fuerzas del mercado en entornos competitivos, la esencia ideológica del capitalismo liberal, que presuntamente consagra la preeminencia de la sacrosanta gestión privada por encima de la ineficiente asignación pública de los recursos?

Un extraordinario botón de muestra de la perversión absoluta que supone esta política de “relajación” cuantitativa ilimitada lo encontramos en las operaciones de financiación bancaria a cargo del BCE, que forman parte de las, supuestamente extraordinarias -si bien llevan más de una década en funcionamiento- medidas de política monetaria “no convencional”. Se trata de mastodónticas inyecciones de liquidez a medio y largo plazo, potenciadas hasta el paroxismo en la presente coyuntura, con la manoseada coartada de favorecer la reactivación económica mediante la mejora de las condiciones de financiación a la economía «real». Mediante este sortilegio de alquimia financiera, el BCE financia a la banca comercial con mareantes cantidades de préstamos a tipos de interés negativos –en román paladino, paga a la banca por prestarle dinero– pero teóricamente condicionados a que la banca canalice al menos una parte de la formidable inundación de liquidez hacia la financiación de los depauperados agentes económicos. Salva Torres describe la perversa dinámica implícita en el extravagante dispositivo:

“Pues sí, el BCE ha pasado un Rubicón histórico del capitalismo al pagar por prestar dinero, saltando por encima de los dogmas monetarios que dicen que el capital tiene un precio. Los préstamos de esta subasta tienen un interés negativo del 0,5%, y otro 0,5% si demuestran los bancos que han ido al crédito a familias y empresas cuando realicen la emisión de titulizaciones de esas financiaciones en los respectivos países donde operan. Un total de un -1% que para el Santander, que ha pedido unos 55.000 millones, le supondrán un beneficio de 550 millones de una tacada, ¡por la cara! Cuando el Santander preste ese dinero tendrá ya garantizado ese diferencial del 1% de beneficio extra, además de los intereses, comisiones y gastos de gestión que cobre por las operaciones, tanto de los créditos ICO a las empresas o los préstamos o refinanciaciones a ciudadanos como para comprar nuevamente deuda pública que emitirá a mansalva el Gobierno español y que comprarán principalmente el Santander y los otros bancos”.

Sin embargo, los mantras oficiales de los “espadachines a sueldo” del capital tienen la coartada perfecta bien a punto para justificar tales disparates: el mito del multiplicador del dinero -la falacia que afirma que el incremento de la base monetaria, el dinero fuerte del banco central, se transmite a la oferta de crédito bancario y acaba derramándose sobre la economía real- es el dogma predilecto de la ortodoxia monetarista para justificar las riadas de liquidez vertidas graciosamente sobre la banca privada y los flujos financieros del casino global por su todopoderoso protector. Bien al contrario, como demuestran la hipertrofia de los mercados de capitales y la descomunal inflación de activos generadas por la QE, en un escenario de aguda depresión económica y ante la incertidumbre y las acerbas expectativas de contención de la pandemia, la banca comercial es extraordinariamente renuente a proporcionar crédito abundante y prefiere optar por la seguridad del casino financiero.

La exuberancia irracional de los mercados bursátiles -incluso las grandes corporaciones se apuntan entusiastas al festín a través de la surrealista operativa de la recompra masiva de sus propias acciones-, la propulsión exorbitante de los niveles de deuda globales y el extraordinario aumento de la desigualdad de rentas y de riqueza -únicamente el decil superior de la escala social es receptor neto de rentas financieras- son por tanto los efectos secundarios de las tempestades de dinero generadas por el supremo hacedor monetario.

¿Cuál es el motivo real de esta aguda asimetría entre la opulencia del casino financiero y el estado catatónico de los circuitos económicos reales que caracteriza la devastadora crisis en curso? ¿Por qué no se derrama ese, aparentemente infinito, maná sobre los canales de producción y consumo por donde penan los sufridos “creadores de riqueza” que son -según uno de los mantras favoritos de la dirigencia de la banca central- los supuestos destinatarios de sus políticas?

La respuesta a tan acuciantes interrogantes reside en la aberrante infraestructura de la fábrica de dinero erigida bajo la égida del dogma neoliberal-monetarista, hegemónico desde la crisis de estanflación de los años 70. Su rasgo esencial es la primacía absoluta de la producción de dinero-deuda a cargo de la banca privada -con el imprescindible soporte de la banca central, su ángel de la guarda-, que lo encauza hacia los circuitos cautivos de las finanzas globales en detrimento de la financiación de la actividad productiva, los servicios públicos y las transferencias sociales. El “árbol de dinero mágico”, para pesar de los irredentos creyentes -como Varoufakis, los acérrimos adalides de la Teoría Monetaria Moderna y el resto de “curanderos monetarios”- en la posibilidad de utilizar sus ubérrimos frutos al servicio de las apremiantes necesidades sociales, sólo vierte sus prolíficos dones sobre los partícipes del festín financiero.

Este es pues el papel real –cual émulo redivivo del doctor Frankenstein– del demiurgo de la fábrica de dinero y de su política monetaria “no convencional”: servir de soporte de la colosal extracción de riqueza real que representa la máquina de succión de las finanzas globales, ampliando el abismo entre los ufanos especuladores rentistas y los crecientemente explotados asalariados y abriendo enormes fallas en las, cada vez más frágiles, placas tectónicas sobre las que se asienta el capitalismo desquiciado.

Tal arquitectura, aparentemente disfuncional, de la infraestructura del sistema financiero en los centros del capitalismo occidental no es en absoluto casual ni por lo tanto reformable a voluntad de los bienintencionados diseñadores de panaceas monetarias, sino que tiene su razón de ser en la naturaleza crecientemente patológica del sistema de la mercancía.

La sagrada independencia de la banca central, la amputación de la posibilidad de financiación directa a los estados y su creciente papel -a partir de la implantación de la política monetaria no convencional, simbolizada en la QE, tras la debacle de Lehman Brothers en septiembre de 2008- de sostén artificial del globo financiero, tratando de preservar un umbral de rentabilidad ficticio que camufle la acelerada pérdida de dinamismo del capitalismo en las últimas décadas, han conformado el contexto institucional que ha catapultado a la fábrica de dinero a la cúspide de la gobernanza del capital global. De ahí que su arquitectura y sus funciones, por muy absurdas que parezcan, no puedan ser rediseñadas a capricho para ponerlas al servicios de las necesidades sociales, ya que responden a las acuciantes necesidades de preservación de la menguante rentabilidad del capital. Tal configuración demuestra fehacientemente que el dinero no es una herramienta técnica, que pueda utilizarse para fines diversos, como propugnan los bienintencionados “curanderos” monetarios, sino la expresión máxima del ejercicio del poder social al servicio del interés privado.

No habrá por tanto, desgraciadamente, ni “QE para la gente” ni “árbol de dinero mágico” que alivien las penurias de los usuarios cautivos del objeto por excelencia.

Montañas de deuda: la impotencia del “rescate” social

“No vamos a dejar a nadie atrás”. La solemne declaración corresponde al presidente del gobierno español que, en los inicios del shock pandémico, aseguraba con esa ufana contundencia que los, pomposamente denominados, ‘Presupuestos de la Reconstrucción’, que estaba elaborando el gobierno “progresista”, iban a ser suficientes para paliar el desastre social provocado por la pandemia. ¿Realmente ha sido así? ¿Acaso ha logrado el demediado Estado neoliberal librarse por fin de los grilletes de los recortes y de las políticas de austeridad en aras de movilizar los recursos necesarios para atenuar la pandemia de miseria rampante causada por el colapso de sectores enteros de la terciarizada y precarizada economía española?

No parece que haya sido el caso.

En agudo contraste con las descomunales bazucas monetarios de la fábrica de dinero, los premiosos y cicateros “rescates” sociales aplicados por los desbordados gestores del bien público en los Estados “soberanos” de la vieja Europa han ido a remolque de la “histeria” del supremo hacedor monetario implementando, con cuentagotas y extraordinarias trabas burocráticas, medidas excepcionales en pos de aliviar el completo hundimiento de miles de empresas y de los ingresos de legiones de trabajadores precarios, autónomos y externalizados. No puede ser mayor por tanto el abismo existente entre la potencia de fuego del formidable arsenal de la fábrica de dinero y el ajustado corsé que constriñe la capacidad fiscal de las políticas públicas.

¿A qué se debe este abismo entre el descomunal calibre de la munición empleada por la banca central y la endeblez y fragilidad de los perentorios recursos públicos movilizados para dar una respuesta adecuada a la magnitud de la hecatombe? ¿De qué herramientas fiscales disponen los aparatos estatales para aumentar el gasto público ante la extraordinaria urgencia de la coyuntura, después de décadas de políticas neoliberales de recortes sociales y de “austeridad”? En definitiva, ¿qué tipo de perversa conexión se ha ido desarrollando en las últimas décadas de hegemonía del monetarismo neoliberal entre la omnipotencia aparente del supremo hacedor monetario y la creciente debilidad de las vías de financiación de las políticas públicas?

La apisonadora neoliberal-monetarista, pertrechada con la laminación de la capacidad fiscal de los gobiernos bajo los dogmas de la austeridad, el techo de gasto, la desregulación financiera y la amputación de la soberanía monetaria, ha desmochado completamente la capacidad redistributiva e inversora de los estados occidentales. Las montañas de deuda pública y el descomunal fraude fiscal, a cargo, principalmente, de las grandes corporaciones tecnológicas y financieras, caracterizan la paupérrima situación del erario público y su impotencia absoluta para movilizar recursos fiscales a pesar de la extraordinaria urgencia del momento.

Tan lúgubre diagnóstico muestra el desacoplamiento absoluto, con la Zona Euro como ejemplo modélico, entre la esfera fiscal y la monetaria: el bombeo masivo de liquidez de la fábrica de dinero que -exceptuando la disminución del coste de la financiación de la deuda pública inducido por la masiva compra de bonos del Tesoro por parte del banco central- se separa totalmente de la financiación del gasto público, arrojando a los desvalidos Estados en brazos de los tiburones financieros ante su incapacidad manifiesta para aplicar políticas fiscales progresivas.

Alejandro Nadal destaca elocuentemente el punto nodal: “La separación en compartimentos estancos de la política fiscal y la política monetaria pone de rodillas al Estado moderno frente a los caprichos de los mercados financieros”.

Su sometimiento a los caprichos de los mercados es tan flagrante que únicamente gracias a la facilidad de endeudamiento actual -el coste del bono español a diez años ha entrado por primera vez en terreno negativo- se puede sostener la tímida expansión fiscal imprescindible para amortiguar mínimamente el impacto de la pandemia de miseria que aflige a extensas capas de la población.

Bellamy Foster resume la calamitosa situación de las finanzas públicas bajo el talón de hierro monetarista: “Ahora la política fiscal y la monetaria están fuera del alcance de cualquier gobierno que se atreva a hacer algún cambio que afecte a los grandes intereses creados. Los Bancos Centrales se han transformado en entidades controladas por los Bancos Privados. Los Ministerios de Hacienda están atrapados por los límites de la deuda y las agencias reguladoras están en manos de los monopolios financieros y actúan en interés directo de las corporaciones”.

No obstante, y a diferencia de la situación provocada por la quiebra del sistema financiero global en 2008, debido a los masivos impagos de los trabajadores pobres estadounidenses, ahogados en un océano de deudas hipotecarias impagables, en este caso, el colapso repentino de la economía productiva, la inviabilidad de los sectores económicos claves en el terciarizado capitalismo primermundista -con el turismo en lugar destacado–, la devastadora catástrofe del desempleo masivo y la explosión de quiebras empresariales son desafíos cuya solución no está ya en manos únicamente del demiurgo de la fábrica de dinero y exigen el obligatorio concurso de los escasos resortes disponibles por parte de los gestores del bien público.

A la fuerza ahorcan. En última instancia, la elección de los gobiernos occidentales en el momento del estallido de la pandemia no fue -como proclaman, a bombo y platillo, como si de un ansiado cambio de paradigma se tratara, algunos entusiastas reformistas- entre el keynesianismo y la ortodoxia neoliberal, sino entre el caos económico absoluto y la preservación de un mínimo resto de cohesión social: la gobernanza de la pobreza. El caso español es paradigmático, dada su estructura económica terciarizada y adicta al turismo, de esa brecha formidable entre las apremiantes necesidades de los sectores enteramente arrasados por la parálisis provocada por el shock pandémico y la pusilánime respuesta pública ante la catástrofe.

Por mucho que los desarbolados gestores del bien público se llenen la boca con su decisivo y proactivo rol en la cacareada reconstrucción económica, en realidad, los rescates financieros empresariales y el colchón de supervivencia morosamente proporcionado a las víctimas directas del desastre no son más que precarias e insuficientes cataplasmas que eluden el punto clave que realmente facilitaría una reactivación económica consistente: la ausencia casi absoluta de programas públicos de inversión productiva. El gasto social de emergencia y las ayudas a la financiación empresarial representan, en los clásicos términos marxistas, gastos improductivos, que no facilitan directamente la reactivación económica al financiarse -en una suerte de juego de suma cero- mediante subidas de impuestos o incrementos desorbitados de la deuda pública: el rubro de pagos de intereses de la deuda, que ascendió a la astronómica cifra de 30000 millones en 2019, se ha disparado en el presente ejercicio y representa el tercer rubro de gasto de la administración del Estado.

La desesperación generada por la impotencia que produce la limitación de recursos públicos bajo el encarnizamiento terapéutico de las políticas neoliberales queda patente en el hecho de que incluso el gasto social básico ha de financiarse mediante deuda: la UE ha concedido a España un crédito extraordinario para la financiación de los ERTE, el llamado bono social, ante la acuciante sequía de liquidez de las arcas públicas.

En otra muestra de la rendición a los postulados privatizadores y de la ausencia de políticas públicas de inversión productiva, el moroso conato de salvamento de miles de PYMES al borde de la bancarrota se realiza únicamente en base a deuda privada concedida por la banca comercial -según sus propios criterios de rentabilidad y con un evidente riesgo de fraude- pero avalada con fondos públicos del Instituto de Crédito Oficial: un negocio seguro para la banca, sin ningún criterio de utilidad social, en un país en el que, tras un rescate colosal del sector a cargo del erario público tras la debacle de la burbuja inmobiliaria de hace una década, no existe un banco público digno de tal nombre.

Únicamente la inversión pública generadora de actividad empresarial rentable -anatema bajo la égida neoliberal- o las masivas ayudas directas a las empresas contribuirían a la reanimación del catatónico organismo económico. Pero tal política intervencionista -y no únicamente asistencial-, al menos en la piel de toro, ni está ni se la espera.

El economista marxista Louis Gill destaca el punto clave: “La única actividad generadora del aumento del beneficio global es la que proviene del relanzamiento de la inversión privada o de la inversión pública rentable, de la creación de nuevas capacidades productivas cuyos productos están destinados no al consumo público no rentable, sino al consumo privado rentable. Ahí está la columna vertebral de la actividad en el régimen capitalista”.

Así pues, a pesar de la leve diferencia con la crisis de 2008 -el business as usual ya no funciona, dada la intensidad de la debacle, y la tortura financiera de la prima de riesgo y el torniquete “austericida” no pueden ponerse por ahora al servicio de la recuperación de la rentabilidad del capital-, debida únicamente a la brutalidad del shock pandémico y a la necesidad consiguiente de evitar la parálisis completa de los circuitos económicos, estamos simplemente ante un neoliberalismo levemente “compasivo”, que administra la gobernanza de la pobreza, sin alterar en absoluto el paradigma que rige las políticas aplicadas. Nada de keynesianismo -cuyo nudo gordiano anticrisis, la reactivación de la inversión productiva, y no del consumo paliativo, ni está ni se le espera- o de reforzamiento de las herramientas redistributivas a través de reformas fiscales progresivas que incrementen la paupérrima recaudación fiscal: sólo cataplasmas de emergencia -ahogadas muchas de ellas, como el, tan cacareado como desastrosamente implementado, ingreso mínimo vital, en un océano de trabas burocráticas- ante la necesidad de evitar el caos social mediante un frágil colchón amortiguador.

Sin embargo, resulta palmario que no todos padecen por igual los efectos de este marasmo de privaciones sociales y desigualdades rampantes.

“El capital riesgo logra un récord de compras de empresas en España”. El titular del tabloide neocon Expansión refleja uno de los efectos secundarios del contraste abismal entre la exuberancia de los mercados de capitales y el inerme desvalimiento de las políticas públicas.

La combinación tóxica de este océano de liquidez al mejor postor, que fluye por los canales estancos del casino financiero, y la retirada de la administración pública de la inversión productiva y de la gestión de servicios básicos pone la alfombra roja a los carroñeros de las finanzas desbravadas. Los fondos de capital-riesgo -más conocidos como fondos buitres-, agujeros negros del fraude fiscal cuya raison d’être reside únicamente en la maximización del “retorno al accionista”, gestionan paquetes de vivienda pública, residencias de ancianos, hospitales públicos y demás servicios esenciales y se abalanzan sobre los despojos de la debacle en curso pertrechados con el seguro a todo riesgo de la financiación barata propiciada por la dadivosa “relajación” cuantitativa del soberano monetario.

Ni que decir tiene que las consecuencias para la calidad de la prestación de los servicios básicos fagocitados por los voraces tiburones y para la estabilidad y la dignidad de las condiciones laborales de sus plantillas no son ni mucho menos halagüeñas. Se cierra de este modo un círculo perverso, característico del capitalismo patológico: la inundación de los canales financieros y la acuciante necesidad de “soltar lastre” por parte del paupérrimo sector público atraen a los bien cebados tiburones financieros, dispuestos a aplicar sus curas de caballo de despidos masivos y “racionalización” de la gestión, para desprenderse a continuación de las partes rentables de los zombis empresariales adquiridos sin la más mínima preocupación por el impacto social de tales prácticas.

Incluso las administraciones sedicentemente “progresistas” se apuntan a la fiesta: “Es mucho más productivo invertir en los fondos, ellos saben cómo captar inversión”. Tan halagadoras declaraciones las realizó Jaume Collboni, teniente de alcalde ¡socialista! del Ayuntamiento de Barcelona, en la presentación del plan “Barcelona acelera”, vendido, sin el más mínimo rubor, como un modelo de colaboración público-privada: “Se trata de la inyección de 10 millones de euros del presupuesto municipal a 6 fondos de capital riesgo con sede en la ciudad para que destinen 30 millones a financiar start up del área metropolitana a lo largo de la próxima década”. Las palabras del ufano regidor no dejan lugar a dudas acerca de su incondicional rendición, con armas y bagajes, ante los lobos de las finanzas: “Apostamos por aquellos que apuestan, por los que más saben”.

¿Existen otros modos de gestión del desastre social provocado por la pandemia, alejados de semejante escenario de pleitesía absoluta de las administraciones públicas ante el capital privado, que puedan poner de manifiesto la absurdidad del encarnizamiento terapéutico neoliberal-monetarista y de la completa privatización de la producción de dinero, vigentes en las democracias “avanzadas” en las últimas décadas?

Un contraejemplo demoledor, que pone al desnudo la perversidad intrínseca de este neoliberalismo “compasivo”, lo representa la política económica seguida por el gobierno chino tras el formidable impacto inicial de la pandemia.

Con un banco central público y la mitad del sector bancario en manos estatales, el gigante asiático -sin mostrar obviamente simpatía alguna por su modo de acumulación intensamente depredador y su régimen político-social digno de una distopía orwelliana- ha logrado, tras haber superado en tiempo récord, con medidas draconianas de control social, el violento brote inicial de la pandemia, forzar la reactivación económica a través de la planificación estricta sustentada en la férrea dirección estatal de la actividad productiva y en la financiación directa por parte de la banca pública -más de un 50% del sector financiero- de los sectores estratégicos y de las pequeñas empresas más golpeadas por el batacazo inicial.

El exitoso enfoque adoptado se sitúa en las antípodas del de los otros grandes bancos centrales “independientes”, como el Banco Central Europeo: donde estos últimos han inundado los mercados financieros de liquidez y se han limitado a ofrecer garantías públicas de diversos tipos a los bancos, con la vana esperanza de forzar la activación de la financiación de la actividad productiva, “la política monetaria del Banco Popular de China se ha preocupado por asegurar que la liquidez colocada en el mercado sea utilizada eficazmente para garantizar la supervivencia de las empresas, financiando, a través de la banca pública, la inversión productiva”. He aquí un ejemplo paradigmático de QE para la gente: la nacionalización de la producción de dinero al servicio de la estimulación directa de la actividad económica y del sostenimiento de las rentas de la población. El resultado es extraordinariamente concluyente: la economía china ha recuperado los niveles previos al shock pandémico, mientras que en Europa la depresión económica y la destrucción del tejido productivo se cronifican irremisiblemente.

En las antípodas del ejemplo anterior, el cacareado Fondo de Recuperación de la Unión Europea, denominado pomposamente -quizás debido a la lentitud en su puesta en marcha- Next Generation, cuyos primeros fondos no llegarán a sus destinatarios hasta ¡el segundo semestre del 21!, se financia -ante la imposibilidad de recurrir al brazo monetario del BCE- a través de la emisión de deuda en los mercados -un negocio redondo para los tiburones de las finanzas- y del incremento de la recaudación fiscal.

Montañas de deuda. Tal es, en definitiva, el resumen de la patada a seguir a cargo de la gobernanza del capital en pos de aplicar una frágil cataplasma a la debacle en curso. Llueve por tanto sobre mojado. ¿Será esta vez suficiente? ¿Resulta sostenible tal huida hacia adelante? ¿Podrán los sortilegios de la fábrica de dinero y las tenues medidas gubernamentales contener el desastre? O, por el contrario, la hecatombe pandémica será una suerte de «revelador» que, a diferencia de la crisis de 2008, pondrá de manifiesto la impotencia de los trucos circulatorios utilizados masivamente por los bancos centrales para aliviar las insolubles contradicciones del capitalismo desquiciado.

Paisaje tras la tormenta: ¿un crac de proporciones devastadoras?

“Todo esto no hace sino acumular una «tormenta perfecta», una enorme explosión de la economía, en proporciones tendencialmente horrendas, que puede hacer irrisorias las crisis del 29 y de 2007-2008 juntas”. El agorero pronóstico de Andrés Piqueras no parece andar muy desencaminado.

Las vulnerabilidades del sistema capitalista no han hecho sino crecer exponencialmente tras la salida en falso de la crisis de 2008. La enorme concentración bancaria –agravando el “riesgo moral”, al ser “demasiado grandes para quebrar” y actuar por tanto bajo la seguridad del subsidio público-; la hipertrofia de las entelequias financieras, cada vez más sofisticadas y desreguladas, comerciadas por la banca en la sombra y por los grandes fondos de inversión, que utilizan masivamente las «cuevas de piratas» que representan los paraísos fiscales, y el astronómico nivel del endeudamiento global, propulsado por los océanos de liquidez creados por la fábrica de dinero y a punto de provocar una cadena generalizada de impagos de deuda pública en las arrasadas economías del Tercer Mundo, conforman una panoplia de crecientes vulnerabilidades que ceban a una velocidad sin precedentes las “entrañas de la bestia” y que amplificarán por tanto exponencialmente la onda expansiva del próximo estallido en «proporciones tendencialmente horrendas». Un desajuste de este calibre –el ritmo de incremento de la deuda global ¡quintuplica! el del PIB mundial en las últimas dos décadas– constituye la espoleta de una explosión financiera de proporciones potencialmente devastadoras.

La emergencia pandémica no ha hecho por tanto más que estirar las tensas costuras de un entramado que ya previamente amenazaba colapso inminente.

Michel Husson pone el dedo en la llaga: “Hoy en día el capitalismo mundial se encuentra sometido a una tensión fundamental. De un lado, la gestión de la crisis que estalló en 2008 se abordó según dos principios fundamentales: no arreglar las cuentas y reconstituir el modelo neoliberal previo a la crisis tratando de controlar sus efectos más nocivos. En la práctica se trata de garantizar los derechos adquiridos por el «1%» y la libertad de acción de los bancos y las multinacionales. Pero, actualmente, el mecanismo fundamental del dinamismo del capitalismo, a saber, los incrementos de productividad, está agotándose”.

La contradicción básica es, en definitiva, que la deuda y los flujos financieros no pueden crecer indefinidamente a través de la inflación de activos propulsada por las bazucas de la banca central porque acaban descoyuntando el conjunto del organismo económico, pero la matriz de rentabilidad del capitalismo patológico exige ese crecimiento artificial para sostenerse. La impotencia de la fábrica de dinero, a pesar de todas las extraordinarias herramientas del fabuloso arsenal a su disposición, reside, en definitiva, en su incapacidad para restaurar la maltrecha tasa de ganancia del capital.

Michael Roberts describe la bomba de relojería del inminente “colapso crediticio”: “Por lo tanto, este es el lugar probable para buscar la tercera etapa de la crisis de la pandemia: una crisis crediticia y un desplome financiero cuando las empresas, particularmente las pequeñas y medianas empresas, se desplomen a medida que el apoyo gubernamental se evapora, los ingresos por ventas siguen siendo débiles y los costos de la deuda y los salarios aumentan. Ya ha aumentado significativamente el número de denominadas “empresas zombis”, aquellas que no obtienen suficientes beneficios para cubrir los intereses de sus deudas pendientes”.

Por tanto, un sombrío escenario se vislumbra por el horizonte, cuando el alivio de las emergencias pandémicas descorra el telón del deplorable estado subyacente del capitalismo desquiciado.

¿Podrán los andrajosos remiendos tejidos precariamente por la gobernanza del capital contener el caos que asoma por debajo de la agónica pretensión de mantener la apariencia de la posibilidad de un retorno a la “normalidad”?

A pesar de los cantos de sirena de los despavoridos gestores de la gobernanza global, creyentes agónicos en la posibilidad de vuelta al business as usual, cuando lleguen las salvadoras vacunas, para así olvidar, como si de un mal sueño pasajero se tratara, la pesadilla vivida durante estos meses, la pandemia no ha hecho más que revelar, con una claridad meridiana, la flagrante incompatibilidad del sistema de la mercancía con cualquier noción de preservación de las constantes vitales del planeta y del bienestar de sus habitantes. Tan apabullante constatación, de la cual la hipertrofia del casino financiero no es más que el síntoma más visible, revela de forma palmaria la impotencia de las cataplasmas reformistas de los cándidos creyentes en las “empobrecidas” democracias liberales y las, cada vez más plausibles, condiciones de posibilidad de salidas autoritarias o nacionalistas de distinto signo. Y en ese claroscuro surgen los monstruos. La creciente fortaleza de la hidra fascista, potenciada por la hegemonía del poder financiero sobre las demediadas democracias occidentales, simbolizada en el abismo entre el gigantesco rescate de las finanzas y el liliputiense “rescate” social, permite avizorar la salida política a la que, como en ocasiones anteriores, el gran capital recurre en situaciones de emergencia y de riesgo para la estabilidad sistémica ante la posibilidad cierta del estallido en mil pedazos de la paz social. Tales demonios ya se atisban por el horizonte: una crisis que ponga en peligro la economía globalizada tras una explosión estruendosa del casino financiero, una crisis sistémica multifactorial, como dicen los alarmados analistas, provoca una reacción defensiva casi automática y pone en marcha mecanismos disciplinarios y punitivos de creciente virulencia: los anticuerpos generados por el poder contra la peligrosa infección provocada por la fractura creciente de la cohesión social.

Anselm Jappe describe el distópico escenario que se abre en ausencia de un cambio radical hacia una sociedad verdaderamente racional: “Lo que estamos viendo hoy es el derrumbe del sistema, su autodestrucción, su agotamiento, su hundimiento. Finalmente se topó con sus límites, con los límites de la valorización del valor, latentes en su seno desde un principio”.

Las dramáticas implicaciones de este progresivo e irreversible desquiciamiento del sistema de la mercancía y del deterioro acelerado de las condiciones de vida de las mayorías sociales situarán, en definitiva, en la infortunada, pero por desgracia cada vez más probable, tesitura de que no seamos capaces de construir entre todos una sociedad auténticamente humana, a la especie y a su crucificado planeta ante una perspectiva catastrófica.

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