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Sobre la nueva política y el nuevo sujeto de cambio

Fuentes: Rebelión

Las palabras no son etiquetas neutras, denominaciones sin origen, voces heredadas de un lenguaje adánico. Las palabras -y sobre todo algunas palabras- son por el contrario espacios semánticos conflictivos, terrenos de significados en pugna, campos de batalla ideológica. Llamar a las cosas por su nombre no es tanto una reivindicación de un hipotético sentido primordial […]

Las palabras no son etiquetas neutras, denominaciones sin origen, voces heredadas de un lenguaje adánico. Las palabras -y sobre todo algunas palabras- son por el contrario espacios semánticos conflictivos, terrenos de significados en pugna, campos de batalla ideológica. Llamar a las cosas por su nombre no es tanto una reivindicación de un hipotético sentido primordial de un término, cuanto un poner en claro lo que realmente cada uno quiere decir con dicho nombre, esto es, un hacer bien explícita nuestra concepción de la cosa. Ese «llamar al pan, pan; y al vino, vino» consiste en exigir que se enuncie con todas y cada una de las letras, no ya solo lo que se quiere significar con lo dicho, sino también por qué y para qué se ha sido dicho lo afirmado.

A esto se le llama Higiene Semántica Social y es un aspecto fundamental de la lucha ideológica y política para la consecución de la hegemonía.

Ahora bien, para que esta higiene en el hablar de las «cosas» tenga razón de ser es necesario pensar: primero, que tales cosas existen fuera de nuestras cabezas; segundo, que nos condicionan independientemente de nuestros deseos; y tercero, que de alguna manera podemos conocerlas y nombrarlas.

Y es esta concepción del mundo, el realismo crítico, la que está puesta en solfa en estos tiempos de gaitas y eufemismos, de neolenguas y neopijos, de significantes vacíos y significados vaciados, y de «ni esto, ni lo otro, sino todo lo contrario y a ti te encontré en la calle mareando una perdiz a orillas del Pisuerga que pasa por Valladolid».

Al pan, pan; y al vino, vino.

Liémonos el realismo crítico a la cabeza y ensayemos un poco de Higiene Semántica Social. Analicemos, pues, ese «al pan, pan y al vino, vino» más de cerca. Con tal objeto, supongamos que el «pan» es la atractiva pareja de palabras «nueva política»; y el «vino» el lujurioso trio de voces «nuevo sujeto de cambio». Empecemos por el «vino»:

Creo que existen pocas dudas de que el hipotético sujeto de cambio en las sociedades capitalistas más avanzadas es muy diferente del proletariado «sepulturero» de la burguesía de los tiempos del Manifiesto Comunista o de la clase obrera fordista, fundamento del estado de bienestar posterior a la segunda guerra mundial. Este presunto sujeto de cambio actual se caracterizaría por su gran estratificación, fragmentación, dispersión, precarización y feminización. Más allá del estado objetivo que le constituye como posible sujeto de cambio -ser explotado y dominado-, habría en su seno un amplio abanico de situaciones, una gran diversidad de intereses y unos muy diferentes niveles de conciencia política. Situaciones, intereses y niveles, contradictorios, en ocasiones conflictivos, e incluso contrarios, y siempre difíciles de compaginar. Estamos, pues, ante un sujeto de cambio en extremo frágil y tendente a la disgregación. Un sujeto de cambio además – y esto se olvida con excesiva frecuencia – muy colonizado ideológicamente por la clase dominante: sociedad de consumo, individualismo posesivo, ascenso social, competitividad, meritocracia y pragmatismo.

Es de este «vino» del «nuevo sujeto de cambio» del que nace – o debería nacer – la necesidad del «pan» de una «nueva política», y no como a veces parece que se quiere dar a entender de un repentino descenso del espíritu santo desde el mundo de las ideas a las desconcertadas cabezas de los apóstoles de aquí abajo y de los de abajo, gracias al cual, de forma milagrosa y definitiva, los «nuevos» predicadores se verían conferidos del don de lenguas del conocimiento de las sociedades postmodernas y preparados para extender por el mundo la «nueva» buena nueva de la transformación social.

Dar gato por liebre

Pero, como ya advertíamos, en el saco de las palabras caben muchas acepciones, desde las corteses y valientes a las villanas y traidoras. Y como ahora avisamos, el viejo adagio de que «todo es bueno para el convento» nos puede conducir a meter al ladrón en casa, a que nos den gato por liebre o a caer en la ilusión de que la totalidad del monte es orégano. Convendría entonces precisar bien el significado de la expresión «nueva política», no solo para saber a ciencia cierta qué es lo que realmente se quiere decir con ella, sino también, y una vez bien aquilatado el modismo, para comprobar si se lleva o no a la práctica lo que se supone que esa locución predica, es decir, si esa «nueva política» es de verdad nueva, o si en realidad es «pan viejo» para hoy y hambre para mañana.

Entonces, si hemos caracterizado al «nuevo sujeto de cambio» como profundamente estratificado, fragmentado, disperso, precarizado y feminizado, parece evidente que la «nueva política» ha de ser una teoría y una praxis que lidie con estas características.

Reglas tales como la búsqueda de acuerdos a través del diálogo permanente y la negociación respetuosa; las concesiones mutuas, primando siempre lo que une frente a lo que separa; la renuncia a la posesión de la verdad y a dogmas de catecismo; el rechazo a los cainismos, las capillas y las luchas tribales; la defensa del debate riguroso y en igualdad de condiciones; la resolución democrática de las diferencias; el respeto a las minorías; el fomento de la participación y de las iniciativas de individuos y colectivos; la asunción de la heterogeneidad no solo como mal inevitable sino como potencial riqueza; la lealtad y la confianza entre los representantes y seguidores de las diferentes corrientes y opiniones… parecerían ser los principios más adecuados para tratar de construir un «nuevo sujeto de cambio» en cuyo seno, como ya dijimos más arriba, y a pesar del estado común de sufrir explotación y dominio, cohabitarían distintas situaciones, una gran diversidad de intereses y unos muy diferentes niveles de conciencia política. Situaciones, intereses y niveles, repitamos, contradictorios, conflictivos, incluso contrarios y siempre difíciles de compaginar.

El fin es el mensaje

Hemos dicho «principios» pero quizás deberíamos haber dicho «medios». Y ahora tal vez tendríamos que repetir lo de «principios» pero para significar «fines». Porque esa «nueva política» tiene que definir con claridad no solo sus formas y maneras, sino lo que se pretende alcanzar con ellas.

Si el porqué de la «nueva política» nace de las características del «nuevo sujeto de cambio», el para qué de la «nueva política» tendrá que venir caracterizado por el tipo de cambio que se propone. La «nueva política» también tiene que decirnos qué «vieja sociedad» no quiere y qué «nueva sociedad» propugna. Y en esta tesitura convendría no embarrar el terreno, sino delimitar bien los términos de la cuestión. No se trata de que se defienda la toma para mañana por la tarde del palacio de invierno, tampoco de que se pretenda que los nada de hoy pasado mañana por la noche todo lo han de ser, ni siquiera de que se crea en la posibilidad de una sociedad perfecta en un más lejano futuro; se trata de responder a preguntas tales como:

¿Es injusto de forma intrínseca el capitalismo?, ¿es sostenible ecológica y humanamente el modo de producción capitalista?, ¿cabe la vuelta, tras la reciente crisis, a un capitalismo de rostro humano?, ¿es posible la libertad, la igualdad y la fraternidad dentro de un régimen capitalista?, ¿se debe tener como aspiración o fin último acabar con el sistema capitalista?, ¿existe alguna alternativa, más justa y que sea factible, al capitalismo?, de existir ¿cuál es y cómo se realiza?, de no existir ¿estamos abocados a la explotación permanente o podemos organizar mecanismos de defensa que palien la barbarie?…

En una palabra: ¿qué hacemos aquí y ahora con esa cosa llamada capitalismo?

¿La cuadratura del círculo?

Si la nueva política quieres ser algo más que una frase publicitaria, ha de construir una praxeología crítica, abierta, arraigada molecularmente en los de abajo, tan pedagógica como atenta a aprender, tan alejada de los grandes diseños estratégicos como del pragmatismo táctico y oportunista, fundamentada en el conocimiento científico y en el análisis riguroso y realista, guiada por una ética pública y ciudadana, fortalecida por el optimismo de la voluntad y atemperada por el pesimismo de la inteligencia, capaz de trabajar en las instituciones, pero sin institucionalizarse, creadora de espacios de debate, gestión y decisión horizontales y de base, no desnaturalizada en sus fines, ni descafeinada en sus medios…

En definitiva una práctica política racional y amable entre los de abajo, con los de abajo y de los de abajo.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso de la autora mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

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