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Reseña de La lucha final. Los partidos de la izquierda radical durante la transición española (Los Libros de la Catarata, 2023), de Consuelo Laiz Castro

Sobre una izquierda que quiso asaltar los cielos

Fuentes: Rebelión [Imagen: Francisco Fernández Buey en una asamblea estudiantil celebrada en el paraninfo de la Universidad de Barcelona en 1966. Créditos: portada del libro]

Es solo la portada, de acuerdo. Pero que los editores (y probablemente también la autora) de La lucha final. Los partidos de la izquierda radical durante la transición española hayan elegido como portada del libro un momento en el que Francisco Fernández Buey (23 años, militante entonces del PCE-PSUC) hablaba en 1966 en una asamblea estudiantil en el paraninfo de la Universidad de Barcelona oponiéndose a las maniobras gubernamentales franquistas tras la irrupción del SDEUB (Sindicato Democrático de Estudiantes de la UB) es una excelente señal. Mejor elección imposible

La lucha final, reedición revisada y ampliada por la autora, Consuelo Laiz Castro, de un texto suyo de 1995 basado en su tesis doctoral (la edición estaba completamente agotada), es un libro de indudable interés para todos aquellos -que son muchos, el que suscribe entre ellos- que militaron en las organizaciones de izquierda comunista de los últimos años del franquismo y primeros años de la transición (en las páginas 301-303 el lector encontrará un listado amplio de las siglas de estas formaciones, que no fueron pocas). También, desde luego, para historiadores, politólogos o, simplemente, para personas que tengan curiosidad por los análisis, propuestas, aspiraciones, sueños y «utopías» de las izquierdas revolucionarias de aquel período.

Un apunte sobre la autora: Consuelo Laiz Castro [CLC], doctora en Ciencias Políticas y Sociología por la UCM y premio extraordinario de doctorado en Ciencia Política (1993), es profesora titular de la UCM en el área de la Ciencia Política y la Administración. Está especializada en representación política, política comparada y sistemas políticos. Ha sido también vocal asesora en el Ministerio del Interior del Gobierno de España en materia de elecciones y partidos políticos entre 2008 y 2012.

Forman La lucha final un prólogo a la nueva edición de Adolfo Hernández Lafuente, el prólogo a la primera edición de Ramón Cotarelo (que no he querido leer), la introducción (la segunda parte está escrita para esta edición), cuatro extensos capítulos: 1. Orígenes de la izquierda radical. 2. Configuración al final del franquismo. 3. El discurso político durante la transición. 4. Evolución de los partidos de la izquierda radical), conclusiones, epílogo (escrito para esta nueva edición), dos anexos, el apartado de las siglas de formaciones y la amplísima bibliografía usada por la autora (pp. 305-332).

Para la nueva edición, comenta CLC mostrando otra prueba de su rigor, «se ha realizado una revisión completa del texto introduciendo correcciones de estilo o notas explicativas allí donde era conveniente. Igualmente se han revisado y completado las siglas y la bibliografía a la que se han añadido también las nuevas referencias consultadas. Además, se dispone de un nuevo Anexo con los resultados electorales de la IA [Izquierda Alternativa] en el País Vasco entre 1979 y 2011.»

Pequeños matices críticos:

1. Duda general: ¿es totalmente consciente CLC a lo largo de su ensayo que hasta 1977 España fue una dictadura militar fascista, duramente represora de los y las militantes de las diversas tradiciones emancipatorias (recordemos el asesinto de Puig Antich (1974), los cinco asesinados en septiembre de 1975, los abogados comunistas de Atocha de enero de 1977, los asesinados, muchos de ellos olvidados, de los primeros años de transición), y que el margen para la intervención política democrática era nulo o prácticamente nulo? (Unas 200 personas asesinadas por la policía y la guardia civil entre 1968 y 1976, muchos de ellas trabajadores/as).

2. En los primeros años setenta, señala en la Introducción la autora, «existía un alto grado de radicalización política en España. Tanto los grupos de derecha como los de izquierda tenían comportamientos violentos; sus extremos practicaban la violencia y los más moderados la defendían.» (21) No es así en mi recuerdo. Salvo los casos de ETA y algún otro grupo, no recuerdo ninguna formación de izquierda, en sus extremos, en el centro o en su derecha, que tuviera comportamientos violentos en esos años. Desde luego, las formaciones centrales, más realistas, más moderadas si se quieren, estaban lejos de defender la violencia. El PCE es claro ejemplo.

3. En el primer párrafo del apartado de conclusiones, CLC sostiene que «la distinción establecida por Karl R. Popper entre ala moderada y ala radical del marxismo permite comprender las dos trayectorias principales que han seguido los partidos afines a cada una de ellas, y siguiendo esta línea se pueden observar algunos aspectos de la aplicación del marxismo por los movimientos sociales adheridos a él» (277). No recuerdo en cuál de sus ensayos introdujo Sir Karl -quien, como se recuerda, fue asesor de Margaret Thatcher- esa distinción, pero no se ve de entrada que ayude en nada a seguir la evolución de los partidos de izquierda radical (o no radical) ni tampoco que arroje luz a la «aplicación» del marxismo por los movimientos sociales de inspiración marxista. Entre otras razones, porque el marxismo no se aplica (En otras ocasiones, CLC habla de «la doctrina del marxismo» y el marxismo, propiamente hablando, tampoco es una doctrina).

4. La ORT, en opinión de CLC, confundió «los objetivos de un organismo plural basado en el acuerdo y en el pacto [La Plataforma, por ejemplo] con los objetivos del propio partido» (185). Todas las formaciones políticas tienen malos momentos, pero puede asegurarles -fui militante de la organización durante unos meses al lado del profesor militante Paco Tauste y Alexis, el hijo de Juana Doña, dirigidos por Avelino Hernández- que la ORT nunca confundió algo tan elemental, tan central.

5. En los compases finales del apartado de conclusiones, CLC observa que cuando se normaliza la democracia en España los partidos de izquierda radical «se desintegran como tales y la mayor parte de sus militantes, que habían soportado las duras condiciones de la clandestinidad, pierden el interés por la actividad política en la democracia». No estoy convencido que esa mayor parte a la que alude la autora sea una mayor parte. Mejor «una parte», como ocurrió en otras formaciones.

Señala Adolfo Hernández Lafuente en el prólogo que ha escrito para la nueva edición: «Por último, a la vista de la complejidad que resalto, debo merecidamente ensalzar la amenidad con la que todo el texto se ha escrito, huyendo de ese empeño en aburrir al lector con el que los ensayos se redactan en nuestro país. Aquí, por el contrario, es encomiable la afabilidad y el atractivo con el que la autora relata un asunto que, por su propio contenido, podría haber resultado enrevesado». Aunque toda generalización tiene contraejemplos, estoy de acuerdo. No diré que La lucha final se lea como una buena novela, pero está lejos de ser un ensayo-tostón. Está muy bien escrito.

Para futuras reediciones: hubiera sido útil un índice onomástico y, como es razonable, no todas las organizaciones de izquierda revolucionaria han podido ser analizadas por la autora (no es una crítica, tarea casi inabarcable). Por ejemplo, PSAN, el Partit Socialista d’Alliberament Nacional (de Cataluña), la OIC (Organización de Izquierda Comunista) o La Larga Marcha hacia la Revolución Socialista, un grupo aragonés lleno de muy buena gente.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.