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Colombia: Entre el Progresismo y el Retrasismo

Fuentes: Rebelión

Este texto no pretende erigirse como una apología más al compañero y candidato presidencial Iván Cepeda. No soy dado al caudillismo y, como he sostenido en ocasiones anteriores, mantengo una profunda y latente desconfianza hacia los procesos electorales de nuestro país, históricamente clientelares, acomodaticios y descompuestos. Por el contrario, busco que estas líneas sirvan como una reflexión sobre la necesidad latente de construir un verdadero sujeto político revolucionario en Colombia.

Para lograr este propósito, quiero analizar lo que en un sentido amplio hemos denominado “progresismo” y lo contrastaré con la supuesta “novedad” que se le opone en la actualidad: la figura de saltimbanqui encarnada por Abelardo de la Espriella, un fenómeno político que, a partir de ahora, denominaré “retrasismo”.

En términos generales, resulta evidente que el progresismo se ha convertido en la envoltura dulzona con la que se presentan hoy las posturas de la izquierda política. Antaño, estas ideas se enarbolaban con orgullo bajo la bandera revolucionaria. Sin embargo, nuestro largo periplo de conflicto armado —esa guerra popular prolongada, como dirían los viejos teóricos maoístas, o guerra civil para otros— sumado a las matrices de desinformación fascista de los medios de élite y a los propios errores de las organizaciones armadas, generó una macartización brutal del pensamiento crítico.

En consecuencia, se hizo aparentemente necesario adoptar un nuevo apelativo. Un término que no detonara en el imaginario colectivo los fantasmas del caos, las tomas guerrilleras y el “secuestro”.

Hoy se habla de progresismo para evadir el pesado lastre histórico y simbólico que la oligarquía le colgó a la palabra “izquierda”. Hace cuarenta años, declararse comunista era un acto de profunda dignidad; representaba una postura de vida en favor del pueblo y de los desposeídos frente a la realidad capitalista de despojo y desigualdad. En contraste, en la actualidad, aspirar a un cargo de representación exige casi la negación de cualquier simpatía histórica con el comunismo, un término que ha sido perversamente transformado en un insulto por propios y extraños.

Esta mutación hacia el concepto progresista responde innegablemente al momento histórico que atraviesan las fuerzas alternativas. Tras dos siglos de represión oligárquica, violencia política exacerbada y una tendencia sectaria que imposibilitaba la unidad, la viabilidad de un triunfo electoral quedó supeditada a la “juntanza”. Fue necesario aglutinar posturas con distintos grados de radicalidad, incluyendo un pecado táctico que hoy restringe nuestro alcance: la alianza con sectores que no son revolucionarios, sino oportunistas que tradicionalmente se han agazapado en la repartición del botín estatal.

Ejemplos sobran. Ahí están el maestro de la simulación, Roy Barreras, o el prestidigitador del polvo del escenario político, Armando Benedetti. Sin su maquinaria, probablemente Gustavo Petro no habría logrado alcanzar el control del Ejecutivo en 2022. No obstante, todos sabemos que sus agendas jamás han estado alineadas con el bienestar popular ni con la transformación estructural del sistema, sino exclusivamente con sus intereses particulares.

Por ende, el progresismo contemporáneo es una amalgama de posturas con distintos grados de convicción revolucionaria. Sus posibilidades de transformar a fondo el modelo económico y político son limitadas debido a la concepción burguesa de “cambio” que irremediablemente acoge en su seno. Aun así, esta etapa era y sigue siendo una fase de transición democrática indispensable para, eventualmente, cimentar las bases de una revolución profunda.

Esto ha quedado en evidencia durante estos últimos cuatro años. A pesar de las buenas intenciones discursivas de un presidente popular que enarbola el humanismo, la igualdad y la justicia social, las transformaciones reales en campos y ciudades se han visto frenadas.

Esta ralentización es el resultado de la estructura de poder petrificada que nos legaron 200 años de hegemonía burguesa, sumada a las acciones de aquellos oportunistas políticos que se escudaron bajo el fenómeno del Pacto Histórico por puro amor propio, y no por amor al pueblo.

Expuesto lo que entiendo por progresismo con todas sus luces y sombras, es momento de definir el “retrasismo”.

Entiendo este concepto no desde la ofensa facilista o la discriminación clínica, sino como la encarnación política del retroceso histórico. El retrasismo es la antítesis de la evolución social. Es el intento desesperado por devolvernos a todo aquello que la derecha colombiana nos ha vendido históricamente: represión, racismo estructural, homofobia, machismo patriarcal, neoliberalismo extractivista, privatización de lo público, destrucción de los bienes comunes, censura y hambre.

Hoy nos enfrentamos a una nueva representación caricaturesca de esta vieja miseria, producto de una sociedad que está siendo sistemáticamente idiotizada por el desprecio hacia el conocimiento y la elevación de la banalidad como modelo de vida.

Mientras que hace medio siglo las élites se esforzaban por presentarnos figuras de apariencia “respetable” y “culta” —como Belisario Betancur, a quien apodaban “El Poeta”, o Guillermo León Valencia, a quien apodaban “El Hidalgo de Paletará”—, hoy la estrategia ha mutado. Bajo el efecto mediatizado de fenómenos globales como Donald Trump o Javier Milei, la derecha criolla nos intenta vender payasos engominados. Figuras estrafalarias que “divierten pero asesinan”, al mejor estilo de una película de acción de Hollywood.

Basar una campaña política en la ostentación de la virilidad, el machismo de vitrina, el egocentrismo y la promesa de “destripar a la oposición” en pleno siglo XXI, no es más que la demostración palpable de una profunda atrofia intelectual y política.

El retrasismo no es una ideología nueva; es el ropaje farandulero del narcotráfico, la mafia, el asesinato selectivo y la desposesión. El hecho de que existan personas dispuestas a legitimar esta opción electoral demuestra la peligrosa eficacia con la que la maldad y la ignorancia se agazapan tras las banderas de la “nueva” derecha.

Todo este escenario casi distópico es posible por una razón fundamental: la izquierda ha fracasado en la labor de formar, cultivar y fomentar el advenimiento de un sujeto político consciente. Aquel hombre y mujer nuevos de los que hablaba la teoría crítica parecen haberse esfumado.

Esta falencia se debe a que muchos cuadros militantes abandonaron el trabajo de base y se acomodaron entre las plumas y los edredones de la burocracia estatal. Los procesos revolucionarios en los territorios fueron relegados. Quizás, trágicamente, porque para algunos líderes resulta más cómodo administrar a un votante caudillista de izquierda o de derecha, dócil y predecible, que a un revolucionario crítico, consciente de las contradicciones del proceso y con una aspiración clara de superar definitivamente el capitalismo.

A pesar de las críticas, la coyuntura de 2026 nos exige táctica, y eso no me es extraño. La disyuntiva es ineludible: o cerramos filas en torno a Iván Cepeda para proteger y profundizar la transición democrática, o permitimos que el retrasismo nos devuelva a la Colombia de Uribe, pero en una versión aún más grotesca, violenta y superficial.

Solo espero que no se nos olvide la necesidad de superar definitivamente el capitalismo…

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.