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Reseña

Toros, bonetes y cañas, obra cumbre antitaurina de José Navarrete

Fuentes: Rebelión

José Navarrete Vela-Hidalgo falleció en Niza en marzo de 1901 (1). Había sido, en su juventud y madurez, poeta, novelista, filósofo espiritista, oficial de artillería, diputado republicano federal y periodista, pero al final de su vida emprendió la más dura batalla contra las corridas de toros.

“Toros, bonetes y cañas» era su proyecto más anunciado y esperado por las sociedades y colectivos antitaurinos de la época. Lo iba a publicar en París, como su anterior obra, «Niza y Rota. Verdades entre cañas de vino y ramilletes de violetas» (1898), y parecía inminente que viera la luz para apoyar con una nueva obra la campaña que había liderado para crear una Sociedad Abolicionista de las corridas de toros. Pero falleció antes de ver cumplido su deseo. Su viuda Lucía Arana Idirin y sus mejores amigos quisieron reunir los fondos necesarios o buscar algún mecenazgo para imprimir dicha obra, pero no lo consiguieron. Ahora se ha hecho un esfuerzo intuitivo para recopilar en un pequeño folleto los artículos antitaurinos, en su mayoría desconocidos por los estudiosos, que Navarrete, con total seguridad, hubiera incluido en la obra.

José Navarrete era andaluz y de El Puerto de Santa María, alto oficial del ejército español y amaba a España y a su tierra chica desde lo más profundo de su alma en su lejana residencia de Niza desde 1884. ¿Cómo podía combatir alguien así la fiesta de los toros?, se preguntaban los amantes de la «burrada nacional». Además, en su juventud, en su vida de apuesto teniente y capitán artillero en Sevilla y Cádiz había acudido numerosas veces a tentaderos, ocupado palcos en las plazas de toros y participado en los famosos gallumbos o toros enmaromados de Puerto Real; nadie como él conocía a todas las figuras del toreo, a banderilleros y varilargueros, y manejaba un vocabulario taurino que no desmerecía al de los mejores revisteros taurinos de moda. ¿Cómo era posible que un entendido del mundo de los toros se convirtiera en su más agudo y afilado enemigo en la prensa y en la tribuna? Era algo inconcebible y que, a la vez, le ganó una reputación de autor antiespañol, maldito y extravagante, «latoso».

José Navarrete se vanagloriaba de haber pertenecido a la primera Sociedad Protectora de Animales y Plantas que existió en España, desde 1869, cuando compartía redacción en el diario El Peninsular de Cádiz, con su fundador e impulsor, Ambrosio Grimaldi. Ya convertido a la filosofía espiritista, tan extendida en Cádiz a mediados del siglo XIX, su vida se enfocó desde entonces a combatir el sufrimiento animal, desde las riñas de gallos hasta las corridas de toros y novillos. En 1877 publicó en cuatro entregas su obra «Fiesta de Toros» en la Revista de Andalucía (Málaga), y en 1886 su primer libro «División de plaza. Las fiestas de los toros impugnadas por Jose Navarrete».

Desde entonces y hasta el final de su vida no cejó en su empeño de hacer propaganda contra lo que él consideraba que ni era andaluz ni español, ni mucho menos cultura o fiesta. Por eso, su primer artículo aparecido en el diario madrileño El Correo, donde comenzó su campaña antitaurina, se llamó «La diversión más salvaje», y le siguió «La vergüenza nacional» para continuar con «La fiesta de los mondongos», en referencia a los intestinos sanguinolentos que los caballos arrastraban por el albero mientras eran apaleados por el mono sabio.

Navarrete combatió el «flamenquismo», el falso carácter andaluz que quería representar una multitud de jóvenes maletillas o torerillos, con un imitado lenguaje grosero y soez, pantalones ceñidos y coletas, analfabetos, de navaja fácil y borracheras y juergas de madrugada, que pedían más caballos en los ruedos, y que tenían como héroes a LagartijoGuerrita o Frascuelo. Frente a esta España de pandereta, Navarrete admiraba y consideraba verdaderos héroes a los pescadores, a los obreros del campo, a los mineros, a los obreros portuarios, a todos los trabajadores que después de trabajar de sol a sol apenas si podían alimentar a su familia.

Las corridas de toros de hoy día no se parecen mucho a las de finales del siglo XIX, es cierto. Por suerte, la legislación ha limitado en buena medida el salvajismo de la pretendida fiesta, pero sigue siendo tortura y no cultura, y no puede ser divertido ver a un animal ensangrentado y agonizante en una plaza mientras el público aplaude y vitorea a los torturadores y matadores. Navarrete no entendía que el progreso humano hacia la paz y la felicidad se acompañara de una afición al embrutecimiento y la crueldad hacia los seres inferiores; para él eran incompatibles y por eso luchó por la abolición de las corridas de toros y en su lugar premiar diversiones donde se promoviera el compañerismo, la ayuda mutua, la sensibilidad artística, el esfuerzo común para conseguir cosas bellas, para así ir «ensanchando el alma», como no se cansaba de decir el que también orgullosamente presumiera de ser gran amigo del astrónomo francés Camille Flammarion.

(1) «El increíble José Navarrete Vela-Hidalgo»-Tomo I, de Manuel Almisas Albéndiz. Ed. Suroeste, 2021.

** Las personas interesadas pueden solicitar el libro a la dirección electrónica de la Editorial El Boletín (El Puerto de Santa María, Cádiz): «[email protected]».

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.