El proyecto de constitución de una III República española se funda en los problemas que atraviesa la sociedad española, dentro de una crisis más general del liberalismo europeo por la emergencia de nuevas potencias económicas, y una crisis de desarrollo de la humanidad por los límites del crecimiento que están marcados por las dimensiones del medio terrestre. Esta coyuntura nos pone en la necesidad de una nueva forma estatal, para superar las dificultades actuales de forma favorable para el desarrollo humano. La nueva forma del Estado debe llegar a través de un proceso constituyente democrático, realizado con la participación responsable de la ciudadanía.
La propuesta de iniciar un proceso constituyente que regenere el Estado, drásticamente corrompido por la Monarquía Borbónica, debe comenzar por situarse en el proceso histórico en dos sentidos. A corto plazo, dentro de las propuestas constituyentes que nacieron de la movilización social del 15M en el 2011; a largo plazo, en línea con los intentos de superar el sistema monárquico en los dos últimos siglos, la I y la II Repúblicas. Cuáles fueron sus razones, sus aciertos y sus errores que llevaron a su fracaso.
En segundo lugar, necesitamos un análisis de la coyuntura actual a nivel internacional y nacional, que nos sitúe de manera correcta ante las tareas prioritarias del momento. Estamos atravesando una crisis típica del capitalismo –onda larga depresiva en términos clásicos-, con profundos desequilibrios económicos y políticos. Esta crisis se distingue de las anteriores por sus dimensiones sistemáticas: trae como consecuencia un cambio de hegemonía, desde el imperialismo capitalista con sus centros financieros en la City de Londres y Wall Street en Washington, en favor del capitalismo industrial chino organizado por la planificación pública del Estado, así como otras formas de capitalismo de estado que se están desarrollando a nivel mundial.
Es posible establecer un paralelismo con los acontecimientos de hace un siglo; a nivel mundial se repite un ciclo que comenzando por la depresión económica, lleva a un incremento de los conflictos bélicos y el auge del fascismo. Pero la actual crisis tiene dos elementos nuevos: el final de la hegemonía del imperialismo en favor de nuevas potencias emergentes; y la destrucción de la biosfera provocada por el desarrollo industrial dentro de la economía liberal.
Esta etapa de transición entre el orden unipolar hacia el multipolar contiene enormes peligros por las fricciones bélicas desatadas. Es de esperar que estas comiencen a amainar tras la aceptación de la nueva situación por las antiguas potencias imperialistas, que han fracasado en su intento de reforzar su hegemonía a través de las guerras de Oriente Medio y Ucrania; estas han mostrado la imposibilidad de que la OTAN pueda determinar los acontecimientos a su favor por la fuerza.
Como consecuencia de la crisis económica del centro imperialista, al que está adherido el Estado español, los derechos sociales están siendo deteriorados para las mayorías de los países imperialistas; mientras la corrupción del sistema se evidencia cada vez más claramente. Es posible que esta crisis se profundice, en el proceso de transformaciones geopolíticas que estamos atravesando, y por tanto aparezcan oportunidades para una ruptura republicana del Estado español. A partir de esa constatación, debemos pensar qué modelo de república se propone a la ciudadanía para organizar la vida colectiva de la nación, tomando en cuenta las actuales formaciones políticas existentes, el estado de la opinión ciudadana, los movimientos sociales dominantes en la actual coyuntura internacional, y las previsiones de evolución histórica y desarrollo de las fuerzas productivas.
La presente reclamación constituyente
La crisis financiera de 2007-2008 ha traído una depresión económica de larga duración, que está transformando el orden internacional desde el mundo unipolar bajo la hegemonía liberal, hacia un sistema multipolar de estados soberanos con diferentes estructuras sociales. La crisis tuvo una primera repercusión política en el Estado español en el movimiento 15M de 2011, cuando millones de personas se reunieron en las plazas de las ciudades para tomar conciencia colectiva de la nueva situación que se estaba creando. Pero esa movilización no modificó las estructuras políticas fundamentales en España; apenas terminó con el modelo bipartidista PP/PSOE que dominó durante el reinado de Juan Carlos I. Los pilares fundamentales de la monarquía constitucional se sostuvieron, modificando la composición política del electorado. Se crearon partidos nuevos –Podemos y Ciudadanos-, que no cambiaron la correlación de fuerzas entre izquierda y derecha y no llegaron a desbancar a los antiguos partidos dinásticos; su función consistió en absorber el descontento social dentro de las instituciones vigentes.
Este fracaso debe achacarse a varios factores. En primer lugar, el malestar social provino de una juventud que percibió el deterioro de las condiciones de vida, y comprendió que no disfrutaría el bienestar de sus mayores como consecuencia de la crisis: contratos precarios, malos sueldos, deficiente seguridad social, inestabilidad laboral, carestía de la vida, etc. Por eso, su movilización tenía carácter reactivo y conservador sin propuestas concretas de avance hacia nuevas relaciones sociales. Hubo críticas generales al modo de producción centrado en el mercado, que no se materializaron para el cambio social efectivo. Como trasfondo de ese estado de ánimo podemos considerar un pesimismo histórico derivado de la conciencia ecologista y el reconocimiento de los límites del crecimiento.
El descrédito del socialismo tras la desaparición de la URSS fue un obstáculo para formar una conciencia revolucionaria entre los jóvenes. Todavía no aparecía la RPCh (República Popular China) como una alternativa al capitalismo y el mundo multipolar parecía una quimera ante la opinión pública del país. La teoría marxista aparecía como una ideología equivocada y autoritaria que no servía para una nueva organización social. La corriente marxista del movimiento del 15M, encarnada por sectores trotskistas, peca de ambigüedad entre las ilusiones revolucionarias y la incapacidad de aceptar los hechos históricos. Se hace necesario reconocer que la evolución histórica ha conducido a un capitalismo de estado –la planificación pública del desarrollo capitalista-, y confiar en este orden como una fase de transición hacia el socialismo. El Estado del Bienestar en la posguerra parecía conducir en esa dirección, pero los acontecimientos posteriores trajeron la globalización bajo la hegemonía del capital financiero, desmantelando los controles públicos de la economía de mercado. Como consecuencia los problemas del capitalismo comenzaron a agravarse, especialmente el deterioro de la naturaleza terrestre. El ascenso de la RPCh a la hegemonía mundial vuelve a poner la historia en el camino correcto desde el punto de vista de la teoría marxista.
En 2011, la izquierda española estaba muy lejos de poder entender lo que estaba pasando. En primer lugar por falta de asimilar consistentemente el materialismo histórico. El PCE perdió sustancia marxista a través de la ideología dogmática dominante en la URSS, transmitida por el eurocomunismo carrillista. El eurocomunismo desembocó en el reformismo. De ahí que la actitud de IU fue rutinaria y conservadora de las formas democrático liberales. Sus militantes vieron con desconfianza cómo las masas tomaban las calles. Apenas una minoría planteó un movimiento constituyente. En esas circunstancias un grupo político nacido de la movilización, combinando oportunismo burocrático y sectarismo izquierdista, creó el nuevo partido Podemos, que aprovechó el descontento social para obtener importantes resultados electorales. La oportunidad del cambio se perdió en ese momento.
Bien es cierto que, como explicó Manuel Sacristán siguiendo a Lenin, el problema más decisivo en el comportamiento político de la ciudadanía en el centro imperialista ha sido la pérdida de la conciencia de clase y la transformación del proletariado en una aristocracia obrera. Las movilizaciones de masas no cambiaron las estructuras, porque para ello habría tenido que crear nuevas instituciones con un desarrollo de la conciencia de clase que apenas puede producirse en occidente. Teniendo en cuenta además que el Estado español dispone de medios represivos, que serán puestos en acción en caso de graves alteraciones del orden público, la oligarquía ha podido maniobrar a su antojo. La monarquía reaccionó ante el proceso sustituyendo a Juan Carlos I por Felipe VI, sin modificar un ápice su estatuto social; la ciudadanía española asistió pasivamente al cambio dinástico sin problemas de conciencia.
Solo dos Comunidades Autónomas registraron políticamente el cambio: Euskadi, donde la izquierda abertzale salió reforzada de la movilización social, tras un momento de auge de Podemos, y donde la derecha españolista está prácticamente desaparecida. Catalunya, donde se planteó el referéndum de autodeterminación del 1 de octubre con una fuerte movilización de masas, respondida con fuertes medidas represivas. En el resto de país la pasividad fue notable, y la desconfianza hacia los nacionalismos periféricos alimentó los movimientos de extrema derecha.
La debilidad de la izquierda española es ahora evidente. IU representó durante años la conciencia reformista para transformar las estructuras capitalistas, sin embargo, quedó paralizada ante la crisis cuando llegó el momento de plantear un cambio efectivo. No supo canalizar el descontento social en beneficio de una profundización de la democracia. La movilización trajo, eso sí, una modificación en la dinámica del Estado, generando un tipo de partido político izquierdista basado en un electorado amorfo sin organización institucional sólida: Podemos nació de la movilización demostrando una falta absoluta de claridad y consistencia política. Estuvo compuesto por dos sectores: el grupo anticapitalista de tradición trotskista y otro proveniente del PCE. Ambos se separaron cuando la movilización comenzó a decrecer y prácticamente apenas tienen significado en el actual panorama electoral. Fuera de una exigua minoría, en ningún momento del proceso se planteó una transformación en profundidad de las estructuras políticas del Estado español.
La consecuencia de ese fracaso ha sido la radicalización derechista de la sociedad española y el auge del movimiento fascista que ya ocupa importantes espacios de poder, superando con creces la influencia de la izquierda en la ciudadanía. Frente al urgente problema ecologista, esa extrema derecha es simplemente negacionista –en sintonía con el movimiento fascista internacional-. La movilización de la extrema derecha se posiciona con fuerza creciente en las democracias formales, como respuesta al deterioro económico. Su objetivo es reconstruir el orden social sobre la base del nacionalismo autoritariamente implementado, incrementando la explotación de los trabajadores, y favoreciendo el belicismo como táctica para bloquear el desarrollo asiático hacia la hegemonía económica y sostener la dominación imperialista en decadencia.
La coyuntura histórica es peligrosa por los conflictos bélicos desatados por el imperialismo con amenazas de usar armamento nuclear. No obstante, la perspectiva internacional se está transformando rápidamente y la crisis del imperialismo abre nuevas posibilidades políticas. La izquierda debe tomar decisiones firmes y adecuadas a la coyuntura. Es hora de explicar los nuevos desarrollos históricos que la crisis del imperialismo nos ha traído, apostando por un futuro más acorde con las aspiraciones de los trabajadores. De lo contrario la ola reaccionaria arrastrará también a la sociedad española.
El panorama internacional puede estar aclarando con la presidencia de Trump en los EE.UU., ya que su objetivo parece ser suavizar los conflictos bélicos con el bloque asiático. La derrota en Ucrania, la imposibilidad de destruir Irán, la respuesta mundial ante el genocidio palestino, son muestras de que las agresiones imperialistas no tienen posibilidad de triunfar. Si esa tendencia se confirma y se suavizan las tensiones internacionales, pueden aparecer ocasiones para introducir cambios drásticos en la orientación política del Estado español, tanto a nivel interno como exterior. Pero la situación es inestable porque los republicanos estadounidenses están reviviendo la doctrina Monroe con el objetivo de dominar América Latina. Si se produjera el ataque a Venezuela podría generarse una auténtica crisis internacional, pero hoy en día esto parece inverosímil. En todo caso, es necesario percibir la situación de incertidumbre, estableciendo diversos planes de acción en función de diferentes previsiones. No parece que en Europa se vayan a producir cambios esenciales de orientación; es más probable una disolución de la UE y la OTAN. Las condiciones para avanzar en la dirección racional del desarrollo humano pasan por apostar por un cambio de alianzas, abandonando una Europa en decadencia para unirse a las economías más dinámicas e influyentes del momento.
Diferentes estructuras estatales
La monarquía parlamentaria liberal es el orden político preferido por la burguesía financiera española e internacional para España. Incluso la dictadura de Franco definió el Estado español como un Reino, cuando transformó el estado totalitario nacido del Alzamiento Nacional sustituido por una ‘democracia orgánica’ y orillando al movimiento falangista. De ese modo declaraba el carácter provisional y transitorio de las instituciones fascistas, nacidas para sofocar la revolución socialista del proletariado en la península Ibérica en consonancia con la coyuntura histórica europea.
La fórmula monárquica liberal se da también en otros países que constituyen el centro económico capitalista: Inglaterra, Holanda, Bélgica, los tres Países Escandinavos. En otros casos, se constituye una democracia presidencialista donde el Jefe del Estado goza de poderes extraordinarios, como Francia y los EE.UU. El tercer modelo de Estado en las democracias liberales es más cercano a los principios republicanos, concediendo al parlamento legislativo una mayor capacidad de decisión, como en Alemania, Italia, Portugal, Grecia, y la mayoría de los estados surgidos en Europa del Este tras el hundimiento de la URSS. Pero en la mayor parte de ellos se observa una evolución de la ciudadanía hacia la radicalidad conservadora, de modo que en la práctica se comportan con las mismas limitaciones antidemocráticas, que un sistema presidencialista o monárquico, al menos en estos momentos de inestabilidad social.
Esta realidad no tiene misterio: el Jefe del Estado es el mando supremo de los cuerpos que ejercen la violencia para proteger el cumplimiento de las leyes: el principio militar del orden jerárquico se impone a través de la jefatura del estado. El conocido principio, según el cual el rey reina pero no gobierna, viene a subrayar su papel garante del orden establecido, dejando para el gobierno democráticamente elegido los asuntos de la administración cotidiana de los asuntos colectivos –‘el consejo de administración de los asuntos comunes de la burguesía’ según define El manifiesto comunista-. En estos momentos de crisis social se refuerzan los mecanismos de control político para evitar alteraciones del orden público que puedan dar origen a una transformación de las estructuras económicas clasistas.
Los movimientos de extrema derecha vienen a reforzar el control social por el principio jerárquico, ejerciendo la violencia paraestatal. La experiencia histórica nos muestra que el fascismo solo incrementará la perversión en las actuales relaciones sociales, empezando por incrementar la explotación de la fuerza de trabajo en beneficio de capas sociales parasitarias. Esta evolución nos da una idea del dominio que la oligarquía ejerce sobre la sociedad a través de su ideología liberal, su capacidad para controlar la opinión pública y modelar el sentido común ciudadanos.
En el estado de derecho capitalista la ley suprema consiste en la protección de la propiedad privada; esa protección se dobla con la privatización de lo público para sostener los beneficios capitalistas en estos momentos de crisis. Esta regulación es necesaria para que el libre mercado funcione como pieza fundamental del orden social liberal: sin beneficios empresariales la economía se estanca. Por el contrario, el bienestar social exige que la propiedad esté subordinada a la satisfacción de los derechos de la ciudadanía: educación, salud, vivienda, alimentación, etc.; esta es la base de la aspiración republicana a un estado fuerte y democrático a la vez. Esta limitación de la propiedad fue formulada por la constitución jacobina de 1794 en Francia y su carácter republicano proviene de la filosofía de Rousseau. La cuestión de la libertad fundada en la propiedad privada y la corrupción, frente a los límites que se le puedan oponer, sigue siendo el debate fundamental en las democracias formales, con los partidos obreros aspirando al recorte de lo privado en aras del bien común. Conviene reconocer que el modelo que está alcanzando la mejor funcionalidad para el desarrollo económico, el capitalismo de estado chino, no anula completamente la iniciativa privada sino que la limita sectorialmente.
Hoy es plausible pensar que la regeneración del Estado español exija la transformación del orden constitucional para establecer una perspectiva republicana. Frente al liberalismo dominante, que sigue la máxima de Mandeville –vicios privados, públicas virtudes- con el fin de estimular la producción económica, el republicanismo se funda en la idea de que la virtud debe guiar la formación de las instituciones políticas. Esto es así desde la utopía platónica de La República de carácter clasista; y del mismo modo aparece en la Utopía comunista de Moro de principios democráticos. Sin embargo, esa pretensión tiene un carácter ideal, y no es realizable en la sociedad presente más que como tendencia. De ahí que en la práctica debamos aspirar a un sistema tendencialmente republicano, evitando formas autoritarias que serían contraproducentes, al pretender imponer la virtud ciudadana por la fuerza. Esto es lo que debemos entender por ‘dictadura del proletariado’ en sentido marxista, como proceso que debe conducir a lo que Gramsci llamaba Estado ético. Un sistema social donde la moralidad pública evita la necesidad de la represión política.
La tradición republicana en España
Si nos remontamos al comienzo de la España moderna, encontramos un movimiento republicano entre los Comuneros castellanos que se rebelaron contra Carlos V en 1520. Bien es cierto que una parte de ese movimiento quiso apoyarse en la reina Juana, la madre del emperador; pero esa adhesión no fue completa, como muestra el caso de los toledanos que apostaban por formas de gobierno republicanas. Esa tradición se remonta en la península ibérica a los reinos taifas en al-Ándalus, según aparece relatado por Averroes en su texto sobre la política de Platón. Se trata de ciudades estado, como las que aparecieron en la Italia renacentista, con carácter democrático participativo, aunque por veces dominadas por tiranos
Es claro, sin embargo, que esos ensayos republicanos no pudieron estabilizarse en formas políticas de larga duración. Lo mismo puede decirse de la I y la II Repúblicas de la era contemporánea. En cuanto a la I República es plausible que su horizonte histórico sean las entidades políticas medievales en el sur de la península ibérica, como un reflejo de la diversidad étnica y lingüística del país. La geografía ibérica atravesada por fuertes macizos montañosos es favorable a la creación de entidades políticas diferenciadas. En el contexto histórico del siglo XIX, la I República resultó un intento de superar el imperialismo que caracterizó a la España moderna con el fortalecimiento del poder del monarca. En una Europa aprestada para la colonización del resto del mundo, esa actitud resultaba extemporánea.
Es importante retener el dato de que la unificación española bajo los Reyes Católicos impuso la unidad religiosa e ideológica a los pueblos peninsulares, y estableció como premisa de su política exterior la expansión imperial en América y en otras partes del planeta. El final del Imperio español a comienzos del siglo XIX planteó a los peninsulares la cuestión del proyecto de España creado en el Renacimiento; y por tanto, cuestionó su unidad política en un estado común –en ese planteamiento hemos de ver la dinámica de la I República-. Por el contrario, en el siglo XX el movimiento falangista planteó la reivindicación del Imperio católico como seña de identidad de la unidad española: por el Imperio hacia Dios.
Todavía en nuestros días la necesidad de ser fuertes se ofrece como argumento para mantener el Estado español frente a las tendencias secesionistas: se nos presenta el miedo a los moros como argumento que tiene una profunda raigambre histórica en la Edad Media. Pero en nuestros días el Estado español es un apéndice del imperialismo liberal y su unidad es funcional a la organización militar de la OTAN. A tenor de esa genealogía resulta complicado establecer una constitución que, como la II República, proclamaba que ‘España renuncia al uso de la fuerza en las relaciones internacionales’. Parece un ideal alejado de la trayectoria histórica de España como nación imperialista dentro de la expansiva dinámica europea, y nacida con esa vocación por la unificación de las naciones peninsulares.
Esas contradicciones históricas tienen su importancia a la hora de determinar la psicología colectiva y establecer una organización racional en las relaciones sociales. Precisamente, uno de los errores de la II República no fue haber dado cuanto antes posible la independencia del Rif colonizado, disolviendo los ejércitos que habrían de volverse en contra la República con el Alzamiento Nacional. Parece una inercia heredada de una tradición imperialista, que se hizo al mismo tiempo centralista con la llegada de los Borbones. El ejército de África fue la columna vertebral de la rebelión fascista para la ocupación de Andalucía y la marcha sobre Madrid –sin olvidar el apoyo imprescindible de los otros estados fascistas del momento: Italia y Alemania-.
No es difícil asociar el liberalismo con el imperialismo capitalista, incluso aunque el Imperio español no fuera liberal en sentido estricto. La llegada del oro americano a Europa a través de la explotación colonial española, financiando las guerras de religión contra los protestantes que impulsaban la revolución burguesa, fue un elemento importante del desarrollo mercantil de la economía europea, como primera fase de acumulación capitalista a través de la división internacional del trabajo. El Imperio español puso en marcha la dinámica expansionista asociada al capitalismo como modo de producción, que ha invadido todos los territorios de la geografía terrestre. Esa expansión constituye una prueba de la teoría marxista del desarrollo de las fuerzas productivas a través de los modos de producción, como puso de relieve El manifiesto comunista en 1848.
El segundo gran error de la II República fue el retraso en impulsar la reforma agraria. El problema del campo en el sur peninsular proviene de las reformas liberales de la propiedad, llamadas ‘desamortizaciones’, que liquidaron millones de hectáreas de uso campesino, propiedades comunales o eclesiásticas, malbaratándolas a la burguesía del momento. Esa operación económica, similar a las enclosures británicas (cercamientos), expulsó a los campesinos hacia las ciudades -para formar el proletariado inglés según nos explica El capital-. La tardanza en reformar la estructura de propiedad de la tierra generó un descontento que estalló en Casas Viejas y enemistó a los anarquistas con la República. Teniendo en cuenta la influencia que este movimiento ejercía en la clase obrera de aquel momento, esta fue la causa probable del triunfo de la derecha en las elecciones de 1934 y la formación de un gobierno conservador en el ‘bienio negro’ que preparó el golpe fascista de 1936.
Un tercer problema de la II República fueron las contradicciones en el seno de las fuerzas populares, en dos sentidos: entre el centro y la periferia del Estado español, así como entre los sectores reformistas y revolucionarios de la clase obrera. Estas se manifestaron especialmente en Cataluña por la gran influencia de los anarquistas en la cultura obrera catalana. Combinar y resolver esas diferencias es una tarea principal del movimiento político republicano. Esa dificultad, que tiene una honda raigambre histórica, se resuelve en la política de IU a través de la configuración federal del Estado, que debe reconocer el derecho de autodeterminación de los pueblos peninsulares sin ninguna restricción, aunque apostando por mantener la unidad del Estado a través de compromisos pactados con los representantes de las diversas nacionalidades. Ese proceso no está exento de riesgos y peligros, como se manifestó en la Transición con los grupos armados nacionalistas que aparecieron en aquellos momentos, y que en el caso vasco generó una auténtica guerra de baja intensidad con más de mil muertos.
El programa republicano para el siglo XXI
Para establecer el programa se hace necesario un análisis de coyuntura que explique en qué situación nos encontramos en varios niveles: 1. el desarrollo de las fuerzas productivas a nivel internacional y las relaciones de producción que corresponden a ese desarrollo. 2. La distinción entre tres tipos de escenario internacional: el bloque de los países imperialistas en decadencia, dentro del cual se encuentra el Estado español. El bloque de los países que han roto con el imperialismo en búsqueda de su soberanía y está alcanzando la hegemonía en pugna con el bloque imperialista. El conjunto de estados dependientes del imperialismo que gira cada vez con más fuerza hacia la nueva hegemonía mundial capitaneada por la República Popular China. 3. La dinámica política propia del Estado español.
Las relaciones internacionales se caracterizan por una tensión entre el imperialismo liberal y las repúblicas soberanas que impulsan un orden internacional multipolar. Esa contradicción está generando graves conflictos bélicos que pueden generalizarse peligrosamente, y anima la formación de movimientos de extrema derecha. El planteamiento republicano en España choca de frente con esos movimientos fascistas que condicionan la vida política en las antiguas metrópolis imperialistas, tanto como en un buen número de países dependientes –en África y América Latina- y en algunos independientes –India, Arabia Saudí,…-. Esa coyuntura internacional tiene consecuencias en la dinámica política del Estado español donde el fascismo está creciendo con fuerza en los últimos años.
En los puntos candentes de la geopolítica internacional, los conflictos se están volviendo intensamente violentos –genocidios en Gaza, Sudán, Kivu,…-. Hay que denunciar que la política del gobierno derechista en Ucrania estaba generando un genocidio contra la población étnicamente rusa, hasta la intervención de la Federación Rusa en ese país. El auge de los nacionalismos de derecha radical pone en cuestión las garantías formales de las constituciones liberales, como ya sucedió en el siglo XX.
El análisis de los movimientos fascistas, desde los presupuestos de la cultural liberal, sitúa su desarrollo como un totalitarismo paralelo al que se ha producido en las repúblicas socialistas –por ejemplo, los trabajos de Hannah Arendt-. Es necesario desmontar esa argumentación y hoy parece claro que el fascismo es un recambio del liberalismo, que la burguesía usa en momentos de crisis para su dominación –Trump, Milei, Abascal, etc.-.
En consecuencia, el programa republicano debe considerar los siguientes puntos:
- El principal desarrollo productivo se está produciendo en Asia desde hace al menos dos décadas, desbancando al bloque imperialista de la hegemonía mundial. Las relaciones de producción toman la forma de capitalismo de estado, ya sea bajo la dirección del partido comunista –China, Vietnam, Laos, Corea-, ya bajo partidos nacionalistas o religiosos –India, Rusia, países musulmanes,…-.
Corolario 1. El programa político de una III República española debe apuntar a un cambio de las relaciones internacionales, ampliando el comercio con el Bloque asiático y resituando su papel productivo en el concierto económico internacional a partir de acuerdos comerciales justos y económicamente adecuados. Lo que además supone una reorientación de las relaciones con los países latinoamericanos, abandonando la tradición imperialista.
Corolario 2. Se debe reforzar el papel de la planificación pública en la economía, contraponiéndose a la política económica de liberalismo radical del fascismo rampante. Para ello es necesario la nacionalización del capital financiero y el estricto control de aquellas agencias financieras permitidas que se consideren interesantes para dinamizar la economía. Como dato curioso, el programa falangista, que nunca llegó a cumplirse, consideraba la nacionalización de la banca. No es extraño que los nacionalistas monárquicos que controlaron el golpe de estado contra la II República dejaran fusilar a José Antonio.
Corolario 3. Para establecer la dirección pública de la economía es necesario contar con un funcionariado éticamente responsable y eficiente, tras acabar con la función monárquica que se ha mostrado como cabeza misma de la corrupción. Este es un escollo difícil de superar porque el actual sistema político está penetrado por la ideología más conservadora. Los cuerpos armados del Estado que ejercen el monopolio de la violencia, así como el sistema judicial que señala cómo debe usarse esa violencia, son un obstáculo invencible para el avance democrático de la sociedad española. La formación de cuadros debe ser un aspecto fundamental del desarrollo republicano.
- La crisis financiera de 2008 rompió los mecanismos de dominación imperialista mundial que imponían la hegemonía del bloque occidental, sobre la base del chantaje financiero sostenido por la maquinaria bélica de la OTAN. La conflictividad bélica actual debe poderse explicar por esta nueva coyuntura internacional, y está relacionada con el declinar de la UE, especialmente visible por el hundimiento de la economía alemana. Sin embargo, es previsible la derrota militar del imperialismo en los próximos años, abriendo el camino a un nuevo orden internacional.
Corolario 1. La III República debe retomar el pacifismo de manera radical, abandonando la OTAN y firmando acuerdos de paz y cooperación con otros estados. La política internacional china subraya insistentemente su voluntad de alcanzar una humanidad pacificada eliminando los conflictos bélicos. La ONU debe reestructurarse para garantizar un mejor funcionamiento con el objetivo de sostener el equilibrio internacional entre los estados.
Corolario 2. Se puede hacer necesario abandonar la UE y recuperar la soberanía económica en caso que la actual dinámica política se mantenga a medio plazo. Es posible que la UE se desintegre en los próximos años ante las enormes tensiones acumuladas, y el ascenso de los movimientos de la extrema derecha.
Corolario 3. Hay que recuperar una organización de la economía acorde con la crítica marxista del liberalismo, estableciendo mecanismos de intercambio justo en el comercio nacional e internacional sobre la base del valor trabajo, evitando la sobrevaloración del capital y los fallos del mercado, como la sobreproducción, mediante control público de las finanzas.
- En la cultura política actual de la ciudadanía española la monarquía se presenta como garante de los derechos democráticos, desde que la maniobra del 23F distorsionó la percepción de la vida política en España. A pesar de que la monarquía es heredera de la dictadura de Franco la monarquía se acepta como una forma política democrática homologada internacionalmente.
Corolario 1. Esto es una dificultad para el movimiento republicano, que debe superarse mediante una crítica de la cultura oficial de la monarquía española, desenmascarando las maniobras que sostienen el aparato de dominación burgués a través del llamado ‘estado profundo’: ruido de sables, amenazas fascistas, terrorismo de estado, violencia parapolicial, intromisión jurídica en la política (lawfare).
Por tanto, hay que presentar la Constitución de 1978 como el marco de la corrupción que debe ser superada por: 1. Su insuficiencia democrática, como resultado de una concesión del rey Juan Carlos, heredero del Régimen franquista, lo que se manifiesta en sus límites anti-democráticos y en la persistencia de cuerpos funcionariales penetrados de ideología de conservadora y fascista. 2. Condicionada permanentemente por las amenazas militares y el lawfare –por ejemplo, el golpe de fuerza monárquico el 23 F-. 3. Participando en la terrorista guerra contra el terrorismo a través de los sistemas de inteligencia.
Corolario 2. La extrema derecha en España no pone en cuestión la monarquía, aunque quiere conservarla vaciada de poder real. Eso quedó claro en la experiencia política reciente con el segundo gobierno de Aznar y su posicionamiento para preparar la guerra de Irak dentro del Triángulo de las Azores. Hay que rechazar la solución autoritaria de los problemas presentes que se encuentra en la misma línea política de la dominación burguesa.
Corolario 3. Es necesario, recuperar un lenguaje marxista y leninista renovado, que abandone los tópicos dogmáticos de la antigua burocracia soviética. La mejor interpretación política de la teoría marxista viene dada por Gramsci: construir la hegemonía cultural del proletariado mediante la crítica del sentido común, y la formación de un bloque histórico que representa los intereses de las clases subalternas, mediante una alianza de clases nacional.
Los partidos democráticos necesitan plantearse una estrategia radical para transformar la actual dinámica imperialista. El proyecto republicano resultará ridículo ante las violentas fuerzas presentes, si no se plantea como un combate antifascista.
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