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Acerca del Batman de Christopher Nolan

Un verdadero caballero… «antiterrorista»

Fuentes: Rebelión

Batman, el caballero de la noche asciende, última entrega de la trilogía de Christopher Nolan, se transformó en un verdadero fenómeno más allá del éxito de público: además de ser un «peso pesado» hollywoodense, el día de su estreno, en un cine de Colorado, un joven de 24 años entró disfrazado de villano, con un […]

Batman, el caballero de la noche asciende, última entrega de la trilogía de Christopher Nolan, se transformó en un verdadero fenómeno más allá del éxito de público: además de ser un «peso pesado» hollywoodense, el día de su estreno, en un cine de Colorado, un joven de 24 años entró disfrazado de villano, con un rifle, y terminó disparando al público, matando a 12 personas y dejando decenas heridas. Y además, la película dio lugar a una serie de interpretaciones políticas y discusiones: se la llamó «película neocon» (neoconservadora), reaccionaria, antirrevolucionaria.

La película, «una de acción y superhéroes», cumple su cometido: imágenes impactantes, mucha acción -como la de los dos aviones del inicio-, (poca) tecnología y algunas escenas «sentimentales» hacen que, más allá de algunos baches en el guión, cualquier espectador se quede «pegado» al asiento las casi 3 horas de duración que tiene. Siguiendo con las dos anteriores entregas, Nolan nos presenta un Batman aggionardo, «oscuro» (como la misma «ciudad Gótica»), con tribulaciones personales y «profesionales», en una época donde ya no están claras las fronteras «entre el bien y el mal», donde los ciudadanos son pobres gentes amenazadas -tema «clásico» de la industria cultural norteamericana, recrudecido tras el 11-S-, ante la decadencia y crisis del Estado, por fuerzas «hostiles», «extrañas», terroristas de todo pelaje, etcétera.

La historia retoma el fin de la anterior: Bruce Wayne se refugia en su mansión, y pasa 8 años encerrado, aislado del mundo. Un robo por parte de Gatúbela lo hará salir nuevamente a la acción, en momentos donde Bane, un delincuente que está organizando un ataque terrorista desde las alcantarillas, comienza una serie de robos, con un ataque a la bolsa de comercio… y llama a la insurrección de los pobres contra los ricos. Batman los combatirá.

 Desde el punto de vista ideológico, la película fue criticada por la izquierda y el movimiento Occupy Wall Street, que dijo que tenemos aquí a un «Batman neocon«. Se generalizó el análisis de que es una película reaccionaria porque confunde (mezcla, amalgama) revuelta popular, lucha de los pobres, con el caos y el descontrol. Los activistas de OWS la señalaron como una película «antipopulista», donde la pobreza y la lucha «del 99%» termina capitalizada por un «villano» terrorista -quien a la vez es manipulado-.

Otra lectura posible es que es «obamista»: una alerta de peligro para los ricos: la rebelión de los pobres si no están dispuestos a «repartir» algo de sus riquezas.

En el mismo sentido, la crítica argentina señaló: «Bane viene del desierto, donde estuvo encarcelado; es el feliz poseedor de una bomba nuclear (como ciertos integrantes del Eje del Mal), crea unas milicias populares integradas por presos comunes y celebra farsas de juicios sumarios contra representantes del poder, como un nuevo Robespierre, un Lenin de Ciudad Gótica». Y otra: Bane «es una suerte de profeta del apocalipsis, un hombre antisistema con algo de anarquista, capaz de castigar la especulación y la codicia de los agentes bursátiles de Wall Street, pero también de generar el caos entre los inocentes cual asesino serial».

En medio de tanta acción y lucha, el mensaje político e ideológico es claro: mejor no rebelarse, no luchar, ya que todo se descontrola y termina mal; y por ello es preferible la estabilidad de las instituciones, que haya policías que hagan (bien) su trabajo, con funcionarios honestos, etcétera.

La otra idea que hay es que los ricos «deben existir» y «son necesarios»: así la riqueza que ellos tienen no sólo puede financiar aparatos espectaculares (vehículos y armas) para combatir a «los malos», sino también para desarrollar proyectos científico-ecológicos y para hacer filantropía: en este caso, financiando un hogar de niños sin familia.

Para finalizar. Está el caso de James Holmes, el joven de 24 años que disparó.

Diversos análisis han señalado varias causas para explicar cómo actuó: es un universitario con excelentes calificaciones en neurociencia… que terminó trabajando en McDonald’s (la desocupación en Estados Unidos para la juventud duplica la media nacional: está en el 19%), lo que provoca frustración, y el fácil acceso a las armas y municiones.

Efectivamente, se puede decir que confluyen tres elementos: la crisis social, producto de la crisis económica que lleva, a quienes no luchan colectivamente, a expresar su odio y su impotencia de manera individual; el otro elemento es la «cultura de la violencia» norteamericana, donde, sea con «superhéroes», policías o militares, siempre Estados Unidos es un «país amenazado», sea por el terrorismo o extraterrestres, y debe defenderse (ofensivamente). Por último, este aspecto cultural-ideológico acompaña -sea con Bush o con Obama- la política real y efectiva del imperialismo yanqui.

Todo confluyó para que este joven «mezclara» realidad y ficción, y actuara como lo hizo.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.