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Ecuador

Un volcán hace pública la pobreza indígena

Fuentes: IPS Noticias

La erupción del volcán Tungurahua, 150 kilómetros al sur de Quito, puso al descubierto la fragilidad de Ecuador ante los desastres naturales y sacó a relucir la pobreza extrema de la mayoría de la población indígena en este país andino.

Diez poblaciones cercanas al volcán fueron arrasadas por piedras, lava y ceniza y deberán ser reubicadas. Más de 5.000 personas perdieron sus casas y cultivos, un millón de habitantes de ciudades y zonas rurales han sido afectados por la ceniza transportada por el viento, y 40.000 hectáreas de plantaciones agrícolas y frutícolas se arruinaron. Siete personas murieron y más de 30 están desaparecidas.

La nueva etapa eruptiva del volcán comenzó en 1999, pero se intensificó el 14 de julio de este año con una fuerte explosión que provocó la emanación de piedras, lava, ceniza y gases. Pero en los días posteriores bajó su intensidad hasta el 16 de agosto, cuando se produjo la mayor erupción desde el siglo XVIII, según informó el Instituto Geofísico.

En la comunidad de El Altar, que hoy luce desolada por la acción de la lava y las piedras incandescentes, días antes la anciana indígena Dolores Chicaiza afirmaba a IPS que «lo bueno del rugido de la Mama Tungurahua es que ahora el gobierno y los periodistas saben que aquí hay pobreza».

Con el bramido del volcán de fondo y el temblor en el suelo, Chicaiza mostraba su respeto por la Mama Tungurahua, como llaman los indígenas kichuas al volcán.

«Es un ruido de mucho dolor por ella, por nuestras tierras sequitas y flaquitas, por nuestros cuycitos (cuyes o cobayos), nuestras gallinas, por nosotros que nos mantenemos en pie», afirmaba.

«Aquí los únicos que estamos firmes somos nosotros y la cebolla. Nosotros, que resistimos desde hace 500 años y debemos seguir viviendo con volcán o sin volcán, y la cebolla que también es fuerte y resiste a la tierra sin agua, al frío, a la ceniza, al cascajo y a los tiros de la Mama Tungurahua que cada tiempo le habla a las autoridades por el olvido», decía la campesina.

Se mostraba convencida que ni ella ni la mayoría de las familias de esa comunidad se irían a vivir a alguno de los refugios improvisados.

«Aquí estamos, y cuando mi hijo me vino a decir que le habían dado la llave de un cuarto para que se fuera con la familia a un albergue municipal a protegerse, le dije que no me movía de aquí, y también sus hijas le dijeron que no se movían de aquí. La tierra se mueve, pero nosotros y la cebolla estamos firmes», señaló Chicaiza casi al mismo tiempo en que un hongo de ceniza subía desde el volcán y el rugido se apagaba por algunos segundos.

Algunos curiosos nacionales y extranjeros se animaron a subir a esta comunidad para «observar al volcán y su gente» como si se tratara de un espectáculo.

A pocos metros, Dioselinda Sisa junto a sus hijos de uno, tres y cuatro años, decía no tener miedo porque conoce al volcán como si fuese un abuelo que a veces les cuenta de su historia y otras veces les rezonga, «pero los guaguas (niños) en la noche lloran cuando ruge así…, como ahora».

Sus ojos serenos y tristes observaban la gran nube gris que subía y que en poco tiempo volcó su ceniza por las plantaciones de las pequeñas huertas de la zona.

«El otro día, cuando el volcán dio el tiro, el cascajo y la candela cayeron hasta aquí y tuvimos que correr a cubrirnos en la casa. También cogimos a los cuyes y los llevamos adentro. Hay que tapar a los animales. Fue como un cañonazo que hizo doler hasta las orejas, pero pasó. Todo pasa», comentó mirando a sus hijos.

A lo lejos, hacia la derecha del Tungurahua el blanco de la cumbre de un nevado es el único color vivo, diferente.

A 50 metros, una mujer daba algunas sobras de comida a dos cerdos atados a un palo, nerviosos ante el grito del volcán.

Más acá, Ángel Chicaiza dijo que lo peor es no tener con qué alimentar y cómo proteger a los animales que sirven de sustento. «Siempre tenemos poco, pero ahora tenemos menos», aseguró con cierto pesar pero sin pedir consuelo.

Ningún comentario se parecía a una queja. Nadie pidió que las autoridades les llevaran asistencia.

«Como cuando no tenemos créditos ni ayuda gubernamental para poder plantar o criar nuestros cuyes. Como cuando no tenemos ni agua para los cultivos ni médicos para pelear con tanta enfermedad que anda por ahí», comentó Ángel.

Ninguno de ellos imaginaba lo que les tocó vivir la noche del 15 de agosto cuando junto a otros habitantes de la comunidad, decidieron salir, al escuchar que el bramido del volcán era mucho mayor que de costumbre, y lograron así escapar de las piedras y la lava.

El 21 de agosto, con el volcán en cierta calma, los pobladores de El Altar regresaron para ver lo que ha quedado después de la erupción. Hallaron vacas, cuyes, gallinas y cerdos muertos, los cultivos de cebolla cubiertos de ceniza, y los techos de chapa de sus casas perforados por las piedras del Tungurahua.

El director del Instituto Geofísico, Hugo Yépez, insiste desde hace algunos años en la necesidad de que Ecuador realice un trabajo de prevención en las zonas afectadas por fenómenos naturales como el Tungurahua.

Yépez ha señalado que la tarea no se limita a reubicar los poblados cercanos al volcán, sino a dotar de instrumentos como casas adecuadas para soportar una erupción a los que inclusive un poco más lejanos podrían ser igualmente afectados, tal como ocurrió.

La erupción de un volcán o un sismo en Ecuador siempre causa mucho más desastre que en Japón, porque aquí las edificaciones no son adecuadas, no hay prevención, los animales no tienen dónde guarecerse, los campesinos carecen de formas de guardar agua y de medicamentos para ellos y su ganado, lo que vuelve al país muy frágil ante esta realidad, señala Yépez.