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Sobre Caminando por las Hurdes de Antonio Ferres y Armando López Salinas

Una discreta reivindicación socialista de la literatura

Fuentes: Rebelión

A Maria C. que, en ocasiones, se acuerda de Mauthausen-Gusen Viure l´instant i obrir els ulls al demàJ.V. Foix     Algunos libros, pese a la voracidad del mercado, no se los lleva el tiempo. O se los lleva lejos y, por azares de la vida, los devuelve vestidos de azul domingo y Gadir. Algunos […]

A Maria C. que, en ocasiones, se acuerda de Mauthausen-Gusen

Viure l´instant i obrir els ulls al demà
J.V. Foix

 

 

Algunos libros, pese a la voracidad del mercado, no se los lleva el tiempo. O se los lleva lejos y, por azares de la vida, los devuelve vestidos de azul domingo y Gadir. Algunos libros existen en la memoria, andan agazapados, temerosos, y reaparecen de vez en cuando, al doblar una esquina de la vida, como si hubieran estado todo el tiempo ahí, sentados en una piedra, al fresco, comiendo un mendrugo de pan y un trozo de queso. Algunos libros, como las personas, sufrieron durante el gris régimen nacional-católico la represión, el silencio -convertido en muerte- y la indiferencia. Recuerdo cuando leí este libro que ahora reaparece ilustrado con fotografías de Buñuel y Maspons. Corría el año 1960, trabajaba en las afueras de París, hacía frío, y alguien lo sacó de España en una maleta. Quizá fuera de cartón atada con cuerdas (es probable que la descripción de la maleta confiera al texto la condición de realismo social). Las Hurdes, una de las tierras míticas y ancestrales del subdesarrollo peninsular, recorrida por Antonio Ferres (Madrid, 1924) y Armando López Salinas (Madrid, 1925). Libro de viajes y pérdidas de inocencia, de práctica política y miserias cotidianas, de antropología social, de verdades, vaguadas y barrancas. Caminando por las Hurdes (Gadir, 2006), mascarón de proa de una forma de entender el mundo, fue un libro leído. Pocos meses después, desapareció.

 

Las mujeres no se dan punto de descanso, y solo cuando los viajeros se detienen para mirarlas, hacen un alto para enderezarse, doblan de nuevo el espinazo y vuelven a lo suyo.

 

Hoy, cuando el sistema neoimperial de alienación universal (por decirlo con terminología clásica) ha destruido la esfera de lo público y lo privado, cuando la mínimas diferencias de gestión política -que no ideológica- han dejado paso a formas complejas de consumo y singularización y el universo descrito en los limpios párrafos del libro no existe -o existe interiorizado, que es peor-, lágrimas secas de espanto caen por las tierras inundando de moderna soledad, de salvaje individualismo mercantil, las cuevas y las acequias. La tierra ya no será nunca un paraíso. Hasta el páramo extremeño se ha convertido en suelo rústico recalificable para adosados idénticos: los problemas de la mímesis. Recuperado desde los lejanos años sesenta, escrito un poco antes, este impresionante trabajo no se hubiera podido llevar a cabo en estos tiempos. Se pensará -parece lógico- que el paisaje ha cambiado y que las gentes son distintas. En puridad, el camino andado por los dos autores -pedregales y desmontes morales- ya no existe (al menos impreso) porque el falso sentimentalismo, la reinvención neoliberal de la subjetividad, la extensión universal del yo posmoderno -carente de conciencia de clase y pertenencia- por parte del pensamiento económico-literario dominante y la construcción de tramas imposibles, absurdas, impide escuchar con los ojos el futuro. Decir que las miradas de los jóvenes emergentes hacia aquella Europa progresista y la irrupción las nuevas formas narrativas destruyeron el mal llamado realismo social (o socialista) sería injusto. Se podría decir que la protomodernidad patriótica, impulsada por el plan de estabilización de 1959, acabó con el realismo, con las formas tradicionales de denuncia y compromiso ya que nadie quería exponer, al menos con la crudeza de las palabras sencillas, comprensibles, el mapa real. Estábamos ya con los plazos -entre el burro, los tricornios y el utilitario- pagando las primeras letras en Benidorm y siendo felices con las paellas. Luego, con el turismo, llegaron las suecas. Ahí se acabó casi todo. La metáfora existencialista de cuello largo y negro que vino después, sarampión o varicela, ocultó las desigualdades en aras de la nada que nadea (Heidegger, dixit) igual que la teología dogmática oculta, pese a su complejidad argumental, la imposibilidad ontológica de dios.

 

Un hombre con una carga sobre la cabeza y espaldas desciende a brincos por el farallón de la Galga. El paso del hombre hace rodar guijarros. Algunas piedras caen hasta lo hondo del barranco con un chapoteo sordo.

 

Ya no se leen libros que expliquen el mundo. Se da por sabido. Es posible que no se escriban y que si alguien lo hace, no se publiquen, no dan dinero. El personal, consumidor/ciudadano, tiene ya su particular idea global sobre las cosas y las relaciones y con esa percepción (intuitiva) camina por la vida. Así nos va. Nos gusta pensar -ay, Descartes, cuanto daño aportaste sin saberlo (sic)- que esa percepción individual, explicativa, es una idea propia fruto de nuestra elaboración y reflexión cuando no deja de ser una formulación teórica externa concebida -como el gusto- para formar la conciencia colectiva (Bourdieu). Ahora se mira la televisión (o nos mira) y se deja uno atrapar por las mecánicas intrigas y los planos sincopados, acelerados, de las películas. Todo nos parece largo y lento. Ha triunfado, militarmente, la estética de los EE.UU.: la rapidez. Ni contemplar con detalle dejan, no sea que se vea la tramoya. Sin embargo, frente a la frágil felicidad, Ferres y López Salinas, Las Hurdes al descubierto, muestran lo que está delante y lo que se imagina, lo que aparece antes sus ojos, una liebre o un pueblo, y lo que queda detrás de sus pasos. En su prosa aparece todo: lo real y lo simbólico, lo terrenal y lo espacial. En esta obra, como en todas aquellas que desean contar el mundo como es, como se supone que es, se ve todo: los hilos de las marionetas y las marionetas mismas. Ferres y López Salinas o el realismo socialista. Tras su publicación, ya se ha dicho, el libro desapareció. Era un libro de rojos.

 

La documentación está en regla y los guardias devuelven los papeles a los viajeros, aunque, por sí o por no, el primera toma nota de los nombres en un cuaderno de pastas negras.

 

Caminando por las Hurdes es una invitación a pensar en lo que fuimos, a leer lo que leíamos cuando queríamos atrapar la esencia de lo real-material con un verbo o un adjetivo: con una palabra. Una obra que nos sitúa delante del espejo de nuestras propias contradicciones -delante de la libertad que hemos cedido (o nos han robado sin ofrecer resistencia armada) en beneficio de la seguridad y los progresos de la farmacopea-, una lectura que nos obliga a recordar lo que hemos olvidado. Caminando por las Hurdes es una línea recta en un espacio curvo que se estira debido a la salvaje acción del mercado y sus manos negras, invisibles; una pintada ética encerrada en los muros del aparcamiento de un hipermercado. El otro día, en la Feria del libro de Madrid, estaban Armando y Antonio firmando libros. Yo llevaba dos libros en la cartera. La edición de los sesenta, dedicada, y la nueva. Un grupo de chicas jóvenes hablaba con ellos. Armando sonreía. No quise interrumpir. Por un momento pensé que estábamos todos muertos. Tan muertos como el socialismo, como nuestras propias biografías.

 

Las tardes están llenas de sombras y los pájaros huyen.

 

 

 

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