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Una historia hecha de pactos entre las élites

Fuentes: Rebelión [Imagen: Actos en relación con la semana de los pueblos indígenas, los grandes olvidados de los pactos entre las élites en Brasil. Créditos: Rodolfo Oliveira/Agência Pará. Fotos Públicas]

En este artículo el autor expone una tesis histórica de interés: la evolución política de Brasil se hizo dejando al margen al pueblo.


Si hasta la independencia Brasil tuvo una historia similar a la de otros países del continente -con la única diferencia de que fue colonizado por los portugueses y no por los españoles-, a partir de ese momento el país comenzó a vivir una trayectoria con muchas diferencias.

En otros países, a excepción de Cuba y Puerto Rico, que no pudieron independizarse en ese momento, la independencia significó la expulsión de los colonizadores, los españoles, y el establecimiento de repúblicas, con el fin de la esclavitud.

Mientras los españoles habían resistido la invasión napoleónica, siendo derrotados y debilitados militarmente, lo que favoreció las luchas independentistas contra ellos; los portugueses, por el contrario, entregaron el país a las tropas napoleónicas y huyeron a Brasil. Este es el significado de la llegada del miembro de la familia real a Brasil.

En lugar de expulsar a los colonizadores, independencia en Brasil significó, por el contrario, un acercamiento aún mayor a los portugueses, que fueron quienes impulsaron la independencia de Brasil, lo que constituye el primer gran pacto entre las élites de la historia brasileña.

La frase del entonces monarca a su hijo: “Hijo mío: ponte la corona en la cabeza, antes que lo haga cualquier aventurero”, lo dice todo. Significa el hecho de fueron los portugueses quienes promovieron la independencia, a su manera, para evitar que los aventureros –léase los brasileños, empezando por Tiradentes-, lo hicieran, ocupando su lugar y los expulsaran. Al quitarse la corona de la cabeza y colocarla sobre la cabeza de su hijo, el monarca se retiraría a Portugal y garantizaría la continuidad del vínculo colonial, a penas cambiando su forma.

En lugar de ir de colonia a república, Brasil ha pasado de colonia a monarquía, con un monarca de la familia imperial portuguesa como el primer monarca de un país independiente. Y la esclavitud se perpetuó, convirtiendo a Brasil en el último país del continente en terminar con la esclavitud.

A partir de ese momento, la historia de Brasil fue muy distinta a la historia de otros países del continente. Solo logró terminar con la monarquía y la esclavitud a finales del siglo XIX. Cuando los trabajadores negros dejaron de ser esclavos, ya existía una Ley de Tierras, desde mediados del siglo XIX, que entregaba todas las tierras disponibles a los terratenientes. Los negros dejaron de ser esclavos, pero no accedieron a la propiedad de la tierras. El tema de la independencia en Brasil estuvo íntimamente ligado al tema racial y al tema de la tierra y la pobreza en el país.

Este es el precio que pagó el país por el pacto entre las élites, que impidió su independencia a principios del siglo XIX. Por eso otros países tienen a sus líderes independentistas como grandes héroes nacionales: San Martín, Bolívar, Artigas o, entre otros, O’Higgins, mientras que Brasil no tiene a ningún ‘libertador’ que ocupe ese espacio, lo que es consecuencia de que su independencia se obtuvo mediante un pacto entre las élites.

En otros momentos clave de la historia brasileña, también se establecieron pactos entre las élites. En la propia Revolución de 1930, dirigida por Vargas, quien promovió grandes transformaciones en Brasil, se llevó a cabo bajo el lema de la frase de Antonio Carlos, entonces gobernador de Minas Gerais: “Hagamos la revolución, antes que el pueblo la haga”, expresión que sintetiza perfectamente el espíritu de los pactos entre las élites.

Cuando, más tarde, Brasil abandonó la dictadura militar, la democratización tomó la forma de un pacto entre las élites. En lugar de a través de elecciones directas, que probablemente habrían elegido a Ulysses Guimaraes como el primer presidente democrático de Brasil desde el golpe militar de 1964, que tenía un programa de reformas estructurales para el país, se forzó la elección de un presidente elegido por el colegio electoral, un órgano electoral que incluía a varios miembros designados por el gobierno militar.

En lugar de Ulyses, el candidato fue más moderado, Tancredo Neves, que eligió a un dirigente de la dictadura: José Sarney como su vice, Y a raíz de la inesperada muerte de Tancredo, Sarney, que hasta hace unos meses era presidente de Arena, el partido dictatorial que había liderado la lucha contra las elecciones directas, se convirtió en el primer presidente civil desde el golpe de 1964.

Un camino paradójico, que convirtió la democratización en un nuevo pacto entre las élites, que produjo un gobierno civil que tenía herencias de la dictadura. Un hecho que supuso que en Brasil los militares no saboreasen la derrota, como la que sufrieron en Argentina tras la fallida aventura en las Malvinas; o en Chile, con la derrota en el referéndum convocado por el mismo Pinochet en un intento perpetuación en un nuevo mandato presidencial; o en Uruguay, con dos derrotas en referendos promovidas por el gobierno militar para privatizar empresas estatales.

En este sentido, la democratización en Brasil supuso un retiro ordenado de los militares del gobierno y del estado, que habían asaltado y ocupado durante 21 años, sin una gran derrota política. La transición democrática tuvo lugar bajo el control de las élites políticas tradicionales, de manera similar a lo que había predicado Golbery do Couto e Silva, el gran ideólogo de la Doctrina de Seguridad Nacional durante la dictadura militar.

En la nueva transición a la democracia, la izquierda, las fuerzas democráticas, eran mucho más fuertes que en la salida de la dictadura militar de la década de 1980; de hecho, Lula era el favorito para ser el primer presidente civil, elegido por los brasileños, para dirigir el país.

A la derecha le gustaría que este proceso se llevara a cabo como un nuevo pacto entre las élites, en el que la forma del régimen político cambiase, pero la naturaleza del Estado no; es decir, que la democracia siga siendo apenas una democracia liberal, en la que nada se democratice: ni la propiedad de la tierra, ni los medios de comunicación, ni el sistema judicial, ni la sociedad en su conjunto.

La responsabilidad de la izquierda y de todas las fuerzas democráticas es hacer que esta transición democratice toda la sociedad brasileña y su Estado, no solo restablecer la democracia liberal, que ya no es un pacto entre las élites, sino una profunda transformación democrática que defina el futuro de Brasil de manera radicalmente opuesta a lo que ha sido la historia del país.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.