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Urge un cambio de rumbo

Fuentes: Rebelión

Creo que, a estas alturas, amerita un pronóstico para 2017, partiendo, lógicamente, de los acontecimientos de más pronunciado relieve del año anterior, que para diversos analistas reflejan una aceleración de las tendencias que sitúan en un punto candente a varias dimensiones de la crisis sistémica, civilizatoria, de las últimas décadas. Víctor Ríos, por ejemplo, nos […]

Creo que, a estas alturas, amerita un pronóstico para 2017, partiendo, lógicamente, de los acontecimientos de más pronunciado relieve del año anterior, que para diversos analistas reflejan una aceleración de las tendencias que sitúan en un punto candente a varias dimensiones de la crisis sistémica, civilizatoria, de las últimas décadas.

Víctor Ríos, por ejemplo, nos alerta en El Viejo Topo y Rebelión de que cada vez se hace más imperioso un cambio de rumbo en aras de conjurar el Apocalipsis. Si el 4 de noviembre de 2016, recuerda, entró en vigor el Acuerdo de París -del que EE.UU. acaba de anunciar su retiro-, y días después tenía lugar en Marruecos la 22ª Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, donde se fijó un corto plazo, hasta 2018, para que los gobiernos completaran las normas de aplicación del consenso logrado en la capital francesa, en realidad son pocos los que piensan que en ese lapso se concretarán las medidas suficientes para frenar el calentamiento global.

No importa que la Organización Meteorológica Mundial oreara en público un inobjetable informe que califica al último lustro del más caluroso desde que se registran las temperaturas. Tampoco parece demasiado relevante que un reciente estudio de las universidades de Florida y Hong Kong, publicado por la revista Science, haya verificado los evidentes perjuicios a todos los ecosistemas terrestres, de agua dulce y marinos, y a las especies que los poblamos.

Sucede que el capital deviene presentista a más no poder, y le son intrínsecas unas fuerzas productivas-destructivas -como enseñó el filósofo Walter Benjamin-, por lo que reducir drásticamente los gases de efecto invernadero supone enfrentar tanto los intereses del sector energético de combustibles de origen fósil como los hábitos de transporte de mercancías y el incremento del parque de automóviles particulares y su circulación en las grandes áreas urbanas.

En ese contexto, «¿qué poderes políticos están dispuestos a tomar las medidas necesarias?, ¿cuál será el apoyo social a las propuestas de quienes estén dispuestos a tomarlas?», se pregunta Ríos en un tono cuyo pesimismo se ve avalado por una lista que incluye los grandes flujos migratorios causados por el empobrecimiento creciente, los desastres climáticos y los encontronazos bélicos.

Asimismo, «las políticas económicas impuestas por el FMI durante la Gran Recesión y la irresponsable, criminal, desestabilización política y gestión de conflictos fomentada por el gobierno norteamericano y sus aliados árabes y europeos en países como Libia, Siria o Iraq, entre otros, han provocado numerosas muertes y el incesante y dramático aumento de millones de expulsados, desposeídos de los más elementales derechos humanos».

Pero, afortunadamente, si de un lado cobran vigor el miedo, la violencia de género, las afirmaciones identitarias impregnadas de rasgos racistas, xenófobos o abiertamente fascistas; de otro se activan las contestaciones fraternales y solidarias de aquellos que se niegan a aceptar la degradación y la barbarie como único horizonte.

Esos mismos que apuestan por emprender las transformaciones económicas, sociales, políticas y culturales capaces de garantizar lo que los añosos dominios niegan: los fundamentos de una vida digna, el pleno acceso y ejercicio de los derechos humanos en forma pacífica y armónica con la naturaleza, apunta nuestro comentarista con encendido tono.

Sí, no todo ha sobrevenido lúgubre en 2016, que para el entendido fue también el período del descalabro de las coincidencias de las élites, de las opciones preferidas por las oligarquías económicas y sus operadores en el plano mundial. «La victoria del Brexit en el Reino Unido y las derrotas de Hillary Clinton en las presidenciales de EE.UU. y de Renzi en el referéndum sobre la reforma constitucional en Italia son buenas muestras de que las preferencias del establishment, a pesar de contar con el apoyo masivo de todos los grandes medios de manipulación mediática, no han podido imponerse».

Por otra parte, y ampliando el pábulo para la esperanza, han ocurrido hechos que, no obstante su significado, no aparecen apenas en las (des)informaciones de falsimedia. ¿Ejemplos? El mayor paro general de la historia, llevado a cabo en septiembre en la India. «En un país con 680 millones de personas, la mitad de su población, viviendo en la pobreza, entre 150 y 180 millones de trabajadores de la economía formal e informal participaron en la huelga convocada por los sindicatos».

Igualmente, el triunfo, que por supuesto no se aprecia precisamente eterno, de los pueblos de la reserva sioux de Standing Rock, en Dakota del Norte, «tras nueve meses de movilización apoyada por miles de personas acampadas y cientos de naciones tribales antaño enfrentadas y ahora luchando juntas contra la construcción de un oleoducto que atravesaría sus tierras amenazando su abastecimiento de agua».

Claro, lo que anotamos representa un somero repaso, si acaso una pincelada, en razón del espacio editorial que nos cobija. Lo importante es dejar nítido en estas líneas que 2016 ha provisto de irrefutables indicios de la persistencia de la crisis en el ámbito económico y en el sistema financiero internacional, signos que sugieren estancamiento prolongado y amenazan con nuevas turbulencias en el año que transcurre.

Mas pecaríamos de elusivos si permitimos queden fuera de estos renglones los notables movimientos geopolíticos en todos los rincones del planeta: la intensificación de la cooperación ruso-china, la fuerte contraofensiva conservadora en América Latina, la nueva correlación de fuerzas en el Oriente Medio, el distanciamiento de aliados tradicionales de los Estados Unidos como Turquía y Filipinas en ambos extremos de Asia, el recrudecimiento del terrorismo yihadista y el desgajamiento de la Unión Europea…

Remarcándolo con Ríos: «Todas ellas, cuestiones portadoras de incertidumbres que marcarán los próximos tiempos».

Lo cual nos convence de que captar de manera adecuada las transformaciones en curso, acertar en la definición de los dilemas fundamentales se convierten en requisitos ineludibles para avanzar en la construcción de un programa, una estrategia y unos instrumentos capaces de convertir a las masas en sujeto activo de un orden distinto, de una alternativa civilizatoria urgente, digna y viable.

Alternativa con la cual podríamos salvarnos del colapso general del sistema universalizado, que, conforme a pensadores tales Carlos Taibo (insurgente.org), se estaría acercando como con botas de siete leguas (no se aviene a asegurarlo pero le augura grandes probabilidades), y supondría «cambios sustanciales, e irreversibles, en muchas relaciones, profundas alteraciones en lo que se refiere a la satisfacción de las necesidades básicas, reducciones significativas en el tamaño de la población humana, una general pérdida de complejidad en todos los ámbitos -acompañada de una creciente fragmentación y de un retroceso de los flujos centralizadores-, la desaparición de las instituciones previamente existentes y, en fin, la quiebra de las ideologías legitimadoras, y de muchos de los mecanismos de comunicación, del orden antecesor».

A trancos de gigante

Señalando como causas primarias la metamorfosis climática y el agotamiento de las materias primas energéticas que empleamos, Taibo trae a colación elementos de la previsible debacle, como la crisis demográfica; más 3 000 millones de seres humanos condenados a malvivir con menos de dos dólares diarios; la extensión del hambre, asociada, en muchos casos, a escasez de agua; la expansión de las enfermedades, en la forma de epidemias y pandemias, de multiplicación de los cánceres y padecimientos cardiovasculares y de la agudización de dolencias reemergentes como la tuberculosis.

Como si no bastara, un entorno harto perjudicial para las mujeres -constituyen el 70 por ciento de los menesterosos, desarrollan el 67 por ciento del trabajo y reciben sólo el 10 de la renta-; el presumible efecto multiplicador de la crisis financiera, con sus secuelas de caotización, inestabilidad, pérdida de confianza e incertidumbre…

Adiciónesele la ruina de muchas naciones, estrechamente vinculada con las guerras de rapiña asestadas por las potencias del Norte; las derivaciones de la subordinación de la tecnología a los intereses privados; una huella ecológica disparada -el espacio bioproductivo consumido hoy es de 2,2 hectáreas por habitante, por encima de las 1,8 que la Tierra pone a nuestra disposición- y una inquietante idolatría por el incremento económico.

Las respuestas para ese statu quo resultan esencialmente dos: mientras la primera se asienta en que no queda otro horizonte que el de aguardar la hecatombe -afirman que con ella casi todos los seres humanos se percatarían al fin de sus deberes-, la segunda emplaza a salir con prisa del capitalismo, para lo cual, y a título provisional, se precisaría abrir espacios autónomos autogestionados, desmercantilizados y despatriarcalizados, propiciar su federación y aumentar su dimensión de confrontación con el capital y con el Estado. Y si esto no conjura el enorme entuerto, pues nos serviría al menos como escuela para sobrevivir en un escenario posterior.

Alcanzaríamos así a mitigar algunas de las consecuencias más negativas. Para empezar de nuevo, como en una noria que se mueve en el tiempo. Mejorando. No en balde formamos legión los que lo procuramos, ¿no?

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.