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Venezuela 2008: ¿para dónde va la revolución?

Fuentes: Rebelión

    La derrota electoral del pasado 2 de diciembre es un campanazo de alerta para la Revolución Bolivariana. Hoy, a una semana de conocidos los primeros resultados, tanto el bloque del SÍ como la oposición de derecha que ganó con el NO ya están sumergidos en una urgente e imprescindible revisión de lo sucedido y […]

    La derrota electoral del pasado 2 de diciembre es un campanazo de alerta para la Revolución Bolivariana. Hoy, a una semana de conocidos los primeros resultados, tanto el bloque del SÍ como la oposición de derecha que ganó con el NO ya están sumergidos en una urgente e imprescindible revisión de lo sucedido y de análisis y propuesta de los futuros escenarios.

    La lucha de clases sigue al rojo vivo, y si por un momento pudo pensarse que el triunfo electoral de diciembre del 2006 con una amplia mayoría abría el camino al triunfo final de la revolución socialista, lo acontecido la semana pasada muestra que no es así. Por el contrario, convoca a pensar muy críticamente todo lo hecho en estos años: ¿qué avanzó la revolución bolivariana?, ¿qué falta por hacer?, ¿por qué la sorpresa de los otros días?

    A estas alturas ya ha corrido mucha tinta explicando las causas de esa derrota, primera del presidente Hugo Chávez en sus años de liderazgo político. Sin querer con estas líneas agregar nada nuevo a lo ya dicho, todo indicaría que hay entender lo sucedido como una combinación de dos factores: 1) el ataque de la derecha, y 2) la derecha endógena de la revolución. Es difícil, cuando no imposible, establecer porcentajes en el grado de responsabilidad de uno u otro factor. Se trata, en todo caso, de una compleja mezcla.

    Secundariamente puede decirse también que, en forma indirecta, esta derrota electoral sirve para demostrar la transparencia de la institucionalidad del gobierno bolivariano, evidenciando así que tanta pirotecnia verbal de la oposición en cada una de las elecciones pasadas cantando fraude, se invalida ahora. Sirve para mostrar, igualmente, que el presidente Chávez no es el tirano dictatorial que la maquinaria mediática internacional ha puesto a circular desde hace ya tiempo.

    No deben minimizarse en absoluto los errores propios; la autocomplacencia, en definitiva, es tan dañina -o quizá más dañina aún- que el ataque frontal del enemigo. De todos modos quedarse con la idea que por culpa de la corrupción insertada en el gobierno se perdió el referéndum de la semana pasada es parcial. La corrupción como modo general de hacer gobierno, y más aún: como práctica cultural cotidiana hondamente enraizada («¿cuánto hay pa’eso?») es un cáncer de larga data en la sociedad venezolana. En todo caso, si hubo algo -o mucho- de voto castigo, ello se debió a una sumatoria de cosas. Está en la cresta de la ola mediática de la derecha vivir hablando de la corrupción sin límites del chavismo; ese mensaje sin dudas ha perneado toda la sociedad, y de alguna manera funciona ya como frase-cliché. Pero la situación es algo más compleja aún: si hubo castigo al gobierno (no a Chávez sino a los cuadros que lo acompañan) es por la insatisfacción en las condiciones generales de vida que sufre la población.

    Si bien es cierto que ha habido avances extraordinarios con la revolución, continúan vigentes muchos problemas que siguen siendo cuellos de botella muy molestos para el grueso de la gente común: problema habitacional, inseguridad ciudadana, desempleo, economía informal subterránea, desabastecimiento de algunos productos básicos. Sabemos que en mucho de todo esto juega la mano de la derecha (la lucha de clases sigue al rojo vivo, insistimos), pero el resultado final es que todas esas incomodidades de la vida cotidiana realmente molestan, y en general la población las liga, en primera instancia, a la responsabilidad del gobierno que debería atenderlas. Si a eso se suma una actitud «cuartorepublicana» en muchos funcionarios del Estado -prepotencia, soberbia y falta de autocrítica, más una real incompetencia de raigambre histórica- es fácilmente entendible un cierto grado de apatía en los votantes.

    Si algunos de los productos de consumo masivo que no se consiguen en Mercal están en los vendedores informales al doble o al triple de precio, eso llama al desánimo. No es, al menos en principio, una cuestión ideológica, de valores culturales: es algo práctico. Si la gente no tiene resuelta sus necesidades, y además de eso ve que más allá de un discurso encendido por parte del presidente, muchos funcionarios públicos siguen con las mismas prácticas tradicionales, es difícil poner en marcha la llama revolucionaria.

    Luego de la derrota, algunos sectores bolivarianos han hablado de traición. ¿Traición al presidente Chávez? Si hoy se repitieran las elecciones presidenciales, probablemente Chávez ganaría con su caudal de más de siete millones del año pasado. Nadie traicionó a nadie. Los tres millones de chavistas que ahora se abstuvieron fueron ganados por el desánimo, la falta de motivación ideológica, la fosilización que se puede ver en los cuadros medios del PSUV, y en muy buena medida -esto conviene no olvidarlo nunca- por la propaganda de la derecha.

    La Revolución Bolivariana está ante dos enemigos: 1) la derecha endógena y 2) la derecha económica y política (local e internacional). De cómo se mueva ante ambas dependerá la continuidad del proyecto revolucionario, o su reversión.

La derecha endógena

    Una primera reacción, conocidos los resultados el lunes a la madrugada, fue buscar responsables en la misma estructura bolivariana. ¿Quién tuvo la culpa? La cuestión es más compleja que eso. Cortando algunas cabezas no se soluciona nada. La cuestión es saber leer esta derrota y trazar líneas de acción congruentes, más allá de respuestas viscerales. Lo cual no quita, por supuesto, que haya que comenzar de forma inmediata una autocrítica fuerte.

    Nadie duda que las estructuras con las que viene moviéndose la Revolución Bolivariana (aparato de Estado así como partido político) distan mucho de ser fuerzas revolucionarias. El aparato de Estado, heredero de una larga cultura burocrática y de corruptela institucionalizada -como sucede, en términos generales, en todos los países latinoamericanos- no podía, ni puede todavía, ser una auténtica garantía de avance en las transformaciones que abrió la revolución. De ahí la necesidad de crear estructuras paralelas, tales como las misiones. Lo que está claro es que no se puede pedir peras al olmo: a un Estado crecido hasta el infinito en la cultura rentista y burocrática de las décadas pasadas es imposible exigirle estar a la altura de las tareas revolucionarias del momento. Y es muy difícil reemplazar esas estructuras. Las misiones, si bien fueron acertadas respuestas coyunturales, no alcanzan. En otros términos: no es que el Estado cuartorepublicano esté lleno de traidores; está lleno de gente que no termina de sintonizar con valores socialistas producto de una pesadísima conformación ideológica histórica, exacerbadas más aún por las nuevas tecnologías comunicacionales desde unas décadas hacia aquí. La Guerra Fría aún no ha terminado; el fantasma del «comunismo apátrida y ateo que se come los niños» sigue vigente.

    Por otro lado, las estructuras partidistas con que fue moviéndose el proceso bolivariano dejan serias dudas. De momento, hasta la creación del actual Partido Socialista Unido de Venezuela -PSUV- no pasaron de ser maquinarias electorales, muy centradas en el clientelismo político y sin una ideología clara. La creación del PSUV, que se suponía podía comenzar a remediar esas carencias en tanto un germen de poder popular real, aún no ha encontrado su camino, su perfil de partido revolucionario. Sigue siendo una sumatoria difusa de buenas intenciones, socialistas revolucionarios de corazón y oportunistas de siempre. Refleja, en definitiva, lo que es la sociedad, una sociedad más que nada «chavista», que sigue a un líder a quien adora, pero que no es portadora de ideales revolucionarios inquebrantables. Una sociedad que todavía no se define como socialista. Lo cual abre el interrogante respecto a ese nivel de lo ideológico-cultural: ¿cuándo pasan a ser revolucionarias las sociedades? ¿Eso de qué depende? ¿Cómo se construye? Lo cierto es que, producto de una larga -podríamos decir milenaria- cultura de sometimiento, las masas a veces se comportan revolucionariamente (el Caracazo, por ejemplo), pero en general se mantienen de un nivel de identificación con el discurso de la clase dominante. Y no hay ninguna duda que el discurso anticomunista visceral aún produce mucho escozor. Los tres millones de venezolanos y venezolanas que no fueron a votar no son traidores ni están cuidando a capa y espada sus fincas, empresas o bancos. Simplemente repiten los miedos ancestrales que los diseñadores mediáticos de la derecha saben explotar: «el castro-comunismo te va a quitar la casita y te va a sacar los hijos para llevarlos a un campo de reeducación en Cuba».

    Todo lo cual no significa que los tres millones que ahora no votaron por el SÍ son de derecha, oligarcas conservadores y furiosos antichavistas. De todos modos, en ese discurso de derecha, conservador, discurso de la clase dominante con el que se manipula y confunde a las masas populares, ahí hay un enemigo a vencer. ¿Qué pasó con el tercer motor de la revolución: Moral y Luces? ¿No está funcionando adecuadamente? ¿Cómo es posible que un pobre que se vería beneficiado concretamente por la reforma no se moleste en ir a votar?

    Esto lleva a otra consideración: el chavismo está lleno de infiltrados. En parte, es así. Sin dudas que tanto las instancias gubernamentales como el PSUV están plagadas de oportunistas, de gente que se puso hoy la boina roja pero manteniéndose muy lejos de los ideales revolucionarios, gente a la que le resbala (o le repugna) la idea de socialismo. Se impone urgentemente un trabajo de depuración. Sin una profunda y genuina depuración de los cuadros del movimiento bolivariano, tanto el gobierno como el partido político de la revolución seguirán siendo una bomba de tiempo que podrá implosionar en cualquier momento.

    ¿Cómo hacer esa depuración? Transfiriendo poder al pueblo, permitiendo que los consejos comunales y las instancias populares sean realmente el garante de los cambios revolucionarios propuestos. El presidente Chávez manifestó después del 2 de diciembre que el pueblo aún no está maduro para aceptar una propuesta socialista. Sí y no; la mitad de la población dijo sí. Y por otro lado, alguna vez debe empezar el poder popular. Ahora es cuando, aunque técnicamente la propuesta no haya salido ganadora en las urnas. El poder popular, así como los cambios revolucionarios, las transformaciones en la historia no se decretan legalmente por vía constitucional. Simplemente se hacen (en general con grandes cuotas de sufrimiento, de muertos, de largas y penosas luchas).

La derecha económica y política (local e internacional)

    Venezuela, como país rentista monoproductor y que a su vez continúa la estructura heredada de la colonia española, ha generado una oligarquía nacional muy ligada a los intereses de la principal potencia hemisférica: Estados Unidos. Esa clase dirigente no tiene proyecto de burguesía nacional propia, independiente. Ha vivido e intenta seguir viviendo de una producción destinada casi exclusivamente al mercado externo. Si bien es cierto que ha perdido en muy buena medida el manejo del petróleo, sus negocios dentro del país no se vieron afectados mayormente por la llegada del proceso bolivariano. Tiene las alarmas prendidas, sin dudas, pero no ha perdido su lugar preponderante en la economía nacional. Aunque el gobierno haya intentado generar un campo de entendimiento mutuo con propuestas de economía mixta (privada-estatal), sin expropiaciones de los grandes capitales, sin tocar a las multinacionales, sin reforma agraria, su olfato de clase la ha puesto en pie de guerra. Son ya muchos los intentos de desestabilización que emprendió, hasta ahora sin éxito, para desbancar al actual gobierno. Y sin dudas seguirá en ese plan.

    Detrás de esa burguesía nacional, anudada económicamente en sus intereses y con proyectos geoestratégicos propios como gran potencia global, aparece el capital estadounidense, dueño y señor histórico de esta parte del mundo, que cuenta con Venezuela como su gran reserva de petróleo (primeras reservas probadas más grandes del planeta).

    ¿Acaso estas derechas, estas poderosas oligarquías -la segunda fortuna más grande de Latinoamérica está en Venezuela: grupo Cisneros- y la avidez eterna del imperio más grande de la historia aceptarían gustosos una pérdida de sus privilegios? La construcción de un mundo nuevo, con mayores cuotas de justicia para toda la población (es decir: eso que llamamos socialismo), aunque no quiera, inevitablemente choca con las fuerzas que se oponen a un cambio. En Venezuela, la «revolución bonita» hasta ahora, asentada en gran medida en la muñeca habilísima de un gran estadista como Hugo Chávez, se ha manejado sin entrar en una confrontación frontal de clases. La propuesta de reforma constitucional comenzaba a sentar las bases para esa profundización (prohibición del latifundio, prohibición del monopolio, fortalecimiento del poder popular). Y por eso mismo fue tan grande el trabajo que hizo la derecha para evitar su aprobación.

    ¿Acaso los grandes poderes, los enormes capitales que manejan el mundo, aliados con las peores fuerzas reaccionarias del país -empresariado de FEDECAMARAS, Conferencia Episcopal, medios de comunicación golpistas, personajes arribistas siempre listos a pasarse al campo del poder (léase: algunos políticos, militares y sindicalistas oportunistas)-, acaso esos sectores permitirían gustosos, en una «fiesta democrática», aprobar una herramienta legislativa que pudiera servir para arrebatarles sus enormes beneficios? Si dieron batalla para detener esta reforma -y lo peor: la ganaron- sin dudas continuarán el ataque, más aún ahora, envalentonados por los resultados. Ya hubo voces en la derecha venezolana diciendo que la derrota del SÍ (derrota pírrica, no olvidemos) fue un «plebiscito anti Chávez». Aunque en modo alguno lo fue, y la derecha lo sabe, ahora tratará de capitalizar esos resultados de la manera más manipulada posible. Como se dijo por ahí: no ganó el NO sino que perdió el SÍ. Pero en política, al menos en la noción clásica de política, de lo que se trata es de hacer que la gente no tome parte en los asuntos que le conciernen, haciéndosele creer que está decidiendo («la democracia es una ficción estadística»). Esa es, hasta ahora, la única democracia que conocemos: la democracia donde el pueblo es un simple títere manipulado. La democracia de base, participativa y revolucionaria, es hacia lo que queremos ir; pero el domingo pasado le pusieron una zancadilla.

    ¿Qué hará la derecha ahora? Seguir atacando. Quizá más que antes, porque este resultado, aunque no pueda capitalizarlo en lo inmediato, le favorece en el mediano plazo. ¿Por qué haría otra cosa? Chávez y la Revolución Bolivariana son el enemigo de clase y no dudarán en buscar exterminarles. Más aún al presidente, el verdadero soporte y garantía de todos los cambios en juego. La batería de ataque será, como siempre, muy amplia. Pero quizá, porque ya lo intentaron y no funcionó, no apostarán todo por la vía violenta, por el golpe militar (Baduel no parece una ficha de recambio. No es un líder que mueva masas, y no tiene tropas). Lo más probable es que continúe la guerra mediática, más encarnizada aún, a lo que podrán sumarse nuevos y preocupante escenarios: el golpe de Estado suave, golpe de Estado con mecha larga. Para eso es básico el atentado contra la economía.

    La intervención del gobierno estadounidense en la política interna de Venezuela seguramente se hará más descarada. Si lo era de un modo abierto hasta ahora -la oposición política funciona como un marioneta de la Casa Blanca- los resultados del pasado referéndum auguran una mayor ingerencia, incluso más abierta. En muy buena medida el NO triunfó por las campañas de terror impulsadas desde los medios masivos de comunicación. Ahora, alcanzado este peldaño, es de esperarse un aumento del acoso, y el campo de la economía es el ámbito por excelencia. El desabastecimiento, la inflación, el mercado negro, por último, tienen para la revolución consecuencias más perniciosas que cualquier guarimba. Si todo esto ya se lo viene experimentando, sin dudas va a aumentar. Eso, más todo tipo posible de sabotaje en la vida cotidiana, son una fórmula siempre eficaz para desestabilizar cualquier gobierno. Ya lo hicieron en Chile en los 70 y en Nicaragua en los 80 (la CIA sabe hacer su trabajo, no caben dudas). En Venezuela, por cierto, también ha comenzado. Y si, junto a toda esta estrategia desestabilizadora, se sigue teniendo una percepción de corrupción generalizada en las filas del gobierno (más allá de que efectivamente la haya no importando si es mucha o poca), sumando problemas económicos a corrupción visible, la población tiende a desmoralizarse. De las respuestas que pueda dar el gobierno antes estos problemas dependerá la consolidación, o no, de la revolución.

    La economía venezolana, pese a precios del petróleo siempre en ascenso, sigue siendo estructuralmente problemática. Es cierto que viene creciendo desde hace ya años, pero más allá de ese real crecimiento macroeconómico aún acumula enormes contradicciones. El discurso triunfalista de muchos funcionarios de gobierno choca con los problemas que sigue sufriendo la población en el día a día. Y es una realidad que el desabastecimiento existe, así como la inflación o un dólar paralelo a precios astronómicos. De lo que se trata es de rectificar políticas en forma urgente para que ese perpetuo sabotaje económico no logre el desánimo de las grandes masas, hoy por hoy innegablemente chavistas.

    ¿Qué pasó con la famosa valija con los 800.000 dólares detenida en Buenos Aires? ¿Solamente maniobra de la CIA? Dos o tres funcionarios de peso detenidos y procesados por actos de corrupción pueden ser una escuela ideológica mucho más profunda que varias marchas multitudinarias. Y servirían mucho más para tapar la boca a Globovisión y CNN.

    A la lucha en el campo económico seguirán -aumentando lo que ya existe- las campañas mediáticas de intoxicación, buscando las fórmulas de las «revoluciones de colores» desarrolladas en algunas repúblicas ex soviéticas. Es decir: lograr un clima de ingobernabilidad, problemas continuos en lo cotidiano, inseguridad, responsabilizando de todo ello al gobierno. El nuevo movimiento estudiantil antichavista, hábilmente creado por los arquitectos comunicacionales que el gobierno estadounidense puso en marcha, en este caso ha funcionado. La correcta manipulación de los grupos y/o figuras necesarias (estos «estudiantes revolucionarios» o la ex esposa de Chávez) tienen un papel crucial en la construcción de las matrices de opinión. De lo que tratarán es de ir creando el cansancio y el desánimo en la población. Y de ahí, a la apatía. Una revolución sin base motivada no se mantiene. A eso es a lo que apuntará entonces la derecha: a aislar al líder de su pueblo.

    Por tanto, entonces, es de esperarse que el ataque de la derecha arrecie. Si ya ha aparecido la idea de un llamado a la reconciliación, ello no significa sino invitación a la negociación. ¿Pero qué puede negociar la revolución? ¿Con quién tiene que reconciliarse? ¿Con los grandes propietarios que han prendido sus luces rojas de alarma? Negociar, o lo que es lo mismo: desacelerar el ritmo de los cambios revolucionarios, no sería sino la derrota de todo el proceso iniciado nueva años atrás. Lo cual, a su vez, desarma todos los planes de integración latinoamericana contenidos en el ALBA.

¿Para dónde, entonces?

    En general los planteamientos que presenta Chávez cuando dialoga con su pueblo -como muy pocos líderes pueden hacer, por cierto- generan expectativas que el mantenimiento del capitalismo y la economía de mercado luego impiden cumplir. Han transcurrido ya nueve años de Revolución Bolivariana, y si bien hay cambios enormes en muchos aspectos, son muchas aún las problemáticas que continúan sin solución. El socialismo, llámese del siglo XXI o como se quiera, debe servir, básicamente, para brindar «la mayor suma de felicidad posible al pueblo», para decirlo en clave bolivariana. Si no, más allá de cualquier discurso, por más emotivo que sea, pierde credibilidad. Y las masas, más temprano que tarde, tienden a desmotivarse. En esa línea sería injusto -y quizá equivocado- decir que esos tres millones de abstención el domingo 2 de diciembre fueron una pasada de factura a la gestión de gobierno del presidente Hugo Chávez. Pero más allá de que algunos chavistas realmente revolucionarios, convencidos e identificados plenamente con todo el proceso puedan haber votado por el NO -con críticas atendibles quizá en cuanto a que la reforma no era imprescindible, a que no fue muy discutida, a que era demasiado compleja, que no debió duplicar el número de artículos a reformar, etc.- el grado de abstencionismo debe ser interpretado correctamente y debe llamar a una autocrítica. ¿Por qué no votó toda esa masa de gente? ¿Está cansada de problemas que el capitalismo, y la derecha en clara provocación política, generan (desabastecimiento, inflación, falta de vivienda) pero que el gobierno no alcanza a responder adecuadamente? ¿Está desmotivada por ver la incongruencia de un líder que llama a cultivar los valores de la solidaridad e igualdad mientras se constatan cuadros gubernamentales con prácticas arrogantes e innecesarios carros lujosos con escoltas y whisky escocés? ¿Se asustó mucho con la campaña de terror urdida por la derecha? ¿Hay una combinación de todo ello que habrá que ir atendiendo punto por punto?

    La derecha, como no podía ser de otra manera, se siente eufórica luego de este triunfo (que, en realidad, no esperaba). Así como quedan ahora las cosas ya está contando los días para la salida de Miraflores del actual presidente, dado que no pudo aprobarse la reelección continua. Lo cual lleva a dos consideraciones de fondo:

1) Si se va Chávez en el 2013 (a lo que podríamos agregar: si lo logran eliminar físicamente antes vía magnicidio, hipótesis nunca descartable), ¿se termina la revolución? ¿No hay allí una debilidad estructural muy grande que hay que comenzar a revisar urgentemente?

2) La burguesía nacional, si bien perdió mucho de su poder político, en todos estos años ha mantenido intacto su poder económico y sigue presente en el país como un poderoso factor decisorio. Mientras eso sea así, la revolución estará siempre amenazada. ¿Puede construirse el socialismo en esos términos? ¿No ha llegado el momento de avanzar más decididamente sobre el campo del gran capital?
   
    Estas dos consideraciones -creo, y por eso lo propongo como puntos a la discusión. Es mi modesto aporte luego del campanazo de alerta de la semana pasada- deben ser campos de la obligada autocrítica de la revolución.

Poder popular: única garantía de la revolución
 
    No puede haber revolución sin Chávez, pero tampoco puede haber revolución sólo con Chávez. Es urgente e imprescindible, más allá de la no aprobación de esta reforma (al menos por ahora) que se comience a construir un sólido e indestructible poder popular, una democracia desde abajo que sirva como efectiva contraloría social. Los consejos comunales ya son una realidad; quizá ahora se trata de potenciarlos como nunca, más aún que si se hubiera ganado el referéndum. Si es cierto que sólo el pueblo salva al pueblo, que el socialismo es equivalente a poder popular, a la organización real de la población ejerciendo la democracia directa, es ahora el momento de demostrarlo. Nadie está llamando a la anarquía social, a destruir los poderes del Estado. Se trata de poner en práctica lo que incluso la Constitución de 1999 consagra, no en la forma que proponía el nuevo texto constitucional, pero sí ya en su espíritu. Una vez más: los cambios sociales no los fija un papel. Los fijan los hechos consumados. Es hora de abrir más las compuertas del poder popular.

¿Capitalismo o socialismo?

    Hasta ahora la revolución no tocó mayormente las grandes palancas de la economía capitalista: multinacionales, latifundios, gran capital nacional. Es cierto que, en el contexto internacional actual -que no es Cuba de 1959 en plena Guerra Fría y con un campo socialista victorioso- se hace imposible edificar un país con fronteras cerradas y una economía planificada y centralizada. Pero tener al enemigo dentro mismo del país complotando todo el tiempo tratado de mantenerlo a raya es una trampa peligrosa que en algún momento puede volverse mortal. Las oligarquías -nacional e internacional- más allá de haber sido tratadas con especial deferencia en lo económico, no dejaron nunca de complotar. Y ahora se sienten envalentonadas luego de este revés. Sin dudas los escenarios en el futuro inmediato serán de gran movilidad para tratar de ahogar toda alternativa progresista: en Bolivia harán lo imposible para terminar con el proceso que viene impulsando el Movimiento al Socialismo con Evo Morales a la cabeza, y en Venezuela seguirán adelante con los planes desestabilizadores. ¿Puede ser un aliado táctico el gran capital, o tarde o temprano terminará intentando aniquilar los avances populares? La experiencia histórica enseña que la lucha de clases no se detiene nunca por buenas intenciones, por consideraciones personales, por voluntades. Los «pactos sociales» siempre terminan favoreciendo a unos en detrimento de otros, por la sencilla razón que, aunque no nos guste, no son posibles. Las clases dominantes no dan concesiones, y todo aquello que se le pone en el camino, tratan de barrerlo. ¿No será momento para la revolución de buscar modelos que superen el capitalismo depredador? No hay mejor defensa que un buen ataque.

¿Y la reforma constitucional?

    El presidente Chávez dijo que no retiraba «ni una coma» de la propuesta presentada. La lucha de clases sigue al rojo vivo, con o sin reforma. En todo caso, ahora lo podemos ver, este no fue el mejor momento para presentarla (la experiencia lo demostró contundentemente con esta bofetada al SÍ). Pero si se quiere construir una nueva sociedad socialista, lo hecho hasta ahora por el proceso bolivariano es sólo un primer paso, mientras que los cambios estructurales profundos de la sociedad siguen pendientes. En ese sentido, entonces, una reforma constitucional que abra otra perspectiva económico-social y cultural está aún a la espera.

    Por lo pronto ahora comienza a tomar forma la idea de volver a presentar la reforma (la de los 69 artículos, u otra, habrá que verlo) siendo proponente en este caso la población organizada, recogiendo el 25% de firmas del padrón electoral. Es posible. De todos modos, quizá es muy prematuro una semana después de la derrota del referéndum para tomar una decisión política de esa magnitud.

    La derecha, triunfal, pide negociar, pide reconciliación. En la lucha de clases no hay mucho que negociar. Si se está hablando del cambio estructural de la sociedad, «reconciliarse» no sería sino renegar de esos cambios. Sería, en otros términos, reconocer el pasado referéndum como una derrota histórica, lo cual llevaría sólo a un retroceso político. Y como ya se ha dicho en innumerables ocasiones en estos días: se perdió sólo una batalla, pero la lucha sigue. Por tanto: ¿qué hacer ahora?

    Estas breves consideraciones no pretenden decirlo (ojalá lo supiera, o más aún: ojalá alguien lo supiera y lo pudiera dar como fórmula). En todo caso, y a partir de todo lo anteriormente expuesto, dos cosas quedan claras:

1) Negociar es perder todo lo conseguido en estos años de revolución. Es decir: retroceder es posibilitar que se venga abajo todo el proceso bolivariano, y por tanto, todos los procesos progresistas que comienzan a levantarse en América Latina. Se trata de seguir adelante.

2) Es momento de ver cómo se sigue. En otros términos: es momento de promover una genuina y -¿por qué no decirlo así?- revolucionaria autocrítica: ¿lo estamos haciendo bien? ¿En qué fallamos? Esta es una tarea urgente para el movimiento bolivariano, pero no sólo en el secretismo de las altas esferas, en los conciliábulos de palacio. Debe ser la población, barrio por barrio, comunidad por comunidad, a través de los batallones del PSUV, de todas las instancias de participación popular real, de los Consejos Comunales, con sus dirigentes a la cabeza -y si los dirigentes no están a la altura, superándolos entonces- como se debe encarar la discusión. Quizá el pueblo no estaba lo suficientemente maduro para aprobar la propuesta de reforma, como dijo el presidente Chávez; pero un 50% dijo sí, por lo que puede decirse que un porcentaje bastante grande no le da la espalda al socialismo. 

    Si el socialismo sigue siendo el punto de llegada, la derrota en este referéndum es sólo una circunstancia pasajera. De las derrotas también hay que aprender, y como revolucionarios estamos convocados a estudiar críticamente lo sucedido, a discutir, a aportar. Estas breves líneas no pretenden sino ser justamente eso: un genuino aporte. La lucha sigue.