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Venezuela, esa dictadura inexistente

Fuentes: Rebelión

«En Venezuela estamos en medio de una Guerra de Quinta Generación (G5G), donde se verifica el asesinato de la verdad y el intento de su sustitución por una realidad-virtual que sirve para adocenar, doblegar pueblos, asesinar ideas, y donde las viejas armas y herramientas ya no son útiles« (Álvaro Verzi Rangel)   «Dictadura es dictadura. […]

«En Venezuela estamos en medio de una Guerra de Quinta Generación (G5G), donde se verifica el asesinato de la verdad y el intento de su sustitución por una realidad-virtual que sirve para adocenar, doblegar pueblos, asesinar ideas, y donde las viejas armas y herramientas ya no son útiles«

(Álvaro Verzi Rangel)

 

«Dictadura es dictadura. Pinochet era dictador, Videla era dictador, Somoza era dictador, Franco era dictador. Si en sus dictaduras hubiera aparecido un loco autoproclamándose presidente a las 2 horas era fusilado y tirado a una fosa común. ¿Se entiende?«

(Florencia Lagos, comunista chilena)

 

Venezuela es hoy día un país acosado, hackeado, insultado, sancionado, embargado, bloqueado, atacado por las potencias occidentales, extorsionado, desabastecido, apagado, y bajo serias amenazas de invasión externa. Quizá pocos países en la historia, en semejante situación, continuarían luchando por su soberanía. Pero Venezuela resiste. Un grupo de países, cuyo nexo común es hacer continuo seguidismo a Washington, reconoció a Juan Guaidó como Presidente «interino», cediendo a sus presiones. Se tiene constancia de que el gobierno de los Estados Unidos, a través de su cuerpo diplomático, presionó al conjunto de la Unión Europea(incluido el gobierno español de Pedro Sánchez) para reconocer al títere venezolano. El gobierno español está siendo comparsa de esta fechoría: cómplice y vasallo del imperialismo americano de siempre. Guaidó no es entonces el único títere, lo son todos los dirigentes de los países que lo han reconocido como interlocutor en Venezuela. Incluso presionaron al Ministro Borrell para que abandonara la idea de intentar crear un grupo en la UE para intermediar entre Maduro y la oposición venezolana. Podríamos pensar que a todos estos países, con Estados Unidos a la cabeza, le preocupan de verdad las condiciones de vida de los venezolanos, pero entonces…¿Por qué no le preocupan también las de Haití, Sudán, Yemen o el Congo? ¿Por qué no intervienen también en Honduras o en México, que son países más peligrosos que Venezuela, en cuanto a inseguridad ciudadana se refiere?

No, los intereses son otros. Hace mucho que la guerra se ha convertido en un suculento negocio, que las grandes potencias justifican por medio de mentiras. Que USA intente «instalar» la democracia en Venezuela (como ya lo hizo anteriormente en muchos otros países, que después de dicha «instalación» resultaron Estados fallidos) mientras proclama su amistad inquebrantable con Arabia Saudí (la dictadura sátrapa más asesina, corrupta e intolerante) o con Israel (el paria internacional que no tiene más amigos que el gigante norteamericano), es, cuando menos, sospechoso. Nazanín Armanian ha expuesto en este artículo para el medio Publico hasta 9 razones de peso para que USA se interese por Venezuela de un modo especial. A ellas me remito: la riqueza del país sudamericano en recursos naturales (Venezuela alberga el 24% de las reservas de petróleo de la OPEP), los lazos de relación económicos, culturales y militares que la unen a Rusia y China, los recientes fracasos en Oriente Próximo de la potencia estadounidense (tales como Irak, Afganistán, Yemen, Libia, Sudán o Siria), su permanente incursión en América Latina para obedecer a la doctrina Monroe («América para los americanos»…del norte, claro, que le ha llevado desde hace décadas a invadir países o a derrocar gobiernos que no seguían sus dictados), acabar con el proyecto de integración económica del MERCOSUR (creado bajo los gobiernos de Hugo Chávez, con vocación de integrar a toda América Latina, con exclusión de USA), desmantelar el Petrocaribe (el suministro preferente de crudo a los países latinoamericanos), debilitar el ALBA (tratado comercial de los pueblos americanos y caribeños, que expulsó al ALCA de dicho territorio), evitar la desdolarización progresiva del mercado mundial, la aspiración de Donald Trump a tener y ganar su propia guerra, y la presión del lobby proisraelí contra la presencia de Irán en América Latina.

Por supuesto, influye también la amistad venezolana con el vecino cubano (enemigo histórico de Estados Unidos), con el que además mantiene acuerdos preferenciales en suministros de petróleo, y en algunos aspectos sociales, como la sanidad. Pero incluso sin atender a todos estos motivos que hemos indicado…¿es que alguien medianamente informado y sensato puede creerse de verdad que Estados Unidos, el actor internacional más agresivo del mundo, está interesado en la calidad de vida de los venezolanos? ¿Es que alguien puede identificar a estas alturas al Imperio estadounidense como el paladín de la democracia, la libertad y los derechos humanos? ¿Es que no es algo que se cae por su propio peso, únicamente atendiendo al perverso historial belicista e injerencista norteamericano? Baste para ello el dato de que la Casa Blanca ha designado a Elliot Abrams, uno de los patrocinadores del terrorismo de los Escuadrones de la Muerte en Centroamérica, para organizar la «transición democrática» en Venezuela…¿De verdad sabe Abrams algo de democracia? Todo obedece a una patética y burda lógica de dominación imperial, para derrocar por la fuerza a uno de los pocos gobiernos que se resisten al dominio imperial, dentro de su «patio trasero». Desde la llegada de Hugo Chávez al poder en 1998, han intentado por todos los medios posibles hacer fracasar a la Revolución Bolivariana, mediante sabotajes a su economía, acciones de terrorismo callejero, desabastecimiento de productos de primera necesidad, acciones callejeras violentas, estrangulamiento de la economía venezolana, embargo, bloqueo y sanciones de todo tipo.

Todo ello ha ido acompañado de una terrible campaña mediática internacional para desprestigiar al país y a sus gobernantes, implementada por todo el ejército mundial de medios de comunicación que trabajan al servicio del capitalismo transnacional. Noticieros, reportajes y entrevistas de todo tipo para enseñarnos las calamidades que sufre el pueblo (mientras escondían los logros y avances sociales del chavismo), que serían escondidas si quienes gobernaran en Venezuela estuvieran al servicio del imperialismo norteamericano, como de hecho ha ocurrido en el pasado, y continúa sucediendo en la actualidad (¿acaso se cuenta el éxodo mexicano, hondureño o salvadoreño como se cuenta el éxodo venezolano?). Bien, ¿qué tenemos que hacer, entonces? Pues desmontar la mentira. Una mentira que posee muchas caras, muchos intereses, muchos instigadores. Para comenzar, la vida cotidiana en el país latino. En este artículo para el medio Counterpunch escribieron su experiencia el fotorreportero británico Alan Gignoux y la periodista y cineasta venezolana Carolina Graterol, que viajaron a Venezuela durante un mes para grabar un documental para una cadena de televisión. Lo que han recogido se puede resumir en que el retrato que pintan los medios mayoritarios sobre el país comparado con sus experiencias sobre el terreno, son dos cosas muy distintas. Ellos advirtieron una realidad muy diferente a la que nos cuentan estos medios. No existen indigentes ni pobres por las calles. Esto se debe a los diversos programas multidisciplinares del gobierno venezolano, que incluyen servicios sociales para sacar a los niños de las calles o devolverlos con sus familias.

Es evidente que existe desgaste popular, y un cansancio generalizado debido a la situación del país, por el hecho de constituir el centro del foco mediático internacional. Pero el retrato no es el mismo de Colombia o Brasil, justamente los dos países cuyos gobiernos neoliberales (títeres de USA en este objetivo, como son Iván Duque y Jair Bolsonaro) no pueden impedir que sus calles estén llenas de niños. La pobreza extrema no parece comparable, por tanto, a la de otros países sudamericanos. Por supuesto existe delincuencia, pero mucho menor que la existente en El Salvador, por ejemplo. El problema es que si un país es hostigado, sancionado, extorsionado y bombardeado mediáticamente, los efectos se dejan sentir. Y por tanto, la inflación está por las nubes (ya superó el 300%), la comida está cara, pero el gobierno ha creado los CLAP (Comités Locales de Abastecimiento y Producción), que proporcionan alimentos básicos a 6 millones de familias todos los meses. Impera la dieta vegetariana, y tal vez la principal queja que mostraron los ciudadanos a los referidos periodistas fue que no podían comer tanta carne como antes. Pero antes del chavismo (bajo el gobierno de Carlos Andrés Pérez, por cierto muy amigo de Felipe González, que ahora se desgañita pregonando las tiranías de Maduro), Venezuela soportaba un índice de pobreza extrema del 40% y un 80% de pobreza. Otros suministros como la electricidad, el agua o el transporte público no han subido tanto, y representan un pequeño porcentaje del gasto familiar.

Pero como decimos, las sanciones estadounidenses han afectado al país, y la vida ha empeorado desde entonces. Cualquier país es sensible a una guerra económica de estas dimensiones. La hiperinflación inducida y el bloqueo de todos los préstamos internacionales han debilitado la economía venezolana, pero son factores exógenos, no endógenos. Por supuesto, el gobierno de Maduro ha cometido errores de bulto durante estos últimos años (el propio PSUV lo ha reconocido), la Revolución Bolivariana no es perfecta, pero el país estaría mucho mejor si no fuera blanco de los ataques de la ira estadounidense, y del vergonzoso seguidismo de sus aliados. La comunidad internacional tiene bloqueados casi 10.000 millones de dólares del gobierno bolivariano. La tal «crisis humanitaria» es otro falso eslogan creado por Estados Unidos para justificar la intervención. Luis Hernández Navarro, en este artículo para el medio mexicano La Jornada, relata: «Cada mes, por conducto de los más de 32 mil comités locales de abastecimiento y producción (CLAP), se distribuyen toneladas de alimentos a los sectores populares a precios subsidiados. Su entrega no está condicionada a ninguna afiliación política. Los comités son una forma de organización popular que, junto al Ministerio de Alimentación, se encargan de entregar productos de primera necesidad casa por casa. Las familias tienen acceso por esta vía a arroz, lentejas, frijoles, aceite, atún, harina de maíz, azúcar y leche. Cerca de 11 mil CLAP reparten comida y artículos de higiene personal«.

Pero que no exista una crisis humanitaria no quiere decir que no existan problemas: los ingresos por petróleo han bajado (a lo que se añade que el Gobierno venezolano no supo diversificar su modelo productivo, haciéndose esclavo de la renta petrolera, lo cual provoca que sus ingresos estatales estén muy expuestos a los vaivenes del mercado), la hiperinflación devora los ingresos de los venezolanos, los precios están desfasados con respecto a los salarios, escasean muchos productos, existe dificultad para utilizar dinero en efectivo, escasean medicinas y otros productos de insumo, así como productos de higiene personal, etc. Pero para paliar en parte todo ello, existe esta red de protección social, que amortigua bastante todas estas carencias. Al ser un país cuya economía descansa en la exportación de crudo, la caída mundial de estos precios desde el año 2014 ha repercutido muy negativamente en las finanzas nacionales. El modelo productivo venezolano, como apuntábamos, no ha sabido diversificarse, de tal forma que la guerra económica y el bloqueo creciente por parte de los Estados Unidos y sus perritos falderos han agravado bastante la situación. El ataque contra la moneda nacional, el bolívar, es incesante.

Se han congelado, bloqueado e incautado activos financieros del país por todo el mundo, por mor de la perversa influencia norteamericana en los mercados dolarizados. También se han bloqueado las cuentas de la petrolera estatal PDVSA, a través de su filial norteamericana, CITGO. Todo ello retrata un panorama ciertamente debilitado de la economía venezolana, pero como decíamos anteriormente, lo que se vive hoy es apenas nada comparado con la precariedad que vivieron hasta 1998. El chavismo les trajo más ambulatorios sanitarios, más educación integral, desayunos y almuerzos para los escolares, 42 nuevas universidades en el país, se erradicó el analfabetismo, se construyeron viviendas sociales, se potenciaron el trabajo, el recreo y la cultura, así como la participación ciudadana, y se instaló la libertad de expresión para el pueblo, así como un sistema electoral completamente garantista, avalado internacionalmente, por mucho que quieran desprestigiarlo desde la oposición. A todo esto es a lo que le tienen miedo los yanquis, a que su «patio trasero» se vuelva más libre. Le tienen miedo a la dignidad y a la libertad y emancipación de los pueblos. Por eso cualquier conato de evolución en esa línea es interceptado.

Todos los demás argumentos son excusas para esconder la realidad. ¿Cuál es entonces la realidad? Lo cierto es que Juan Guaidó es un falso líder, construido por el imperialismo, que trabaja a su servicio, representando una avanzadilla política a todo un ejército de ocupación en construcción cuyo fin es establecer en Venezuela un gobierno tutelado, como en el pasado, por la Administración norteamericana. Ello implica una agenda de destrucción de todos los avances sociales del chavismo, así como de los derechos humanos, de las libertades públicas y de la democracia en el país. Los medios de comunicación dominantes en Venezuela, así como los líderes de los países vecinos (Brasil, Colombia…) ya hablan abiertamente de liquidar todo rastro de socialismo, de prohibir la ideología de izquierdas, mediante una reforma constitucional que llevaría a cabo Juan Guaidó. El sostén lo proporcionarían las tropas imperialistas una vez que entraran al país, o bien abiertamente (si se opta por la intervención militar), o bien solapadamente, si se opta por caballos de troya como la falsa ayuda humanitaria. Sería el colofón de la guerra híbrida a la que llevan sometiendo al país latino desde 2013, combinando falsa propaganda, bloqueo económico, financiero y comercial, desabastecimiento de productos, inflación inducida por los capitales exteriores, actividades terroristas (paramilitares, guarimberos…) y guerra mediática internacional.

Frente a todo ese tren injerencista, digámoslo alto y claro: la democracia no está en juego en Venezuela. Lo que está en juego es el derecho de los países a su libre determinación, y a llevar a cabo su propio sistema y organización política, económica y social. Están en juego la dignidad, la emancipación, la libertad, la independencia y la autodeterminación. Está en juego todo aquello que proporciona la verdadera soberanía a los países, comenzando por la propia soberanía energética, que es lo primero que pretenden eliminar. Estados Unidos ya tiene sus planes de intervenir en los recursos energéticos del país a través de sus propias empresas, para que sean éstas las que abiertamente controlen y administren dichos recursos. La cercanía física del país latino a la superpotencia es la mejor credencial para un abastecimiento rápido y controlado. Pero no únicamente el petróleo: coltán, oro, uranio, bauxita…Venezuela es rica en todos ellos, y son materias primas imprescindibles para la construcción de todo tipo de tecnologías. Álvaro Verzi Rangel lo ha resumido brillantemente: «La cadena de mando está clara: los halcones de Washington mandan, Juan Guaidó y los cómplices del Grupo de Lima acatan, prontos para la repartija del botín venezolano. Todo esto con un ataque mortal por redes sociales y medios hegemónicos, para crear el imaginario colectivo de que se está liberando a un pueblo sometido«. El fin que se persigue está clarísimo: volver a tener al pueblo venezolano sumido en la ignorancia y bajo la influencia y el control del perverso neoliberalismo.

Pero en Venezuela se han encontrado con un hueso duro de roer: aún con todas sus limitaciones y errores, Maduro es digno sucesor de Chávez, el Comandante que iniciara la Revolución Bolivariana, y que fuera capaz de concienciar a un pueblo digno que lucha por su futuro. Hoy día el chavismo ha conseguido tener un pueblo bravío con conciencia política (al igual que ya consiguiera Fidel Castro con el pueblo cubano), y en pie de lucha, en unión con su Fuerza Armada Nacional Bolivariana (FANB), nacida del pueblo mediante el proyecto de unidad cívico-militar, sin castas militares, y con un grado de conciencia popular y de democracia realmente envidiables. Por eso hasta ahora todas las iniciativas para intentar doblegar la Revolución Bolivariana han fracasado. Y eso que cada vez la oposición venezolana y el imperialismo juegan más sucio: han secuestrado helicópteros, han lanzado drones para asesinar a Maduro, se han gastado miles de millones de dólares en falsa propaganda en sus medios para hostigar al gobierno, han quemado vivas a personas en la calle, han acaparado alimentos para provocar el caos, han llamado a la intervención extranjera, han llamado a su propio ejército a sublevarse, e incluso han provocado apagones de varios días, teniendo a la población sin agua y sin luz, sin alimentos y sin actividad en los hospitales. Han desplegado todos los medios y posibilidades para crear en Venezuela un estado de excepción social tal, que haga imposible la convivencia cívica y pacífica, con el único objetivo de hacer caer al gobierno. Empresas, gobiernos, instituciones financieras, bancarias, políticas, diplomáticas, militares y mediáticas internacionales participan en esta guerra, pero Venezuela aún resiste a esta odisea.

Todo esto se produce, y se expande a escala mundial, cuando existen agentes interesados en ello. Estos agentes despliegan un doble e hipócrita rasero a la hora de juzgar o ignorar a determinados países, según quiénes sean estos, y a qué intereses sirvan. Los grandes medios de comunicación, piezas a su vez del gran capital transnacional, no están para informar, sino únicamente para actuar de voceros y servir a intereses claramente determinados por fines económicos y geopolíticos. De este modo, la atención se centra en un país determinado (por ser rico en recursos naturales pero no obediente al imperialismo), mientras se ignora, se omite y se invisibiliza mediáticamente a países que en verdad requieren el foco mundial, las ayudas humanitarias y la cooperación internacional para su desarrollo. Un buen ejemplo de esto último es Haití, un país cuya situación política, social y económica es infinitamente peor que la de Venezuela. ¿Cuántas noticias recibimos de Haití diariamente? ¿Cuántas horas de radio y televisión le han dedicado? ¿Cuántas páginas de la prensa internacional? ¿Cuántos conciertos de música se han organizado para su ayuda? ¿Cuántos músicos o artistas en general se han solidarizado con su situación? Hoy día Haití bordea la guerra civil bajo el continuo aumento de la protesta social, revueltas populares y manifestaciones callejeras, con episodios de rapiña incluidos. Pero mientras nuestros informativos nos dan día a día la última hora sobre Venezuela, no nos informan de que el 70% de la población haitiana vive en la profunda pobreza, no hay salud, ni educación, ni viviendas, ni trabajo, y donde una pequeña clase enriquecida y corrupta maneja el pequeño país como si fuera su cortijo. ¿Será tal vez porque el actual gobernante es cercano a Estados Unidos, y abraza el neoliberalismo? ¿O bien será porque esta pequeña nación caribeña no posee las mayores reservas petrolíferas del mundo?

Pero no acaban aquí los desagravios: podríamos hablar por ejemplo de Honduras, país que ha organizado junto a El Salvador y Guatemala las Caravanas de Migrantes hacia Estados Unidos, porque sus vidas se han vuelto insostenibles en sus países de origen. Tampoco se organizan allí conciertos solidarios, ni ocupan titulares de prensa o televisión. ¿Por qué los medios de comunicación no se han hecho eco de los más de 380.000 muertos acumulados en México desde 2008? ¿Por qué no hemos encontrado ninguna noticia en portada que nos hable sobre el incremento en 2018 en un 166% de los homicidios en las favelas de Río de Janeiro? ¿Quizá porque no son dictaduras? ¿Lo es Venezuela? ¿Es el mandatario venezolano un dictador y no el déspota de Arabia Saudí que masacra a la población yemení y manda a asesinar a un periodista de su país en su embajada en Turquía? ¿Es el gobernante venezolano un dictador y no el que ostenta el poder en el régimen neofascista y genocida de Israel? ¿Es Venezuela una dictadura e Israel una democracia ejemplar, a pesar de violar los derechos humanos en los territorios ocupados y su negativa a obedecer las resoluciones de Naciones Unidas? ¿Es Venezuela una tiranía y Estados Unidos una democracia ejemplar, cuyo Presidente ha sido calificado como un trastornado por diversos estudios psicológicos de su personalidad, que ha despedido sin rubor a los más altos cargos de su gabinete cuando no estaban de acuerdo con él, o que provoca la muerte de los migrantes en su frontera con México? ¿Es que son todos estos ejemplos democracias mejores que Venezuela?

Como estamos comprobando, las mentiras se desmontan muy fácilmente. La crítica falsa e inducida también. La hipocresía también. La verdad es más difícil que salga a la luz. Requiere un estudio crítico y atento a la situación, y requiere también tratar los asuntos en perspectiva, y no quedarse con la foto fija, del momento. El hostigamiento que hoy sufre Venezuela, salvando todas las distancias, es el mismo (en realidad, muchísimo peor, pues han multiplicado sus medios y su poder bajo la globalización neoliberal) que ya sufriera el Chile de Salvador Allende en su época. Si entonces era el dúo formado por Richard Nixon y Henry Kissinger, hoy los halcones norteamericanos son Donald Trump, Mike Pence, Mike Pompeo, Marco Rubio, Elliot Abrams y John Bolton. Los hostigadores de hoy son aún peores que los de entonces. Sus métodos también. Su beligerancia no conoce límites. Sólo toleran la democracia cuando no afecta a sus intereses. Cuando esto ocurre la destruyen sin más miramientos, y colocan en su lugar los regímenes más fascistas, despóticos y racistas de que son capaces. Pero sobre todo, aúpan a regímenes obedientes a las consignas de Washington. Con la Revolución Cubana llevan 60 años intentándolo. Afortunadamente, no han podido con ella, y esperamos que tampoco puedan acabar con la Revolución Bolivariana, que comenzara ese gigante llamado Hugo Chávez Frías, y al que también prepararon todo tipo de boicots, amenazas y sabotajes.

Repasando los actores que hostigan a Venezuela tendremos una radiografía clara de la situación: el Grupo de Lima (auténticos vasallos del imperialismo en su propia tierra), la Unión Europea (la misma que impide que los barcos rescaten a los refugiados en el mar, y que también expolian a países de donde se ven obligadas a escapar miles de personas), y el propio Imperio representado por Donald Trump y sus secuaces, los mismos que llevan sembrando la semilla del horror y del odio por todo el mundo desde su fundación. La derecha local, mundial y el imperialismo sólo buscan ahondar aún más las penurias de la población, pues esto es exactamente lo que traerán los planes políticos y económicos de carácter injerencista en Venezuela, desde el momento en que comiencen a diseñarse los planes de ajuste y el sometimiento a los organismos internacionales como el FMI. Pero dicho esto, también hay que instar al Gobierno de Nicolás Maduro a que elimine sus ataques al pueblo trabajador, su represión a las legítimas protestas obreras y populares, y sus políticas centradas en la renta petrolera que mantienen al pueblo venezolano en una situación de pobreza, hiperinflación y desesperación.

¿Qué busca el imperialismo en Venezuela? Situar el acceso a los recursos naturales del país de forma más cercana y rápida, desmontar todas las conquistas sociales del chavismo, implementar un programa de incremento del endeudamiento exterior y permitir una mayor penetración del capital imperialista, a través de sus empresas. La estrategia, una vez han fallado todos los intentos de materializar estos planes, es preparar el terreno para convertirlo en un Estado fallido, al estilo de Haití, que les proporcione una mayor autoridad moral para intervenir, con la connivencia de la comunidad internacional. El pasado 23 de marzo se han cumplido dos meses desde la ridícula autoproclamación de Guaidó, y todas las estrategias han resultado fallidas (el reconocimiento internacional generalizado, el intento de introducir una camuflada ayuda humanitaria, el intento de provocar un estallido social multitudinario tras el apagón de 3 días que dejó sin luz, agua ni energía al 70% del país, etc.). Los Servicios de Inteligencia detuvieron la pasada semana a Roberto Marrero, el número 2 de Guaidó, acusado de organizar un grupo criminal a base de mercenarios extranjeros, y a quien se le incautó un lote de armas de guerra y dinero en efectivo en divisas extranjeras. Su plan, según el Ministerio del Interior venezolano, era atentar contra la vida de líderes políticos, militares y judiciales, así como efectuar diversos actos de sabotaje.

Para animar todavía más el cotarro, y fomentar entre las grandes masas la conciencia contra Venezuela, se organizó en Cúcuta un concierto, organizado por el magnate británico Richard Branson, y donde acudieron numerosos cantantes y grupos de derecha, tales (entre otros) como Miguel Bosé, Luis Fonsi, Carlos Vives, Juanes, Maná, Juan Luis Guerra o Alejandro Sanz. Se suponía que el concierto crearía el clima necesario para fortalecer la entrada de la «ayuda humanitaria» a Venezuela, pero no fue así. Nicolás Maduro ya había dejado claro que Venezuela no había solicitado dicha ayuda, que Venezuela merece respeto y dignidad, que era un show montado por el circo mediático internacional, y que era una ayuda «envenenada» (como después se ha demostrado fehacientemente). Estados Unidos utiliza «ayuda» que, bajo el falso pretexto humanitario, permite introducir armas, espías, agentes encubiertos disfrazados de médicos y agentes paramilitares que vayan preparando el terreno para una intervención. Si de verdad el gobierno estadounidense quisiera ayudar al pueblo venezolano que pasa penurias, tenía el recurso fácil de levantar las sanciones, pero sin embargo esto no se hace. Con una mano se hace sufrir al país, y con la otra se le presta ayuda. ¿Qué sentido tiene esto? La Administración Trump puede devolver los enormes activos de las empresas públicas venezolanas que están confiscados, y puede levantar los bloqueos comerciales y financieros que agobian al país. Al ver fracasada esta falsa operación «humanitaria», los mismos que la enviaban quemaron sus propios camiones, seguramente para que no se descubriera lo que llevaban dentro.

El cambio de régimen en Venezuela debe ser, «el primer paso para establecer un nuevo orden en América Latina», titulaba el 30 de enero un artículo del Wall Street Journal. Los siguientes pasos serán derrocar a los gobiernos de Cuba y Nicaragua, explicaba. Se trata de expulsar las influencias chinas, rusas e iraníes de la región, romper el vínculo establecido entre Venezuela y Cuba, y hacer caer sus dos gobiernos, explicaba ya en noviembre el Consejero de Seguridad, John Bolton. Guaidó y sus seguidores han sido incapaces, porque se les ha visto claramente el plumero, de dividir a las fuerzas armadas, de provocar un golpe militar, de organizar una invasión extranjera (algo que no queda descartado por Washington), ni siquiera de provocar un levantamiento de masas en Venezuela. Creemos que su tiempo ha acabado, y que al final terminará como sus antiguos compañeros de viaje. No convoca elecciones (porque sabe que las perdería), ni posee poder administrativo interno, ni poder sobre los estamentos fácticos del país. No obstante, las presiones sobre el país se recrudecen, aumentan las amenazas, se endurecen las sanciones, y los bloqueos financieros y bancarios se extienden, ante la pasividad de la ONU. El aprovisionamiento de medicinas y alimentos cada vez es más débil, y escasean los insumos básicos necesarios. Pero aún así, no se ha producido el caos que Estados Unidos esperaba que se produjera. Y mientras el pueblo sufre, el fantoche Guaidó se aloja con su familia en toda una planta de un lujoso hotel del barrio de Las Mercedes, en Caracas.

Por cierto que allí, en sus lujosas habitaciones, no sufrieron (porque estaban preparados con generadores) uno de los últimos ataques de su terrible «hoja de ruta» hacia la «libertad» y «la democracia», como fue el ataque cibernético contra la estructura energética del país, extendiendo la oscuridad a lo largo y ancho del territorio. Fallaron por tanto los dispensarios de gasolina, y se produjo un colapso colectivo de los transportes y la sanidad, el bombeo de agua corriente, la caída de las telecomunicaciones, Internet y la televisión, el control aéreo, etc. También tuvo como consecuencia la muerte de decenas de hospitalizados por imposibilidad de operarlos o aplicarles diálisis. La intención es deteriorar permanentemente a Venezuela, fomentando un clima social de odio y agresiones que justifique la intervención militar extranjera, por motivos «humanitarios». Es el mismo guión que ya se pusiera en marcha en varios países desde la década de los años 70 del siglo pasado. Los venezolanos pasan a ser, bajo esta despiadada estrategia, «daños colaterales». Por cierto que en el momento de finalizar este artículo, volvíamos a tener noticia de que de nuevo Venezuela a quedado a oscuras. Sabotajes y terrorismo interno, provocaciones y presión, bloqueos económicos y financieros, todo con el fin de aumentar el descontento social, y el miedo entre la población hostigada. Si pudieran les quitarían hasta el sol. Nada les detiene en su perverso objetivo de derrocar el chavismo y hacer de Venezuela una nueva colonia estadounidense.

Los métodos de ciberguerra, sabotaje y atentados selectivos están siendo los preferidos de Washington, antes que acudir a una intervención militar al uso, que podría representar una opción menos calculable en sus esfuerzos y en su éxito. A la Casa Blanca le interesa debilitar la Revolución Bolivariana, desgastarla, antes que enfrentarse a ella por la puerta grande. De esta forma, el caos y la anarquía de las masas ciudadanas pueden allanarle bastante el camino, y forzar el derrocamiento del Gobierno de Maduro. Lo llevan intentando desde el paro petrolero de 2002. El ataque contra la represa del Guri fue un ataque informático en toda regla, que requiere millones de peticiones por segundo, ejecutadas desde ordenadores externos, manejados por expertos hackers, de tal manera que anulan la casi totalidad de sistemas robotizados que controlan su funcionamiento. Es parte de lo que se llama en seguridad informática un «caos total», es decir, anular por vía telemática el conjunto de servicios básicos de un país, atacando escalonadamente toda su infraestructura de red. Salvo algunos suministros que requieren para su anulación la presencia física, la mayoría de ellos (control del tráfico terrestre, suministros de agua y de luz, del gas, la telefonía, los satélites, los sistemas de pago electrónico, los edificios inteligentes, los transportes públicos…) pueden colapsarse por esta vía. Si este tipo de ataques llegan a consumarse al completo, pueden producir perfectamente la quiebra definitiva de todo el conjunto de servicios de un país, dejándolo absolutamente paralizado y presa del caos colectivo. ¿Alguien duda de que los halcones de Washington sean capaces de ejecutar dicho ataque en Venezuela?

Nos encontramos por tanto ante escenarios de guerra sofisticados y multifacéticos que engloban guerra económica, guerra psicológica, guerra comunicacional y guerra informática. Está demostrado que no hace falta ni un solo soldado para llevar a cualquier nación al abismo combinando todos estos factores. Sobre todo cuando ese criminal capitalismo está tan globalizado como ahora, y además se anhelan los recursos naturales de dicha nación. Estamos de acuerdo con Atilio Borón cuando califica estas acciones de «crímenes de lesa humanidad. Terrorismo puro y duro meticulosamente planificado por Washington«. Afortunadamente, todos estos ataques han fracasado hasta ahora en su intento de crear un clima social insostenible en el país, que cronifique y agrave los actos vandálicos, el pillaje y los disturbios públicos. Salvo algunas protestas puntuales, no se han registrado saqueos ni disturbios descontrolados. Y es que el imperialismo y sus secuaces han dado con un pueblo digno, unido y determinado a defender su nación de los ataques extranjeros. Si el pueblo venezolano resiste, sólo nos queda esperar a que más tarde o más temprano, los indeseables dirigentes estadounidenses, así como las «boliburguesías» locales que los han apoyado, terminen sentados en el banquillo de la Corte Penal Internacional.

(http://rafaelsilva.over-blog.es)

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.