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Todd May, La muerte. Una reflexión filosófica.

Viviendo en una ciudad sin murallas

Fuentes: El Viejo Topo, noviembre de 2010

Todd May, La muerte. Una reflexión filosófica. Mataró(Barcelona), Editorial Montesinos-Biblioteca Buridán, 2010, 161 páginas (traducción de Josep Sarret)

Probablemente, señala este profesor de filosofía en la Clemson University de Carolina del Sur, la reflexión más densa e importante sobre la muerte se ubica en la primera parte de la segunda sección del Sein und Zeit [Ser y tiempo] de Heidegger (Todd no se olvida del chiste- comentario de John Dewey: Ser y tiempo no era más que una versión de su Experiencia y naturaleza, eso sí, escrita en un alemán «pomposo y rimbombante»). Los temas relativos a la muerte esbozados por May en el primer capítulo de su obra, apunta él mismo, están extraídos principalmente del clásico del ex rector de Friburgo.

El lector/a no debería asustarse. Nada de la densa oscuridad filosófica que acompaña al filosofar heideggeriano es característica que pueda atribuirse a algún párrafo, a algún enunciado o a alguna de las páginas del libro de May. Aquí, afortunadamente, densidad no es sinónimo de oscuridad.

Además de unas lecturas adicionales recomendadas y de unas pocas referencias bibliográficas, La muerte. Una reflexión filosófica está estructurada en tres capítulos: 1. Nuestro tanto con la muerte. 2. La muerte y la inmortalidad y 3. Vivir con la muerte. La claridad expositiva, el enorme talento filosófico desplegado y la excelente escritura (y la traducción que la arropa) son algunas de las notas más destacables.

No hallará el lector/a en este libro aproximaciones esenciales al tema de las desigualdades sociales que acompañan a la muerte (y a la vida claro está) o ante el hecho de qué puede significar vivir y morir en circunstancias históricas, sociales y políticas muy diversas y alejadas. No es ésa la atalaya desde la que está escrita esta reflexión. Digamos que aquí rige, más bien, una aproximación estrictamente filosófica que presupone unas mínimas condiciones existenciales. Lo que investigamos en este libro, señala May, «mirando de vez en cuando lo que han dicho filósofos y escritores acerca de la muerte, es el papel que esta juega en nuestras vidas, así como las formas en que tratamos de escapar a su poder y qué puede suceder o sucedernos si nos atrevemos a mirarla directamente a la cara». Para el autor, el hecho de que tengamos que morir es el más importante de todos los acontecimientos a los que debemos enfrentarnos en nuestras vidas. No hay nada que tenga más peso. Lo cual, obviamente, no significa que no haya otros asuntos de gran y decisivo interés. ¿Por qué la muerte es el hecho más importante, se pregunta el autor? Porque representa «el final de todos los demás hechos», absorbe todos los demás, se impone a todos los restantes aspectos de nuestras vidas.

La tesis que mueve el primer capítulo del libro es expuesta por May en los términos siguientes: «la muerte es algo trágico, arbitrario y sin sentido. Pero al mismo tiempo, debido a la forma particular en que es trágica, arbitraria y sin sentido, puede abrirnos a una plenitud vital que sin ella no sería posible» (p. 15). Cuatro de los temas heideggerianos tratados aquí (y también en el resto del volumen) son formulados del modo siguiente: nuestra muerte es nuestro final y el final de nuestra experiencia; este final no es un fin o un objetivo, sino una interrupción; la muerte es al mismo tiempo inevitable e incierta: sabemos que vamos a morir pero no sabemos cuándo, «de modo que la muerte no sólo está al final de nuestras vidas sino que lo impregna todo» (pág. 37). Estas tres características tomadas en conjunto hacen que nos preguntemos si nuestra vida tiene algún sentido. Todd coincide con una de las grandes tesis de Heidegger sobre el tema: la muerte contribuye a estructurar nuestras vidas, puede ser el motivador más influyente de ellas, y sin embargo no pensamos en ella, no la tenemos suficientemente en cuenta, al considerar la forma que van tomando nuestras vidas.

Borges acompaña los primeros compases del segundo capítulo, el dedicado a la inmortalidad. La tesis del autor puede presentarse así: la inmortalidad no da sentido a nuestras vidas, simplemente se lo quita. Si la muerte, sostiene May, amenaza aquello que hace que ella misma tenga importancia, «la inmortalidad amenaza el hecho mismo de que algo tenga importancia» (p. 99). No son nuestros proyectos y empeños más concretos y que más nos importan lo que la inmortalidad pone en peligro sino es que su misma importancia la que está amenazada por nuestra inmortalidad. «Con la inmortalidad, los hilos de nuestra vida no están expuestos a ser cortados arbitrariamente, pero no parecen tener forma ni color: no tienen ninguna estructura en particular» (p. 100). Una rigurosa presentación del interesante debate sobre la muerte y la inmortalidad entre Thomas Nagel y el gran Bernard Williams cierra este capítulo.

El tercero lleva por «Vivir con la muerte». El autor homenajea, con emoción contenida, a John Coltrane y toma pie de varias reflexiones de Marco Aurelio. Algunas de las consideraciones que presenta y argumenta con mimo a lo largo de estas páginas serían las siguientes: la vida es vulnerable a la muerte, ésta puede interrumpirla en cualquier momento; hemos de aceptar la fragilidad de la vida y hemos de aprender a vivir con ella y en ella; la vida humana es frágil no solamente al final de nuestra existencia sino durante todo su despliegue, pero precisamente esta fragilidad le confiere un valor que no tendría si no lo fuera. «Cuidamos de ella, nos preocupamos por ella, nos desvelamos por ella con una actitud muy diferente de la que adoptaríamos si no fuera frágil» (p. 119). La muerte nos ayuda a separar el grano de la paja de la vida. Ella es, en última instancia, el origen tanto de la tragedia como de la belleza de nuestras vidas. En opinión del autor, «la tarea que tenemos ante nosotros, todos y cada uno de nosotros, al enfrentarnos a la muerte, es vivir hacia nuestro fin y con nuestro fin de una forma, o de varias formas, que proyecten un poco de luz sobre esta oscuridad en que finalmente nos sumergimos» (p. 154). Innecesario es decir que la formulación es puro (y muy digno) pensamiento desiderativo pero este «todos y cada uno de nosotros» no tiene, desgraciadamente, la generalidad que el autor desearía.

El tono de investigación filosófica general, sin punta poliética destacada, no es obstáculo para que el autor apunte criticas puntuales aquí y allá. Estas por ejemplo. Comentando una reflexión de Epicuro señala: «Alguien que no tenga ningún deseo no puede verse afectado por nada que le suceda. En cambio, quien aún tenga determinadas necesidades, por básicas y sencillas que sean, está sujeto a la posibilidad de que dichas necesidades no sean satisfechas. Puede no haber comidas para todos: una buena parte de la población mundial tiene todavía que esforzarse mucho para poder alimentarse diariamente» (p. 39). De igual modo: «Puede ser difícil encontrar amigos. En Estados Unidos, donde yo vivo, la competición es una especie de principio supremo y resulta difícil discernir el amigo del simple aliado temporal». Igualmente: «Es posible que no fueran turnos equitativos, porque las vidas de algunas personas son más cortos que las de otras, y a muchas personas les va mucho peor la vida que a otras sin que hayan hecho nada para merecerlo. La muerte no resuelve todos los problemas relativos a la justicia. Pero al menos soluciona uno de ellos garantizando que todos muramos y que dejemos un lugar al siguiente turno» (p. 123).

Pese a lo importante que es el tema la muerte, señala May, «es sorprendente lo marginal que es desde la antigüedad en la literatura filosófica». Probablemente, prosigue, ningún otro grupo de filósofos ha integrado tanto la muerte en sus reflexiones como los filósofos helenísticos, aquellos filósofos que «escribieron después del período clásico de Platón y Aristóteles». No sólo en ellos se inspira su reflexión. Borges y «El inmortal», Kundera y «La inmortalidad», Tolstoy y La muerte de Ivan Illich, Chuang Tsé, Heidegger, Thomas Nagel, Nussbaum, Bernard Williams, Marco Aurelio, Lucrecio y Epicuro son algunos de los autores que inspiran la investigación de Todd May. Una cita del autor de la Carta a Meneceo cierra la contraportada de este modélico ejercicio de filosofía analítica: «Podemos proporcionar seguridad contra otros males, pero por lo que respecta a la muerte, vivimos en una ciudad sin murallas». Pensar sobre esa ciudad no amurallada, como enseña este filósofo norteamericano que tan destacado papel ha jugado en el desarrollo de la teoría del anarquismo post-estructuralista, ayuda, dialécticamente, a reflexionar sobre la mejor forma en que podemos vivir nuestras vidas.

Morir, afirma May, es como pasar el testigo a la siguiente generación. Pero no todos las personas de esas nuevas generaciones toman la antorcha en las mismas o similares condiciones. Ayudar a equilibrar esa transición es una forma de otorgar más sentido a unas vidas, las nuestras, vulnerables y enmarcadas, cada vez con más intensidad a medida que pasa el tiempo (id est, la vida), por una muerte inevitable y, a veces, muy poco afable.