Crónica periodística sobre la vida cotidiana en Esmeraldas, marcada por la violencia criminal, el abandono estatal, las crisis ambientales y la resistencia de sus habitantes.
Al amanecer, cuando el calor todavía no aprieta y el mar respira despacio, Esmeraldas parece una ciudad suspendida. No por la calma, sino por el silencio. Un silencio aprendido. Aquí, callar se volvió una forma de sobrevivir.
“A Esmeraldas también se le ha negado la legítima rabia”
Habitar Esmeraldas hoy significa medir las horas, vigilar los trayectos y escoger con cuidado cuándo salir y cuándo quedarse en casa. Significa amar una ciudad hermosa mientras se aprende a convivir con el miedo.
“Antes jugábamos hasta la madrugada en la calle”, recuerda una madre que hoy prefiere que sus hijos no crucen solos la vereda. Esa transformación íntima —la vida que se repliega— atraviesa casi todos los relatos.
“Vivimos con miedo, se escuchan balaceras a toda hora”
Vivir con miedo: cifras que explican el silencio
La violencia en Ecuador se ha disparado en los últimos años y en 2025 el país sigue enfrentando una crisis de seguridad sin precedentes.
Según datos del Ministerio del Interior, entre enero y julio de 2025 se registraron 5.268 homicidios intencionales en todo el país, un aumento de más del 40 % respecto al mismo período de 2024.
En el primer semestre del año se contabilizaron más de 4.600 homicidios, la cifra más alta de la última década para ese periodo.
En mayo de 2025, por ejemplo, se reportaron 915 asesinatos, un número que proyecta al año con más de 9.000 muertes violentas.
Por su parte, en la provincia de Esmeraldas se han registrado 291 homicidios hasta finales de noviembre de 2025, según reportes policiales, cifras que ubican a esta región entre las más afectadas del país.
En tan solo dos años, la tasa provincial de homicidios pasó de ser de alrededor de 12,7 por cada 100.000 habitantes en 2020, a niveles que en 2022 llegaron a 139 homicidios por cada 100.000 habitantes, coloca a Esmeraldas entre las ciudades con mayor violencia en América Latina en ese año.
Estas cifras no son números abstractos: son historias que perforan la cotidianidad y dejan sentir su impacto en cada esquina, cada casa y cada familia que decide quedarse a vivir pese a todo.
Infancias que ya no juegan
Irlanda Arteaga, docente y madre, llegó a Esmeraldas siendo joven. Creció en Manabí, donde —dice— “podíamos andar a toda hora por las calles”. Hoy, su respuesta es inmediata cuando se le pregunta si sus hijos pueden hacer lo mismo:
“No, no, obviamente no. Es demasiado peligroso. Los niños ya no pueden salir tranquilos a jugar.”
La rayuela, las bicicletas y las conversaciones hasta la madrugada quedaron atrás. En su lugar, el encierro y las pantallas. En las aulas, Irlanda observa otra herida menos visible: niñas y niños que aprenden a vivir rápido en un mundo que les exige madurar antes de tiempo.
“Hacer que tengan interés en aprender es difícil. Están más pendientes del teléfono que de la vida real.”
Mujeres que sostienen la ciudad
María Fernández, trabajadora de una unidad educativa fiscomisional, define Esmeraldas desde otro lugar: el afecto.
“Mi tierra es la más linda. Aquí la gente todavía es solidaria, alegre, corredora.”
Ser mujer en Esmeraldas implica cuidar, organizar y sostener. Para ella, la ciudad todavía huele a hogar: al coco, al verde, al mar. “El sonido que me hace sentir en casa es el del río y los pájaros”, dice. Su fe y su trabajo con niñas y niños vulnerables son una forma de resistencia silenciosa frente a un entorno que se desmorona.
El mar ya no alcanza
Frente al océano, Moisés Espinoza —conocido como el “tío Moy”— resume la vida costera con una frase sencilla:
“Sin el mar la gente aquí no puede vivir.”
Comerciante de pescado, conoce el sacrificio que no se ve: madrugar, invertir en gasolina, regresar a veces con apenas una o dos libras de producto.
“La gente piensa que todo es regalado. No valoran el trabajo del pescador.”
A la precariedad económica se suma la inseguridad. Algunos pescadores han perdido motores valorados en más de 4.000 dólares, robados por piratas en altamar. Sin seguro, sin respaldo estatal, quedarse sin motor es quedarse sin futuro.
Derrames y abandono: una violencia silenciosa
Pero la violencia en Esmeraldas no solo se expresa con balas o robos. También llega con petróleo.
En marzo de 2025 un derrame petrolero afectó gravemente ecosistemas, cultivos y fuentes de agua en comunidades rurales. Familias como la de Juan Cagua Rentería, agricultor de 72 años, perdieron sembríos de cacao, caña y alimentos vitales. Desde entonces, continúa la angustia por el agua contaminada:
“Todavía hay petróleo en el agua. No podemos bañarnos ni darle agua a los animales.”
Las familias deben cargar bidones desde vertientes lejanas. Compran agua para cocinar. Esperan compensaciones que no llegan. “Somos más de 3.000 afectados en la provincia”, afirma Rentería.
Este tipo de incidentes ambientales profundizan la pobreza, afectan la soberanía alimentaria y vulneran derechos básicos como el acceso a agua potable y la salud.
Cuando la ciudad se encierra
La violencia también ha cambiado las fiestas y la vida social. Los años viejos, las mingas, los abrazos colectivos de fin de año han sido reemplazados por puertas cerradas.
“Ahora cada uno se encierra en su casa. Es por seguridad”, dice Moisés.
Esmeraldas aprendió a celebrar en voz baja.
Resistir, a pesar de todo
Y sin embargo, quedarse también es una forma de lucha. En todas las voces aparece la misma contradicción: el dolor y el amor por la tierra.
“Esmeraldas es una tierra hermosa”, insiste Moisés. “Aquí nadie se muere de hambre porque siempre alguien regala.”
Habitar Esmeraldas significa callar para sobrevivir, pero también seguir hablando para no desaparecer.


