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150 años de la Comuna de París: lecciones para la crisis de hoy

Fuentes: Rebelión

En este anormal año dos mil veintiuno se cumple el aniversario 150 de la revolución de la Comuna de París (1871), ocurrida entre el 18 de marzo y el 28 de mayo. Una lánguida conmemoración, próxima a finalizar, retumba en medio de la pandemia vírica de la COVID-19 y la crisis social de los países. Aun así, el espíritu comunero sigue vivo entre nosotros, las protestas del primero de mayo[1] en Myanmar, Colombia, Kenia, Filipinas, Palestina, Turquía y Siria, Alemania y Francia, muestran el deseo de los trabajadores de gobernarse a sí mismos y expresar su bronca civilizatoria, como no hace mucho hicieron los obreros parisienses del ayer.

Lo que nos interesa hoy no es tanto el aire nostálgico por el pasado histórico de la Comuna de París de 1871 ni la erudición académica profesoral. Ni siquiera el necesario y honesto esfuerzo de propaganda pedagógica en los medios difusores, impresos y digitales, escritos y audiovisuales, de las izquierdas, sindicales y gremiales. Los historiadores, oficiales y disidentes, debido a sus deformaciones profesionales sobre el arte de narrar el pasado, suelen tener deficiencias teoréticas y políticas. A menudo el ad nauseam del qué fue lo que pasó, aparece en detrimento del qué podemos aprender para vencer hoy. Los trabajadores y socialistas debemos romper entonces, de una vez por todas, con este tipo de método idealista de las efemérides muertas. Por ello nuestro trabajo, de un u otro modo, debe estar volcado hacia lo vivo y la lucha de clases presente con ayuda de la memoria histórica y las ciencias, ya que “el París de los obreros, con su Comuna, será eternamente ensalzado como heraldo glorioso de una nueva sociedad”.

Resulta entonces más provechoso en esta recta final de una conmemoración socialista mundial, atreverse a extraer y discutir con audacia las lecciones teóricas estratégicas y políticas militantes, para la lucha de clases sociales en el siglo XXI. Sobre todo, en vistas a dar un salto epistemológico-político que la teoría marxista de la crisis está en deuda de dar, y de la que hemos venido tomando conciencia un puñado de socialistas de varios continentes. Dicha necesidad de elaboración teórica y política sobre la crisis, surgió antes de la emergencia pandémica y la supuesta recuperación inestable de la economía burguesa, la recesión pretérita del 2020 y el coletazo del crac financiero de 2008. Estos procesos caóticos expresan, una vez más, la urgencia de situar los ciento cincuenta años de la Comuna de París en clave de crisis de aniversario.

Siguiendo esta clave, invitamos al lector, a los trabajadores, los partidos y la juventud, a reapropiarse de la gesta parisina roja, para vencer y liberarnos hoy del yugo del capital. Las cinco lecciones presentadas a modo de tesis van por ese camino en construcción. Lo demás, decimos, podría ser un empirismo reconstructivo del pasado, sano, hasta necesario y valioso, pero a todas luces, es insuficiente, rutinario y conservador, por no decir que contrarrevolucionario.

Al movimiento obrero mundial y el movimiento socialista mundial del siglo XXI les depara una ardua labor científico-política y revolucionaria, si se quiere pasar del carácter testimonial del pasado a la construcción agencial del presente y futuro, tal y como nos enseñaron los osados communards del ayer.

Primera lección (I): doble campanazo de la Comuna, revolución permanente y civilización capitalista finita

“La Comuna se ha amotinado contra la civilización”, Karl Marx en el capítulo tres de La Guerra civil en Francia (1871).

Para ir directo al grano: la primera lección de la Comuna es su primer campanazo que mostró la posibilidad de la conquista del poder por los trabajadores, no una utopía ahistórica. El segundo campanazo aleccionador de la Comuna es el agotamiento de la civilización capitalista y su crisis, expresada en esta primera revolución decimonónica fugaz, la cual anticipó los ciclos ulteriores de revolución mundial y contrarrevolución.

Como un primer aspecto clave a considerar, desestimando y refutando cierta concepción de la historia basada en el etapismo evolutivo, cultivada por la episteme stalinista, su visión lineal antidialéctica y a marcha lenta, la cual sostiene la imposibilidad episódica de revoluciones socialistas, incluso en un periodo de relativo ascenso capitalista como lo fue el siglo XIX (lo mismo dijeron respecto del siglo XX y hoy el XXI).

Por el contrario, lo que nos muestra la crisis binacional entre el régimen de Francia de Napoleón III (durante 1852-1870, el gobierno provisional de la Tercera República de Adolphe Thiers (1871-1873) frente a la Prusia de Guillermo I y Bismarck, su guerra de ocupación del vecino país, el hambre y la desgobernalibidad general, todas estos factores posibilitaron que la clase obrera pudiera realizar una revolución y hacerse del poder con el primero gobierno anticapitalista de la historia, la Comuna de París. Hasta Marx y Engels reconocieron de modo “prematuro” que en las revoluciones de la primavera de 1848 y 1830, hubo un potente influjo de la clase obrera en los procesos revolucionarios, que hicieron tambalear y disputar desde ese entonces la hegemonía burguesa hasta nuestros días.

Esto es importante, porque independiente del diagnóstico científico que se tenga de la historia del capitalismo y sus periodos civilizatorios hoy (expansivo o entrada en la decadencia), su periodización histórica, las controversias científicas y políticas en la teoría marxista de la crisis, las ciencias sociales contemporáneas y los partidos obreros y pequeñoburgueses, la Comuna de París muestra la posibilidad efectiva de que se den revoluciones socialistas en cierto estado de desarrollo de las relaciones sociales capitalistas, no importa si no estén en su estadio final.

La Comuna de París la asociamos por la analogía (correcta o no) con las rebeliones campesinas y burguesas de la Alta Edad Media europea (varias de ellas derrotadas), además de ello, la derrota de la resistencia nativa amerindia y mesoamericana por la conquista de los países europeos imperiales (España y Portugal, Francia y Reino Unido, Holanda y Países Bajos), los cuales fueron pasos necesarios en el advenimiento triunfante, no lleno de escollos, y creación originaria del modo civilizatorio de producción capitalista y sus revoluciones burguesas modernas. De igual manera, estos procesos pueden ser comparados con el doble campanazo de la Comuna de París (posibilidad de la revolución y síntoma de límites históricos del capital en tanto que civilización finita), acaecida hace 150 años, en tanto es una condición para una contingente sociedad socialista mundial y un nuevo modo civilizatorio de producción social. Con Marx y Lenin sabemos que la historia de las revoluciones es la historia de siglos y décadas que se condensan en horas, días, semanas y años.

Mientras que en Europa, la Comuna Parisiense de 1871 puede considerarse una revolución urbana socialista en plena consolidación del capitalismo continental desde el siglo XVI y con ocasión de la crisis del feudalismo, la Revuelta criollo-plebeya de los Comuneros de 1781, acontecida un siglo antes en el reino colonial de la Nueva Granada, es igualmente sintomática y preludio de la ulterior revolución burguesa triunfante de primera independencia de 1810-1819 contra la conquista europea de 1492. Al igual que ella, la Revuelta de los Comuneros de Castilla (1520-1522), tras la guerra entre España y la Francia napoleónica (1808-1814), un siglo antes. Los Comuneros de estos dos siglos marcarán el nacimiento de la República burguesa en Colombia y en el resto de América Latina hasta mediados de 1829, luego la revolución burguesa en España (1854), con una serie relaciones capitalistas poscoloniales, mixturas e hibridaciones del sistema-mundo capitalista mundial y el imperialismo, última fase superior del capitalismo. La lógica del desarrollo desigual y combinado, la identidad y muchas diferencias entre sí de los tres procesos Comuneros, el efecto dominó y las aceleraciones convulsivas de las contradicciones de la civilización capitalista en su periodo de consolidación y transición, expansión y, por qué no, comienzos de crisis, se cumplen aquí con toda cabalidad y pueden ser comprendidas desde la ciencia política marxista y su economía sistémica.

La Comuna de París, por la negativa, expresa su desenlace de derrota en una masacre de treinta mil muertos, otros más emigrados y el desmantelamiento del poder obrero estatal. Por la positiva, la Comuna constituye la primera victoria de la revolución permanente y el internacionalismo proletario, por tanto, la derrota estruendosa de la concepción de la revolución por etapas, nacionalista y de frente popular con la burguesía, tan querida hoy por los reformistas y su pseudociencia política, en este Medioevo de amnesia colectiva.

De la Comuna parisina, pasando por los Soviets y el “siglo breve” de revoluciones, diría Eric Hobsbawm, hasta la Primavera Árabe, el despertar antineoliberal en América Latina y posibles estallidos sociales y resistencias (Myanmar, etc.), según el informe para el FMI acerca de Las repercusiones sociales de las pandemias[2], hay un hilo investigativo y político muy prolífico a considerar desde la teoría científica de las revoluciones, esto es, la teoría de la revolución permanente, núcleo esencial del marxismo revolucionario y su visión de las crisis.

Segunda lección (II): causas y efectos de la Comuna, explicación científica de las revoluciones

La crisis revolucionaria francesa no se produjo por un simple automatismo económico de la caída episódica de la tasa de ganancia en 1859 y 1864, tampoco por una mera industrialización de la formación social nacional que acelerara las contradicciones socioeconómicas del capital y el trabajo en el viejo continente, aunque ya contenía en cierto grado sus premisas[3].

Este asunto es importante para la teoría de la crisis que comprende de suyo la explicación científica del advenimiento de una serie de revoluciones sociales y sus posibles decursos. La teoría de la crisis del capitalismo y su refracción sintomática en la Comuna de París que hoy nos convoca es, a su vez, una teoría y praxis de la revolución mundial. No compartimos el espíritu agnóstico y escéptico del empirismo izquierdista, según el cual, los procesos revolucionarios, en tanto que fenómenos sociopolíticos singulares y excepcionales, escapan a una comprensión materialista y “no se pueden extrapolar”.

La Comuna de París se dio por condiciones objetivas correlacionadas de crisis concretas de los regímenes políticos burgueses francés y prusiano en disputa bélica y la humillación nacional de Thiers de pactar una capitulación, antes ser derrotado en 1870 el ejército francés en Sedán y su jefe napoleónico apresado, el descrédito del gobierno francés y hartazgo popular con las promesas incumplidas de Napoleones y sus dos reinados imperiales, el conflicto y rol de la Asamblea Nacional, la conciencia de las masas obreras y populares, expresadas en el descontento de base de la Guardia Nacional, la lucha de clases y la depauperación paulatina de las condiciones materiales de vida de trabajadores y la clase media: deudas del alquiler e impuestos, la comida y carestía de vida, el salario y el desempleo, el aumento de pobreza y, sobre todo, el ahogo de las libertades democráticas.

En el manuscrito En memoria de la Comuna (1911), con mucha agudeza Lenin realiza un análisis marxista de la situación concreta del fenómeno revolucionario parisiense y su multicausalidad. En este, no pierde de vista la referencia a la universalidad y legaliformidad de los procesos sociales revolucionarios, mucho antes de que Lenin modificara la teoría de la crisis, incluyendo la noción del eslabón más débil de la cadena, la combinación del aspecto democrático y socialista de la revolución y las fuerzas productivas en el intercambio de un país con otro:

“La Comuna surgió espontáneamente –dijo Lenin–, nadie la preparó de modo consciente y sistemático [aunque sí habían algunas fracciones partidarias conscientes]. La desgraciada guerra con Alemania, las privaciones durante el sitio, la desocupación entre el proletariado y la ruina de la pequeña burguesía, la indignación de las masas contra las clases superiores…la composición reaccionaria de la Asamblea Nacional, que hacía temer por el destino de la República, todo ello y otras muchas causas se combinaron para impulsar a la población de París a la revolución del 18 de marzo, que puso inesperadamente el poder en manos de la Guardia Nacional, en manos de la clase obrera y de la pequeña burguesía, que se había unido a ella […] Para que una revolución social pueda triunfar, necesita por lo menos dos condiciones: un alto desarrollo de las fuerzas productivas y un proletariado preparado para ella. Pero en 1871 se carecía de ambas condiciones. El capitalismo francés se hallaba aún poco desarrollado, y Francia era entonces, en lo fundamental, un país de pequeña burguesía (artesanos, campesinos, tenderos, etc.) [aun luego de haber realizado su gloriosa revolución burguesa y modelo universal]. Por otra parte, no existía un partido obrero, y la clase obrera no estaba preparada ni había tenido un largo adiestramiento, y en su mayoría ni siquiera comprendía con claridad cuáles eran sus fines ni cómo podía alcanzarlos. No había una organización política seria del proletariado, ni fuertes sindicatos, ni sociedades cooperativas…”[4].

Con todo ello, la revolución francesa de 1789 y las rebeliones continentales del siglo XVIII, en particular, los levantamientos y las rebeliones francesas de 1830,1832, 1834 y 1839, en su mayoría “ahogadas en sangre” (K. Marx), permitieron que los trabajadores de diversos sectores hicieran su experiencia. Lo mismo, la revoluciones de 1848 frente a la reacción de la Santa Alianza, prepararon el proceso revolucionario parisiense de 1871. La Comuna de París y anteriores procesos de lucha, fueron fruto de causalidades específicas y discontinuas, plasmadas en la cultura por el espíritu miserable del novelista francés, Víctor Hugo, y la musicalización operística reciente de Claude-Michel Schönberg, Alain Boublil y Jean-Marc Natel, los cuales retratan la época de transición revolucionaria. La importancia de estas dos obras de la cultura radica no solo en la consolidación de la hegemonía burguesa, sino, en la poderosa resistencia obrera y popular, sus caracteres, de manera que una hazaña anómala como la Comuna de París empieza a expresar un nuevo espíritu post-burgués, la hegemonía proletaria como hegemonía humana.

La experiencia de la Comuna y las revoluciones francesas, nos muestran que la teoría marxista de la crisis de la civilización capitalista y su situacionalidad concreta en los países nacionales, continentes y regímenes políticos es, términos de la filosofía de la ciencia de Lakatos, un «programa de investigación» abierto[5], en permanente elaboración con el trabajo colectivo intergeneracional. Por ello precisa de una actualización, sofisticación, modelación, acumulación de materiales de evidencia, hipótesis y variables, correcciones de las mismas, pronósticos y enunciados periféricos de los clásicos[6], etc. Una serie de herramientas útiles a utilizar por los revolucionarios profesionales y sus partidos de trabajadores, es decir, por los científicos políticos de la revolución. Por ello no está demás una autocrítica severa de los errores en el análisis sobre las causas y efectos de las revoluciones burguesas y proletarias (como la Comuna), sin por ello renunciar al núcleo teórico fuerte del marxismo, evitando caer al vacío de desviaciones revisionistas, en el sentido de capitular a la ideología burguesa y su civilización decadente.

Respecto a la defensa secular de la ciencia y la educación, seguimos el programa de Comuna narrado por Marx en La guerra civil en Francia, según la cual “no sólo se ponía la enseñanza al alcance de todos, sino que la propia ciencia se redimía de las trabas que la tenían sujeta a los prejuicios de clase y el poder del gobierno” del capital (Cap. III, p. 68)[7].

Por supuesto, para una concepción materialista de la historia que se place de ser científica en las causas de la crisis y sus efectos, por ende, responsable de elaborar una política revolucionaria del cambio comunero, debe atender a especialidades científicas tales como: la climatología, la geología, la ecología de sistemas, la arqueología, la agronomía, física y estadística aplicada, hoy con más urgencia en plena pandemia, la medicina, la biología y epidemiología, etc., tremendamente útiles para la economía marxista. Igualmente, para comprender la acción, los políticos revolucionarios deben recurrir a la psicología, la sociología  y la ciencia política de parte de los partidos de izquierda de los trabajadores.

La filosofía de la ciencia puede ser de honda utilidad a una teoría marxista de la crisis para lograr su revolución epistemológica, con miras a nada más ni menos que la comprensión de las leyes y proceso de transformación de la presente civilización capitalista y su periodo de transición.  Queda en discusión si, para lograr lo segundo, es necesario lo primero; o si, por el contrario, la revolución epistemológica será un proceso retrospectivo de explicación de lo real, producido por la revolución socialista mundial, no al revés. En nuestra humilde opinión, de abierta polémica con el empirismo militante, seguimos considerando válida la máxima de Lenin: sin teoría revolucionaria no hay un movimiento revolucionario capaz de cambiar la historia, por eso la retroalimentación permanente de la praxis (partidos, masas, gremios, conflictos) y la teoría (expresada en periódicos, revistas, medios, textos y charlas, nuevas tecnologías).

Si bien es cierto lo expresado por el historiador reformista italiano, Enzo Traverso, en una entrevista 2020 sobre las notables aportaciones teóricas, metodológicas y políticas del pensamiento marxista de Trotsky para el siglo XXI, acerca de que “las revoluciones del siglo XXI no serán la Comuna de París o la toma del Palacio de Invierno”[8]. No obstante, la teoría y praxis marxista de la crisis no obviará las particularidades, genéticas y carácter analógico de las revoluciones permanentes y su teorización, tal cual como hizo Nahuel Moreno y otros, respecto a las revoluciones del siglo XX. Por ejemplo, los paralelos y diferencias entre la situación revolucionaria del Mayo francés de 1968 y el Mayo francés de 1871, el rol de la subjetividad proletaria en estos procesos.

La universalidad de la Comuna de París se comprende en la singularidad y heterogeneidad de otras revoluciones y nuestro presente histórico. No sin razón, nos dice Trotsky, en el ámbito metodológico de sus Lecciones de la Comuna (1921), el mismo año de la victoria de la guerra civil rusa: “Cada vez que volvemos a estudiar la historia de la Comuna descubrimos un nuevo matiz gracias a la experiencia [histórica] que nos han proporcionado las luchas revolucionarias ulteriores […] ¿Cuánto tiempo nos concederá la historia para prepararnos? No lo sabemos[9].

Al margen de la incertidumbre temporal, la labor de preparación no solo se da en el acumulado político y cultural normal de los partidos de trabajadores, su vanguardia de clase y el movimiento social asalariado, con su acumulado de cuadros revolucionarios y dirigentes al dar cuenta de coyunturas políticas y conflictos contra las patronales, los gobiernos y el imperialismo. Otro aspecto crucial es el estudio comparativo, vía escuelas de formación de todo tipo, de las revoluciones (no solo la Comuna), sus lecciones y programas, de procesos posteriores y anteriores en relación con la Comuna de París y la más emblemática y modelo hasta la fecha, hecha por los trabajadores, la revolución soviética, la más reciente estrella polar guía, que se basó en las enseñanzas de la Comuna de París, pero que no serán las definitivas.

Por eso Trotsky, siguiendo a Lenin, polemizó con el espíritu empirista y espontaneista, incluso llegando a ser crítico consigo mismo, con el espíritu semi-menchevique en el ámbito de la construcción del partido, La Pluma remata diciéndonos en Las lecciones de Octubre (1924), en vista a los conflictos decisivos, la conquista del poder y la edificación socialista, nacional y mundial: Sin el estudio de la gran Revolución Francesa, de la revolución de 1848 y de la Comuna de París, jamás hubiéramos llevado a cabo la revolución de Octubre, aun mediando la experiencia de 1905. En efecto, hicimos esta experiencia apoyándonos en las enseñanzas de las revoluciones anteriores y continuando su línea histórica”[10].

Consecuente con esto, Trotsky nos dejó su Historia de la revolución rusa (1932, II vols.) y La revolución traicionada: ¿Qué es y adónde va la URSS? (1936) donde reelabora el concepto de Termidor, proveniente de la experiencia histórica francesa y el bonapartismo, bajo influencia del 18 Brumario de Luis Bonaparte (1852) de Marx, con grandes aportes a las ciencias históricas. A su vez, en plena Revolución Rusa de 1906, contradiciendo el método empirista y testimonial, tan común en las conmemoraciones “izquierdistas” de hoy sobre la Comuna de París, Trotsky plantea un auténtico método científico de análisis y transformación política de la realidad social histórica en su texto Treinta y cinco años después, 1871-1906:

“Ahora estamos en la primera fase de nuestra propia revolución, que la lucha del proletariado se está convirtiendo en una revolución en Permanenz, o una revolución ininterrumpida, y confiamos más directamente que cualquiera de las naciones europeas en el testamento de la Comuna de 1871.

Hoy la historia de la Comuna es para nosotros no solo un gran momento dramático en la lucha mundial por la emancipación, no solo una ilustración de algún tipo de enfoque táctico, sino más bien una lección directa e inmediata para el aquí y ahora.

[…] Una vez que la lógica de la lucha de clases, que, en última instancia, depende del curso del desarrollo económico, impulsa al proletariado a instaurar su dictadura incluso antes de que la burguesía haya “agotado” su misión económica (apenas ha incluso comenzado su misión política), esto sólo puede significar que la historia ha impuesto al proletariado tareas de colosal dificultad”[11].

Tercera lección (III): transición anticapitalista y dictadura del proletariado, ciencia política revolucionaria y agencia de clase

A diferencia de la pervivencia en los movimientos sociales de liberación y las teorías críticas surgidas en 1968 y 1989, esto es, los manidos enfoques anti estatistas y neoanarquistas del cambio social y la transición, la noción de dictadura del proletariado, a través de formas sociales y políticas, mostró su materialización parcial en la Comuna de París, no tanto en el órgano democrático mediante sufragio y gobierno de Comité Central, sino en el músculo de la Guardia Nacional y los trabajadores apoderados del poder de facto. Estudiar la Comuna de París es plantear el problema de la teoría marxista de la crisis acerca de la transición anticapitalista y el gobierno revolucionario de los trabajadores.

Los trabajadores, si quieren construir una nueva sociedad y hacer frente a los problemas de la civilización capitalista, deben asumir el gobierno político vía la insurrección de masas, venciendo las trabas de las fuerzas armadas de la burguesía y apropiarse del aparato productivo económico y cultural, luego de destruir el aparato burgués de estado. Ser implacables con el enemigo de clase, a la luz de la masacre de la Comuna de París. No está más de reiterar, Marx triunfó sobre Bakunin, no solo en el terreno teórico, de la ciencia y la inteligencia, sino también práctico, de la fuerza política, pero aun así, todavía el proletariado no derrota estratégicamente a la burguesía, pese a que, en este punto, se haya avanzado en el ámbito de las ciencias sociales.

De hecho, como mostró Marx y Engels, Lenin y Trotsky, los límites de la experiencia parisiense de 1871 se debieron, precisamente, al grado de déficit de profundización y centralización de la dictadura del proletariado. Entre las contribuciones científicas que Marx se adjudicó no fueron tanto el descubrimiento de la plusvalía en la economía política, la lucha de clases en la historiografía moderna y la politología, sino el funcionamiento sistémico del capitalismo en tanto civilización, sus leyes y su transición vía la dictadura del proletariado, con las fuerzas reales y endogámicas de la propia civilización. Los límites de la experiencia parisina de 1871, estudiados por la politología de Marx (el cual ya había escrito El Capital en 1867) y desarrollados por los sucesores analistas políticos revolucionarios, estuvieron en el déficit de materialización de la teoría política del partido revolucionario basado en el centralismo democrático y una Internacional, indisoluble en el componente de la conciencia subjetiva y la organización de la teoría marxista de la crisis.

Sin embargo, lo duradero de la Comuna, para la ciencia y la política, es la dictadura del proletariado en tanto conquista del poder estatal, en palabras del propio Marx, “la Comuna era, esencialmente, un gobierno de la clase obrera, fruta de la lucha de la clase productora contra la clase apropiadora, la forma política al fin descubierta para llevar a cabo dentro de ella la emancipación del trabajo…¡La Comuna, exclaman, pretende abolir la propiedad, base de toda la civilización! Sí, caballeros…La Comuna aspiraba a la expropiación de los expropiadores”[12] (Cap. III, págs. 71-72).

Hoy, cuando reaparecen posturas deterministas cuasi apocalípticas y apolíticas de la transición acerca de la crisis de la civilización capitalista en modo “piloto automático” –véase la literatura sobre el colapso socioecológico civilizatorio y por países-zonas[13], la larga depresión profunda y stand-bye de las fuerzas productivas, las catástrofes socionaturales, el evolucionismo económico y los pactos históricos: Green New Deal, nuevos gobiernos progresistas, etc.– todos los cuales sentencian la muerte automática del sistema barbárico de estados de la burguesía y su vuelta a la defensiva, sin la lucha agencial sociopolítica de los trabajadores y el pueblo, por arrebatarles el poder y la formación previa de partidos. Debido a este decadentismo y unilateralidad de los análisis en las ciencias sociales y políticas[14], se hace más que necesario recuperar la noción de la dictadura transicional soviética de las clases dominadas por el capital, cuyo caudillo social fundamental sea la clase obrera industrial y no industrial, sus bastiones más oprimidos, explotados y dinámicos, codirigidos por partidos políticos revolucionarios formados en la lucha y fundidos con las masas.

Respecto a la transición y la teoría marxista de la crisis, del proceso de la Comuna de París hay aprendizajes valiosos a considerar: su programa de vacunación, económico y laboral, de recuperación de fábricas y cooperativas en una gran Unión, abolición de deudas, etc; su nueva organización de la administración pública post-burguesa, su espíritu anticlerical y los líos presentados; el armamento obrero en medio del conflicto interburgués, la militarización proletaria y la substitución de las fuerzas armadas de los empresarios, el arte de la guerra y el juego de fuerzas[15], la bandera democrática e internacionalista de la defensa nacional contra la cobarde burguesía francesa y la bélica burguesía prusiana; las políticas sociales implementadas, cultura y programa de hegemonía; la independencia obrera de las fracciones gran burguesas y el aprovechamiento de bandos en disputa; las disputas entre fracciones republicanas radicales, socialistas y comunistas (seguidores Proudhon vs Auguste Blanqui), anarquistas y las masas, el rol de la I Internacional; el rol femenino obrero y demás.

Por supuesto, también existen serias limitaciones de la Comuna de París de 1871 y su periodo de transición anticapitalista, tales como: la falta de una severa política militar de terror rojo frente a los enemigos, tomar Versalles e ingenuidad, la desorganización política, la falta de nacionalización y expropiación del Banco de los capitalistas, el espontaneísmo, los líderes políticos obreros y las incipientes organizaciones, el asunto de gobernar una ciudad capital y no un país, etcétera.

No podemos dejar de hablar, respecto de la transición comunera, los supuestos “logros” –o precisamente, debido a ellos– de los que se ufanan la pléyade de gobiernos reformistas burgueses de Chávez y Maduro, Evo Morales y García Linera, Rafael Correa  y Tsipras, Alberto Sánchez y Pablo Iglesias, José Mujica, Dilma Roussef y Lula, ¿futuro Petro parvenu y el Pacto Histórico por una “Colombia Humana” capitalista, a imagen y semejanza de su administración de Bogotá? Debido a la tergiversación y la apología de ellos, estos políticos reformistas, gobernantes efímeros de las islas de la civilización, no han estado a la altura histórica ni expresan la continuidad táctica, estratégica, teórica y programática, con el proyecto popular de un gobierno obrero como el de la Comuna de París. Son su antítesis burguesa contradictoria, ya que expresan también ascensos sociales y descontentos de franjas de la clase trabajadora, al capitalizar sus ilusiones.

El reto político y científico no está tanto en constatar y afirmar el ‘modelo comunero’ al negar los modelos variopintos burgueses reformistas, sino en explicar el por qué no ha emergido otra experiencia similar pero diferente a la Comuna de París, cuáles son las razones de esto. En consecuencia, cuál es la cuota de responsabilidad del reformismo, su conciliación de clases y defensa civilizatoria de lo existente, esto es, del capitalismo en tanto que capitalismo, la quinta columna del mismo, por conjurar una emergencia comunera de la democracia obrera.

Naturalmente, es de prever que el giro lingüístico busque llenar significantes vacíos con contenidos de clase nacionales y eslóganes electorales, tipo Ernesto Laclau, y el politicismo de “no hay hechos, solo interpretaciones” basadas en intereses de clase, donde se negará la objetividad histórica del proceso de Comuna de París con la lucha hegemónica de ciertos cuadros que disputan la memoria histórica de este acontecimiento, buscándolo atraer y ajustar al metarrelato del terreno de la democracia burguesa y la democracia pequeñoburguesa “plebeya” y pura[16].

El significado de la Comuna fue objeto de disputa clásica historiográfica y política afiebrada entre el socialismo científico de Marx-Engels y los anarquistas. Posteriormente, en el liberalismo democrático y socialdemócrata versus el stalinismo. En ámbitos más cercanos, las menudas posturas municipalistas libertarias y el ciudadanismo policlasista, las concepciones descentralizadas y de “democracia directa” radical desde abajo, en fin, el republicanismo plebeyo y variantes del autonomismo, tanto en sus matices modernos como posmodernos buscan releer la Comuna de París de 1871[17].

Hoy, los profetas pequeñoburgueses eclécticos del “poder popular”[18], redibujan al consejismo y a Gramsci, parados en el estallido revolucionario argentino del 2001 y con base en otras experiencias similares, tienden a relativizar y negar la conquista insurreccional del poder político, la noción de gobierno revolucionario y el partido de los trabajadores de vanguardia.

Siguiendo al marxista argentino, Martín Hernández, autor del libro El veredicto de la historia: Rusia, China, Cuba…De la revolución socialista a la restauración capitalista (2009), estos compañeros se dan bandazos con la historia, asunto comprensible por el aluvión post-staliniano del 89-91, su “vendaval oportunista”[19]. La restauración burguesa y el daño de la dirección stalinista, han generado una serie de afectaciones no solo en las ciencias sociales sino en la mente y la inteligencia de los trabajadores y los revolucionarios, acerca de la transición de esta civilización y el arma dictatorial proletaria para lograr los fines, dejando a cambio, a su paso, una profunda confusión, retirada y revisión ecléctica de la tradición socialista científica.

Cuarta lección (IV): la no repetición y excepcionalidad de la Comuna, hipótesis de una nueva revolución socialista hoy

Si pensamos en términos civilizatorios, la Comuna de París fue un triunfo táctico y episódico de la revolución social europea y, por qué no, de la revolución mundial en el siglo XIX. Acerca del proceso revolucionario francés de 1848-1850 y las tareas estratégicas de un auténtico interés obrero comunero, el ethos internacionalista de Marx escribió en la revista Nueva Gaceta Renana: “La guerra de clases dentro de la sociedad francesa se convertirá en una guerra mundial entre naciones”. Y así fue.

Sin embargo, desde el punto de las ciencias que siguen el paradigma del materialismo histórico dialéctico, la clase trabajadora en tanto clase, estaba incapacitada de hacerse del poder y de construir el socialismo a nivel mundial. Engels, en 1895, ad portas de morir, lo reconoce incluso a escala continental, en su prólogo a la Lucha de clases en Francia de 1848 a 1850 de Marx.

El enunciado sobre la falta de madurez del triunfo mundial es sostenido hasta por paradigmas distintos, de la clase media intelectual y la burguesía intelectual. Lo relevante para una teoría marxista de la crisis son los pronósticos y condiciones para que una revolución comunera sí pueda triunfar a nivel universal. A su vez, de por qué la Comuna de París, en lo que a su espontaneísmo socialista respecta, es altamente probable de no darse hoy sino bajo una fisonomía totalmente diferente, esto es, centralizada, organizada.

Si bien la derrota de la experiencia parisina de 1871 no estaba condenada al fracaso, la masacre de 30.000 personas no era inevitable y la Comuna pudo haber durado más. Incluso, podría haberse expandido a otro país, según la lucha procesual de clases y respuesta a la contrarrevolución del proyecto de la Santa Alianza y los planes económicos de los capitalistas. Aun así, no estaban dadas las condiciones objetivas y subjetivas del triunfo socialista mundial y la decadencia capitalista mundial. Por ello se precisaba, según Marx (1850), de revoluciones de largo aliento y el concurso de trabajo de varias generaciones, a la altura histórica de la revolución permanente misma[20]. En este sentido, y solo en este, tiene sentido la crítica al voluntarismo idealista, que en todo caso evite caer en la pasividad y el espíritu conservador. La experiencia comunera es ajena a esto pues nos mostró la posibilidad del triunfo, así fuese prematuro en términos históricos, lo cual la hace doblemente atractiva y visionaria.

Como lo expresa Trotsky: “Si la Comuna fue destruida, ciertamente no fue por ninguna insuficiencia en el desarrollo de las fuerzas productivas. En cambio, se debió a toda una serie de causas políticas: el bloqueo de París y su separación de las provincias, las condiciones internacionales extremadamente desfavorables, sus propios errores [de su dirección y lucha de fracciones], etc”[21].

Una hipótesis y escenario histórico de correlación de fuerzas de las clases que permitiese un triunfo mundial, solo pudo presentarse en el siglo XX cuando en 15 países se expropió a la burguesía (la federación de la URSS, el Bloque del Este y zona asiática y caribe). Pero aun así, fue derrotado este proceso por la restauración capitalista de la burguesía mundial y la responsabilidad histórica del stalinismo como corriente contrarrevolucionaria en el movimiento obrero y popular, viva hoy, aunque debilitada, frente al poderío de otras fuerzas reformistas y neoreformistas del campo heterogéneo del reformismo.

A modo de hipótesis, por mor del desarrollo desigual y combinado, pareciera que la clase trabajadora mundial de inicios del siglo XXI, en cierto sentido, si bien es más numerosa y en algunos casos formada, está a un nivel similar o mucho más atrasado de la Comuna de París. Es decir, en el terreno de las condiciones subjetivas, están bastante atrasadas y desmemoriadas. El reformismo se alimenta de esta objetividad. No estamos ni siquiera en el proceso acumulativo de los grandes partidos de masas obreros y sindicatos que, a pesar del golpe de las crisis interimperialistas y guerras, permitieron una hazaña como la Revolución de Octubre y la construcción de la Unión Soviética por siete décadas y en el resto del Bloque Socialista (en sentido extenso intercontinental). A diferencia de antes, hoy no hay grandes conmemoraciones de la Comuna. Aun así, como dijo Lenin, en medio de todo ese atraso y la guerra franco-prusiana, se produjo una Comuna de París, que a la postre fue derrotada por su falta de desarrollo político y social.  Lo que Marx llamó “un momento en que la burguesía había perdido ya la facultad de gobernar el país y la clase obrera no lo había adquirido aún”[22](p. 64), aun después de haber construido la Comuna.

Lo anterior resulta muy interesante en términos de la complejidad de la historia y su lógica, lejana de toda suerte de evolucionismo, etapismo, modernismo y desarrollismo, teleologismo, visiones naïve y mecánicas, aplicadas a la noción ascensional del desarrollo desigual y combinado, en cuanto modelos lineales lejanos a las ciencias que estudian los procesos no lineales, caóticos, catastróficos, contra fácticos y falibles, aleatorios pero determinados. Por supuesto, esto no nos obliga a negar ni abandonar la noción de progreso, como varios marxistas e intelectuales “progresistas” del siglo XX (los frankfurteanos críticos, en especial W. Benjamin) y XXI (los ecosocialistas desmoralizados y ecologistas radicales), cayeron  y sucumbieron, al realizar la crítica subjetiva en momentos de auge del fascismo y hoy los decibeles de barbarie ecosocial de la última época del capitalismo, el imperialismo de las transnacionales, expresados, entre otras, en la pandemia en curso.

La Comuna de París mostró la posibilidad de la victoria estratégica y viabilidad de una sociedad post-capitalista, pero también nos advierte de las continuidades de las debilidades subjetivas de la clase revolucionaria, máxime cuando desde 1975 con Vietnam, ésta no protagoniza una revolución socialista, pero sí ha participado en numerosas situaciones revolucionarias, algunas de ellas con victorias parciales y devenires en derrotas.

Queda en la discusión pública de la ciencia política y el movimiento obrero, si la próxima revolución socialista del siglo XXI pueda surgir del mero espontaneísmo comunero, debido a la agudeza explosiva de las contradicciones, o sí, por el contrario, la Comuna de París es la muestra de la singularidad histórica y la excepcionalidad, en la que la burguesía fue tomada por sorpresa. De manera que, el triunfo de una nueva situación revolucionaria en cualquier país del globo, la chispa que incendie la pradera, el asalto planificado del cielo, el polvorín, implique no solo una crisis endogámica, una agencia comunera a la ofensiva revolucionaria y estallido social común, sino también un correlato organizativo-político centralizado tipo Octubre del 17, China del 45, el 59 cubano, el 75 Vietnam, o al menos, cercano a estos procesos históricos. La tensión de la auto liberación de los trabajadores y su organización gremial y partidaria (su Estado Mayor de Mando), el sujeto social y político, su subjetividad asalariada, expresa lo complejo de la crisis y el análisis científico de lo infra-supra estructural, su acción recíproca causal socioecológica y sociopolítica.

La revolución europea posterior al ascenso ruso del 17 fue derrotada por esa exacerbación del espontaneísmo comunero y por el oportunismo (por no decir, traición) de la dirección socialdemócrata de los partidos obreros al no enrumbar bien el proceso hacia la conquista del poder y expropiación de la burguesía. Aun cuando el siglo XXI traiga nuevos brotes plebeyos espontáneos revolucionarios de tipo comunero (triunfos tácticos, lejos estamos de despreciarlos) y fenómenos de resistencia (los Chalecos Amarillos en Francia), el porvenir de una nueva Comuna en cualquier lugar del globo estará determinado por su grado organizacional y político, es decir, dependerá en gran medida del factor subjetivo consciente y organizacional, conspirativo y ultracentralizado en los procesos sociales de la historia. Los procesos sociales revolucionarios a inicios del siglo XXI, el sirio, ucraniano, egipcio, tunecino, argentino, boliviano, ecuatoriano, venezolano, haitiano, myanmareño, etc., han tenido similitudes espontáneas con la Comuna parisiense, pero no han logrado hacerse del poder, antes bien se lo han entregado a fracciones nacionalistas burguesas, pequeñoburguesas y han sido derrotados.

Siguiendo las enseñanzas de la Comuna de París de 1871, la revolución socialista puede estallar por una serie de combinaciones, tal como decía Trotsky, cuando lo imposible se torne posible e inevitable, cuando lo espontáneo se torne centralizado y fuerza concentrada. No obstante, al parecer, a diferencia de finales del siglo XIX y su pico comunero, lo mismo el anticipo del siglo XX y los avances de crisis y transiciones, en este siglo XXI ya parecieran estar casi todas las premisas materiales de la transición civilizatoria mundial, reconocidas por varias comunidades científicas y políticas:

La profundidad de las crisis sobreproductivas-sobreacumulativas, la expansión del capital en colonias y semicolonias, la fuerza laboral creciente aunque desconcentrada y descentralizada, los mercados internos, la destrucción socioambiental multilateral, las catástrofes sanitarias como la pandemia del COVID-19, las enfermedades y zoonosis, la cúspide de desarrollo tecnológico, las desigualdades sociales crecientes entre el capital, el trabajo y el no-trabajo lumpen, los antagonismos sociales, etcétera. Baste ver los informes oficiales y alarmas de la burguesía e instituciones tales como el IPCC, la ONU, PNUMA, PNUD, WWF, etc., los cuadros investigadores a su servicio, para ver y vislumbrar, en el ámbito del diagnóstico, los graves riesgos, problemas inmediatos y mediatos que tiene la civilización capitalista, con el peligro del cambio climático antropogénico.

Lo contradictorio es, como decimos, que el grado de experiencia de la burguesía, el arte de aprender de sus errores y valerse de la ciencia, difícilmente permitirá la licencia de otra experiencia comunera y soviética. La burguesía ha desarrollado una poderosa ingeniería de gobierno para conjurar las revoluciones, apaciguar conflictos y sortear situaciones de crisis y hondas dificultades, con políticas flexibles de garrote-zanahoria, diplomacia, división de sectores y cooptación. Ha usado la ciencia política para sí. Razón por lo cual se precisará ahora de un alto grado de organización social y política de los trabajadores, las condiciones subjetivas de la crisis y la transición, en la que ciertamente en estos momentos aún no se cuenta con niveles óptimos. El significado de Trotsky de la crisis de liderazgo como crisis de la humanidad no solo involucra una internacional potente de partidos obreros revolucionarios de vanguardia, sino también el grado de organización gremial, tradición de lucha y modus vivendi, programa y agencia integral de la clase trabajadora misma, sus sectores más dinámicos y explotados.

La derrota de la Comuna del siglo XIX y sus enseñanzas, a la vista de la crisis capitalista agónica en el siglo XXI, son que por sí solo el descontento y la espontaneidad no son garantía automática de la transición socialista, pero hacen de la posibilidad histórica una necesidad, en caso de que no queramos sucumbir a la barbarie civilizatoria y supervivencia del capital en el otro siglo y el propio despliegue barbárico de este (pronósticos climáticos y ¡qué mejor prueba que la pandemia del COVID-19, su estela de millones de más de 3 millones de muertos y enfermos a su paso que no cesan!). La invasión imperialista yanqui de Irak y Afganistán, tras el atentado del 11 de septiembre de 2001 por fracciones burguesas islámicas, lo mismo el baño de sangre de la dictadura de Assad frente la revolución del pueblo sirio, son avisos claves del grado de peligrosidad y barbarie, caso tal que se tarde la emergencia de una nueva hipótesis de una Comuna de los explotados y oprimidos, extendida a nivel global.

En términos aún más dramáticos, cuasi alarmistas rojos, posibles, con cabeza fría y caliente,  teniendo en cuenta el debate de los plazos y las tragedias de la crisis, no podemos más que estar de acuerdo de que “si el proletariado y su vanguardia de clase no conquistan el poder político en algún país en las próximas décadas y este siglo XXI, abriendo un nuevo Octubre rojo global [o Comuna expansiva], es probable que, por mor de la crisis socioecológica, la civilización humana colapse, se degrade y finalmente se extinga. El triunfo de la barbarie. Cada año, quinquenio y década que pasa sin un cambio revolucionario, sin una Revolución de Octubre y la tardanza, postergación, conjuración o desviación desde la segunda posguerra de numerosos procesos revolucionarios, es más y más catastrófica en términos sociales y ambientales”[23].

Como escribiría, ya no Rosa Luxemburgo y Kautsky, sino el propio Marx en un discurso a una asociación educativa obrera alemana en Londres (1867), comentada por John Foster, frente a la hambruna de 1846 y sus efectos (inanición, decrecimiento población, éxodo, carestía y sumisión), el agotamiento del suelo y yugo colonial sobre Irlanda, se trata de nada más ni menos que de “la ruina o la revolución”[24]. Ese “es el lema”, la consigna programática radical, para el topo, “una cuestión de tierra y existencia”.

La comuna terráquea o el infierno omnicida, decimos hoy en términos filosóficos comunistas. El capitalismo es el último Ángel diabólico de la Muerte al que se enfrenta el proletariado humano y su gesta por una nueva Comuna de salvación terrena. Por el momento, decimos con toda claridad y crudeza que, sin una nueva revolución comunera en el horizonte del presente siglo, la civilización humana profundizará su barbarie social y ambiental. Realizar sus sueños políticos es lo que hoy nos convoca.

Quinta lección (V): el legado de los vencidos de la Comuna es vencer hoy a la burguesía mundial y su civilización

“Y nosotros exclamamos: ¡La revolución ha muerto! ¡Viva la revolución!”, Karl Marx en La lucha de clases en Francia de 1848 a 1850, cap. I.

“¡No somos nada, seámoslo todo!”, Eugène Pottier, L’Internationale (poema), París, junio de 1871.

En la historiografía de las clases dominantes y dominadas, en ciertas pasarelas de cuadros intelectuales de derecha, centro e izquierda, un arco de una amplia mayoría han reconocido que en el transcurso de la historia humana, desde la aparición de los estados y las sociedades divididas en clases sociales, hace 5.000 años atrás o más, han sido pocas las experiencias revolucionarias triunfantes[25]. Esto es una verdad objetiva. En términos generales, los ricos y poderosos son los que han vencido, prosperado y prevalecido. Y las pocas resistencias han sido poco menos que victorias episódicas, parciales, pasajeras, trágicas, cuando no pírricas.

El sentido común conservador se alimenta de esto y la ciencia que hace suya el lema de “triste pero cierto”, también lo reconoce. Ni reír ni llorar, comprender, es la divisa. Sin embargo, la teoría marxista de la crisis no se somete a la dictadura de los hechos ni a la resignación subjetiva travestido de objetividad, sino que contempla el juego de probabilidades de la lucha de clases viva y los sistemas complejos de funcionamiento tales como la civilización capitalista en el planeta Tierra, en tanto objeto de análisis y transformación social radical.

Así pues, muchos dirán que no hay que sobrevalorar la primera revolución socialista moderna y su derrota estruendosa prematura, a lo sumo, dicen, de lo que se trató fue de una micro resistencia plebeya pasada a la historia como la Comuna de París de 1871 y su fugaz existencia en una ciudad capital europea por menos de tres meses, menos de 72 días. ¡Nada en tiempos históricos! Nos dicen los supuestos científicos y epistemólogos, que increpan al enunciado marxista-leninista acerca de los días que sintetizan décadas y, tal vez, siglos. De nuestra parte, los socialistas científicos, no podemos menos que replicar con el grito mexicano de guerra de 1994, en pleno triunfalismo del “fin de la historia” del think tank neoliberal, Francis Fukuyama, con signos de admiración de Marx sobre la muerte objetiva y vida subjetiva de las revoluciones francesas y comuneras: ¡La utopía ha muerto! ¡Viva la comuna planetaria, cabrones!

Amparados en la objetividad de las derrotas y proceso de barbarie, hay sectores ecólogos y de izquierda de la pequeña burguesía radicalizada que suelen teorizar desde la atmósfera de la droga del pesimismo y nihilismo, el derrotismo y el escepticismo. Estas franjas plantean cierto utopismo de la redención de los oprimidos, con una transición facilista y pseudo científica. Incluso, la filosofía burguesa de la ciencia tradicional desde la posguerra, suele refutar las predicciones y probabilidades de la teoría marxista de la crisis, los postulados hipotético-deductivos e inductivos de la misma, refutándola como teoría científica dinámica de la historia, en vez de ello, afirman que se trata de una ideología-filosofía historicista de cuño modernista hegeliano. Así pues, el epistemólogo falsacionista, de manera inconsciente y corto de miras, defenestraría no solo de la teoría de Marx sino también de la práctica de la Comuna de París de 1871.

En La sociedad abierta y sus enemigos (1945, Vol. II), el filósofo liberal, Karl Popper, señala respecto a la Comuna, que Karl Marx no tenía un proyecto de ingeniería social por la vocación analítica de su método descriptivo, pero que, en últimas, seguiría preso de una dirección teleológica de la historia y fines revelados, las pretendidas leyes y profecías holistas que a la postre resultaron falsas. (Usando el lenguaje de Marx frente Proudhon, el austríaco escribió en el 43-44 La miseria del historicismo). Esto quiere decir que, más allá de la experiencia inmanente “sin plan” de los comuneros, sería algo a posteriori construido por sus discípulos y explotado por el bolchevismo, luego por la burocracia soviética totalitaria y su dogmatismo, acerca del tópico de la imposibilidad de reformar la sociedad burguesa con una tecnología socialista gradualista, tan anhelada por Popper y su espíritu anti historicista:

“Puede hallarse un pasaje de sumo interés en el que Marx expresa su antiutopismo y su historicismo en La guerra civil en Francia, donde Marx expresa aprobatoriamente sobre la Comuna de París de 1871: «La clase trabajadora no esperaba milagros de la Comuna. No tienen ahora ninguna utopía prefabricada destinada a ser introducida por el decreto del pueblo. Los trabajadores saben que para alcanzar su emancipación y con ella las formas más altas a que nuestra sociedad actual tiende irresistiblemente…, deberán sufrir largas luchas a través de una serie de procesos históricos, transformando circunstancias y hombres. Carecen de ideales que poner en práctica, pero sólo tiene que liberar los elementos de la nueva sociedad que la vieja y caduca sociedad burguesa lleva en sus entrañas». Hasta cierto punto Marx estuvo justificado al negarse embarcarse en la ingeniería social…Lo lamentado es que haya apoyado esta sólida intuición política sobre un ataque teórico contra la tecnología social [reformista], pues ello sirvió de excusa a sus adeptos dogmáticos para perseverar en la misma actitud cuando las cosas ya habían cambiado y la tecnología se había tornado políticamente más importante [¡!] aún que la organización de los trabajadores” (p. 738, nota 21, cap. 24).

Asimismo, Popper sostiene que el significado filosófico-político de lo común(ista) del naciente partido de trabajadores de Lenin y Trotsky (el PCR, antes el PSDR y su etiqueta social demócrata), no se debió a homenajear la Comuna parisiense del 1871, tal y como sostuvo el historiador Arnold Toynbee en su extenso estudio de las civilizaciones A Study of History (Vol. VI), sino más bien, increpa Popper, se debió al Manifiesto comunista de 1848 y la Liga de los Comunistas (p. 770, nota 47, cap. 24) en los procesos revolucionarios de Europa y su Primavera…entre ellas, la francesa. ¡Cuán equivocado estaba Popper sobre nuestra tradición comunera frente a la sanguinaria burguesía y la memoria sobre las víctimas de nuestra clase! ¡Hipocresía liberal burguesa de su panegírica “sociedad abierta”[26]!

Pensando con cabeza fría, si primaran más los triunfos de los de abajo en la sociedad de clases existente, esto implicaría dos cosas: primero, negar y dar la espalda a la realidad, a la determinación material y necesidad del desarrollo de las civilizaciones humanas complejas, el mal necesario de que existieran clases sociales, segundo, una ingenuidad sentimental según el cual, los ‘buenos siempre ganan’, más no ‘los más fuertes’. Debido a nuestra ética y principios, no podemos aceptar la filosofía positivista que nos dice que ciertos episodios (por ejemplo, la Comuna de París de 1871) no prueban nada y que no son una fuerte evidencia empírica, cubriendo con ello la espalda a los logros de la burguesía y haciendo una apología inconsciente de ella y su obra “maestra”, su civilización moderna. Marx, al analizar la Comuna, escribió: “la clase obrera puede mofarse de las burdas invectivas de los lacayos de la pluma y de la protección pedantesca de los doctrinarios burgueses bien intencionados, que vierten sus ignorantes vulgaridades y sus fantasías sectarias con un tono sibilino de infabilidad científica”[27] (Cap. III, p. 73).

La intelectualidad burguesa, incluida la que posa ser parte o de hecho es de cierta comunidad científica, es bastante superficial en la lógica de los procesos sociales históricos y no entiende la sofisticación de una dialéctica histórico inmanente de victorias y derrotas de la lucha de clases de los trabajadores, que incluso, pudiera ser comprendida en la lógica de las conjeturas y refutaciones de la teoría marxista de la crisis, la revolución y la resolución. Hay que recuperar, entonces, la cientificidad del materialismo militante, por ende, la politicidad del movimiento obrero y socialista, su inserción social. Los valores del bien común, la verdad y la acción, no como entes abstractos en sí, sino correspondidos por las clases y el trabajo científico y político con las masas, la cognoscibilidad de la sociedad y la naturaleza.

La cosmovisión científico materialista de la historia humana y el universo lo es, no por promesas y profecías más o menos delimitadas como predicciones probabilísticas, cuantificadas, concretas y falibles. Lo contrario parece ser entonces la verdad, porque, más bien, al basarse en el pasado de otras civilizaciones y sociedades, en el saber de todas las ciencias (naturales y sociales, formales), proyecta un futuro abierto e incierto: o la barbarie el socialismo, con varios escenarios abiertos pero acotados y procesos en curso, sociales y barbáricos, abiertos a discusión pública de masas y vanguardias gremiales, políticas, intelectuales y científicas, ajustadas, según las peripecias de la lucha de clases.

La teoría-praxis marxista de la crisis, si bien debe romper con rezagos de los socialismos utópicos y pre-científicos en estos tres siglos, tales como: el optimismo antropológico de una naturaleza humana bondadosa rousseauniana, el estadio futuro moderno sin ninguna contradicción socioecológica y abundancia marxiana y liberal hegeliana, el mesianismo milenarista benjaminiano y centurista, el voluntarismo gramsciano y foquista ultraizquierdista, el futurismo tecnológico y distópico, la historias vulgares desde abajo de los vencidos y el posibilismo electoral en boga. No por ello, el marxismo revolucionario y su filosofía de la ciencia, deben abandonar el elogio y conmemoración del significado transhistórico y lecciones político-estratégicas de gestas y audacias de la clase trabajadora empezadas con el triunfo primaveral de la Comuna de París. Memoria para las revoluciones proletarias y contrarrevoluciones burguesas que están por verse y vivirse, que se respiran en el horizonte brumoso. “La bandera de la Comuna es la bandera de la república mundial”, escribió el amigo Friedrich Engels en la introducción de 1891 a La guerra civil en Francia (1871).

Para finalizar, debemos emular y cualificar el método científico y estilo literario de Karl Marx en los tres manifiestos de La guerra civil en Francia de 1871 y 1881sus análisis politológicos-económicos de La lucha de clases en Francia 1848-1850, la introducción de balance de Engels de 1891 y las declaraciones fugaces de la Primera Internacional de la AIT sobre la Comuna, más allá de la pluma encomendada al servicio de la causa de Marx. En estos hilos de continuidad, de igual manera, emular en la teoría y en el tesón de la práctica política, a sus discípulos más lúcidos, Lenin y Trotsky, los cuales vieron el triunfo de la Comuna y de los Soviets como una posibilidad de vengarse, de redimir a los condenados de la tierra y liberarse de la sociedad de clases y su estadio presente, la civilización capitalista.

Trotsky señaló expresamente que, sin haber estudiado la revolución francesa (burguesa y obrera comunera), los bolcheviques no habrían podido dirigir la revolución rusa a buen puerto. La metáfora babilónica de tomar el cielo por asalto expresa esto. El mayor logro de ellos sería, sin duda alguna, Vladimir Ilich Lenin, en tanto científico político y estudioso apasionado de la Comuna, en textos profundos y directos de prensa de 1903, 1907 y 1911, fue el mejor alumno de Marx, pues en su momento polemizaría con el “marxismo” conservador, libresco ruso y alemán, que empezaba adaptarse a la democracia burguesa o, peor aún, al espíritu de secta (cualquier parecido con el presente, es coincidir).

Para retornar el inicio de este texto, la alusión y alerta sobre las efemérides y aniversarios, el Lenin comunero haría las siguientes lecciones metodológicas sobre el método vivo de Marx en sus carteos acerca del proceso en curso sobre los osados de la Comuna de París de 1871, cuya posibilidad por delante podría ser, más aún, juramos luchar con rabia, al decir de Nahuel Moreno, por una Federación Socialista de Repúblicas Comuneras a nivel mundial en el siglo XXI, que derroquen a la burguesía terráquea y su presidio de los pueblos trabajadores:

“En septiembre de 1870, Marx calificaba la insurrección de locura. Pero, cuando las masas se sublevan, Marx quiere marchar con ellas, aprender al lado de ellas, en el curso de la lucha, y no darles consejos burocráticos. Marx comprende que los intentos de prever de antemano, con toda precisión, las probabilidades de éxito, no serían más que charlatanería o vacua pedantería. Pone, por encima de todo, el que la clase obrera crea la historia mundial heroicamente, abnegadamente y con iniciativa. Marx consideraba a la historia desde el punto de vista de sus creadores, sin tener la posibilidad de prever de antemano, de modo infalible, las probabilidades de éxito, y no desde el punto de vista del filisteo intelectual [opinión prejuiciosa y pedante pequeñoburguesa] que viene con la moraleja de que “era fácil prever…, no se debía de haber empuñado…”.

Marx sabía apreciar también el hecho de que hay momentos en la historia en que la lucha desesperada de las masas, incluso por una causa sin perspectiva, es indispensable para los fines de la educación ulterior de estas masas y de su preparación para la lucha siguiente.

A nuestros quasi-marxistas actuales, a los que gustan citar a Marx al tuntún [cuántos energúmenos “ortodoxos” hay hoy así, rebuznan por ahí], con el único fin de utilizar su apreciación del pasado y no de aprender de él a crear el futuro, les es completamente incomprensible, incluso ajena en principio, semejante manera de plantear el problema”[28].

Notas

[1] Da Silva, W. (2021). 1º de maio no mundo: revolta contra a crise, luta pela vida e repressão. PSTU Brasil – Opinión Socialista (prensa).

[2] Madrid, A. (2021). Un estudio del FMI prevé una oleada de estallidos sociales. Diario La Vanguardia.

[3] Robert, M (2021). La economía de la Comuna de París. En la Website de la LIT-CI y fuente de The Next Recession (Blog).

[4] Lenin, V. (1911/2000). En memoria de la Comuna. Marxist Internet Archive.

[5] Consúltese los artículos Marxism as science: historical challenges and theoretical growth (1990, págs. 777-779) de Michael Burawoy que, contrario a Lakatos, sí muestra la cientificidad del materialismo marxiano-engelsiano y marxista revolucionario. El más reciente texto The Power of Marx-Engels Scientific Research Program and its Fulfilled Predictions: A Note on Heterodox Epistemology de Jesús Muñoz (2019, págs. 65-67), también aborda el asunto. Disponibles en la American Sociological Review (55) y World Review of Political Economy (4, 1).

[6] El marxista revolucionario de origen latinoamericano y dirigente socialista internacionalista, Nahuel Moreno, en su obra La dictadura revolucionaria del proletariado (1979), criticó la visión democrático socialista y mecánica de Ernest Mandel sobre el debilitamiento del estado, el cual, basado en los textos canónicos comuneros de Marx, Engels y Lenin, pero adaptado al flanco de izquierda del eurocomunismo en Europa en su crítica del totalitarismo stalinista, no hizo sino absolutizar las libertades democráticas.

Atreviéndose a cuestionar la doble autoridad, Moreno sostuvo que, en la crisis capitalista mundial y la revolución mundial, el estado obrero transicional se fortalecería al máximo a nivel estatal-político-económico-militar contra sus enemigos internos y externos, y solo se debilitaría y extinguiría como aparato de estados intercontinentales de una clase contra otra, cuando se derrocara al imperialismo mundial en todos los países del mundo y se iniciara la construcción socialista mundial, complejizando la contradicción social real de la lógica contradictoria de la transición y la ciencia política de las relaciones internacionales y sociales. Así corrigió las hipótesis vivas de los clásicos sobre la extinción del Estado con el comienzo mismo de la dictadura proletaria, incluso de Trotsky y su aporte cualitativo de La revolución traicionada: ¿Qué es y adónde va la URSS? (1936), enriqueciendo la teoría marxista de la revolución.

Naturalmente, los críticos de Moreno, como Aníbal Romero, verían en esto una justificación teórica y herejía de supuesto apoyo crítico a las burocracias stalinistas del siglo XX y embellecimiento de sus estados. Con todo, lo cierto es que, frente al problema práctico de la transición civilizatoria y la no burocratización, la historia y las ciencias aún no han dado su veredicto.

[7] Marx, K. (1871/2003). La guerra civil en Francia. Fundación Federico Engels.

[8] Fernández, B; Pastoriza, X (2020). “Entrevista a Enzo Traverso: “Se puede reconocer el papel de Trotsky y asumir su herencia críticamente”. En: Revista Viento Sur (173, pág. 103).

[9] Trotsky, L. (1921/2001). Las lecciones de la ComunaMarxist Internet Archive.

[10] Trotsky, L. (1924). Lecciones de Octubre. Marxist Internet Archive.  Y Ricci, F. (2017). 1871-1917: ¿Por qué los bolcheviques estudiaron la Comuna de París para hacer el Octubre? Website de la LIT-CI.

[11] Trotsky, L. (1906/1921). Treinta y cinco años después, 1871-1906. Centro de Estudios Socialistas – Centro Marx.

[12] Op.cit., nota 7.

[13] Acerca de los factores de crisis y la causalidad, consúltese Huelga mundial por el clima, la ciencia alerta, el capitalismo está llevando al colapso ambiental (Jefersón Choma, 22/3/2021, Website LIT-CI) y La izquierda y la clase trabajadora ante el colapso social y ecológico del capitalismo (Juana Ceballos, 2/8/2019, Website LIT-CI), que realiza una crítica marxista del colapsismo y su ideología pseudocientífica.

El segundo texto de Ceballos incurre en dos errores metodológicos gravísimos: la hipótesis general post-abundancia y de escasez relativa, a la fecha, inacorde con el excedente real de riqueza y mercancías realmente existentes y el desarrollo de las fuerzas productivas, exagerando las alarmas de la ecología y ciclos de descenso de ciertos materiales y destrucción ambiental. Y, también, por el otro, pueden ser errados los pronósticos sobre los siglos XXI y ulteriores, sus límites no verificados y futurólogos, hasta el momento, menos probables, pero que hay que tener en cuenta, para ver que la historia está abierta en su desenlace civilizatorio.

[14] Al respecto véase los textos mecanicistas: Colapso: capitalismo terminal, ecofascismo y transición ecosocial (Carlos Taibo, 2017), En la espiral de la energía (Vol. II, 2018, Colapso del capitalismo global y civilizatorio) de Ramón F. Durán y Luis G. Reyes, y La quiebra del capitalismo global 2000-2030 (2011) de los mismos autores quijotes.

[15] Gomes, Américo. (2021). Los aspectos militares de la Comuna de París. Website de LIT-CI.

[16] Los trabajos de historia con fuentes primarias, en especial, aquellos de la tradición marxista revolucionaria que recomendamos ojear, son: El primer gobierno obrero de la historia: los añadidos de Karl Marx a la Historia de la Comuna de 1871 de Lissagaray (Daniel Gaido, 2021) y La Comuna de París de 1871 de Jean Baptiste Thomas (2020). Disponibles en Revista Izquierdas de Chile (50), Historical Materialism Review y Campus Virtual Izquierda Diario. De igual modo, los materiales originales e interpretativos sobre la Comuna de París de parte del Marxist Internet Archive.

[17] Esto nos dice la fundamentación filosófico política pequeñoburguesa radical del espontaneísmo y la “democracia plebeya”, a la luz de tres experiencias sociales, desde una óptica posmoderna neoanarquista: “En los términos de la presunción de igualdad de Rànciere, la Comuna de París, la revolución zapatista y la revolución kurda son ejemplos de política democrática posanarquista en la medida que son ejemplos de cómo comunidades sin voz, multitudes excluidas del sistema político que decía incluirlos cuando no aceptaba explícitamente la necesidad de su opresión, lograron crearse un caso propio, una voz y voluntad propias para sí mismos desde la contingencia de sus propias circunstancias y no mediante la ayuda externa o trascendente de las grandes narraciones políticas y sus esbirros representacionales y representativos” (Alejandro Galindo, Confiar la libertad a sus mayores violadores: comentarios a la utopía liberal de Richard Rorty desde el posanarquismo, 2018, p. 90, Repositorio UR).

[18] Entre otras, están los textos proféticos de la espontaneidad ¿Qué fue la Comuna de París? Democracia directa y socialización radical del poder (Revista Hekatombe, 2021) y Hacia una política prefigurativa. Algunos recorridos e hipótesis en torno a la construcción del poder popular (2007, págs. 163-192) de Hernán Ouviña.

[19] Hernández, M. (2004). Un vendaval oportunista recorre el mundo. Sobre los caminos de la izquierda. Marxismo Vivo # 9 – Primera Época.

[20] Es interesante lo que nos dice Marx en La lucha de clases en Francia de 1848-1850, al nombrar la analogía de Moisés y los primeros hebreos con la crisis de dirección del proletariado. Lo mismo, el carácter pequeñoburgués de Francia y la realización obrera de muchas generaciones y su altura de miras. A la vez, el yerro sobre equiparar la industrialización mecánica de Inglaterra y la revolución socialista, cuestión refutada y corregida en el siglo XX y XXI, en una depuración y sofisticación de la teoría marxista de la crisis y la revolución: “El proletariado se vea empujado a dirigir al pueblo que domina el mercado mundial, a dirigir a Inglaterra. La revolución que no encontrará aquí su término sino su comienzo organizativo, no será una revolución de corto aliento. La actual generación se parece a los judíos que Moisés conducía por el desierto. No solo tiene que conquistar un mundo nuevo, sino que tiene que perecer para dejar sitio a los hombres que estén a la altura del nuevo mundo” (Cap. III, p. 127).

[21] Op.cit., nota 10.

[22] Op.cit., nota 7.

[23] Op.cit., nota 11.

[24] Foster, J. (2017). The Earth-System Crisis and Ecological Civilization: A Marxian View. En: International Critical Thought (Vol. 7, 4, p. 446).

[25] Al respecto el debate de 1984 entre Nahuel Moreno y André Gunder Frank sobre Los sujetos históricos. Archivo sobre Nahuel Moreno de la UIT-CI.

[26] Popper, K. (2006). La sociedad abierta y sus enemigos. Monoskop y Editorial Paidós.

[27] Op.cit., nota 7.

[28] Lenin, V (1907/2004). Prefacio a la traducción rusa de las cartas de K. Marx a L. Kugelmann. Marxist Internet Archive.

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