Hermanas, hermanos, compañeros y compañeras de camino:
Hablar de los 50 años de la Iglesia de los Pobres en el Ecuador desde la mirada afroecuatoriana no es solamente hacer memoria religiosa. Es abrir el pecho de la historia para escuchar cómo todavía resuenan los tambores de quienes nunca aceptaron vivir de rodillas. Es mirar el Evangelio desde la profundidad del río, desde el manglar, desde el arrullo de las abuelas y desde la resistencia de los cimarrones que convirtieron la fuga en proyecto de libertad.
Nuestra historia no comenzó con la evangelización ni con la independencia republicana. Nuestra historia comenzó mucho antes, en la memoria arrancada de África y en el dolor de los cuerpos encadenados que atravesaron el Atlántico. Por eso, cuando hablamos de Iglesia de los Pobres, hablamos también de los 500 años de presencia afrodescendiente en estas tierras; hablamos de una espiritualidad que sobrevivió a la esclavitud, al racismo, al silenciamiento y a la colonialidad del poder.
Los abuelos decían que el tambor no solo sirve para bailar: sirve para llamar a los vivos y despertar la memoria de los muertos. Cada golpe de marimba, cada arrullo y cada alabao han sido una manera de conversar con Dios desde la dignidad negra. Porque nuestros pueblos nunca aceptaron un Dios que justificara cadenas. El Dios de nuestros mayores siempre fue un Dios caminante, liberador y comunitario.
Por eso existe una relación profunda entre el cimarronaje y la Iglesia de los Pobres. El cimarrón no huía solamente para salvar el cuerpo; huía para salvar el alma, para reconstruir humanidad y para fundar un nuevo orden basado en la libertad. El Palenke fue mucho más que un refugio: fue una propuesta política, espiritual y comunitaria. Allí se compartía el alimento, se cuidaba la vida, se protegía a los niños y se reconstruía la esperanza. Allí nadie valía más que otro porque la libertad solo tenía sentido si era colectiva.
De alguna manera, hace 50 años, cuando en América Latina comenzó a fortalecerse la Iglesia comprometida con los pobres, el espíritu del palenke volvió a caminar entre nosotros. La Iglesia dejó de mirar únicamente hacia el cielo para comenzar a mirar el sufrimiento concreto del pueblo. El Evangelio dejó de ser un discurso de resignación para convertirse en palabra de liberación.
Muchos hombres y mujeres afroecuatorianos encontraron en esa iglesia una posibilidad de reconciliar la fe con la dignidad. Porque durante siglos se nos había enseñado una religión que muchas veces justificó la obediencia ciega, el sufrimiento y la sumisión. Una religión donde el pobre debía esperar recompensa después de la muerte mientras los poderosos acumulaban riqueza aquí en la tierra. Pero la Iglesia de los Pobres abrió otra puerta: la de un Cristo que camina junto al explotado, junto al marginado, junto al pueblo que lucha.
Ese Cristo liberador tiene rostro cimarrón. Es el Cristo que navega por los ríos de Esmeraldas, el que acompaña las mingas del Chota, el que camina en los barrios populares de Guayaquil y Quito. Es un Cristo que no teme al sonido de la marimba ni al retumbar del bombo porque comprende que la espiritualidad también danza, también canta y también resiste. No es el Cristo frío de los altares lejanos; es el Cristo que comparte el pescado, el verde y la palabra sencilla con la comunidad.
Nuestros mayores enseñaron que la fe verdadera no puede estar separada de la justicia. Decían las abuelas que “de nada sirve rezar mucho si el vecino se acuesta con hambre”. Esa sabiduría sencilla contiene una profunda verdad teológica y política: el amor a Dios solo es real cuando se transforma en amor concreto hacia el otro. Por eso la Iglesia de los Pobres comprendió que la santidad también es política. No existe espiritualidad auténtica en medio de la indiferencia. No hay Evangelio verdadero cuando se naturaliza el racismo, la exclusión o la pobreza. La fe no puede convertirse en un refugio para olvidar la injusticia; debe ser una fuerza para enfrentarla.
En los territorios afroecuatorianos, la Iglesia de los Pobres ayudó a fortalecer procesos organizativos, educativos y culturales. Muchos líderes comunitarios aprendieron a leer la Biblia junto a la lectura crítica de la realidad. Descubrieron que Moisés enfrentó al faraón, que los profetas denunciaron la injusticia y que Jesús fue perseguido por ponerse del lado de los humildes. La cruz dejó de verse únicamente como símbolo de sufrimiento y comenzó a entenderse como consecuencia de enfrentar al poder injusto. El Cristo crucificado se pareció entonces al cimarrón perseguido, al joven discriminado, a la madre desplazada, al trabajador explotado y a los pueblos históricamente olvidados.
La Iglesia de los Pobres también enseñó que la comunidad vale más que la acumulación individual. Mientras el sistema dominante impulsa una economía donde unos pocos enriquecen sus bolsillos a costa del sufrimiento colectivo, nuestros pueblos mantienen viva otra lógica: la de compartir. El Palenke funcionaba porque nadie podía salvarse solo. Esa enseñanza sigue siendo profundamente revolucionaria en nuestros tiempos. Frente al individualismo, la espiritualidad afrodescendiente propone comunidad. Frente a la codicia, propone reciprocidad. Frente a la exclusión, propone abrazo colectivo.
Los abuelos decían que “el paraíso no está lejos; el paraíso se construye cuando nadie pasa necesidad”. Esa frase contiene una arquitectura ética y espiritual para el futuro. El nuevo Palenke que soñamos no puede edificarse sobre el egoísmo ni sobre la explotación. Debe construirse sobre la solidaridad, el respeto a la naturaleza, la igualdad y la dignidad humana.
El Cristo cimarrón nos enseña que el Reino de Dios no es una promesa abstracta reservada para después de la muerte. El Reino comienza aquí, cuando el pueblo se organiza; cuando la mujer deja de ser invisibilizada; cuando el niño puede estudiar; cuando la juventud encuentra oportunidades; cuando la comunidad defiende el río, la montaña y el manglar frente al saqueo.
Por eso nuestra iglesia no tiene paredes. Es una iglesia abierta porque el Espíritu no puede encerrarse en estructuras rígidas ni en jerarquías alejadas del sufrimiento humano. Nuestra iglesia nace en el río, en la canoa, en el barrio y en el campo. Su altar es la vida misma. Sus himnos son los arrullos y los alabaos. Sus campanas son el tambor y la marimba que anuncian que el pueblo sigue vivo. Es una iglesia diversa, donde el Dios de la vida no se impone desde el miedo sino desde el amor liberador. Una iglesia que entiende que la espiritualidad afrodescendiente no contradice el Evangelio, sino que lo enriquece profundamente. Porque nuestros pueblos aprendieron a conversar con Dios desde la memoria ancestral, desde el cuidado de la naturaleza y desde el sentido comunitario de la existencia.
La colonialidad intentó arrancarnos nuestras raíces espirituales, pero no pudo destruirlas. Permanecieron escondidas en los cantos, en los rezos de las abuelas, en las ceremonias comunitarias y en el respeto profundo hacia los ancestros. Hoy, la Iglesia de los Pobres tiene el desafío de reconocer plenamente esa riqueza y caminar junto a ella sin prejuicios ni paternalismos.
Conmemorar estos 50 años también exige autocrítica. Aún persisten sectores religiosos que continúan reproduciendo racismo, exclusión y visiones coloniales de la fe. Todavía existen voces que prefieren una iglesia silenciosa frente al poder económico y político. Pero la memoria del Evangelio liberador sigue viva en las comunidades que resisten. La Iglesia de los Pobres no nació para acomodarse al sistema; nació para acompañar las luchas del pueblo. Su misión no es bendecir privilegios, sino defender la vida. No está llamada a proteger la riqueza acumulada, sino a anunciar justicia para quienes históricamente han sido excluidos.
Hoy más que nunca necesitamos recuperar el espíritu del Palenke. Necesitamos construir comunidades donde la vida esté por encima del mercado; donde la tierra no sea mercancía; donde los jóvenes no sean condenados a la violencia y al abandono; donde las mujeres sean respetadas; donde el racismo sea enfrentado con firmeza; donde la espiritualidad vuelva a conectarnos con la humanidad y con la naturaleza.
El nuevo Palenke debe ser una arquitectura de esperanza construida desde abajo. No se levantará únicamente con cemento ni con leyes, sino con conciencia colectiva, memoria histórica y organización popular. Los abuelos nos dejaron el mapa: compartir el pan, cuidar la vida, escuchar a la comunidad y no arrodillarse jamás frente a la injusticia. Por eso, estos 50 años de la Iglesia de los Pobres son también una invitación a seguir caminando. A no permitir que la fe sea secuestrada por el miedo, el odio o el fanatismo. A recordar que Jesús fue un hombre perseguido por anunciar dignidad a los pobres y libertad a los oprimidos. El Cristo cimarrón sigue caminando con nosotros. Camina en cada madre que lucha por alimentar a sus hijos. Camina en cada joven que defiende su identidad. Camina en cada comunidad que protege sus territorios. Camina en cada tambor que anuncia que todavía estamos vivos.
Y mientras exista un pueblo que resista, el palenke seguirá abierto. Que estos 50 años no sean solamente memoria, sino compromiso. Que la Iglesia de los Pobres siga oliendo a pueblo, a río, a montaña y a comunidad. Que siga siendo refugio para el cansado y fuerza para el que lucha. Porque la fe verdadera no nació para domesticar al pueblo, sino para liberarlo.
¡Por los 500 años de resistencia afrodescendiente!
¡Por los 50 años de la Iglesia de los Pobres!
¡Por el Cristo cimarrón que camina junto a su pueblo!
¡Amén, Ashé y Justicia!
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