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Y el Tío Sam cogió un conejo de su sombrero mágico

Fuentes: Rebelión

De algo sirvió el conejo: lo decolonial fue subsumido con lenguaje demócrata gringo, “inclusivo” y globalista (“all the colors of Benetton”, para beneficio de la diversidad óntica). De ese modo se reduce la liberación en emancipación sistémica, es decir, emancipación como subsunción, o sea, la inclusión como aspiración máxima. En tal caso la emancipación se libera de sí misma y se cotiza en el mercado bursátil: la disidencia cotizable resulta en la diversidad rentable.

No nos vamos a detener en cuestiones superficiales: ¿se trata de música, se le entiende? Incluso tampoco vamos a negar nihilistamente aquel acto político. En primer lugar, el arte también expresa lo grotesco, no sólo lo bello. Pero las preguntas decisivas no se detienen en la escenografía sino en los poderes que manejan (en las sombras) el teatro-mundo.

Porque lo que interesa es esto: ¿qué se puso en escena?, ¿quién es el interlocutor de ese teatro escenificado?, es decir, ¿quién tiene el poder de travestir un discurso en apariencia insurrecto y usarlo para otros fines? Porque la rebeldía también es un recipiente donde puede entrar todo y nada; o sea y, en definitiva, ¿a quién le conviene esa Babel desatada en medio de la definición geopolítica del Abya Yala, con Cuba, Venezuela y México bajo amenaza? Porque la superposición de lo latino no resulta inocente, aunque presuma legítima reivindicación y desagravio.

El termidor de toda revolución se inscribe en esta lógica. Ya lo advirtió Hinkelammert. La descolonización expresada en la perspectiva (que deviene en discurso) decolonial, poseía una profunda carga interpeladora de la totalidad ontológica moderna, o sea, se inscribía en una tradición crítica como ruptura revolucionaria. Pero la tarea del termidor consiste en vaciar el contenido popular y de profunda base democrática de toda revolución y aburguesarla, o sea, normalizarla, devolverla a lo mismo, al ser, como simple crítica óntica; es decir, manipula una revolución (ya sea política o teórica) para resolver las contradicciones internas y performativizar, de mejor modo, las determinaciones del ser.

Ahora el termidor se incrusta en la confusión categorial, identifica emancipación con liberación, por eso viste de rosa, festeja la diversidad woke, se escuda en las políticas de afirmación y habla con tintes decoloniales. De ese modo los decoloniales (de las academias del centro) delatan su herencia posmoderna (relativismo que ya no expresa al otro como un quién sino lo presenta como lo indiferenciado óntico de la simple oposición lógica: esto o lo otro). Ahora, son ellos los protagonistas del nuevo evangelismo ontológico: la totalidad se reafirma a sí misma, convirtiendo al otro en mera diferencia óntica.

El “giro decolonial” ya no es más que un giro sobre sí mismo para reafirmar la lógica de la mismidad: lo mismo sobre el otro. Un nuevo triunfo ontológico del modo cómo se autocomprende –y desarrolla– la totalidad a sí misma. Las “máscaras blancas” ahora tienen la excusa perfecta para blanquear la “piel negra”; porque el rechazo al supremacismo blanco (que encarna Trump), ya no libera sino reafirma la demanda de aspirar a los derechos blancos.

Derrota del trumpismo pero triunfo del Imperio. Dialéctica intrascendente de autoafirmación del serEl otro ya no es exterioridadlo latino ahora expresa una salida hacia adentro del sistema. Ontología acabada. No hay alternativa. Ahora el Imperio, en su propia descomposición, seduce con la ilusión de la emancipación.

Por eso el show del conejo no es improvisado ni genuino. Está muy bien calculado, como marketing en busca de ampliación de su espectro invasivo de mercados cautivos; porque el odio a Trump genera emociones que el mercado puede capitalizar en favor de agendas que conviene legitimar para fines de alta rentabilidad financiera globalista.

Apple music –fiel a la lógica del mercado– lo entendió bien: logró monetizar el rechazo al trumpismo con “política afirmativa”. Una propaganda demócrata en la diagramación mercadotécnica de la política: las posturas de resistencia afirmativa ahora son también mercados cautivos. La puesta en escena de un acto político en el Superbowl, usando al ganador del Grammy, permite el ingreso al mercado de la resistencia latina y hasta con lenguaje decolonial.

Tomar la reivindicación de lo latino como clave de liberación transontológica, podría esperarse, aunque demagógicamente, de la izquierda progre; pero que los decoloniales hagan eso, demuestra una falta preocupante de geopolítica del conocimiento histórico que deviene, inevitablemente, en la exclusión encubierta de la exterioridad que representan afros e indígenas no subsumibles en lo latino; además de ser una identidad adoptada por las oligarquías que nunca renunciaron a la tradición latina greco-romana que representaba la añorada –para estos– madre patria; por eso sirve después, para el triunfante capitalismo anglosajón, como señalamiento despectivo de lo premoderno (De Paw: Africa empieza en los Pirineos).

En definitiva, ¿qué identidad reclamas, especifica qué tradición admites? Cuando Guaman Poma dice que “no fue bastante quitarles la tierra y el trabajo, sino también la memoria y la costumbre”, señala una práctica que primero lo hacen los conquistadores y luego los mestizos asimilados. Si la modernidad triunfa, nunca habiendo demostrado su presunta superioridad (hoy ya imposible de afirmarse por la destrucción que está provocando), triunfa por su vocación de dominación exponencial.

Porque estuvo siempre dispuesta a destruir todo, es la razón por la cual todos los pueblos y naciones retrocedieron ante semejante propósito. Por eso, negar al otro es lo que metódicamente se sofistica hasta el extremo, para no dejar a nadie con vida ni con memoria. Eso se hace en Gaza y eso, inocente (o macabramente) se realiza hasta enarbolando las propias banderas de los oprimidos. Por eso, cierto optimismo inocente (hasta decolonial) peca por irresponsable.

En Gaza creyeron que un operativo táctico de Hamas (consentida además por las agencias de inteligencia israelí, como justificativo para desatar el actual genocidio) bastaba para vencer al Estado sionista; del mismo modo, creen que una escenificación en el Superbowl basta para inflamar el desafío al supremacismo WASP. Pero todo ese optimismo no hace sino hacer eco de ciertos cálculos que llevan a inclinar la preferencia electoral hacia el ala demócrata (sionismo globalista warmonger) del establishment político gringo.

En gringolandia los latinos tampoco despiertan del “american dream” y también desprecian a sus propios pueblos en busca de ese sueño. Su reivindicación posee ese contexto, buscan emanciparse para ser “aceptados”, incluso justificando el tributo imperial. La idealización de lo latino ya no permite percibir que ese sueño que busca el inmigrante es también la afirmación del “american way of life”. El problema es que el “american way of life” cuesta. Y ese costo es la pesadilla de nuestros pueblos

Enfrentar al supremacismo WASP desde el locus latino es también reafirmar los estereotipos; porque lo latino es otro estereotipo que el propio lenguaje imperial produce para desaparecer la otredad e incluirlo como una mera diferencia al interior del horizonte de percepción del ser. En tal caso, el sombrero mágico del Tio Sam hizo posible que el “giro decolonial” renuncie al giro y ya no sepa cómo situarse en la exterioridad; aquella negatividad del sistema ya no afirma lo más allá que el ser sino que lo oferta como otro bloque de reclutamiento que requiere el dólar para reponer su hegemonía.

Rafael Bautista S., autor de: La Descolonización de la Política. Introducción a una política comunitaria, 2014. Dirige “el taller de la descolonización”

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.