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Che, el argentino

Fuentes: Rebelión

Prólogo de Fernando Martínez Heredia al libro «Che, el Argentino», de autores varios (AA.VV.). Buenos Aires, Mano en mano, 1997. También fue incorporado al libro de ensayos de Fernando Martínez Heredia «El corrimiento hacia el rojo» (2001). Bogotá, Editorial Letras Cubanas, 2001. pp.237-243. Cariño correspondido podria llamarse este texto, si lo personal pudiera ser su […]

Prólogo de Fernando Martínez Heredia al libro «Che, el Argentino», de autores varios (AA.VV.). Buenos Aires, Mano en mano, 1997. También fue incorporado al libro de ensayos de Fernando Martínez Heredia «El corrimiento hacia el rojo» (2001). Bogotá, Editorial Letras Cubanas, 2001. pp.237-243.

Cariño correspondido podria llamarse este texto, si lo personal pudiera ser su centro. Para todo cubano de mi generación la América Latina ha sido un paraje intimo, un lugar del amor más trascendente -por lo general platónico -, la esperanza más limpia, nunca maculada y siempre lavada con sangre. Un largo triángulo escaleno en puntillas y encima una humareda que se densa y se interrumpe bruscamente para no ser Estados Unidos. Los juegos y disfraces de nuestros niños, ciertas malas palabras, las canciones, la hora de los juramentos. El peso de una cultura, la posibilidad de que la emoción presida al pensainlento, la fuerza misteriosa que nos legítima frente a tanta modernidad racionalista que nos exige o nos seduce desde sus mentiras. La América nuestra – qué expresión tan feliz – en vez de las Grecias que no son nuestras. Si lo personal fuera el centro de este texto sentiría la leve vanidad del que se descubre amado por quien uno considera superior.

Me reporto enseguida, sin embargo. Si me piden que prologue un libro de argentinos que se llama Che, el argentino, debe ser por necesidades y razones más precisas que las pasiones de mi generación. Es cierto que he escrito acerca del Che, e insistido en su legado y su pensamiento. También es cierto que de manera muy generosa me han escuchado tantas veces en Argentina, y han publicado mis textos. Pero algo he aprendido de nacionalismos para saber cuántas fronteras existen entre los pueblos todavía. En sentido contrario está un dato: los que me piden el prólogo son jóvenes, y eso incorpora el enigma, la preciosa falta de cautela y el ardor de la parte mejor de nuestra especie. ¿Será que otra vez volverán a dar lecciones los jóvenes a los mayores?

De todos modos, escojo el único camino cierto. Si no he leído ninguno de los textos que siguen, si no conozco personalmente a algunos de los que han escrito este libro, entonces me han pedido que lo prologue porque soy cubano y cheísta, porque mi país revolucionario es una instancia fraterna de unidad de lo diverso (¿cómo puede la unidad ser de otra cosa que de lo diverso?), y porque ocuparse del Che contiene una exigencia de radicalidad que nos hermana a todos los participes del libro. Un poco más tranquilo, paso a hacer unos breves comentarios. Ante todo, el homenaje. A los 30 años de Bolivia, levanto mi voz desde el pueblo humilde de Cuba que bautizó al Che y le llamó por cariño el argentino, que lo acompañó por todos sus caminos, que ascendió junto a él los escalones más altos. El pueblo de Manuel El Isleño, el fusilero seguro; de Lidia Doce, la rebelde campesina y mensajera infatigable; de Braulio, el terrible guerrero negro; de los trabajadores vanguardia y de la gente corriente que trataba de ser como el Che. Unido el sudor y la sangre de cubanos, bolivianos y peruanos: de Vázquez Viaña, de Simón Cuba, Coco Peredo, Pan Divino, de Juan Pablo Chang; la gente del pueblo de América, que acompañó al Che en su última batalla. El argentino se levantó a si mismo y los levantó a todos, los enseñó a aproximarse de manera decisiva, mediante los ideales y el sacrificio compartidos.

Ernesto Che Guevara fue un argentino que hizo su vida pública y su fama fuera del país natal. No le quita eso un ápice a su argentinidad, mamada en casa, en padres y hermanos, escuela, ciudades, gestualidad, paisajes, grupos de muchachos, noviazgos, canciones, amigos, silencios, bombillas de mate y tantas cosas más, todas ellas argentinas. Esa tierra de inmigrantes ya era una comunidad nacional cuando eso sucedió, y ninguno de sus elementos faltó a este hijo de familia de clase media, culta y por suerte moderna y venida a menos. No fue activo en política argentina cuando era solo Ernesto y eso le da escozor a todo el que lo mira desde su posteridad: ¿acaso no ha sido ese, casi siempre, el comportamiento de millones de jóvenes argentinos, y de todas partes? Al fin y al cabo Ernesto poseyó ideales hermosos y fuertes desde muy temprano en la vida, y eso es lo decisivo con los jóvenes. En Argentina formó su tenacidad, su temeridad, su voluntad acerada; aqui encontró los libros disponibles que devoró sin tasa; aquí comenzó a prepararse para su vida, la que forjarla. Como es natural, no sabia en qué consistiría ella.

Sus inclinaciones llevaron a Ernesto al extranjero, es cierto. Primero lo llevaron, sin embargo, a conocer el propio país, algo que no hace casi nadie, si exceptuamos a los que se ven obligados en busca de la subsistencia (un tucumano sin techo le pregunta, desde otra lógica: «¿Toda esa fuerza se gasta inútilmente usted?»). Y lo fundamental: no terminó en Paris, Londres o sus sucedáneos, a pesar de su persistente ansia de mundos y su sueño de ir a Europa tan poco antes de irse a la revolución.

El mundo que Ernesto asumió fue el latinoamericano. Todavía sin conciencia política lo grita en la estación Retiro: «¡Aquí va un soldado de América!». Ernesto salió en busca de otra dimensión de su Argentina, de la Patria Grande. Lo que sucede es que no es igual la idea abstracta -incluso de los ideales más ciertos- que su realidad insólita, singular, agresiva, chocante, cautivadora; no es igual la idea abstracta que las vivencias del que alimenta ideas. ‘Me siento americano», escribe con convicción Ernesto Guevara. Conoce a Fidel y sus compañeros y se prepara a combatir en Cuba, pero lleva consigo la bandera argentina hasta la cumbre del Popocatepétl.

La Revolución cubana fue la que le dio su perfil y lo convirtió en el Che, a tal punto que lo hizo también cubano, pero fue su motivación latinoamericana la que lo llevó a ella. En Cuba revolucionaria alcanzó el Che su singularidad y su plenitud. En los avatares de la creación socialista, en la política isleña, fue un cubano; en Africa y en Bolivia fue un comandante cubano internacionalista en operaciones. Pero es difícil exagerar la influencia descomunal en América Latina de la Revolución cubana, verdadero parteaguas de las conciencias del continente en este Siglo, alimento de esperanzas y de conductas radicales. Argentina no ha sido una excepción en ese cuadro. El Che tuvo una participación muy descollante en la experiencia cubana, y es el representativo por excelencia del pensamiento y las conductas característicos de su proyecto original, el más ambicioso y liberador producido en América. La contribución de este argentino cubano al país en que nació es entonces inmensa. Más aún si recordamos el reclamo básico de la revolución cubana: vale el ejemplo pero no la imitación, sólo el protagonismo de cada cual brindará fuerza y legitimidad a los cambios profundos y a la marcha unida.

El internacionalismo ha sido una dimensión central en la revolución cubana, lo que significó un enorme adelanto para la cultura de rebeldía y de liberación. El Che es el paradigma de ese internacionalismo. En todo momento dejó testimonio de sus ideas y de su disposición sin fronteras hacia «la causa sagrada de la redención de la humanidad» El que esto afirma no olvida jamás las identidades nacionales, ni el papel indispensable de «la galvanización del espíritu nacional»; la prédica en fin de revoluciones socialistas de liberación nacional. Y el ser humano individual, el Che Guevara, jamás esconde su personal identidad ni sus resortes íntimos, ni siquiera a la hora de los más públicos desafíos: «Soy cubano y también soy argentino y, si no se ofenden las ilustrísimas Señorías de Latinoamérica, me siento tan Patriota de Latinoamérica, de cualquier país de Latinoamérica, como el que más, y en el momento en que fuera necesario estaría dispuesto a entregar mi vida por la liberación de cualquiera de los países de Latinoamérica, sin pedirle nada a nadie, sin exigir nada, sin explotar a nadie»

Como era natural, el Che internacionalista se interesa e involucra en los asuntos de Argentina dentro de una actividad más diversificada y unas perspectivas más amplias. Como también era natural, Argentina le es entrañable, y su contacto con los paisanos que vienen a Cuba, sus opiniones, su actitud respecto a una revolución en Argentina, están teñidos de intimidad, pasión y ansia de entrega personal: «pertenezco, a pesar de todo, a la tierra donde nací»‘. Innumerables acciones, recuerdos, anécdotas y textos apoyan esa afirmación.

La muerte de Jorge Ricardo Masetti y sus compañeros le hace sentir la urgencia de concurrir él mismo a la palestra argentina. No lo logrará. Pero el Che internacionalista, el soldado de América que trata de ayudar a levantarse a la tierra natal y que deja una huella tan honda en tantos compatriotas, es uno de los valores fundamenta les de la Argentina contemporánea. El mundo avanza, aunque no lo parezca, La muerte del Che fue un campanazo terrible que conmovió a muchos en Argentina, aunque no tuvo fuerza suficiente para limar los desencuentros principales que sufría la rebeldía en esos años. Esta buscó sus caminos, sin embargo, pero fue ahogada por el más brutal terrorismo de Estado. Después hemos visto como el país de más notable desarrollo económico y de capacidades productivas de la región es afectado por las tendencias centralizadoras, parasitarias, marginalizadoras, excluyentes, del capitalismo actual. Pero el mundo avanza, aunque no lo parezca, y vemos en 1997 como regresa el Che en tantos lugares del mundo, y regresa también en la Argentina. Che es hoy más argentino que en 1967, y fueron los que lucharon, se sacrificaron, murieron -tantos miles se sumaron al Che como desaparecidos- los que aportaron su sangre para el renacimiento del Che y su nueva inscripción en el Registro Civil, y le dieron su ciudadanía plena. ¿Cómo se consumará ese regreso, para qué será? Que ya sea ese el tema de debate indica un gran avance: terminó el tiempo del olvido; hay que replantear los viejos problemas y plantear bien los problemas nuevos.

Mientras escribo este texto anuncian los noticieros que apareció la huesa del Che. Naturalmente, no estaba solo. Tres cubanos, dos bolivianos y un peruano fueron los componentes de su escuadra guerrillera estos últimos treinta años. La laboriosidad y la paciencia de quienes han buscado tanto puede sentirse premiada por este descubrimiento tan valioso. Pero todos sabíamos que el Che estuvo en el subsuelo de su América todo este tiempo. ¿Quiere decir el hallazgo que ahora estará más arriba, que andará al menos sobre el suelo, a la vista de todos? En realidad esto último no es noticia: desde hace algún tiempo el Che está andando a la vista de todos. Sus huesos llegan con cierto retraso.

El Che mismo, no, Su presencia es temprana respecto a lo que verdaderamente importa. El Che ha regresado cuando la protesta social apenas comienza y busca sus formas expresivas, y las formas políticas de rebeldía ensayan y se descalabran -por lo general en el silencio de la institucionalidad- o son jóvenes en unos lugares, y ni siquiera se insinúan en otros. El Che, como de costumbre, llega temprano a sus citas.

El impulso de rebeldía y la racionalidad son los dos motores de la creación posible de una manera nueva de vivir, de sociedades nuevas. El impulso de rebeldía es una constante, que puede llegar a ser eficaz. Si el pensamiento de liberación crece y resulta cada vez más eficaz, acercará el futuro. El rápido auge del interés en conocer el pensamiento del Che es impresionante. Este es un hecho muy favorable, porque hoy su pensamiento nos puede aportar mucho más que nunca antes, y no hay manera de alejar su pensamiento de la rebeldía.

La lucha que está en curso hoy es una guerra cultural. Lo que está en juego realmente es si se acepta o no que la vida cotidiana solo puede ser vivida como lo dispone el sistema dominante, que la resignación sea la respuesta a la exclusión de cada vez más personas mientras se multiplican los adelantos técnicos, las ganancias de los grandes y la sofisticación del consumo.

Si se acepta o no que toda trascendencia esté pasada de moda, que el valor de cambio reine sobre los valores humanos, que, la dirección sea ejercida por los enanos que confunden el planeta con Liliput. Es mucho más profunda, velada y compleja que una lucha política por el gobierno o un enfrentamiento abierto y frontal.

Para esa crucial lucha cultural necesitamos al Che Guevara. Bienvenidos sean entonces libros como éste, que buscan al argentino universal de hoy y de mañana desde problemas, posiciones y perspectivas diferentes, pero con el ánimo común de hacer vivir al Che definitivamente fuera de los altares, en función de servicio, como él vivió y murió.