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Cuando el pueblo canta, el dolor se vuelve esperanza

Fuentes: Rebelión - Imagen: Celebración del chigualo por Josué, Ismael, Nehemías Saúl y Steven, conocidos como "los cuatro de Guayaquil", enero de 2025. Foto: Blanca Moncada Pesantes (BBC)

«Sanar es trascender el miedo y convertir el amor en acción. No hay libertad sin valentía ni justicia sin compromiso. El miedo ha sido la cadena impuesta por los opresores, pero el amor es la llave que la rompe. La historia nos impone elegir: someternos o transformar la realidad. Amar a nuestro pueblo es desafiar la miseria, resistir la violencia y construir dignidad colectiva. La justicia no es un regalo, es una conquista. No podemos esperar el cambio, debemos encarnarlo. Solo amando sin temor, resistiendo sin descanso y actuando con conciencia, podremos forjar un futuro donde la justicia y la vida sean inquebrantables.» -Palabras de los abuelos Cimarrones

En la cosmovisión afroecuatoriana, los niños ocupan un lugar central como símbolos de continuidad, esperanza y vínculo con los ancestros. Son considerados la manifestación viva del linaje y la herencia cultural, por lo que su crianza y protección son responsabilidad no solo de la familia, sino de toda la comunidad.

Desde el nacimiento, los niños son recibidos con cantos, de arrullos, que no solo celebran su llegada, sino que también los conectan espiritualmente con los mayores y con las fuerzas protectoras. En caso de fallecimiento en la infancia, los chigualos cumplen la función de despedida con una dolorosa alegría, pues se cree que los niños fallecidos regresan como guías espirituales a la tierra de los ancestros.

La educación en la comunidad afroecuatoriana no se limita a la enseñanza académica, sino que está profundamente arraigada en la oralidad y en la transmisión de saberes ancestrales. Los niños aprenden desde pequeños sobre la importancia de la naturaleza, la medicina tradicional, la música y la espiritualidad. Además, se les inculca la noción de resistencia y lucha, recordándoles la historia de sus ancestros esclavizados y su legado de libertad.

El respeto por los niños también se manifiesta en el cuidado colectivo. La frase “El niño es de quien lo cría” resume la idea de que la maternidad y la paternidad son roles compartidos entre la familia extendida y la comunidad. Esto garantiza que todos los niños crezcan rodeados de amor, orientación y disciplina.

En este contexto, los niños no son solo el futuro, sino el presente de la comunidad, pues su bienestar refleja la salud y la fortaleza del pueblo afroecuatoriano.

El dolor de perder un hijo y no saber dónde descansan sus restos es una herida que nunca cierra, un eco de llanto que atraviesa el tiempo y la historia. Es el mismo grito ahogado de aquellas madres y padres cuyos hijos fueron arrancados de sus brazos por la brutalidad del tráfico de esclavizados, cuyas pequeñas huellas quedaron borradas por la violencia y el olvido. Hoy, como ayer, la ausencia pesa como un luto sin cuerpo, como un vacío que arde en el alma de un pueblo entero. Los cuatro angelitos de Guayaquil son la síntesis de ese dolor ancestral, de los miles de niños desaparecidos en la noche oscura de la injusticia. Pero en la voz de la comunidad, en el arrullo del chigualo, el llanto se transforma en canto, el dolor en resistencia, el duelo en sanación. Porque el chigualo y el alabao no son solo despedida, son camino de regreso a la memoria, ofrenda de amor a quienes partieron sin despedida. Es el espíritu del pueblo afroecuatoriano que, aún en medio de la pérdida, canta para limpiar la pena, para sostenerse en la fe, para recordar que la muerte no es olvido, sino un puente hacia la eternidad.

El eterno dolor de un pueblo no es solo el peso de la historia, sino la herida abierta de un presente que sigue repitiendo las injusticias del pasado. ¿Quién responde por los niños arrancados de los brazos de sus madres, por los cuerpos que nunca fueron enterrados con dignidad, por las vidas truncadas por la violencia de un sistema que solo beneficia a unos pocos? La furia diabólica del lobo del ser humano se ha vestido de colonizador, de negrero, de terrateniente, de político corrupto, de empresario sin alma, de mercenario de la muerte. Y seguimos caminando sobre un suelo que aún guarda la sangre de nuestros ancestros, sobre caminos donde las botas asesinas han pisoteado la esperanza de los más humildes. ¿Hasta cuándo? ¿Cuándo podremos transitar nuestra propia tierra sin miedo, sin la sombra del exterminio rondando nuestras casas, sin la amenaza de que el hambre, la violencia y el abandono nos arranquen a los nuestros?

La verdadera justicia no puede ser solo castigo ni venganza, sino un acto de reparación, un proceso que sane las cicatrices de la historia y nos permita reconstruir nuevos acuerdos, nuevas formas de convivencia donde la paz no sea un discurso vacío, sino una realidad tangible. La paz no es la ausencia de guerra, sino la presencia de educación, salud, vivienda digna y oportunidades para todos. ¿Por qué los gobiernos siguen sirviendo a la minoría, mientras la mayoría sigue sobreviviendo con migajas? ¿Por qué seguimos permitiendo que nuestras diferencias sean utilizadas para dividirnos, para hacernos enemigos entre hermanos, mientras los verdaderos explotadores se enriquecen con nuestro sufrimiento? La única revolución que tiene sentido es la que nos enseña a reconocernos como iguales, la que nos devuelve la humanidad que nos han arrebatado, la que nos permite mirar a nuestro hermano sin importar el color de su piel y verlo como compañero de lucha, no como rival.

Cuando entendamos que no hay libertad sin justicia, cuando dejemos de ser cómplices del poder que nos oprime, cuando pongamos la vida por encima del capital, cuando el bienestar colectivo sea la verdadera meta de quienes gobiernan, entonces, y solo entonces, habremos derrotado al lobo que habita en el ser humano y podremos caminar en libertad por nuestra tierra, en un Ecuador donde la paz no sea una utopía, sino un derecho conquistado.

Sanar tanto dolor no es tarea fácil, pero es posible si transformamos el sufrimiento en una semilla de cambio. No podemos devolver la vida a quienes nos fueron arrebatados, pero sí podemos honrarlos construyendo un país donde la violencia no sea el destino de nuestros niños, donde la injusticia no sea la norma y donde la memoria sea el pilar de nuestra dignidad. La sanación comienza cuando convertimos el duelo en acción, cuando organizamos a las comunidades para exigir justicia, cuando tejemos redes de apoyo que abracen a los padres, a las familias, a los barrios golpeados por la tragedia. Porque el dolor no se supera en soledad; se atraviesa en comunidad, con la certeza de que no estamos solos, de que nuestra voz no será silenciada.

A Guayaquil le entregamos la lección de la unidad, de la resistencia, de la necesidad de recuperar su identidad solidaria y no dejarse consumir por la indiferencia. Al gobierno del  Ecuador le dejamos la tarea de repensarse, de construir políticas públicas que protejan la vida antes que los intereses de unos pocos, de garantizar que la educación, la salud y el bienestar no sean privilegios, sino derechos inquebrantables. Es momento de abrir espacios de sanación colectiva donde el arte, la música, la historia y la espiritualidad afroecuatoriana nos ayuden a limpiar la herida, a convertir la memoria en una fuerza transformadora.

La esperanza nace cuando entendemos que no podemos permitir que se repita la historia, que la paz no es solo una palabra bonita, sino un compromiso diario. La verdadera justicia es crear un país donde ningún niño más sea víctima de la violencia, donde los barrios sean espacios de vida y no de muerte, donde la pobreza no sea la sentencia de quienes nacen en ella. Y esa justicia no vendrá sola, la construiremos juntos, en las calles, en las aulas, en la conciencia de cada ecuatoriano que decida no callar, que decida proteger la vida como el más sagrado de los bienes.

Sanaremos cuando comprendamos que el amor por nuestro pueblo debe ser más fuerte que el miedo. Porque el miedo paraliza, silencia, divide; pero el amor construye, une, transforma. La historia nos ha enseñado que el miedo ha sido la herramienta de los opresores, el grillete invisible que impide a los pueblos levantarse y reclamar lo que les pertenece. Nos han enseñado a temer al otro, a desconfiar de nuestra propia fuerza, a creer que la injusticia es un destino inevitable. Pero cuando el amor guía nuestra lucha, el miedo pierde su poder.

El amor por nuestro pueblo no es una emoción pasiva, sino una fuerza activa que nos obliga a cuestionar, a resistir, a crear nuevas posibilidades. Amar a nuestro pueblo es no aceptar la miseria como normalidad, es levantar la voz ante la violencia, es luchar por una educación que despierte conciencias y una justicia que no solo castigue, sino que repare. Es entender que la verdadera riqueza de una nación no se mide en cifras económicas, sino en el bienestar de su gente, en la dignidad con la que vive cada niño, cada madre, cada anciano.

Sanar significa despojarnos del miedo que nos han impuesto para mantenernos sometidos y asumir la responsabilidad de nuestra historia. No podemos esperar que la justicia nos llegue como un favor, debemos construirla con nuestras manos, con nuestras palabras, con nuestras acciones. Cada acto de amor hacia nuestro pueblo es una semilla de transformación, cada gesto de solidaridad es una grieta en el muro del miedo.

No hay libertad sin amor, ni justicia sin valentía. Por eso, el desafío más grande de nuestro tiempo es convertir el amor en acción, en compromiso, en decisión. Sanaremos cuando comprendamos que no hay salvación individual en un mundo de injusticia colectiva, cuando sepamos que no basta con sobrevivir, sino que debemos vivir con dignidad. Sanaremos cuando el miedo deje de ser la sombra que nos persigue y el amor sea la luz que nos guíe.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.