Walter Benjamin construyó esa potente imagen del Angelus Novus (pintura del P. Klee), el ángel de la historia que mira horrorizado el pasado mientras que una corriente lo arrastra hacia el futuro. Similar es nuestra situación, que miramos las posibilidades de un futuro con horror y asco mientras que esta misma corriente nos arrastra hacia esas ruinas. Es el legado del futuro o un signo del futuro ruinoso que nos espera y que somos incapaces de frenar.
Hemos entrado a una realidad que nos supera. Es decir, que supera todo nuestro esfuerzo por comprender los hechos horribles que se apilan ante nosotros. Porque no es solo comprensión en abstracto -como algún ejercicio filosófico de interpretación -, sino que esta comprensión resuena con todas las fibras de tu ser. Es más que solo muestras de empatía, sino el desarrollo de una ética, profundamente consternada con las increíbles injusticias que estamos viendo a diario. La muerte, la aniquilación, la deshumanización, el silenciamiento, todos conforman un entramado que nos grita que el mundo ha cambiado y que mañana las victimas serán otros, quizás, tu mismo.
Claramente el genocidio es la forma más acabada de la crueldad humana, y si vemos como esta crueldad es defendida y justificada en el llamado “mundo libre”, más tardar ahí deberíamos detenernos a dudar de todo cuanto nos dicen. Es como si la crueldad se ha vuelto la religión oficial del poder. Quizás siempre fue así, solo que ahora ya no hay mascaras que la disfracen. O ya no pueden o ya no lo quieren disfrazar. Da un poco lo mismo que es lo que piensa el “mundo”, es decir, no el “occidente” sino el “resto” (recuerden: the West and the rest). Como nos sugería el presidente colombiano Gustavo Petro que el genocidio en Gaza marca un punto de ruptura también frente a la política imperial ante el Sur global, signo de ese futuro ruinoso que nos espera.
Si los que tienen el poder de desplegar su crueldad sin límite alguno, sea ésta dirigida hacia un pueblo históricamente subyugado y reprimido como los palestinos (presenciando una segunda Nakba a tiempo real a punta de genocidio) o el bombardeo del país más pobre del Oriente Medio como es Yemen -pueblo indomable que ha optado por sacrificarse para presionar por el cese del genocidio en Gaza-, son los pobres que se levantan para defender a los pobres. Pero una vez más vemos que cuando se trata de los pobres no hay misericordia, solo infinita crueldad. El Imperio y sus vasallos van a demostrarle al mundo su infinita capacidad de ejercer violencia. La crueldad tiene un rostro y es ¡cuánta sorpresa! blanco.
Me cuesta creer que la gente seguirá siendo tan enceguecida en creer que E.E.U.U. e Israel defienden la libertad de la civilización occidental, tal como lo profesan sus líderes. Con patético infantilismo la nueva administración Trump cree que al bombardear Yemen lo que hacen es defender a Europa como si protagonizaran alguna producción hollywoodense. ¿Pero cuál será ese impulso que los mueve a ser tan infinitamente crueles? ¿Serán nociones como “supremacismo blanco”, “imperialismo”, o el “racismo” nociones suficientes como para “agarrar” la realidad de lo que sucede en las cabezas de esas personas con tanto poder? Probablemente no. Probablemente nos quedemos cortos en el análisis y en la especulación y probable que sea aun mas simple que eso.
Que sea como lo que nos hablaba Hannah Arendt que el mal absoluto solo es una fantasía y que el mal real es concreto y no abstracto, que es contextual y estructural de tal manera que cometer actos de crueldad ya ni siquiera se perciban como tales porque son partes de una maquinaria más amplia, más burocrática, más sistemática, donde la crueldad funciona como un engranaje más para la operatividad de la máquina. Así el mal se convierte en banal, porque ya ha sido naturalizado. Ya ni siquiera se percibe como mal sino como otra cosa, como un acto de justicia-venganza o como en el caso Israelí como política escatológica, como política de purificación.
Algunos hemos cometido el “error” no solo de simpatizar con la lucha palestina, libanesa y yemení, sino de considerar humanos a esas personas que resisten a su propia aniquilación, y reconocer siempre que sus muertes son de lamentar y recordar. Para resistir tal intento de deshumanización hemos de declarar la guerra a la propaganda imperial y sionista que nos desea inculcar que no todos los seres humanos valen lo mismo, continuando el cometido propagandístico y genocida, y justificar estas matanzas en el nombre de defender ciertos valores que nunca fueron tales.
Creo que siendo testigos de estas muestras de crueldad, estas tienden a paralizarnos, es por eso que debemos resistir a lo que esta crueldad desbordada hace con nosotros.
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