Homar Garcés

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El informe de la Organización de las Naciones Unidas sobre el cambio climático no podría emitir una conclusión más clara: “No hay duda alguna de que la influencia humana ha calentado la atmósfera, el océano y la tierra”.

El impacto causado por la evolución de la sociedad humana en los últimos dos siglos sobre la naturaleza en toda su complejidad ha sido profundo, irresponsable e irreversible.

Formados en la sumisión a un poder exterior, las personas (como sujetos) la internalizan y aceptan, algo que termina por darle sentido, de algún modo, a su propia existencia.

La construcción de un nuevo mundo posible implica más que discursos. Así suene cursi, se requiere esfuerzo, unión, amor y buena voluntad de todas y todos para lograr, de una forma simultánea, la emancipación integral de cada ser humano y la transformación estructural del modelo civilizatorio vigente.

Como cualquier otro recurso natural explotado por las grandes corporaciones transnacionales, ahora el agua comenzó a ser cotizada también en el mercado de futuros de materias primas en Estados Unidos, con lo cual, según la percepción general de muchos economistas, se convertirá en sector clave en la recuperación económica de la era post-Covid 19 que le tocará vivir al mundo.

En el largo camino hacia su emancipación, las mujeres han tenido que confrontar siempre el mito extendido de la superioridad que tendrían los hombres sobre ellas.

La aceptación (inducida o no) del contexto general creado -desde hace siglos- por la lógica del capitalismo implica una renuncia tácita a la libertad por parte de quienes experimentan dicha lógica a diario. Lo que se extiende a una falta de responsabilidad en relación con las acciones que estos generan -como individuos-; comisionándosela a Dios, al destino, a un líder carismático o al Estado (representado por el gobierno de turno), en vez de asumirla como expresión axiomática de su propia libertad.

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