En coyunturas que extienden la frustración social, la acumulación de renuncias da aliento a la demagogia ultra y favorece el contagio.
“Plantear la pregunta adecuada”. Así titula el director de la edición matriz (en francés) del Monde diplomatique, Benoît Bréville, su editorial del número de este mes de agosto [1]. Alude a la consigna lanzada por la dirigente ultraderechista Marine Le Pen de convocar un referéndum sobre el cese de la inmigración. Pero “¿qué pregunta se tendría que hacer?”, objeta el editorialista a la que agita la extrema derecha. En España, Vox tiene pregunta y respuesta: “deportar a siete u ocho millones” de personas “de origen extranjero” (parte de ellos españoles de nacionalidad y nacidos en España, convertidos así en una suerte de “inmigrantes” por herencia).
La “correlación”, constata Bréville, entre incremento de la inmigración y ascenso de las formaciones xenófobas en el continente europeo “parece casi mecánica”. El caso de Portugal le sirve de ejemplo: en 2017, 400.000 residentes extranjeros en el país luso y una extrema derecha “inexistente” (a ojos del articulista). Ocho años después, 1,6 millones de foráneos (15% de la población del país) y una ultraderecha encaramada a segunda fuerza de su Parlamento.
Cualquier persona con hábito de razonamiento estadístico sabe bien que una fuerte correlación entre dos series de variables no implica, por sí sola y necesariamente, que haya una relación simple de causalidad, general e inmutable, entre una y otra; aún menos una relación de causalidad determinante. Que un hecho cambie con otro no equivale a que uno lo haga a causa del otro. No es raro encontrarse con pasos en falso en este sentido, ya sea por ingenuidad o precipitación, o bien por el interés que mueve a ciertas inferencias falaces o infundadas.
Al contrario, Benoît Bréville invita a los lectores a remontarse a algunos años atrás. Más de década y media, con la economía portuguesa sacudida por la crisis financiera internacional que estalla en 2008 y al borde de la quiebra, sometida a partir de 2011 al rescate de la troika (Comisión Europea, Banco Central Europeo y Fondo Monetario Internacional). A cambio de préstamos milmillonarios, imposición de un tratamiento de choque estrictamente tutelado: privatizaciones, drástica reducción de gasto e inversión públicos (sanidad, educación, pensiones, salarios y empleos públicos), desmantelamiento de derechos de los trabajadores y desregulación acelerada…Hay que hacer atractiva la “marca país” a los capitales extranjeros y los sucesivos gobiernos portugueses se emplean a ello. En 2012, se establece una “autorización de residencia por actividad inversora” (“visado de oro”), vía privilegiada de acceso a la ciudadanía para extranjeros que aporten capitales. Tres años antes se había creado el estatuto de “residente no habitual”, buscando atraer jubilados y teleactivos extranjeros, con el beneficio de diez años de exención fiscal. Inversiones extranjeras en el sector inmobiliario, multiplicación de las conexiones aéreas low cost, incremento del turismo, liberalización de los alquileres… Es la orientación que se profundiza y afianza, hasta hoy. De este lado de la raya conocemos bien la receta. Y algunos de sus efectos para amplias capas de la población. Sobre el (alguna vez) suspirado “cambio de modelo productivo”: gracias, en otro momento.
El termómetro al uso de los indicadores macroeconómicos en Portugal tras su “rescate” conforta a los mentores de la “terapia” y a sus gestores: vuelta a la senda del crecimiento desde 2014 y a los superávits por cuenta corriente, disminución continuada del déficit público. Pero hay otra cara menos “virtuosa” en el engranaje: una economía más dependiente del exterior y profundamente desequilibrada; marcada por la hipertrofia de empleos en servicios poco cualificados, precarios y de bajos salarios; un incremento exponencial de los precios de la vivienda y los alquileres. También, inseparable de todo el proceso, una emigración en auge: desde el inicio de la crisis financiera, con un pico de 120.000 salidas del país registradas en 2013, y todavía 75.000 en 2023. En su mayoría, jóvenes titulados. En España, donde también se dio este fenómeno, una ministra de empleo, en 2013, nos consolaba con loas a lo que, en realidad, teníamos que interpretar como una saludable experiencia generalizada de “movilidad exterior”. Bréville recoge que más de un tercio de los portugueses con edades comprendidas entre 15 y 39 años viven actualmente en el extranjero. Esta emigración no deja de repercutir en el promedio de edad de los que permanecen en el país, es decir, en lo que suele designarse como “envejecimiento” de la población: ¡otro espantajo! La baja fecundidad es (de lejos) su principal determinante. El “invierno demográfico” del que nos alarma en todo el continente europeo una moralina ultra-reaccionaria. Pero ni el paro juvenil, ni las malas condiciones de empleo, ni las infernales dificultades de acceso a una vivienda que medianamente lo sea anuncian “primaveras”. Y, como constata el editorialista del Monde diplomatique, no hay que contar con los nativos septuagenarios para fregar platos en restaurantes, arreglar las habitaciones de hotel o recoger frutas y verduras en los campos.
Así pues, vuelta a la cuestión planteada al inicio y a la repetida “correlación”. Recurso a trabajadores inmigrados numerosos y de muy variadas procedencias. Solo que, puestos a jugar con las cifras, también hay –recuerda Breville– quienes detectan otra correspondencia aún más alta que la primera entre la importancia de la emigración (o sea, las salidas de población, tanto en el interior del país, desde áreas “vaciadas” a otras privilegiadas, como al extranjero) y el avance de la extrema derecha. Por la sobrerrepresentación de jóvenes y titulados que se da entre quienes emigran de determinados territorios y, a la vez, porque su salida modificaría el comportamiento político de los que se quedan en ellos. Referéndum, termina (irónicamente) el articulista, pero ¿con qué pregunta? ¿La que inquiriría si sobran trabajadores extranjeros, infrarremunerados y siempre disponibles, con independencia de las oscilaciones de las demandas patronales? ¿O bien una que consultara a los electores sobre su deseo de “acabar con las políticas que engendran el éxodo de la juventud y transforman el país en retiro de jubilados afortunados y nómadas digitales?”
Pero los factores de éxodo apuntados son, en última instancia, producto de un sistema. Llamémosle por su nombre: capitalismo. La raíz del problema. ¿Someter la continuidad del capitalismo a consulta popular? Podemos apostar que no es esta la idea de “referéndum” que subyace en la retórica de la señora Le Pen y de sus amistades.
Una sociología crítica nos advierte, desde hace cuatro décadas, que el trabajador inmigrado “sin papeles” en Europa no es una anomalía del sistema, sino una especie de “tercer grado de la desregulación”, un exponente casi perfecto de “flexibilidad”: signo y consecuencia de una tendencia sistémica generalizada de la relación de trabajo en el capitalismo. Casi siglo y medio antes, Carlos Marx, al analizar en El Capital la “ley general de la acumulación capitalista”, explicó la generación de una “sobrepoblación relativa” o “ejército de reserva” de trabajadores doblemente funcional para el capital (por su disponibilidad y, a la vez, por su incidencia en las condiciones de explotación de la fuerza de trabajo activa).
Marx distinguió tres tipos de sobrepoblación relativa: fluctuante o “flotante”, “latente” y “estacionaria”. Al primer tipo podemos adscribir claramente situaciones actuales, bien conocidas en nuestro país, en sectores económicos caracterizados por acusadas y frecuentes oscilaciones (estacionales o más rápidas) de la demanda patronal de trabajadores: la hostelería y la restauración; la construcción; la agricultura y especialmente una masiva producción hortofrutícula, altamente intensiva, comercializada en mercados repartidos por un extenso perímetro geográfico (con gran importancia de la exportación) y muy dependiente (directa e indirectamente) del capital financiero y subordinada a él. Como consecuencias: inestabilidad y precariedad laborales, elevada movilidad geográfica de los trabajadores (dificultades de “arraigo” social en los territorios), desregulación (trabajo informal, externalización y fragmentación forzada de las relaciones laborales), pobreza acentuada por años de fuertes aumentos de precios en consumos de primera necesidad (alimentación, vivienda…), con la consiguiente erosión del poder adquisitivo de los salarios…
Estas realidades no condicionan únicamente las posibilidades materiales de numerosos trabajadores inmigrados y de sus familias [2]. Son situaciones que afectan a muchos millones de personas en los países europeos en general, y en España en particular: tanto “inmigrantes” como “nativos”; jóvenes y menos jóvenes; trabajadores y amplias fracciones de las llamadas “capas medias” que experimentan, de una generación a otra, una creciente inseguridad económica y el riesgo cierto de desclasamiento. Un crecimiento económico acusadamente polarizado (sectorial y territorialmente), con importante penetración de fondos de inversión multinacionales en los segmentos más rentables, agudiza los desequilibrios demogeográficos, ahondando la oposición entre territorios “vaciados” y áreas saturadas, al tiempo que refuerza los factores de segregación social. Evidentemente, las dificultades no son igualmente graves para todos. Las disparidades geográficas propias del sistema concentran las mayores tensiones en algunos tipos de medios locales (barrios populares de grandes ciudades, márgenes periurbanos, áreas turísticas y de agricultura intensiva – a menudo separadas por fronteras imprecisas). La distribución muy desigual en el territorio de la inmigración laboral procedente del extranjero, unida a las características de los contextos locales en los que más se concentra, expone con especial crudeza a buena parte de ella a esas tensiones [3].
Sin embargo, suelen ser solo los trabajadores inmigrados y sus familiares los que suscitan debates sobre lo que (muy ambiguamente) se conoce como su “integración social”. Como si los modos (en plural) de “integración” en nuestras sociedades dependieran solo o principalmente de factores culturales (entre ellos, los religiosos) y las determinaciones (y barreras) de clase, que tienen alcance general en este tipo de sociedades, pasaran a segundo plano en el caso de los llegados desde el extranjero y sus descendientes.
Marx designaba como sobrepoblación relativa “estacionaria” la formada por quienes, debido a circunstancias desvalorizadoras de su fuerza de trabajo o de especial precariedad, estaban constantemente disponibles para emplearse en condiciones inferiores a las normales. Mencionaba, en particular, a trabajadores mermados en sus fuerzas y funcionalidades físicas. Pero la categoría puede aplicarse también a los que más sufren la precariedad de estatuto administrativo y residencial, además de estigmas sociales que refuerzan su posición de inferioridad.
No descubrimos nada diciendo que los estigmas y prejuicios hacia unos u otros grupos, dentro de una determinada población, existen: unos atávicos, otros relativamente recientes o moldeados por combinaciones de factores de distintas temporalidades. En las relaciones entre personas a las que socialmente se identifica con diferentes grupos (por su procedencia, lengua, religión, rasgos físicos u otros) también juegan los complejos (de variado signo). Prejuicios y complejos pueden manifestarse tanto de manera más o menos consciente como inconscientemente. Esto último no es lo menos frecuente y deja huella.
Denunciar sin ambages toda manifestación de xenofobia y racismo debería constituir una absoluta obligación cívica en cualquier sociedad democrática. Desenmascarar la demagogia de la extrema derecha y de quienes la secundan es de vital importancia para la salud democrática general. Para combatirlas, la condena en clave moral, dominante en muchas críticas (incluidas no pocas de las “de izquierdas”), es manifiestamente insuficiente. Pretender aislar ciertos factores culturales, relegando el papel que juegan las condiciones económico-sociales, es pasar por alto las raíces (sistémicas) de las tensiones. En la llamada “islamofobia” y en su explotación azuzada por las derechas extremas, hay también, inseparablemente (y a menudo, sobre todo), un destacado componente de clase que se ceba en una inmigración obrera y popular, de humildes o “pobres”: económicamente necesaria… en sus condiciones de inferioridad. Lo corroboran, en España, algunos episodios muy recientes en varios lugares que han tenido resonancia en los medios.
Importa prestar atención a los contextos (generales y locales) y a sus evoluciones a lo largo del tiempo, especialmente en las dos o tres últimas décadas, sin desatender tampoco una historia más larga: estructuras económicas y sus dinámicas; formación y características de los medios sociales; atmósfera social y sus factores según momentos. Hay coyunturas propicias para que la demagogia xenófoba prenda. Malestares sociales mal digeridos pueden avivar, como compensación, afirmaciones de pertenencias diferenciadoras. Las conciencias (especialmente la de clase) ceden ante los inconscientes; se hacen (más) confusas. Las memorias se acortan para borrar cualquier reflejo de experiencias propias en las de aquellos a los que se hace objeto de rechazo. Algunos de los últimos en lo que el señor Borrell llamó “el jardín” se sienten tentados de marcar diferencias con “junglas” demasiado cercanas. La apuesta demagógica busca debilitar los cortafuegos sociales que ponen coto a sus propósitos. Los oculta en su propaganda. Promueve la censura y la auto-censura (el temor a “señalarse” frente a una imagen monolítica del “grupo”, puramente ideológica). Promueve la división entre dominados y blinda a los intereses dominantes. El siglo XX nos mostró los horrores en que desembocaron procesos de este tipo.
No se puede comprender el auge del nazismo en la Alemania de los años 30 sacando del campo de análisis fenómenos como el imperialismo y la crisis.
Sabemos que nunca han sido pequeñas las dificultades con las que chocaron todos los procesos políticos que buscaron actuar globalmente sobre las bases materiales y organizativas de la vida social, para transformarlas (incluso limitadamente) en un sentido favorable a las grandes mayorías. No es un hecho novedoso en Europa occidental que cuando las izquierdas políticas acceden a un gobierno estatal (o apenas vislumbran alguna posibilidad de lograrlo), releguen sine die, no sololas ambiciones en otros momentos proclamadas de transformación estructural, sino incluso compromisos programáticos mucho más modestos. En coyunturas que extienden la frustración social, la acumulación de renuncias da aliento a la demagogia ultra y favorece el contagio.
Conviene “hacer pedagogía”, se dice. De acuerdo, pero viendo más allá de modas semánticas, sin prohibirse profundizar. Sin descuidar las prácticas y evitando que contradigan los buenos deseos que se proclama.
Un clima social ambiente no puede entenderse hoy sin tener en cuenta el dominio global aplastante de determinados estímulos de emociones (para nada exclusivos de las “redes sociales”) sobre los que incitan al análisis. Al caracterizar ese clima hoy, un factor que no puede perderse de vista es el belicismo que machaconamente se nos impone. El que preside el orden del día de las instituciones y gobiernos europeos e impregna páginas, micrófonos y pantallas de todos los grandes medios del continente. Presentación unánimemente sesgada (y rigurosamente mutilada) de las causas originarias de las tragedias que dominan la actualidad (Ucrania, Palestina), de sus contextos históricos. Postergación del diálogo y de una diplomacia como opciones que puedan dar oportunidades a la paz. Demonización del enemigo, posición de combate. Sometimiento de los presupuestos de los Estados a imperativos de rearme que disparan el gasto militar… y las expectativas de ganancias de las grandes corporaciones del ramo, muy especialmente de las estadounidenses. Con la merma esperable de inversiones sociales y servicios públicos esenciales que ya arrastran décadas de demolición (¡más nutrientes para los caladeros ultras!), como confirman las intenciones expuestas por varios gobiernos estos últimos meses: los del Reino Unido, Portugal o Francia, donde ya se anuncian movilizaciones desde el mes que viene. Banalizar el recurso imperialista a la guerra nunca ha sido antídoto contra la demagogia y la violencia.
La pleitesía y obediencia rendidas por los gobernantes europeos a quien algunas tertulias orgánicas llegan a reconocer como “matón” no se compadecen con la moral y la pedagogía que se pregona. Ya sea en su variante ostentosa y con babas o “sin entusiasmo”. A sus órdenes.

¿Qué pedagogía social puede desprenderse de las complicidades europeas (por acción y por omisión) con el genocidio en Oriente Medio? Más allá de los gestos de algunos gobiernos, hasta hoy prácticamente simbólicos, ninguna sanción a los responsables del genocidio, ninguna medida firme contra el diseño colonial causante de los crímenes, ningún paso enérgico para ponerles fin y proteger a la martirizada población palestina; incluyendo el reconocimiento sin más demora, plena y eficazmente, de sus aspiraciones y derechos nacionales. El fervor guerrero de los dirigentes europeos contra Rusia desnuda su doble rasero. No es sorprendente si, ante esta clase de hechos, invocaciones abstractas a unos “valores europeos” salvadores representan, a ojos de los palestinos y otros pueblos que sufren, y de buena parte del mundo, una insoportable hipocresía. ¡Como si Voltaire y Rousseau (o el padre Las Casas), o la declaración de derechos de 1789 hubieran suscitado enfervorizadas unanimidades “europeas”! Y como si el continente no hubiera producido también pesados legados de otro signo… Una pedagogía de progreso podría hacer reflexionar útilmente, a partir de las constataciones actuales y sin anteojeras ni ensoñaciones, sobre la naturaleza (económica, social y política) de la “construcción europea” y sus intereses rectores, desde sus orígenes a mediados del siglo pasado hasta la UE realmente existente de hoy.
Dirigentes de las extremas derechas en todos los países europeos se manifiestan como algunos de los más encendidos entusiastas del genocida en jefe, a la vez que juran (ahora) su defensa de “los judíos” y su amistad con Israel. A la luz de un pasado europeo no muy lejano, las efusivas afinidades de hoy profanan, objetivamente, la memoria de las víctimas del nazismo. Convergencia de intereses, “fobias” y algunos promotores compartidos; blanqueamiento recíproco [4] . Una de sus expresiones más cínicas es la mentira que descalifica automáticamente como “antisemita” toda denuncia de las atrocidades infligidas por el sionismo al pueblo palestino: una senda que gobiernos (Alemania, Francia, Reino Unido) y dirigentes de países europeos han hecho suya, mientras criminalizan y reprimen las manifestaciones de solidaridad con las víctimas y justifican a los perpetradores esgrimiendo su… ¡“derecho a defenderse”!
Volviendo a la “pregunta” del inicio, parece poco probable que pueda desactivarse esa y otras trampas del mismo sello sin empezar por no rehuir ciertas cuestiones de fondo y, después, intentar (con la “pedagogía”, la organización y la movilización popular indispensables) actuar sobre ellas. No es poca cosa…
Notas
1. « Poser la bonne question », Le Monde diplomatique, nº 857, agosto 2025, pág. 1.
2. Parte de cuyos miembros nacieron en el país de instalación, es decir, no constituyen ninguna “generación de inmigrantes”, como se empeña un modo frecuente de designarlos que no es procedente en sentido estricto, y sobre cuya carga semántica conviene pararse a pensar – con más razón tratándose a menudo de usos bienintencionados o anodinos.
3. Ver los artículos de Alfredo González Ruibal y José Luis Villacañas, reproducidos conjuntamente en una entrada reciente del blog Conversación sobre la Historia, “Segregación social y racial: Algarve y Jumilla”, 15 de agosto de 2025.
4. La paradoja es en parte aparente y no es nueva. Conecta con el contexto del surgimiento del movimiento sionista, a finales del siglo XIX. El ensayista argentino León Rozitchner (1924-2011) denunció, en un texto de 1967, la colonización sionista como una “extraña victoria póstuma del nazismo”: citado por Néstor Kohan en su necrológica del filósofo.
Fuente: https://hojasdebate.es/economia/la-pregunta-adecuada/
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