A la memoria de Nelson Manrique
En el siglo XXI la hegemonía norteamericana en franco declive, junto con el sistema unipolar que impuso con la globalización, reforzada tras la caída de la URSS, ha sido puesta en cuestión por el ascenso vertiginoso de China, su alianza con Rusia y la formación de los BRICS.
Dicho ascenso, de orden económico-tecnológico-comercial-financiero y militar en las relaciones internacionales, catapultó a la República Popular China como el principal rival geopolítico del hegemón norteamericano. Mientras EEUU y sus liderazgos políticos organizaban guerras y conflictos políticos internos contra países bajo sospecha o que negaban plegarse a sus intereses, el liderazgo chino fue promoviendo inversiones y acuerdos comerciales, así como asistencia técnica y relaciones de cooperación, en Asia, África y Latinoamérica, estableciendo alianzas y negociaciones más equitativas con distintos estados del Sur global, con independencia del tipo de régimen, dando lugar a un proceso emergente (el «nuevo multilateralismo») y cuya expresión geopolítica e institucional son los BRICS, de la que China es miembro fundador junto con Brasil, Rusia, India y Sudáfrica.
Precedentes del desafío chino en el siglo XX
Además del «desafío soviético» que se auto diluyó en 1991, Estados Unidos afrontó otro desafío, pero al interior del propio bloque occidental desde el cual ejercía su hegemonía. Este desafío se produjo en los últimos años de la década del 60 y comienzos de la siguiente, con la «crisis del dólar» relacionada a su vez con la recuperación económica de Alemania y Japón, los países enemigos en la segunda guerra mundial, y la consiguiente pérdida de competitividad en el comercio de manufacturas y otros bienes elaborados, con respecto a los de Europa occidental y su ahora aliado asiático. La “crisis del dólar” se produjo en 1967, siendo presidente de EE.UU. Lyndon B. Johnson (1963-1969).
La pérdida de competitividad económica se reflejó en el crónico déficit que desde 1960 venía experimentando la balanza de pagos norteamericana, que en el plano interno estuvo acompañado por el elevado gasto militar para sostener la guerra en Vietnam (1955-1975) y a las tropas de ocupación en Europa occidental, en el marco de la alianza militar atlántica (OTAN).
Entre los factores monetarios y financieros que desataron dicha crisis se encontraban la huida de capitales, en la forma de préstamos e inversiones hacia el exterior, así como la disminución por mayor demanda de las reservas de oro, debilitando la capacidad de la economía norteamericana para competir con sus principales socios y aliados, especialmente Alemania occidental y Japón.
Entre marzo de 1968 y agosto de 1971 grandes olas especulativas recorrieron Europa occidental, siendo Francia la más afectada que se vio obligada a devaluar su moneda, el franco, debido a las compras masivas que dispararon el precio en dólares de la onza de oro; surgieron mercados cambiarios flotantes donde, dependiendo de la situación financiera de los países, el dólar era presionado por la reevaluación de las monedas de algunos países, y por la devaluación en otros, según fueran las corrientes especulativas contra el tipo de cambio afectado (por ejemplo, franco/dólar o marco/dólar); finalmente, en el contexto de una severa recesión internacional, con altas tasas de interés y caos cambiario, el presidente Richard Nixon anunció el 15 de agosto de 1971 el fin de la convertibilidad oro-dólar.
Disputa por la hegemonía del sistema interestatal
El liderazgo de China y la existencia de los BRICS produjeron nuevas relaciones de fuerza en el tablero geopolítico (sistema interestatal), lo cual nunca fue bien visto por los gobiernos demócratas y republicanos de los Estados Unidos.
El sistema interestatal es un concepto acuñado por el sociólogo estadounidense Immanuel Wallerstein (1930-2019) en varios de sus escritos sobre el sistema-mundo como perspectiva de análisis. En términos prácticos, el sistema interestatal no se refiere a la institucionalidad formal de las Naciones Unidas, cuyo sistema de decisiones y acuerdos, principios y normas, entró en paulatino colapso después de los atentados contra las torres gemelas de Nueva York, el 11 de setiembre del 2001, debido a la secuela de respuestas que, desde entonces, adoptaron las sucesivas administraciones norteamericanas (George W. Bush, Barack Obama, primer gobierno de Donald Trump, Joe Biden, y segundo gobierno de Trump) menoscabando la autoridad de la ONU y sus instituciones especializadas para la resolución de conflictos.
El sistema interestatal tiene que ver con los alineamientos y alianzas que se producen de hecho en el terreno escabroso de la geopolítica mundial, donde los movimientos (en la lógica del tablero de ajedrez) son pautados según los intereses u objetivos estratégicos entre superpotencias rivales, en la lucha permanente por la hegemonía.
En el siglo XX la rivalidad fue primero de carácter interimperialista, por la conquista de mercados, de colonias y un nuevo reparto del mundo, que condujo a dos guerras mundiales (1914-1918 y 1939-1945); después, en la segunda mitad de ese siglo, se convirtió en el antagonismo entre dos sistemas supuestamente irreconciliables (capitalismo versus socialismo estatal) representados por los Estados Unidos y la Unión Soviética, los vencedores de la Alemania nazi; antagonismo que concluyó con el desplome del segundo en diciembre de 1991.
El rol del complejo industrial-militar
Con respecto al resto del mundo, la hegemonía norteamericana ha podido mantenerse por el poder militar que como Estado posee, en su condición de superpotencia nuclear. Esta condición y ese poder se sustentan en el llamado complejo industrial-militar, sin el cual los gobernantes de EEUU no habrían podido emprender estrategias y acciones guerreristas contra países del Sur global considerados «hostiles», o etiquetados como «amenaza» para su «seguridad nacional».
El complejo industrial-militar hay que enfocarlo no solamente como un aparato-máquina de producción y concentración de recursos con fines bélicos; es necesario e importante verlo también como un entramado de poder, donde se conjugan los intereses de las grandes corporaciones y los de las elites políticas norteamericanas, junto con el lobby sionista.
La misma «supremacía del dólar», así como la competitividad económica norteamericana, dependen de ese complejo industrial-militar, de manera tal que sea capaz de arrebatar y/o asegurar para los Estados Unidos los suministros de recursos naturales y de energía, como el petróleo, que son apropiados del resto del mundo.
El complejo industrial-militar norteamericano es la mejor muestra de lo que desde el lenguaje tecnocrático se estuvo promoviendo como «alianzas público-privadas», una manera muy edulcorada y políticamente correcta para dejar de hablar en América Latina de privatizaciones y concesiones, a favor de grandes inversionistas y mega corporaciones.
El guerrerismo, instrumento privilegiado para frenar el declive
Los primeros indicios de la crisis estructural fueron entonces las “perturbaciones monetarias” de finales de los sesenta en el centro del sistema. De los setentas en adelante el capitalismo y el sistema de poder «basado en reglas» establecidas por los Estados Unidos (no por la ONU), ha venido atravesando por un largo periodo de “maduración final”, caracterizado por Aníbal Quijano en términos de “una lenta y agónica descomposición e irracionalidad”.
Las decisiones y las políticas de la segunda administración Trump son la constatación más fehaciente de esa descomposición e irracionalidad, buscando reestablecer, recomponer y/o contrarrestar la pérdida de hegemonía norteamericana con una agresividad nunca antes vista; ya no a través de canales diplomáticos, sino por la vía de la amenaza militar directa, el chantaje, la intervención violando el «derecho internacional» y la soberanía de los estados nacionales, esta última tan menoscabada por la globalización neoliberal.
Los movimientos tácticos y geoestratégicos de la segunda administración Trump, en consonancia con las declaraciones presidenciales y las de sus principales funcionarios, permiten avizorar los grandes trazos de esa recomposición que, como en el caso venezolano, está siendo llevada al extremo, porque no se está obrando para fortalecer una hegemonía como país y como bloque con los «aliados» (Unión Europea y OTAN) que a los ojos de Trump se han convertido en una carga y son utilizados más bien como socios útiles. Como prueba de esto último puede mencionarse el abastecimiento de petróleo norteamericano en sustitución del petróleo ruso, en el marco de las sanciones impuestas al régimen de Putin.
Hacia adentro de los Estados Unidos el señor Trump actúa como presidente y empresario, aunque tiene más de esto último que de un estadista. En cambio, hacia el resto del mundo, especialmente hacia América Latina y el Sur global, se comporta como si fuese un emperador por el tono de sus advertencias y amenazas hacia países y gobernantes a los que les pone la etiqueta de «enemigos» o «narcotraficantes» para justificar su imperialismo por desposesión. Este doble rasero se puede captar escuchando con atención y desmenuzando declaraciones y entrevistas. La actualización de la doctrina Monroe como doctrina de Estado, realizada por él mismo, plasmada también en la nueva Estrategia de Seguridad Nacional, reflejan fielmente esa voluntad imperial en el plano ideológico.
Los términos del debate
Se puede asegurar que hay un antes y un después, una línea demarcatoria, con el ascenso del señor Trump a un nuevo periodo de gobierno iniciado en 2025. Dentro de todo este contexto, los términos del debate que se abriría son los siguientes:
- ¿Estamos ante una recomposición del imperialismo desde el mundo occidental o solamente desde EEUU?
- Si fuese lo segundo, ¿está tratando el señor Trump de convertir a EEUU en lo que Wallerstein denominaba de manera general (sin referirse a ningún estado en específico) un «imperio-mundo», como hoja de ruta y orientación estratégica para las futuras administraciones yanquis?
Cabe indicar que Wallerstein negaba la posibilidad de la implantación de un «imperio-mundo» en el orden capitalista. En un texto de difusión, Análisis de sistemas-mundo: una introducción (2005) escribió: «Un imperio-mundo paralizaría de hecho al capitalismo, porque significaría la existencia de una estructura política con capacidad para imponerse a la acumulación incesante de capital» (pág. 84).
Es necesario recordar asimismo que para Aníbal Quijano la crisis estructural del sistema capitalista y de su orden mundial, desde los setentas en adelante, es la del patrón de poder moderno/colonial que emergió desde la conquista de América, patrón de poder que lleva más de 500 años de existencia. En varios textos, sobre todo en la última etapa de su vida, Quijano argumentaba que dicha crisis estructural se la buscaba resolver mediante una re-configuración del mismo patrón de poder, es decir, desde la lógica de los intereses occidentales, postulando la formación de un «Bloque Imperial Mundial» con EEUU a la cabeza.
En los hechos, lo que EEUU impuso fue la supremacía absoluta de su hegemonía (la unipolaridad) después de la caída del imperio soviético (de la URSS y los estados de Europa oriental bajo su control). Más aún, la crisis estructural (para EEUU y occidente se entiende) se agravó con el estallido de la burbuja financiera en 2007-2008, el ascenso de China como segunda potencia económica y el surgimiento de Rusia como potencia regional en Eurasia.
En ese marco, volviendo a las preguntas planteadas y retomando las reflexiones de Quijano y Wallerstein, lo que estaría intentando la segunda administración de Trump es una re-configuración tal que apuntaría a «la re-concentración mundial del control de la autoridad política»; es decir, solamente EEUU puede decidir o autorizar qué país (latinoamericano o del sur global) comercia con otro que se encuentre en la respectiva esfera de influencia, lo cual se está viendo con lo que se pretende hacer en el caso del petróleo venezolano. Esta re-concentración es lo que algunos comentaristas y opinólogos han destacado como un regreso a los tiempos coloniales. En este hipotético escenario, cuyos atisbos se muestran fácticamente respecto de Venezuela y América Latina, el hegemón norteamericano está dispuesto a actuar como un imperio colonial, instaurando en nuestra región gobiernos vasallos a su servicio.
El otro sentido de dicha re-configuración, en términos de Quijano, consistiría en disputarle a China la «re-concentración mundial del control del trabajo», lo que incluye la producción de conocimiento avanzado, pero también de los recursos naturales que se hallan en otros continentes, en la esfera de influencia de su nuevo rival estratégico.
La estrategia imperial contra China y los BRICS
Estados Unidos ha adoptado una estrategia que pospone el enfrentamiento directo contra China, militarmente hablando, supeditándola a una serie de movimientos tácticos que apuntan a ir debilitando a los aliados más cercanos, próximos a la superpotencia asiática o sean potenciales miembros de los BRICS. Lo está haciendo con las presiones todavía diplomáticas sobre Brasil, los planes de agresión contra Irán, la guerra prolongada contra Rusia; lo hizo con el presidente Milei rechazando la invitación para que Argentina se incorpore a los BRICS; lo acaba de hacer con la agresión militar contra Venezuela junto con el secuestro del presidente Maduro y su esposa en Caracas.
Socavar y/o sabotear las bases materiales, los basamentos institucionales y las alianzas políticas de China y los BRICS sería la estrategia elegida, en preparación de las condiciones favorables para el enfrentamiento decisivo. Vendría a ser el camino para pasar de ser un imperio neocolonial, en relación con América Latina, a un «imperio-mundo» si antes no ha ocurrido la devastación nuclear.
Se trata de una trayectoria muy complicada, peligrosa para el mundo y difícil de transitar, ya que implica deslizarse –figurativamente hablando— por el filo de la navaja. Cabe entonces volver a preguntar: ¿la hegemonía norteamericana solamente puede ser preservada si sus líderes y población se convencen (como se estaría pretendiendo desde la Casa Blanca) de que EEUU tiene que convertirse en un imperio, en el dueño del mundo, de sus recursos y productos, de toda la existencia social? ¿Está China dispuesta a seguir este muy riesgoso y perverso juego norteamericano, en un tablero al que se le están eliminando las piezas para que no pueda maniobrar ni tener defensas, una estrategia de arrinconamiento, antes del «jaque mate» final?
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