Una sociedad que se acostumbra a las personas «no deseadas» también se acostumbra a las muertes no deseadas. Minneapolis es una llamada de atención, también para nuestra política de refugiados.
En las últimas semanas Renée Good y Alex Pretti, ambos de 37 años, murieron tiroteados en Minneapolis durante operaciones federales de inmigración. A Pretti le dispararon diez balas mientras estaba desarmado. Ambos asesinatos han provocado una gran indignación en todo el mundo y han dado lugar a grandes protestas en EE. UU., así como a un conflicto abierto entre los servicios federales y las autoridades locales.
No se trata de «malos agentes», sino de un aparato que actúa de manera cada vez más agresiva y se deja controlar cada vez menos. Estas muertes no son «accidentes», sino el punto final lógico de un proceso de deshumanización que está en marcha allí.
Deshumanización
Es tentador descartar esta violencia brutal como un exceso de la cultura estadounidense o como los caprichos de un presidente autoritario. La verdad es mucho más incómoda. Lo que vemos en EE. UU. es la traducción física de un clima político que reduce sistemáticamente a las personas migrantes y a las refugiadas a «el problema». Y, por desgracia, vemos que en Europa también se ha convertido en la norma desde hace tiempo.
En cuanto nuestro discurso político considera a las personas únicamente como aprovechadas, parásitos o un «tsunami», el paso hacia la violencia física se vuelve peligrosamente pequeño. En un mundo polarizado en el que la humanidad cede ante el afán de sumar puntos electorales, una bala o una detención violenta se convierten en un instrumento aceptable.
No hace falta mirar al otro lado del océano para encontrar víctimas de esta política mortal. También en Europa hay muertos a causa de la «caza de refugiados». En mi país, Bélgica, cargamos con las cicatrices de Semira Adamu. Murió en 1998 después de que unos gendarmes la asfixiaran con una almohada durante una expulsión forzosa. Veinte años después murió la niña de dos años, Mawda, por una bala policial durante una persecución desenfrenada a una furgoneta llena de refugiados.
Este tipo de dramas no son incidentes aislados, sino las consecuencias de una política que acosa a las personas como si fueran presas de caza. La caza continua de personas sin papeles crea un clima en el que el valor de una vida migrante se devalúa hasta convertirse en una carga administrativa que debe ser eliminada.
El trabajo sucio de Europa en el patio trasero
Mientras EE. UU. construye un muro en la frontera con México, la Unión Europea aplica una estrategia aún más cínica: la «externalización». Subcontratamos la crueldad a países en la frontera exterior. Mediante acuerdos multimillonarios con regímenes autoritarios en Túnez, Egipto y Libia, dejamos que otros hagan el trabajo sucio, lejos de las miradas críticas de nuestra propia ciudadanía.
Financiamos a la guardia costera de dictaduras que empujan a las personas migrantes al desierto o las encierran en campos de tortura. Mientras bajen las cifras en Bruselas, Europa cierra los ojos ante las graves violaciones de derechos humanos que se financian con el dinero de nuestros contribuyentes.
El mar Mediterráneo es, entretanto, una frontera mucho más mortífera que la famosa frontera entre México y EE. UU. Cada año, más de 3000 personas refugiadas pierden la vida en su travesía hacia Europa.
Migración y capital
¿Por qué mantenemos este sistema violento? Porque la migración es, en esencia, un producto estructural del capitalismo global. Este sistema crea desigualdad, guerra y daño climático, lo que obliga a la gente a marcharse.
Al mismo tiempo, los países ricos atraen la mano de obra que necesitan, pero mantienen a otros fuera. Así surge un sistema de migración «deseada» y «no deseada». Este mecanismo sirve al máximo beneficio. La «reserva» de personas vulnerables sin papeles es sumamente útil para sectores como la construcción, la limpieza y la agricultura. Mantiene los salarios bajos y crea una clase sin derechos que puede ser fácilmente explotada. Al mismo tiempo, se alimenta el miedo a la persona migrante para dividir a la clase trabajadora entre sí.
Al calificar de «aprovechada» a la persona migrante, los gobiernos evitan que la ciudadanía mire hacia arriba, hacia los verdaderos aprovechados del sistema. La deshumanización en Minneapolis y las devoluciones en caliente en nuestras fronteras sirven al mismo objetivo: normalizar la exclusión para proteger el statu quo de la minoría poderosa.
Cuando las personas trabajadoras temen por su propia seguridad social, la persona migrante es un chivo expiatorio fácil. Los partidos de extrema derecha lo utilizan ávidamente, pero también los llamados partidos de centro se desplazan cada vez más hacia la derecha en una carrera por una política de asilo más estricta. El resultado es una pendiente lenta hacia una ceguera ética completa.
Alternativa
¿Cuál es la alternativa? Empieza por crear canales de migración legales. Si Europa necesita mano de obra para trabajos mal pagados, debe hacerse de forma legal y con plenos derechos. Esto evita el dumping salarial y saca a las personas de las garras de los traficantes.
Al mismo tiempo, Europa debe dejar de librar guerras y de apoyar dictaduras que obligan a la gente a huir. Si Europa contribuye a avivar guerras o deja que se prolonguen, no puede simplemente trasladar la acogida a los países vecinos. Con Ucrania hemos demostrado que sí podemos acoger a personas; por lo tanto, es posible.
Debemos trabajar en relaciones duraderas y justas con los países de origen. También debemos invertir seriamente en la acogida en la región. Países como Líbano y Kenia acogen, con diferencia, a la mayor parte de la gente, pero precisamente ahí es donde cerramos el grifo de los recursos. Si hay una lección que se mantiene vigente del acuerdo con Turquía, es esta: una financiación sólida sí marca la diferencia.
Llamada de atención para Europa
Los muertos en Minneapolis muestran lo que ocurre cuando se permite que una sociedad se acostumbre a la idea de que algunas vidas valen menos. Hoy son personas migrantes sin papeles. Mañana, como en Minneapolis, ciudadanos o ciudadanas que sean solidarios o que simplemente «estén en medio».
No debemos pensar que Europa es realmente mucho mejor que EE. UU. Más bien debemos preguntarnos cuántas muertes mantenemos fuera de la vista: en el desierto, en el mar, en detención, en persecuciones y en expulsiones. Y cuántas carreras políticas se construyen sobre la promesa de «la política más estricta de la historia».
Si no queremos terminar con escenas como las de Minneapolis en nuestras calles, debemos dejar de deshumanizar ahora mismo. No a la externalización de la violencia. No a la normalización de las devoluciones en caliente No a un lenguaje que reduce a las personas a una plaga. La alternativa es, sencillamente, igualdad de derechos, rutas seguras y una política que no trate la humanidad como un lujo.
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