Barrio de Núñez, Buenos Aires. Estaciono el auto y camino por la Avenida del Libertador. Abro Google Maps: son solo seis cuadras más. Llego a la ESMA, un centro de exterminio de la dictadura militar en los años setenta. En el portón de acceso me dan un plano. Sigo los carteles. El terror se intuye. «El pasado —escribió Proust— no solo no es fugaz, es que no se mueve del sitio». Encuentro el Casino de Oficiales. Veo visitantes en la recepción y los oigo hablar. No todos son argentinos. El guardia me pide que no grabe videos. «Solamente fotos sin flash», dice. Subo al tercer piso. Peregrino lentamente por esta porción del infierno. Capucha y Capuchita, oscuros nichos de reclusión y tortura. El Pañol y La Pecera, trabajo esclavo y más tortura. Desciendo por la escalera donde los prisioneros, engrillados, eran arrastrados hasta el sótano. La Avenida de la Felicidad y La Huevera, más tortura y muerte. Fotos, videos y cartas. Miro, escucho, leo. Los fantasmas de las víctimas se cuelan en mi cabeza. Cuánta crueldad de los verdugos. Me estremezco. Por el lugar pasaron cinco mil secuestrados y en su mayoría continúan desaparecidos. ¿Dónde están? Recuerdo unos versos de Nicanor Parra: «He preguntado no sé cuántas veces / Pero nadie contesta mis preguntas».
Nom Pen, Camboya. No había pisado esta ciudad, hasta hoy. Me alojo en el hotel de unos chinos. No está mal. Es temprano. Hace calor. Desayuno y me voy a la calle. Me recibe un enjambre de vehículos y gente, deliciosa anarquía urbana. Subo al tuk-tuk y ahora estoy en Choeung Ek, uno de los llamados Campos de la Muerte. Ocurrió hace cincuenta años, durante el régimen de los Jemeres Rojos. Llegaron a cometerse trescientas ejecuciones por día, una cada cinco minutos. Las víctimas fueron sepultadas en fosas comunes, regadas por todos partes. Miles de cráneos, clasificados por sexo y edad, están expuestos en una construcción con forma de torre. A diferencia de los militares argentinos que se apropiaban de los bebés, aquí los mataban golpeándolos contra un árbol. Los visitantes dejan pulseras de colores, como homenaje. Salgo y me dejo caer en un tuk-tuk. Recorro 17 kilómetros hasta la siniestra S-21. Tras los muros, un patio central y cuatro edificios. Los arrestados sufrían terribles suplicios antes de ser trasladados y asesinados. Me paro ante las pequeñas celdas. ¿De qué estaban hechos los humanos que administraban esta prisión? Dos horas después, en punta de pie, busco la salida. Vuelvo al hotel de los chinos. Anochece. Hace calor, mucho, y prendo el ventilador de techo. Necesito una explicación. «Lanzo un dardo en la oscuridad —decía Bergman— y eso es la intuición. Después envío allá todo un ejército para recuperar el dardo y eso es el intelecto.»
Son las nueve de la mañana. Invito a dos colegas para ir a Auschwitz. Me dicen que no. Uno, por demasiado sensible. Otro, berlinés. En soledad, deambulo por las calles de Cracovia buscando la estación del tren. Llevo anotado en un papel Oświęcim. Tengo que asegurarme que el polaco de la ventanilla me venderá el ticket. Nadie parece dispuesto a llamar el lugar con su nombre alemán. Arribo a destino y hago dos kilómetros a pie. ¿Cómo es el paisaje? Algunas casas, bloques de apartamentos, árboles verdes y tierra húmeda. Todo muy sereno, incluso el semblante de la gente. Entro al complejo nazi de campos de concentración. Aunque llevo conmigo una constelación mental de imágenes, ninguna puede representar exactamente el horror que siento al explorar este sitio de verdad. Nadie está preparado para Auschwitz. Ni siquiera en una época visual y ochenta años después de la llegada de los soviéticos. Qué desolación. Diariamente hasta cinco mil cuerpos masacrados y convertidos en cenizas. Dantesco. Leo a Primo Levi: «Piensen que esto ha sucedido / Les encomiendo estas palabras». Trepo al tren, de regreso. En la jaula de mi cerebro, las meditaciones viajan como los carritos en la montaña rusa. Quizá Marx tenía razón: la historia avanza siempre por «el lado malo». Voy por el dardo.
Carlos Moreira, sociólogo y fotógrafo
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