“El fin de la historia” es el título del célebre libro publicado en 1992 por el politólogo estadounidense Francis Fukuyama. En él sostenía que el final de la Guerra Fría y el derrumbe del bloque soviético abrían paso a un “nuevo orden mundial” en el que la democracia liberal occidental se impondría como forma definitiva de organización política.
Según Fukuyama, no asistíamos solo al cierre de una etapa histórica, sino al punto final de la evolución ideológica de la humanidad: la universalización de un modelo —el liberal— destinado a perdurar.
Apenas cuatro años después, en 1996, Samuel P. Huntington proponía una tesis muy distinta en El choque de civilizaciones. Frente al optimismo de Fukuyama, advertía que el mundo no convergería en un único sistema, sino que se fragmentaría en grandes bloques culturales —civilizaciones— cuyas relaciones oscilarían entre la desconfianza y el conflicto.
Ambas teorías suscitaron en su momento un enorme interés. Hoy, más de tres décadas después, el contraste entre aquellas predicciones y la realidad resulta revelador.
En el caso de Fukuyama, la idea de una hegemonía global estable de la democracia liberal no solo no se ha consolidado, sino que muestra signos evidentes de agotamiento. Su planteamiento, en buena medida, respondía más a un deseo que a una lectura rigurosa de la historia. La evolución de las últimas décadas —marcada por crisis recurrentes, tensiones geopolíticas y el deterioro de los recursos del planeta— desmiente la noción de un punto final armónico para la humanidad.
El propio modelo liberal, basado en un crecimiento sostenido y en la explotación intensiva de los recursos, choca frontalmente con los límites físicos del planeta. Lejos de representar una culminación, parece más bien una fase de aceleración hacia un escenario incierto.
Por su parte, Huntington acertó en mayor medida al prever el deterioro de la confianza entre naciones y el aumento de tensiones culturales. Sin embargo, su esquema tampoco alcanza a explicar plenamente el núcleo de algunos de los conflictos más persistentes y desestabilizadores.
Sin embargo, ninguno de los dos aprendices de profeta abordó de forma central lo que, con el paso del tiempo, se revelaba ya entonces como fácil de prever, el foco más sensible del orden internacional contemporáneo: la creación del Estado de Israel en 1948, fruto de un proceso impulsado por las potencias anglosajonas vencedoras de la Segunda Guerra Mundial, consentido por las demás, en un territorio ya habitado. Ese territorio era un Mandato Británico (desde 1922), con una población compuesta por musulmanes, cristianos y una minoría judía.
Aquel origen, marcado por la imposición, el rechazo de la población árabe al plan de partición y la consiguiente fractura territorial, contenía en sí mismo los elementos de una inestabilidad duradera. Lo que ha seguido desde entonces no ha hecho sino confirmar esas consecuencias de carácter estructural del conflicto generado, que actualmente está en su acmé, en su momento culminante.
Pues hoy, ese foco de tensión no solo persiste, sino que actúa como uno de los posibles detonantes de escenarios de alcance planetario. En un mundo armado con capacidad de destrucción nuclear, el riesgo ya no es únicamente el enfrentamiento deliberado, sino también el error de cálculo.
Así, entre el optimismo prematuro del “fin de la historia” y el diagnóstico parcial del “choque de civilizaciones”, la realidad parece avanzar por un camino más sombrío: el de una humanidad que, lejos de alcanzar su madurez política, se aproxima peligrosamente a sus propios límites.
A mí no me extraña. Hace mucho tiempo que numerosos sociobiólogos pronostican el suicidio colectivo como el último avatar de la Humanidad.
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