Hablar de la libertad en el Ecuador sin nombrar a María Chiquinquirá y Martina Carrillo es sostener una historia incompleta, fragmentada y funcional a la colonialidad. Ambas mujeres, en condiciones de esclavitud, no solo resistieron la opresión, sino que construyeron caminos concretos hacia la libertad, dejando un legado que hoy interpela de manera directa al sistema educativo ecuatoriano.
La presencia de la mujer afroecuatoriana en la historia ha sido sistemáticamente invisibilizada, pese a que ha sido pilar fundamental en los procesos de resistencia, organización comunitaria y defensa de la vida. María Chiquinquirá no representa únicamente un acto de rebeldía individual, sino una conciencia colectiva que entendió que la libertad no podía seguir siendo negada. Su lucha se inscribe en una tradición cimarrona que no solo escapaba de la esclavitud, sino que proponía otras formas de existencia, donde la dignidad y la humanidad eran irrenunciables.

Por su parte, Martina Carrillo nos sitúa frente a una dimensión profundamente política de la resistencia: la denuncia. En un contexto donde el silencio era impuesto como mecanismo de control, su voz rompió con el orden colonial, evidenciando la violencia estructural y exigiendo justicia. Su accionar demuestra que incluso dentro de sistemas opresivos es posible disputar el poder, cuestionarlo y dejar precedentes históricos que abren grietas en la dominación.
Estas mujeres no solo lucharon por su libertad; lucharon por la posibilidad de que hoy podamos pensar en derechos. En ellas habita una pedagogía viva, una forma de enseñar desde la experiencia, desde el cuerpo, desde la memoria. Por eso, su incorporación en los procesos educativos no puede ser superficial ni simbólica. No se trata de mencionarlas en una fecha conmemorativa, sino de integrarlas como referentes estructurales en la comprensión de la historia del Ecuador.
Hoy, cuando el país sigue marcado por profundas desigualdades, racismo estructural y exclusión, es urgente preguntarnos: ¿qué tipo de educación estamos construyendo? ¿Una que reproduce el silencio colonial o una que lo confronta?
Convocar a los educadores y educadoras del Ecuador es, en este sentido, una necesidad histórica. No se puede formar ciudadanía crítica sin memoria, y no puede haber memoria completa sin reconocer el papel de la mujer afroecuatoriana en la construcción de la libertad. María Chiquinquirá y Martina Carrillo deben ser enseñadas no como figuras aisladas, sino como parte de un proceso histórico de resistencia que sigue vigente.
Educar desde estas historias implica romper con la colonialidad del saber, desmontar narrativas únicas y abrir espacio a otras voces, otras experiencias, otros conocimientos. Implica también reconocer que la familia, la comunidad y la vida han sido espacios fundamentales de resistencia para el pueblo afroecuatoriano, donde las mujeres han sostenido la cultura, la espiritualidad y la dignidad.
Este no es solo un llamado académico, es un llamado ético y político. Porque mientras estas historias sigan ausentes en las aulas, la educación seguirá reproduciendo exclusión. Pero cuando se integren con la profundidad que merecen, estaremos formando generaciones capaces de entender que la libertad no fue un regalo: fue una conquista.
Y en esa conquista, la mujer afroecuatoriana no fue espectadora. Fue protagonista.
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