En su obra maestra Psicología de las masas y análisis del yo (1921), Sigmund Freud expande los conceptos del psicoanálisis individual para explicar el fenómeno de la «mentalidad de rebaño» (herd mentality), analizando y reformulando las ideas previas de sociólogos como Gustave Le Bon y Wilfred Trotter.
Para Freud, la masa no es simplemente una acumulación de individuos, sino una entidad psicológica cualitativamente distinta. Al integrarse a un grupo, el individuo experimenta una transformación radical: se suspende su juicio crítico, se debilitan sus inhibiciones conscientes y emergen impulsos inconscientes primitivos, reprimidos en la vida solitaria.
Freud descarta que este fenómeno se deba a un mero instinto gregario, innato e irreducible. En su lugar, propone una explicación basada en la pulsión libidinal (los lazos afectivos) y dos mecanismos psíquicos centrales. La identificación: los miembros del grupo se identifican entre sí porque comparten un elemento en común: la devoción o el vínculo con la misma figura o la misma línea de pensamiento. La sustitución del ideal del yo: este es el núcleo de la teoría freudiana. Los individuos que integran la masa deponen su propio ideal del yo, su conciencia moral, sus valores y su capacidad crítica individual, y lo sustituyen por el líder o por la idea abstracta que cohesiona al grupo. Al delegar el control de la conciencia en una figura externa, la masa actúa como un solo organismo, movido por fe o creencias y una alta susceptibilidad a la sugestión.
La vulnerabilidad inherente de la psicología de las masas la convierte en un terreno fértil para la instrumentación ideológica, política o económica. La manipulación explota la regresión psicológica del grupo a un estado de sumisión propio de la horda primitiva, donde el líder ocupa el lugar del padre omnipotente.
En el ámbito político, los líderes carismáticos o los regímenes autoritarios manipulan la mentalidad de grupo presentándose como la encarnación del ideal del yo colectivo. Para mantener la cohesión, el poder político utiliza dos estrategias freudianas:
La ilusión de justicia: El líder debe proyectar la ilusión de que ama a todos los miembros por igual, lo que mitiga los celos internos y fortalece los lazos horizontales entre los seguidores.
El enemigo externo: La cohesión interna suele requerir un objeto de hostilidad compartido. Al canalizar la agresión intrínseca del ser humano hacia un rival político, se disuelven las tensiones internas del grupo.
Aunque Freud teorizó principalmente sobre instituciones como la Iglesia y el Ejército, sus conceptos fueron adaptados al mercado, entre otros por su sobrino, Edward Bernays. En el consumo moderno, estrellas de cine, cantantes, atletas, las marcas o los productos pueden sustituir la figura del líder tradicional.
La publicidad no apela a la lógica racional del consumidor, sino a sus deseos inconscientes y a la necesidad de pertenencia. Al consumir un producto validado por la masa, el individuo asume una identidad y la aceptación del grupo, reactivando el mecanismo de identificación horizontal. La mentalidad de rebaño en el comercio se manifiesta en las modas de consumo masivo y la lealtad ciega a las marcas.
El análisis freudiano es especialmente lúcido para explicar el racismo y la intolerancia colectiva mediante el concepto del narcisismo de las pequeñas diferencias. Freud señala que las comunidades que colindan o se parecen tienden a enemistarse debido a la necesidad de exteriorizar la agresividad para mantener la cohesión interna.
Los manipuladores de discursos raciales o grupales exacerban estas diferencias mínimas para construir un «nosotros» puro frente a un «ellos» amenazante.
Al deshumanizar al grupo externo, se libera a los miembros de la masa de la culpa moral individual, permitiendo la crueldad colectiva bajo la justificación de que se está protegiendo el ideal común. Se promueven y toleran expresiones insultantes o degradantes para referirse a “ellos”: incompetentes, brutos, ladrones, narcotraficantes, terroristas, vendidos, traidores. Se apela a expresiones particularmente degradantes hacia las mujeres de “ellos”: perras, rameras, putas.
La propaganda política y la publicidad comercial son las herramientas metodológicas mediante las cuales se opera la sugestión de las masas. Su efectividad radica en que no operan sobre el intelecto, sino sobre la estructura afectiva descrita por el psicoanálisis.
Tanto la propaganda como la publicidad se saltan la barrera del pensamiento crítico del yo a través de la fuerza de la afirmación y la repetición. Freud explicaba que la masa es sumamente influenciable por palabras e imágenes cargadas de emotividad. No requiere demostraciones lógicas, sino fórmulas categóricas. La propaganda moderna satura el entorno comunicativo para debilitar la resistencia individual, logrando que el sujeto adopte como propios los deseos, odios o necesidades dictados por el emisor del mensaje.
El aporte de Sigmund Freud al fenómeno de la mentalidad del rebaño (herd mentality) demuestra que la desindividualización en el grupo no es un simple error de juicio, sino un proceso estructural del aparato psíquico. Al sustituir el criterio propio por el del líder o la colectividad, el ser humano experimenta una regresión a formas primitivas de obediencia, a cambio de una ilusoria sensación de seguridad y pertenencia. Es precisamente esta renuncia a la autonomía lo que permite a las maquinarias de la propaganda, la política y el comercio dirigir las conductas de las masas hacia fines predeterminados.
El desarrollo de la inteligencia artificial está orientado en la actualidad al perfeccionamiento de la mentalidad del rebaño con fines políticos y comerciales de dominación. La convergencia entre la inteligencia artificial (IA) y la psicología de las masas representa un cambio de paradigma en la forma en que se configura el comportamiento colectivo. Si en la era de Freud y Bernays la manipulación requería de mensajes masivos y estandarizados, la IA permite una sofisticación técnica sin precedentes que potencia la mentalidad de rebaño a escala global.
La inteligencia artificial altera profundamente los mecanismos de identificación y sustitución del Ideal del yo descritos por el psicoanálisis, actuando como un catalizador invisible de la desindividualización. A diferencia de los medios de comunicación tradicionales (radio, televisión), la IA procesa volúmenes masivos de datos para realizar micro-segmentación psicométrica. Esto significa que los sistemas analizan las debilidades, miedos, sesgos y deseos inconscientes de cada individuo para diseñar estímulos personalizados.
Cámaras de eco automatizadas: Los algoritmos de recomendación encierran a los usuarios en burbujas informáticas. Al alimentar constantemente al sujeto con narrativas que validan sus prejuicios, la IA debilita efectiva y deliveradamente su juicio crítico individual: el Yo.
Líderes y enemigos sintéticos: La IA facilita la creación de narrativas falsas ultrapersonales. Al igual que Freud señalaba que el grupo necesita un enemigo externo para cohesionarse, los algoritmos detectan o motivan con precisión quirúrgica contra qué grupo o rival político dirigir la agresión colectiva, forjando un «rebaño digital» altamente polarizado y reactivo.
En el plano comercial, la IA sustituye al líder de la masa por un ecosistema de deseos inducidos artificialmente. A través de la hipersegmentación del deseo, los modelos predictivos anticipan las decisiones de consumo antes de que la persona sea plenamente consciente de la necesidad. La publicidad ya no apela a una masa generalizada. Crea la ilusión de un mensaje único para el sujeto, pero con el fin subyacente de empujarlo a la corriente del consumo masivo. A través de la validación social automatizada, el uso de bots y la manipulación de tendencias virtuales mediante algoritmos, se establece una falsa percepción de consenso. El individuo, movido por el temor al aislamiento (el instinto gregario que Freud reformuló como necesidad de cohesión libidinal), adopta comportamientos de pensamiento y consumo simplemente porque la infraestructura digital le muestra que «todos los demás» lo están haciendo.
El debate ético global sobre los límites de la tecnología ha alcanzado las esferas doctrinales más altas del Vaticano. Documentos de gran relevancia magisterial —como la encíclica de mayo de 2026, Magnifica Humanitas, promulgada por el Papa León XIV tras los pronunciamientos previos del Papa Francisco— abordan directamente el peligro de delegar las facultades humanas a los sistemas automatizados.
La advertencia del Papa León XIV de que la inteligencia artificial puede ser utilizada para establecer un «nuevo sistema de esclavitud« se interpreta a través de tres dimensiones fundamentales.
La enajenación del albedrío y el juicio moral
La encíclica Magnifica Humanitas subraya el peligro de la renuncia a pensar. La esclavitud tradicional sometía el cuerpo. La esclavitud algorítmica somete las capacidades cognitivas. Al permitir que sistemas automáticos decidan qué información consumimos, qué es ético, qué es bueno y qué es malo, qué es bonito y qué es feo, o incluso qué decisiones letales se toman en escenarios bélicos (armas autónomas), la humanidad abdica de su responsabilidad moral y de su libertad. No hay algoritmo que pueda sustituir la conciencia o hacer moralmente aceptable la deshumanización.
El magisterio eclesiástico equipara los riesgos de la revolución de la IA con los de la Revolución Industrial expuestos a finales del siglo XIX. Si la histórica encíclica Rerum Novarum (1891) denunció la explotación del trabajo físico de los obreros por las máquinas, la crítica actual apunta a la simulación y captura del trabajo cognitivo y emocional. Cuando los desarrolladores priorizan el lucro corporativo sobre el bien común, las personas pasan de ser sujetos con dignidad a convertirse en meros proveedores de datos consumibles, atrapados en una estructura invisible que restringe su autonomía y su libertad.
Frente a las vertientes tecnológicas que buscan superar las limitaciones biológicas a costa de disolver la singularidad humana, la perspectiva humanista advierte sobre el riesgo de convertir a los ciudadanos en espectadores resignados de los procesos tecnológicos. La advertencia sobre una nueva esclavitud resuena como un llamado urgente a recuperar el control político y ético sobre los algoritmos. El progreso técnico-científico sólo es verdadero progreso si eleva la dignidad de los más vulnerables, en lugar de centralizar el dominio social en manos de quienes controlan el código.
Para profundizar en el debate ético y social abierto desde el Vaticano respecto al control algorítmico y la soberanía del pensamiento humano, resulta de gran utilidad examinar los análisis detallados del documento Magnifica Humanitas, donde se desglosas los desafíos que esta encíclica plantea a la gobernanza global y a la protección de la dignidad individual frente al avance tecnológico.
Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.


