En mayo de 1976 salió a la luz pública un libro que marcó un precedente en la historiografía social, a nivel mundial. Su autor, Carlo Ginzburg, era en ese momento un joven historiador de origen italiano (Turin, 1939), y, el texto en mención, era Il formaggio e i vermi. Il cosmo di un mugnaio del ‘500, traducido al español con el título de El queso y los gusanos. El cosmos según un molinero del siglo XVI. Según ha relatado Carlo Ginzburg en varias ocasiones, el origen del libro se remonta a cuando este realizaba una investigación sobre los benandanti (“los buenos caminantes”) y, en la consulta de documentos en el Archivo de la Curia Arzobispal de Udine, halló casi que, por casualidad, expedientes que referían procesos inquisitoriales contra personas de la región acusados de brujería. Con interés, Ginzburg hizo anotaciones al margen relacionadas con un caso le mereció la atención: el de un molinero de nombre Doménico Scandella (a quien sus conocidos llamaban Menocchio) y su particular cosmovisión acerca del origen de las cosas, asunto sobre el cual Ginzburg volvió, tiempo después (1970), luego de haber finalizado la que vendría a ser su primera obra como historiador: Los benandanti. Brujería y cultos agrarios entre los siglos XVI y XVII (1966).

La principal razón que explica el éxito editorial de El queso y los gusanos, radica en el énfasis temático que está presente ya en el título del libro, y en el tratamiento original que hizo del mismo. Entender esta explicación obligaría a profundizar en el contexto histórico, historiográfico e intelectual de la década de 1970, premisa que desborda nuestro interés, a propósito de la efeméride recordada. Digamos que la atención centrada en un humilde molinero de una perdida aldea del norte de Italia, contenía una intencionalidad que indicaba las apuestas historiográficas de Ginzburg. No se trataba, su incursión investigativa, de un (otro) ejercicio dirigido a desentrañar la vida de un personaje célebre asociado a instituciones poderosas (monarquías, iglesia, ejércitos), sino, en cambio, de analizar la vida de un individuo perteneciente a lo que podría definirse como «sectores populares» del siglo XVI. En últimas, era una apuesta por hacer una «historia desde abajo», como luego se daría a conocer ese tipo de enfoque.
Ciertamente, al momento de reconstruir la vida de Menocchio, Ginzburg acudía a una tradición historiográfica amplia, en la que es posible ubicar nombres como el del italiano Antonio Gramsci, o los ingleses Eric Hobsbawm y E. P. Thompson, quienes, desde sus circunstancias históricas particulares, actualizaron el campo de la historiografía social, destacando la presencia e importancia de los sectores subalternos en la vida pública. De Gramsci, ante todo teórico y líder del movimiento comunista italiano, Ginzburg (quien reconoce haber leído tempranamente los Cuadernos de la cárcel) retomó asuntos de gran valía como el concepto de «sectores subalternos» y el reconocimiento de su relevancia como actores políticos capaces de construir agencia, es decir, de intervenir de manera consciente en la realidad con posibilidad de transformarla. De Hobsbawm y Thompson, adscritos a la corriente del «marxismo británico», supo reconocer la importancia de sus incursiones en la historia del movimiento obrero y de los bandidos sociales de la era preindustrial.
El queso y los gusanos, recordemos, aborda la vida de un humilde molinero (Menocchio), nacido en 1532 en Montereale, comunidad pequeña del Friuli, a 25 km al norte de Pordenone. Molinero autodidacta, casado y padre de once hijos, Menocchio era, en sus tiempos libres, dado a la lectura de textos de diverso contenido, los cuales le brindaron información que empleó para construir interpretaciones acerca de aspectos que solían despertar la atención social, como el origen de las cosas (entre las del universo y la vida misma) y las referencias religiosas (negaba que Dios fuese el creador del mundo, al haber este surgido de un caos del que nacieron Dios y los ángeles, del mismo modo que el queso y los gusanos). En el año 1583, apenas cumplidos 51 años, nos cuenta Ginzburg, Menocchio fue denunciado al Santo Oficio por animar cuestionamientos en contra de la iglesia y de Cristo, con lo cual se le abrió un proceso que, condujo, en principio, a su absolución vigilada. Quince años después, sin embargo, y, según se adujo, por reincidencia en sus apreciaciones, Menocchio fue objeto de un nuevo proceso inquisitorial que lo condujo, esta vez, a la muerte.
Un rasgo sobresaliente de la obra comentada es la postura hermeneútica que allí se resalta y que permite identificar significados especiales en fenómenos en apariencia intrascendentes. ¿Qué puede ofrecer al conocimiento de la sociedad el análisis de un caso individual en una época histórica particular? En lo que respecta a Menocchio, señala Ginzburg, su historia permite conocer aspectos fundamentales de la cultura popular. Por ejemplo, de la mano con la tesis clásica de Bajtín, acerca de la influencia recíproca o imbricación entre la cultura de las clases populares y la cultura de los sectores dominantes, Ginzburg reconoce la circularidad entre ambos niveles de cultura, sin distinguir formas de supeditación (aculturación) de la primera sobre la segunda. Al respecto, se pregunta el historiador en el prefacio del libro:
¿Hasta qué punto los eventuales elementos de la cultura hegemónica rastreables en la cultura popular son fruto de una aculturación más o menos deliberada, o de una convergencia más o menos espontánea, y no de una deformación inconsciente de las fuentes, claramente proclives a reducir al silencio lo común y lo corriente?
Los miembros de las comunidades populares construían formas de ver el estado de cosas, a partir de experiencias orales y escritas, y según las condiciones materiales de existencia. Precisamente, el de Menocchio es un caso que le sirve a Ginzburg para «[…] descifrar el vasto problema de la cultura popular ante la cultura oficial», a partir de identificar los libros que aquel leyó y que fueron mencionados en sus comparecencias ante el Santo Oficio (entre los que se destacan: el Florilegio de la Biblia, el Decamerón, II cavallier Zuanne de Mandavilla, Historia del Giudicio, el Corán e II Sogno dil Caravia). Por esa vía, Ginzburg reconoce la importancia que tuvo tanto la lectura como la oralidad, instancias que permitían a grupos sociales específicos disfrutar del libro como objeto material, pero modificando, en muchos casos, sus contenidos hasta llegar a desnaturalizarlo, según sus visiones, expectativas e intereses, ya individuales como colectivas. La lectura entendida como un desafío al orden establecido, ni más ni menos.
El tratamiento, con criterios hermeneúticos, insistimos, de los expedientes del caso Menocchio, elaborada por Ginzburg, es uno de los procedimientos más brillantes y sugestivos que puedan advertirse en el campo de la historiografía social. La manera como el historiador italiano interroga el documento que tiene en sus manos ilustra, en efecto, de qué forma un investigador puede hacer un uso orientado de un texto de rasgos específicos (dos autos procesales de la Inquisición) para estudiar una cultura subalterna de época. Al identificar las respuestas al interrogatorio al que fue sometido Menocchio, Ginzburg logra comprobar, entre otras cosas, la influencia de la cultura oral, constituida por creencias campesinas que se remontan a siglos atrás y que habían estado siempre presentes, y que fenómenos como la reforma religiosa hizo resurgir.
El reconocimiento y éxito del libro vino pronto. El propio Ginzburg afirmaría en una entrevista que la atracción por su libro podría radicar en la poderosa personalidad de Menocchio y al desafío que este plantó a las autoridades religiosas y seculares del momento, al considerar que el mundo, en realidad, había nacido de materia putrefacta. En 1980 El queso y los gusanos se tradujo al inglés y, un año después, al español; posteriormente, la obra fue traducida a otros idiomas, hecho que la convirtió en un referente principal de la historia social a nivel mundial. Desde que el libro se hizo accesible a más público en muchos países, las premisas teóricas y metodológicas formuladas por Ginzburg sirvieron para animar investigaciones que se dieron a la tarea de rastrear la presencia de campesinos, obreros, mujeres, etc., que, en distintas circunstancias históricas, desafiaron desde sus prácticas localizadas las estructuras de dominación.
A la luz de las referencias de la obra, arriba mencionadas, surge la pregunta acerca de cuál es la relevancia del libro de Ginzburg en los tiempos actuales en que se advierten complejos procesos de orden político que aparecen asociados a los auges de las derechas radicales, promotoras de narrativas que no esconden sus posturas antipopulares, clasistas y segregacionistas. También, cuando en el propio campo historiográfico, siguen en curso tendencias que, a la manera de modas intelectuales, pregonando -aun, todavía- el fin de la historia social total y la hegemonía del relativismo posmoderno.
De frente a este panorama, poder contar con obras de gran calidad como El queso y los gusanos, siempre será un alivio, a la vez que un aliciente, en la consideración de que, en tiempos de negacionismos históricos, la historia se presenta precisamente como un campo de batalla que merece y debe ser disputado, por aquello que, en su momento, otro imprescindible, nos advirtió: “El don de encender en lo pasado la chispa de la esperanza sólo es inherente al historiador que está penetrado de lo siguiente: tampoco los muertos estarán seguros ante el enemigo cuando éste venza. Y este enemigo no ha cesado de vencer”.
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