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In memoriam

Óscar Ugarteche (Lima 1949 – Ciudad de México 2026)

Fuentes: Rebelión [Foto. Wikimedia Commons]

Hay muertes que una no termina de creerse, y esta es una de ellas. Óscar Ugarteche era una persona tan vital y fuerte, tan llena de inteligencia y vida, que parece increíble que muriera el pasado sábado 11 de julio.

Nacido en Perú, murió lejos de su país, en Mexico DF, la ciudad que lo acogió durante sus últimos veinte años y que terminó siendo una forma de exilio. Óscar hablaba siempre con nostalgia de la Lima de su infancia, de los cafés antiguos donde su padre leía el periódico, como en Europa, de las tiendas donde luego iban a comprar un pastel para casa. Al decirlo se le iluminaba la cara y se le apagaba enseguida, porque de todo aquello, decía, no queda nada. Las políticas de liberalización salvaje de los años 80 se llevaron por delante los cafés, los comercios de barrio, la economía local y hasta los periódicos; y convirtieron a Lima en una ciudad caótica, llena de tráfico y subdesarrollada.  Óscar dedicaría su vida entera a estudiar y a combatir esas recetas neoliberales extranjeras que generan subdesarrollo para los ciudadanos por enriquecer a solo unos pocos.

Venía de una familia acomodada y tuvo siempre algo de aristócrata, y lo digo en el único sentido en que la palabra me gusta: Óscar era elegante y generoso, regalaba su tiempoa los demás, lo mismo a gobiernos que a pequeñas ONG. Una buena educación le abrió las puertas de universidades en el extranjero. Estudió finanzas en Fordham University en Nueva York, y una maestría en la London Business School (1975), y empezó su vida adulta trabajando de consultor en temas de finanzas y deuda. Era el camino previsible, el que su origen le tenía preparado. Y entonces, hacia los treinta, hizo algo que a mí me sigue pareciendo lo más admirable de su biografía: dio media vuelta. Podría haber pasado la existencia entera engrasando la maquinaria de un sistema injusto, como hace la inmensa mayoría de la gente, pero en lugar de eso, decidió pasarse al otro lado y dedicar su inteligencia a intentar cambiar y mejorar el sistema.

Esa segunda vida, la verdadera, fue larga y más difícil. En 1982 estalla la crisis de la deuda externa en America Latina y había mucho por hacer. Asesoró a gobiernos, a las Naciones Unidas, a la Comisión Económica para América Latina (CEPAL), a la Organización Internacional del Trabajo (OIT), a la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (UNCTAD), a OXFAM. Fue uno de los fundadores de Latindadd, la red latinoamericana por la justicia económica, y trabajó de igual a igual con las organizaciones de la sociedad civil no solo del continente sino de otras regiones.

Desde 2005 fue investigador titular del Instituto de Investigaciones Económicas de la Universidad Nacional Autónoma de México (la famosa UNAM), donde fundó el Observatorio Económico Latinoamericano (OBELA) y lo convirtió en una casa, en el sentido literal de la palabra, para una generación entera de economistas jóvenes, de la que estoy segura van a salir nuevas y grandes estrellas. En 2021 la Universidad Nacional Autónoma de México le dio el Premio Universidad Nacional, el más alto que concede. Se lo había ganado muchas veces.

Óscar deja detrás una obra que abruma, 28 libros, cerca de 60 capítulos en libros colectivos y más de 90 artículos. Y sin embargo todo ese océano tiene una sola corriente. Óscar escribió, una y otra vez, sobre cómo la arquitectura económica y financiera internacional está diseñada para beneficiar a unos pocos. Su Historia crítica del Fondo Monetario Internacional (2009), publicado justo tras la crisis financiera mundial, el más leído, que llegó a tres ediciones, cuenta cómo una institución nacida para dar estabilidad acabó perjudicando a los países y los ciudadanos. Su obra mayor, Arquitectura financiera internacional. Una genealogía 1850 a 2008 (2018), recorre siglo y medio para demostrar que las crisis no son fallos del sistema, sino el sistema funcionando, y que benefician siempre a los mismos.

Su libro más internacional fue El falso dilema. América Latina en la economía global (1997), traducido al inglés como The False Dilemma: Globalization, Opportunityor Threat? (2000). La tesis sigue vigente: el dilema que nos venden, de hacer lo que dice la teoría neoliberal o quedar excluidos de la globalización, es falso, porque América Latina y África ya están excluidas de la globalización. El «exportar o morir» olvida lo único que importa del desarrollo, que es mejorar las condiciones de vida de la población, articular y modernizar la sociedad sin exclusión. Las raíces de la inestabilidad económica global no están en el Sur, sino en una crisis persistente de la productividad del capital en los países del G7. América Latina y los países del Sur financian con sus reservas los déficits del Norte a tasas ridículas y luego se endeudan con el Norte a tasas de castigo. El principal antídoto, según Oscar, es un Estado fuerte, innovador e intervencionista que invierta en su gente, en infraestructura, en servicios públicos, en investigación tecnológica aplicada y en una nueva generación de industria manufacturera propia.

Óscar nunca leyó la deuda y el subdesarrollo como un problema de malas políticas ni de malos gobiernos. La leyó como algo estructural, un mecanismo de poder, y lo demostró libro a libro, desde Teoría y práctica de la deuda externa en el Perú (1980) y El Estado deudor. Economía política de la deuda: Perú y Bolivia 1968 a 1984 (1986) hasta Modernización reformista y deuda externa en el Perú, 1963-1976 (2019) que cerró un círculo, volvió cuarenta años después al tema de su primer trabajo, esta vez leyendo los archivos desclasificados de Washington, del Departamento de Estado, la CIA y el Consejo de Seguridad Nacional relacionados con la deuda externa y con los tres golpes de Estado peruanos de 1962, 1968 y 1975. En Adiós Estado, bienvenido mercado (2004) contó lo que el ajuste estructural le hizo realmente a la sociedad peruana.

Pero Óscar no se quedó en la crítica, y esto es lo que más se le va a echar de menos. Dedicó dos décadas a construir alternativas. En La gran mutación: El capitalismo real del siglo XXI (2013) analizó el problema. En Más allá de Bretton Woods (2012) reunió a economistas críticos de primer nivel para sustituir las instituciones financieras de 1944, ya agotadas, por otras nuevas.  El volumen se basa en un congreso que Óscar organizó en el Instituto de Investigaciones Económicas de la UNAM en octubre de 2008, con la peor crisis financiera desde 1929 ya avanzando como un incendio de un país a otro. Oscar reunió a economistas críticos de primer nivel para explorar alternativas, desde Jose Antonio Ocampo, Jomo K.S. y Yoko Kitazawa, a Pedro Páez, Alicia Puyana, Kunibert Raffer y Paul Dembinski. Allí presenté una propuesta para construir una nueva generación de bancos de desarrollo, y allí también conocí al compañero de Óscar, Fidel Aroche, en el panel sobre el problema de la privatización de los bienes públicos globales.

La alternativa, para Óscar, es una nueva arquitectura financiera regional para América del Sur, pensada para que la región dejara de depender de Washington, sostenida sobre tres piezas que se apoyan entre sí. Primero, una unión monetaria del Sur, una cesta flexible de las monedas de la región al estilo de la que precedió al euro (el ECU), para comerciar y emitir bonos entre vecinos sin pasar por el dólar. Segundo, el Fondo del Sur, un fondo de estabilización regional, una reserva común a la que recurrir en el instante en que un país lo necesitara, para no tener que arrodillarse nunca más ante el FMI. Y tercero, un banco de desarrollo de nueva generación, el Banco del Sur. Con Alberto Acosta, además, publicó Una propuesta global para un Tribunal Internacional de Arbitraje de Deuda Soberana (2003), para que un país ahogado por la deuda fuera juzgado con justicia y no a merced de sus acreedores. Reunió todas estas ideas en uno de sus últimos libros, Elementos para la cooperación financiera regional (2021).

De esos tres elementos, fue el Banco delSur el que me unió a Óscar. Más allá de la amistad, fue un proyecto en el que ambos nos volcamos con verdadera pasión. Asesoramos a los países miembros, realizamos una taller con las Comisiones Técnicas Nacionales en Ecuador, escribimos juntos sobre él, y lo hicimos convencidos de que estábamos ante algo que podía cambiar el patrón del desarrollo. América Latina prestaba sus reservas al Norte por casi nada y luego se endeudaba con el Norte a tasas altísimas; el Banco del Sur rompía ese círculo y ponía el ahorro de la región a trabajar en la región. La idea era no crear otro banco multilateral más, de los que dan préstamos condicionados a viejas recetas neoliberales, sino uno nuevo que realmente invirtiera en las necesidades de los pueblos, desde servicios públicos a agricultura, infraestructura e industria nacional, financiando también lo local, desde cooperativas rurales de productores de leche o alimentos, a servicios de transporte público, salud o cuidados. Por primera vez, un banco multilateral construido sobre otro principio, el del desarrollo equitativo y sostenible, y con una gobernanza de “un país un voto”, en la que ningún país dominara a los demás. Siete presidentes sudamericanos firmaron su acta de nacimiento en 2007; el Banco se constituyó en 2009 y, después, se fue apagando. Se apagó, lo vimos con tristeza, porque Brasil quiso ser el país dominante, «el Norte del Sur», bromeábamos con pena. Óscar nunca lo dio por muerto, lo trataba como una idea que espera su momento. Y como siempre, tenía razón; hoy se discute otra vez la desdolarización, los pagos en monedas locales y los bancos regionales de desarrollo.

Y hay otra parte de Óscar que era muy importante para él. En 1982, en un Perú y en una época en que eso se pagaba muy caro, fue uno de los fundadores del Movimiento Homosexual de Lima, la primera organización del país en defender los derechos gais. Y libró, en su propia carne y a cara descubierta, una de las batallas más largas y más públicas por el matrimonio igualitario en el Perú: durante más de una década reclamó ante los tribunales peruanos que se reconociera su matrimonio con el economista Fidel Aroche, celebrado en México en 2010. El Estado se lo negó una vez, y otra, y otra. En mayo de 2018, Óscar llevó el caso al Tribunal Constitucional, la máxima instancia peruana, pero su demanda fue rechazada por mayoría, cuatro votos contra tres, y Óscar, sin tirar la toalla, anunció que llevaría el caso a la Corte Interamericana de Derechos Humanos. Óscar dio esa pelea con su nombre y su apellido por delante, sabiendo lo que costaba, y no la abandonó nunca. Era el mismo hombre en las dos luchas, la del economista y la del hombre enamorado, alguien que se negaba, sencillamente, a aceptar que la injusticia pudiera hacerse pasar por el orden natural.

Pero si cierro los ojos y pienso en Óscar, no pienso en nada de esto. Pienso en el hombre, en el amigo. Óscar era una persona de una vitalidad enorme, lleno de humanidad, que amaba la literatura, el arte y la conversación, que hasta escribió una novela, que tenía un sentido del humor contagioso y ninguna solemnidad. Hablaba de igual a igual tanto con un ministro como con un estudiante, hablaba llano, y sobre todo te hablaba al corazón. Uno salía de estar con él mejor de cómo había entrado, lleno de vitalidad y de esperanza. Por eso lo quería tanta gente.

Sigo sin poder creer que Óscar haya muerto y es porque no ha muerto. Óscar sigue vivo en tantas cosas, él es el Observatorio Económico Latinoamericano que fundó en la UNAM, y es latindadd, y es cada uno de los economistas jóvenes que aprendieron con él a mirar el sistema de frente. Él está en sus libros, en el Banco del Sur cuando se materialice, en una ley de igualdad que el Perú aún le debe y que algún día llegará, y cuando llegue, será también suya. Óscar está en todo eso, y en el corazón de tanta gente que lo quiere y le da gracias por su amistad vital, su humor irreverente, su lúcido conocimiento.

Isabel Ortiz. Exdirectoraen la Organización Internacional del Trabajo y en UNICEF, y ex oficial senior de la ONU y del Banco Asiático de Desarrollo.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso de la autora mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.